5 Ali
Tras unos días aquí, he conseguido algo parecido a una rutina.
Es incómodo y extraño, cargado de una tensión que no sé nombrar, pero es algo. Evito a Hayden todo lo posible, lo cual no es difícil dado que pasa la mayor parte del tiempo encerrado en su despacho o fuera en reuniones. Cuando nos cruzamos —en la cocina, en el pasillo, al pasar por las escaleras—, ninguno de los dos se atreve a mirar directamente al otro.
Ninguno de los dos menciona el beso.
Ninguno de los dos menciona el momento en la puerta de Pia.
Se nos da muy bien no hablar de las cosas.
Mis días han adquirido cierta rutina: café por la mañana a solas en la cocina, tardes con Pia cuando vuelve del colegio, noches escondida en la habitación de invitados fingiendo leer mientras en realidad repaso cada interacción incómoda del día y le doy mil vueltas a lo que significó.
Está bien. Todo está bien.
Hasta que una mañana Hayden me encuentra en la cocina, y todo deja de estar tan bien.
—La niñera retomará su horario habitual a partir de mañana.
Lo dice sin preámbulos, taza de café en mano, con la mirada fija en algo por encima de mi hombro en lugar de en mi cara. Como si fuera un comunicado de empresa y no información sobre mi vida diaria.
—¿La niñera?
—Delphine. Lleva con nosotros casi un año —da un sorbo al café—. Te di tiempo para que te adaptaras, para que te acostumbraras a la casa y a Pia. Pero Delphine se encarga del cuidado de Pia en horario laboral. Es su trabajo.
Tiempo para adaptarme. Me había dado un período de gracia, un tiempo de prueba, y yo ni siquiera me había enterado.
—No sabía que estaba a prueba.
Su expresión se cierra.
—No es lo que quise decir.
—¿Ah, no?
El silencio se llena de todo lo que no estamos diciendo. Entonces vacía su taza de café, la deja en el fregadero y desaparece hacia su despacho sin decir una palabra más.
Genial. Estupendo. Excelentes dotes de comunicación. Este matrimonio va fantástico.
***
A la mañana siguiente, llega Delphine.
Entra con su propia llave, no llama, no toca el timbre, simplemente cruza la puerta principal como si fuera la dueña del lugar. Estoy en el salón doblando ropa (porque al parecer ahora hago eso, toda una diosa doméstica), y levanto la cabeza de golpe al oír la puerta abrirse.
La mujer que entra es... perfecta.
Es la única palabra. Perfecta de una manera que parece deliberada, cultivada. Cabello rubio miel recogido en un elegante moño. Maquillaje impecable que parece natural pero que no lo es en absoluto. Un jersey de cachemira color crema, vaqueros de diseñador que le sientan como si se los hubieran hecho a medida, bailarinas que probablemente cuestan más que la letra de mi coche.
Se detiene al verme, y su expresión pasa por varias emociones antes de quedarse en una neutralidad fría.
—Oh —una ceja perfecta se arquea—. Sigues aquí.
Dos simples palabras, lanzadas para herir.
—Vaya, hola —dejo la camisa que estaba doblando, manteniendo un tono deliberadamente amable—. Vivo aquí.
—Por ahora —su sonrisa no le llega a los ojos. Ni siquiera lo intenta—. Soy Delphine. La niñera. Llevo con la familia casi un año —el énfasis en «la familia» me pone la piel de gallina—. Tenemos toda una rutina.
La forma en que lo dice, la familia, como si formara parte de ella, como si perteneciera aquí y yo fuera el inconveniente temporal, me provoca un escalofrío.
—Hayden mencionó que ayudarías con el cuidado de Pia —digo, observándola con atención—. Estaré encantada de echar una mano con algunas tareas cuando tú estés...
—¿Ah, sí? —algo destella en la expresión de Delphine. Frío y posesivo. Satisfecho—. Qué generoso por tu parte ofrecerte.
Hay algo familiar en ella. Algo que me resulta conocido pero que no logro identificar. La inclinación de su mandíbula, quizás. Algo en sus ojos que me eriza el vello de la nuca.
No consigo descifrarlo, pero el malestar se me instala en el estómago y se queda ahí, pesado.
Delphine se mueve por la casa con la confianza de alguien que conoce cada centímetro. Cuelga el abrigo en el armario (en su propio gancho, noto). Se sirve café de la cafetera que preparé (no pregunta, no da las gracias, simplemente lo coge). Se acomoda en el sofá como si fuera suyo, cruza las piernas y saca el móvil.
