Maria
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Han pasado casi cuatro meses desde la audiencia, un torbellino de citas médicas, de una barriga que no para de crecer, de ir aprendiendo poco a poco lo que significa sentirse a salvo. Ocurre un martes.
Estoy acurrucada en el sofá de nuestro nuevo apartamento, un apartamento de verdad, con dos dormitorios y una cocina con encimera de sobra y un cuarto de bebé que se va llenando poco a poco de ropita diminuta y peluches.
El sol de la mañana entra a raudales por las ventanas, y voy por la mitad de un descafeinado cuando salta la noticia.
—Última hora: Tommy Moretti, heredero del imperio de restaurantes Moretti, arrestado por cargos de fraude, malversación y blanqueo de dinero. Según las fuentes, la investigación surgió de pruebas presentadas durante una audiencia de custodia reciente...
Las imágenes muestran cómo lo sacan del restaurante familiar esposado.
Lleva un traje, caro, a medida, de esos que siempre usaba para impresionar. Pero ahora no impresiona. Parece desesperado. Pequeño. Como un disfraz que ya no le queda.
Victor está al fondo, con el rostro pétreo, distanciándose ya de su hijo dorado.
«Tú lo creaste», pienso. «Tú creaste este monstruo. Y ahora finges que no lo conoces».
—¿Maria?
Luca sale del dormitorio, con el pelo todavía mojado de la ducha, una toalla enrollada en las caderas.
—¿Qué estás...?
Ve la pantalla. Se para en seco.
Vemos juntos cómo meten a Tommy en la parte de atrás de un coche patrulla. Cómo los periodistas gritan preguntas. Cómo Victor se da la vuelta y vuelve al restaurante sin decir palabra.
—¿Cómo te sientes? —pregunta Luca.
Pienso en la pregunta.
—Vacía —digo por fin—. Aliviada. Triste.
Me encojo de hombros.
—Todo eso, supongo.
—Tiene sentido.
—¿Lo tiene?
—Fue tu marido. Durante cinco años.
Luca se sienta a mi lado. Me coge la mano.
—Está bien hacer el duelo por lo que creías tener. Aunque nunca fuera real.
Me apoyo en él.
—Pensé que me sentiría más feliz. Cuando ganáramos.
—Ganar no siempre sabe a victoria.
Su pulgar traza círculos en mi palma.
—A veces solo sabe a supervivencia.
—¿Eso es lo que es esto? ¿Sobrevivir?
Me mira. Mira la curva de mi vientre —ocho meses ya, imposible de disimular, tensando cada camiseta que tengo—. Mira el apartamento que hemos construido juntos. La vida que crece entre nosotros.
—No —dice—. Esto es algo mejor. Esto es vivir.
Esa noche, lo encuentro en el piano.
No está tocando, solo sentado en la banqueta a oscuras, con un dedo apoyado en una tecla sin llegar a pulsarla. En todos estos meses, nunca lo he visto tocarlo.
—Ella me enseñó con este —dice, sin volverse. Sabe que soy yo. Siempre lo sabe—. Mi madre. Es lo único suyo que me llevé cuando me echaron.
Cruzo la habitación y me siento a su lado en la banqueta. No digo nada. Solo apoyo el hombro contra el suyo mientras la niña patea perezosamente bajo mis costillas.
Y entonces, en voz baja, torpemente, como quien recuerda un idioma que lleva años sin hablar, empieza a tocar.
No es nada del otro mundo, una melodía sencilla y titubeante.
Se equivoca en una nota, suelta un taco, vuelve a empezar el compás.
Pero toca. Por primera vez en cinco años, toca.
Y yo me quedo sentada a su lado en la oscuridad y entiendo que esta es la parte de él que nadie en esa familia se molestó en buscar.
—¿Cómo se llama? —pregunto, cuando sus manos por fin se quedan quietas.
—Ni idea. Se la inventó ella. Me la tocaba cuando no podía dormir.
Me da un golpecito con el hombro, y hay algo vulnerable en su cara que quiero grabar en la memoria.
—Quizá se la enseñe a ella algún día.
Y por una vez no hay Victor, ni Tommy, ni audiencia, solo una nana mal tocada y un futuro por fin lo bastante silencioso para oírla.
