Mi marido me engañó con mi hermana (Su matrimonio en crisis nº 114) Verena
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Verena

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Serena acepta quedar con nosotros en una cafetería del centro. No quiero verla. No quiero hablar con ella. Pero Micah insiste.

—Sabe algo —dice—. Y tenemos que averiguar qué.

Ya está allí cuando llegamos. Sentada en un reservado del fondo, nerviosa.

Me deslizo en el asiento frente a ella. Micah se sienta a mi lado.

—Gracias por venir —dice él.

Serena lo mira, y luego a mí.

—¿De qué va esto?

—Tenemos que hacerte unas preguntas —dice Micah.

—¿Sobre qué?

—Sobre Bran. Sobre el incendio. Sobre todo.

Serena palidece.

—Ya le conté a Verena...

—Le dijiste que diste su dirección a la gente de Volkov. Pero esa no es toda la historia, ¿verdad?

—No sé de qué estás hablando.

—Sí que lo sabes. Sabes exactamente de qué estoy hablando.

Serena me mira.

—Verena, yo no...

—Solo dinos la verdad —digo—. Por favor.

Se queda callada un buen rato.

Entonces dice:

—Bran vino a verme hace unos meses. Estaba asustado. Dijo que debía dinero a gente peligrosa, que un negocio que había hecho había salido mal y que ahora amenazaban a todos sus seres queridos.

—¿Cómo los amenazaban? —pregunta Micah.

—No conocía todos los detalles. Pero sabía que Verena era la que corría peligro. Sabía dónde vivía, su rutina, todo —traga saliva—. Y con eso hice algo imperdonable.

Se me cae el alma a los pies.

—¿Qué hiciste?

—Les di tu dirección. Yo misma. Bran nunca me lo pidió, fui yo. Porque estaba celosa de ti. Porque una parte enferma de mí quería que sufrieras como yo he estado sufriendo toda mi vida.

—Así que pusiste a mis hijos en peligro.

—No pensé que fueran a hacer nada de verdad. Pensé que solo intentaban asustarte.

—Quemaron mi casa.

—Lo sé. Y lo siento. Lo siento muchísimo.

—Con sentirlo no basta.

—Lo sé. Pero no sé qué más decir.

Micah se inclina hacia delante.

—Háblanos del negocio.

Serena aprieta la mandíbula.

—¿Qué importa eso ahora?

—El que Bran hizo con Volkov. El que salió mal.

—No conozco los detalles. Me mantuvo al margen de la mayor parte.

—Estás mintiendo.

—No estoy...

—Serena.

La voz de Micah es dura. Fría.

—Si no nos dices la verdad, voy a ir a la policía. Y voy a contarles todo. Que diste la dirección de Verena. Que Bran hizo un trato con Volkov. Todo.

A Serena se le llenan los ojos de lágrimas.

—No paraba de decirme que lo tenía controlado. Que lo arreglaría.

—¿Arreglar qué?

—El negocio. Le prometió a Volkov acceso al puerto, canales de distribución y protección frente a la supervisión federal. Pero no pudo cumplir, y Volkov se cabreó.

—Así que fue a por Verena.

—Sí. Dijo que si Bran no pagaba, haría daño a sus seres queridos.

—Y en lugar de advertirme, te aseguraste de que supieran exactamente dónde encontrarme.

—No pensé...

—Nunca piensas. Solo actúas. Y ahora mis hijos están en peligro por tu culpa.

Serena me mira.

—Lo siento. Lo siento muchísimo.

—Me da igual.

—Verena, por favor...

—Eres mi hermana. Se suponía que tenías que protegerme. Y en vez de eso, pusiste a mis hijos en peligro porque estabas celosa.

—Lo sé. Sé que la cagué. Pero estoy intentando arreglarlo.

—¿Cómo?

—Testificaré. Contra Bran. Contra Volkov. Contra todos. Se lo contaré todo a la policía.

Miro a Micah. Asiente.

—Vale —digo—. Pues hazlo.