Verena
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Estamos en el coche cuando por fin me permito respirar.
—Se acabó —digo.
—Se acabó —confirma Micah.
—Ya no puede hacernos daño.
—No. No puede.
Cierro los ojos y siento cómo el peso desaparece de mis hombros.
Por primera vez en años, me siento libre.
Recogemos a los niños del colegio.
Emma corre hacia mí y me rodea la cintura con los brazos.
—¡Mami!
—Hola, cariño.
—¿Vamos a casa?
—Sí. Vamos a casa.
—¿A la de Micah?
Miro a Micah. Él sonríe.
—Sí —digo—. A la de Micah.
Esa noche, cenamos juntos.
Los cinco.
Yo. Micah. Emma. Jake. Jessica.
Comemos pizza. Vemos una película. Nos reímos.
Y por primera vez, parece una familia.
Una familia de verdad.
No esa cosa rota y tóxica que tenía con Bran.
Sino algo real. Algo sano. Algo bueno.
Más tarde, cuando los niños ya están dormidos, Micah y yo nos sentamos en el sofá.
—Gracias —digo.
—¿Por qué?
—Por todo. Por creerme. Por protegerme. Por… por amarme.
—No tienes que darme las gracias.
—Claro que sí. Porque nos salvaste. Nos salvaste a todos.
Me atrae hacia él y me besa la coronilla.
—Te salvaste tú sola —dice—. Yo solo ayudé.
Pienso en Bran.
En el hombre con el que me casé. El hombre al que amé. El hombre que me destruyó.
Y me doy cuenta de que no lo odio. Le tengo lástima.
Porque lo tenía todo. Y lo tiró por la borda.
Tenía una esposa que lo amaba. Hijos que lo adoraban. Una vida que podría haber sido buena.
Pero era demasiado egoísta. Demasiado roto. Demasiado cobarde.
Y ahora está solo.
Y yo soy libre.