***
El imperio se derrumba más rápido de lo que nadie esperaba.
Victor intenta distanciarse, pero la investigación encuentra demasiados hilos sueltos. Evasión fiscal. Blanqueo de dinero. Décadas de delitos enterrados que salen a la luz ahora que el hijo dorado ha caído.
Los restaurantes cierran uno a uno —incautados, vendidos, clausurados—. El apellido Moretti, antes sinónimo de poder y prestigio, se convierte en un chiste. En un ejemplo de lo que no hay que hacer.
Rosa se retira a una villa en el campo. No habla con nadie, ni siquiera con el hijo que le queda. Me han dicho que se ha dedicado a la jardinería. Fingiendo que nada de esto ocurrió.
Nonna Donna sobrevivió al ictus. Está en una residencia ahora, frágil pero todavía con carácter. La visito cada semana, llevándole flores, cotilleos y novedades sobre el bebé.
—Una niña —le dije la semana pasada, cuando por fin supimos el sexo—. Vamos a tener una niña.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Una niña. Ay, Maria. Una niña.
—Creo que ya sé cómo quiero llamarla —admití—. Pero todavía no lo he dicho en voz alta. Ni siquiera a Luca. Quiero que sea de los dos, cuando llegue el momento.
Nonna me cogió la mano. La apretó con una fuerza sorprendente.
—Es perfecto —susurró—. Es absolutamente perfecto.
***
Y Giuliana...
Giuliana tiene a su bebé tres semanas antes que yo.
Una niña. Tres kilos trescientos. La llama Elena, como nuestra madre.
Me manda una foto al día siguiente del parto. Un gesto de paz tentativo, la primera comunicación real que hemos tenido desde el café.
Está aquí. Está sana. Pensé que querrías saberlo.
Me quedo mirando la foto durante mucho tiempo.
Elena Maria Benedetti. Mi sobrina. La hija de Tommy.
La media hermana de mi hija.
No respondo.
Todavía no.
Pero tampoco la borro.
***
Luca
Con ocho meses de embarazo, Maria nunca ha estado más hermosa.
Sé que suena a esas cosas que uno dice porque toca, como una frase de tarjeta de felicitación o de película cursi.
Pero es verdad. Hay algo en ella ahora, algo que irradia desde dentro.
La redondez de su vientre. La suavidad de su rostro.
La forma en que habla con la bebé cuando cree que no la escucho: pequeñas conversaciones sobre el mundo que va a mostrarle, la vida que van a construir juntas.
Nunca he amado a nadie como la amo a ella.
Me aterroriza.
—Estás mirando —dice. Estamos en la cocina, y ella intenta alcanzar un cuenco en el estante de arriba, algo cada vez más difícil con lo que le ha crecido la barriga.
—No puedo evitarlo. —Me acerco por detrás. Cojo el cuenco sin esfuerzo—. Eres muy mirable.
—Eso no es una palabra.
—Ahora sí. —La rodeo con los brazos desde atrás. Apoyo las manos en su vientre—. ¿Cómo están mis chicas hoy?
—Tus chicas tienen hambre. Y están cansadas. Y necesitan hacer pis de verdad, de verdad.
Me río. Le doy un beso en el cuello.
—Te quiero.
—Yo también te quiero. —Se gira entre mis brazos. Me mira con esos ojos oscuros—. Aunque todavía no sepas hacer café.
—Mi café está bien.
—Tu café es un crimen de guerra.
—Me hieres.
—Sobrevivirás. —Se estira. Me besa—. Ahora déjame hacer pis en paz.
***
Esa noche, no puedo dejar de pensar en ella.
Está en la ducha. Oigo el agua correr, los suaves sonidos de sus movimientos. Y mi mente sigue yendo a lugares a los que probablemente no debería: a la curva de su espalda, la redondez de su vientre, cómo se ve con el agua deslizándose por su piel.
Tiene ocho meses de embarazo. Probablemente deberías dejarla en paz.
Pero no puedo.
He estado intentando darle espacio. Intentando respetar lo cansada que está, lo incómoda que se siente con su cuerpo cambiante.
Pero la verdad es que la deseo más ahora que nunca.
Verla así —redonda y radiante, llevando dentro la vida que estamos construyendo juntos— me provoca algo que no puedo explicar.