—Pia no volverá hasta dentro de unas horas —dice sin levantar la vista—. No hace falta que merodees.
—No estaba merodeando.
—Por supuesto que no —esa sonrisa fría otra vez—. Seguro que tienes mucho que hacer. Las esposas nuevas siempre tienen mucho que hacer, ¿verdad? Aprender dónde va cada cosa. Descubrir la rutina. Intentar encontrar su lugar.
Las palabras suenan bastante amables en la superficie, pero el significado que esconden es afilado como una navaja.
No tienes lugar aquí. Eres temporal. Yo no.
Me retiro a la habitación de invitados antes de decir algo de lo que pueda arrepentirme.
***
Esa tarde, oigo un llanto que viene de la cocina.
El sonido atraviesa la casa: sollozos de niña, agudos, rotos, desesperados. Mi cuerpo reacciona antes de que mi cerebro lo procese, y los pies me llevan por el pasillo hacia el sonido.
A mitad de camino, me detengo. Algo me dice que me acerque en silencio, que observe antes de que me vean.
Me asomo por la puerta.
Pia está sentada a la mesa de la cocina, los hombros sacudiéndose, las lágrimas resbalándole por la cara. Parece tan pequeña. Tan frágil. Nada que ver con la niña segura y parlanchina, loca por las hadas, que he ido conociendo estos últimos días.
Delphine se cierne sobre ella, con los brazos cruzados, el rostro deformado en una mueca horrible.
—¿Sabes por qué no tienes madre?
Las palabras son venenosas. Crueles. La voz de alguien que sabe exactamente dónde apuntar para causar el máximo daño.
Los sollozos de Pia se intensifican.
—Porque te abandonó. No te quería. No eras lo suficientemente buena.
Delphine se inclina hacia ella y baja la voz hasta convertirla en algo casi íntimo.
—Así que deja de llorar, o todos te abandonarán también.
Me tapo la boca con la mano para ahogar un grito.
—Si sigues llorando, todos se molestarán contigo.
El tono de Delphine cambia, se vuelve dulcemente razonable, como si estuviera explicando algo obvio a una niña particularmente estúpida.
—¿Qué te hace pensar que alguien más se quedará después de eso? ¿La nueva esposa de tu padre? Solo está aquí por su dinero. No te quiere. Nadie te quiere.
Los sollozos de Pia se transforman en algo peor: llantos silenciosos, entrecortados, como si intentara hacerse más pequeña, más callada, menos visible.
—No eres especial, Pia.
Delphine se endereza y se examina las uñas con desinterés casual.
—Cuanto antes lo aprendas, mejor.
Una rabia incandescente me inunda las venas.
Todos los instintos protectores que no sabía que tenía despiertan de golpe. Esta mujer. Este monstruo le está diciendo estas cosas a una niña de siete años. A Pia. A la dulce y brillante Pia, loca por las hadas, que se preocupa porque su papá esté triste.
Irrumpo en la cocina.
Delphine vuelve la cabeza hacia mí, los ojos muy abiertos, pero ya me estoy moviendo. Ya me estoy interponiendo entre ella y Pia. Ya estoy estrechando a la niña temblorosa entre mis brazos.
—¿Qué M-I-E-R-D-A te pasa?
Las letras salen deletreadas en lugar de pronunciadas; alguna pequeña parte de mi cerebro recuerda que Pia está aquí mismo, aunque el resto de mí quiere gritar obscenidades hasta desgarrarme la garganta.
—No te ATREVAS a hablarle así nunca más.
Pia se aferra a mí, con la cara enterrada en mi camisa, el cuerpecito sacudido por la fuerza de sus sollozos silenciosos. Siento sus lágrimas empapándome la tela, cálidas y húmedas contra mi piel.
El rostro de Delphine se vuelve cuidadosamente inexpresivo.
—Solo estaba...
—Oí lo que dijiste.
Mi voz tiembla de furia, vibra con el esfuerzo de no gritar.
—Cada. Maldita. Palabra. Le dijiste a una niña de siete años que su madre no la quería. Que no es especial. Que nadie la quiere.
—Estaba siendo difícil...
—Es una NIÑA.
Las palabras me desgarran la garganta.
—Sal de esta cocina. Ahora.