Llamo a la puerta del baño.
—¿Maria? ¿Estás bien ahí dentro?
—Estoy bien. —Una pausa—. ¿Por qué?
—Solo quería asegurarme.
Otra pausa. Más larga esta vez.
—¿Luca?
—¿Sí?
—¿Quieres entrar?
***
El baño está lleno de vapor.
Está de pie en la ducha, el agua cayendo en cascada sobre sus hombros, de espaldas a mí. El cristal está empañado, pero aún puedo ver su silueta, la curva de su columna, la redondez de sus caderas, su vientre abultado de perfil.
Dios.
—¿Vas a quedarte ahí toda la noche? —Mira por encima del hombro. Sonríe—. ¿O vas a acompañarme?
Me quito la ropa. Entro en la ducha detrás de ella.
El agua está caliente. Casi demasiado. Pero apenas lo noto, porque se está girando para mirarme, y verla así, mojada y desnuda y hermosa, me deja sin aliento.
—Estás mirando otra vez.
—¿Puedes culparme?
—Parezco una ballena.
—Pareces una diosa. —Me acerco a ella. La atraigo hacia mí—. Lo más hermoso que he visto en mi vida.
—Luca...
—Lo digo en serio. —Le tomo el rostro entre las manos.
La obligo a mirarme—. Cada centímetro de ti.
Cada curva. Cada estría. Todo lo que tu cuerpo está haciendo para traer a nuestra hija al mundo.
—Le beso la frente. La nariz. La comisura de la boca—.
Nunca he deseado a nadie como te deseo ahora mismo.
Se le corta la respiración.
—Demuéstramelo.
***
Empiezo por los hombros.
Mis manos se deslizan sobre la piel mojada, deshaciendo la tensión que acumula ahí. Gime —un sonido de alivio, de placer, de rendición— y se apoya contra mí.
—Qué gusto.
—Apenas estamos empezando.
Voy bajando. Los brazos. La espalda. Los músculos doloridos a lo largo de la columna, resentidos de cargar el peso extra.
—¿Qué tal así?
—Como el cielo.
—Bien.
Le doy un beso en el hombro.
—Date la vuelta.
Se da la vuelta.
Y me arrodillo.
***
El agua cae sobre ambos mientras la adoro.
Empiezo por su vientre, depositando besos en la piel tensa, en el lugar donde crece nuestra hija. Se estremece. No de frío.
—Luca...
—Shh. Déjame.
Beso más abajo. La curva de su cadera. La parte interna de su muslo. La piel suave que tiembla bajo mi boca.
—No tienes que...
—Quiero hacerlo.
La miro.
El agua corre por mi rostro, su cuerpo es un milagro sobre mí.
—Quiero saborearte. Quiero hacerte sentir bien. Quiero pasar el resto de mi vida arrodillado ante ti.
Su mano encuentra mi cabello. Se enreda en él.
—De acuerdo —susurra—. De acuerdo.
La saboreo.
***
Es dulce y cálida y perfecta.
Me tomo mi tiempo. La redescubro: qué la hace jadear, qué la hace gemir, qué hace que me agarre del pelo con tanta fuerza que duele.
Siempre me ha encantado esto. Me encanta hacerla desmoronarse. Me encanta ser quien le da placer, quien la hace desconectar, quien hace que olvide todo excepto lo que siente su cuerpo.
Pero esta noche es diferente.
Esta noche no solo quiero que llegue al clímax. Le estoy mostrando lo que significa para mí. Lo que todo esto significa para mí.
—Luca...
Su voz suena tensa. Desesperada.
—Estoy cerca... Estoy tan cerca...
—Lo sé.
No me detengo. No aflojo el ritmo.
—Déjate ir, cariño. Te tengo.
Se corre con un grito que resuena en los azulejos.
La guío a través de todo: cada ola, cada estremecimiento, cada réplica, hasta que se desploma contra la pared de la ducha, sin fuerzas y jadeando.
—Dios mío.
Está riendo. Llorando. Ambas cosas a la vez.
—Eso fue...
—Aún no he terminado.
Me pongo de pie. La atraigo hacia mí.
—Quiero estar dentro de ti.
—Luca...
—Si estás demasiado cansada...
—No lo estoy.
Sus brazos rodean mi cuello.
—Te deseo. Siempre te deseo.
***
Nos movemos con cuidado.
Su espalda contra la pared de la ducha. Mis manos sosteniendo su peso. El ángulo diferente al habitual, para acomodar su vientre, para asegurarme de que esté cómoda.
—¿Está bien así?
—Es perfecto.
Me acerca más.
—Por favor, Luca. Necesito...
Me deslizo dentro.
Despacio. Centímetro a centímetro. Observando su rostro en busca de cualquier señal de incomodidad.
No hay ninguna.
Solo placer. Solo necesidad. Solo sus ojos fijos en los míos mientras la lleno por completo.
—Dios.
Apoyo la frente en la suya.
—Te sientes...
—Lo sé.
Me besa.
—Lo sé.
Empiezo a moverme.
***
Es lento.
Más lento de lo habitual. Más cuidadoso. Su cuerpo es diferente ahora, más sensible, más receptivo, más todo.
Adoro cada centímetro de ella.
El agua cae sobre nosotros mientras me muevo dentro de ella: embestidas largas y profundas que la hacen jadear, que la hacen clavar las uñas en mis hombros, que la hacen susurrar mi nombre como una oración.
—Te amo.
Lo digo con cada embestida.
—Te amo. Te amo. Te amo.
—Yo también te amo.
Está llorando de nuevo. Lágrimas felices.
—Te amo tanto.
—Mírame.
Le tomo el rostro entre las manos.
—Quiero verte. Quiero verlo todo.
Me mira.
Y lo veo todo: el miedo y la esperanza y el amor que refleja el mío. La confianza que ha depositado en mí. La vida que estamos construyendo juntos.
—Ven conmigo —susurro—. Maria, por favor...
Nos desmoronamos juntos.
***
Después, nos quedamos en la ducha hasta que el agua se enfría.
Está envuelta en mis brazos, con la cabeza sobre mi pecho, la bebé dando pataditas entre nosotros.
—Está activa esta noche —dice Maria.
Pongo la mano sobre su vientre. Siento el pequeño aleteo de movimiento bajo mi palma.
—Sabe que su papi está aquí.
Maria me mira. Sus ojos están húmedos.
—¿De verdad te ves así? ¿Como su papi?
—Me veo así desde la primera ecografía.
Le beso la frente.
—Es mía, Maria. Quizá no por sangre. Pero en todo lo que importa, es mía.
—Tommy...
—Tommy puede tener su nombre en un papel. Puede enviar cartas y luchar por el derecho de visitas y hacer lo que los abogados le permitan.
La abrazo con más fuerza.
—Pero yo soy quien va a estar aquí. Cada noche. Cada mañana. Cada rodilla pelada y cada pesadilla y cada primer día de colegio. Soy su padre. En todo lo que cuenta.
Está llorando otra vez.
—¿Por qué eres tan perfecto?
—No soy perfecto. Solo soy tuyo —le levanto la barbilla. Le doy un beso suave—. El tiempo que me quieras a tu lado.
—Para siempre —susurra—. Te tendré para siempre.
—Trato hecho.
***
Tres semanas después, todo cambia.
Me despierta Maria, sacudiéndome el hombro. Tiene el rostro pálido a la luz de la luna. La voz, tensa.
—Luca. Está pasando algo.
Me levanto de golpe.
—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre?
—La niña... —jadea. Se lleva una mano al vientre—. Creo... creo que ya viene.
—Es demasiado pronto. Solo estás de...
—Lo sé. —Otro jadeo. Otra ola de dolor le cruza el rostro—. Pero no va a esperar.
Ya estoy cogiendo ropa. Llaves. La bolsa del hospital que preparamos hace dos semanas, por si acaso.
—¿Puedes caminar?
—Creo que sí.
—Vale. Vale. —Intento no entrar en pánico. Fracaso—. Vamos a estar bien. Todo va a salir bien.
—Luca...
—¿Sí?
—Tengo miedo.
Me detengo. Le tomo el rostro entre las manos.
—Yo también. —Le beso la frente—. Pero hemos sobrevivido a todo lo demás. Sobreviviremos a esto también.
Asiente. Deja que la ayude a ponerse de pie.
Y caminamos juntos hacia lo desconocido.