Por un momento, la máscara de Delphine se resquebraja. Algo oscuro y cargado de odio destella en su rostro, un atisbo de la persona real bajo ese exterior pulido. Luego desaparece, borrado como si nunca hubiera estado ahí.
—Estás cometiendo un error —dice en voz baja—. Hayden confía en mí.
—Me importa una mierda en quién confíe. Lárgate.
Fuera, se cierra de golpe la puerta de un coche.
Las tres lo oímos: el sonido del coche de Hayden en la entrada, sus llaves en la puerta, sus pasos en el recibidor.
Todo el comportamiento de Delphine se transforma.
Sucede tan rápido que casi me lo pierdo. Un segundo está fría y llena de odio, al siguiente se está desmoronando. Las lágrimas le brotan de los ojos. Le tiembla el labio. Los hombros se le curvan hacia dentro hasta convertirla en algo pequeño y digno de lástima.
Se precipita hacia la puerta principal, y para cuando Hayden entra, está sollozando.
—¡Hayden!
Le agarra el brazo y se aferra a él con ambas manos.
—Lo siento mucho, no pude detenerla. Dijo cosas terribles sobre la madre de Pia delante de Pia. La pobre no puede dejar de llorar...
¿Pero qué cojones...?
Me quedo mirando a Delphine, con Pia todavía en mis brazos, mientras mi cerebro lucha por procesar el descaro de la mentira. Ha... Ha dado la vuelta a todo. Se ha convertido en la víctima. Me ha convertido a mí en la villana.
El rostro de Hayden se ensombrece.
Mira a su hija, que solloza, a la cara bañada en lágrimas de Delphine, a mí de pie en la puerta de la cocina, y su expresión se endurece, se vuelve fría y aterradora.
—¿Qué demonios has hecho?
Cruza la habitación hacia mí; cada línea de su cuerpo irradia furia.
—¿Qué le has dicho?
—Hayden, eso no es...
—Tiene siete años.
No me deja terminar; su voz corta mi protesta, afilada y definitiva.
—Te lo advertí. Te dije que tuvieras cuidado con ella. Lo único que te pedí...
—Si tan solo escucharas...
—No quiero oírlo.
Coge a Pia y me la quita de los brazos. Ella se deja, demasiado abrumada para hacer otra cosa que aferrarse al cuello de su padre.
—Fuera de mi vista.
Las palabras me desencajan algo en el pecho.
Detrás del hombro de Hayden, Delphine observa desde el pasillo. Por un segundo, solo uno. Sus ojos se encuentran con los míos.
Sonríe.
Una pequeña curva triunfante de sus labios, tan fugaz que podría haberla imaginado.
Luego su cara vuelve a desmoronarse en inocencia angustiada, y ya está agarrando el brazo de Hayden, murmurando algo sobre cómo intentó intervenir, sobre cuánto lamenta no haber podido detenerlo a tiempo.
Me tiemblan las manos.
Me tiembla todo el cuerpo, de furia, de incredulidad, de unas ganas abrumadoras de cruzar la habitación y arrancarle esa sonrisa de la cara perfecta a Delphine de una bofetada.
Pero Hayden ni siquiera me mira. Ya está llevando a Pia por el pasillo hacia su habitación, susurrándole palabras de consuelo contra el pelo, y Delphine lo sigue como si ese fuera su sitio.
Como si yo fuera la intrusa.
Llego a la habitación de invitados antes de que el primer sollozo me desgarre la garganta. La puerta se cierra de un portazo detrás de mí. No me importa si me oyen, no me importa nada excepto poner una barrera entre yo y el resto de esta casa, y echo el pestillo con dedos temblorosos.
Respira, me digo. Solo respira. No salgas ahí fuera. No hagas algo de lo que te arrepientas.
Si salgo ahí fuera ahora mismo, le romperé la nariz a Delphine de un puñetazo. Le gritaré la verdad a Hayden a la cara hasta que no tenga más remedio que escucharme. Reduciré esta casa a cenizas con la fuerza de mi rabia.
Así que no salgo.
Me siento en el borde de la cama de invitados, con los pendientes de mi abuela todavía en las orejas porque no he podido quitármelos, e intento recordar cómo se respira.
La furia no se desvanece. Solo se vuelve más fría. Más paciente.
Delphine se ha ganado una enemiga hoy.
Solo que todavía no lo sabe.