Mi marido dejó embarazada a mi hermana (Su matrimonio en crisis nº 60) Maria
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Maria

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Sé que no debería estar aquí.

La nota de Luca sigue arrugada en mi bolsillo: No salgas del apartamento. No abras la puerta. Volveré antes de la reunión.

Pero el mensaje de Victor me quema en el teléfono, y estoy harta de que los Moretti dicten cuándo y dónde puedo existir.

El restaurante familiar está cerrado por un «evento privado», lo que al parecer significa que Victor Moretti está sentado solo en su reservado de la esquina como una araña esperando a una mosca.

El mismo reservado donde ha ejercido su poder durante cuarenta años.

El mismo reservado donde probablemente planeó mi divorcio entre un espresso y unos biscotti.

Empujo la puerta.

No se levanta cuando me ve. No ofrece un apretón de manos ni un saludo. Solo me observa cruzar el restaurante vacío con esos ojos fríos y calculadores.

—Maria. —Su voz es seda sobre acero—. Gracias por venir. Por favor, siéntate.

Me deslizo en el reservado frente a él. Mantengo la espalda contra la pared. Localizo las salidas: puerta principal, cocina, el pasillo que lleva al callejón trasero.

Viejos hábitos. O quizás nuevos.

—Supongo que sabes por qué te pedí que vinieras —dice Victor.

—Quieres que retire la demanda de divorcio. Que acepte un acuerdo. Que desaparezca discretamente.

—Quiero lo mejor para todos. —Bebe su espresso como si estuviéramos charlando tranquilamente sobre el tiempo—. Incluida tú. Incluido ese bebé.

La mano se me va al estómago antes de que pueda evitarlo.

Lo sabe. Sin duda lo sabe.

—¿Qué me ofreces?

Victor desliza una carpeta sobre la mesa. Gruesa. Oficial. El escudo de la familia Moretti grabado en la portada como si fuera un decreto real.

—Dos millones de euros. La casa. Un acuerdo de custodia razonable, compartida, por supuesto. Sin escándalo público. Sin batalla judicial prolongada. —Hace una pausa—. Te vas con tu dignidad intacta.

Abro la carpeta. Me obligo a leer despacio. Con cuidado.

Dos millones. La casa. Y enterrado en la letra pequeña, ahí está. Un acuerdo de confidencialidad. Una cláusula mordaza. Una cláusula que me prohíbe hablar públicamente sobre los Moretti o sus prácticas comerciales.

Y una cosa más: la exigencia de «terminar cualquier relación profesional con Luca Moretti o cualquier asociado de su bufete».

—Quieres que despida a Luca.

—Quiero que seas inteligente. —Victor se inclina hacia delante—.

Estás embarazada de mi nieto, Maria. Eso significa algo para mí, pienses lo que pienses.

Ese niño será el único Moretti nacido dentro de un matrimonio, el único heredero que puedo poner frente a una cámara sin que la palabra bastardo lo persiga.

Los demás son un desastre que tendré que enterrar.

Al tuyo puedo sacarle partido. Te estoy ofreciendo seguridad. Apoyo. Un futuro.

—Y a cambio, finjo que tu hijo no me engañó durante ocho meses.

—A cambio, dejas de hurgar en cosas que no te conciernen. —Su voz se endurece. Solo un poco. Lo justo—. Los registros financieros. Las cuentas en el extranjero. Las preguntas que has estado haciendo sobre cómo funciona esta familia.

Tiene miedo. Bajo todo ese barniz, le aterra lo que podríamos encontrar.

—¿Y si no acepto esta oferta tan generosa?

La sonrisa de Victor se desvanece.

—Entonces me lo quedo todo. Incluido ese bebé.

***

Las palabras quedan suspendidas en el aire entre nosotros.

Incluido ese bebé.

Debería estar aterrorizada. Debería estar echándome atrás, firmando los papeles, cogiendo el dinero y saliendo corriendo.

Pero algo extraño está pasando dentro de mí. Algo que parece casi... calma.

Porque he pasado cinco años con miedo de Victor Moretti. Cinco años viendo a Tommy encogerse cuando su padre alzaba la voz. Cinco años aprendiendo a hacerme pequeña, callada e inofensiva.

¿Y de qué me ha servido?

Aquí. Sola. Embarazada. Peleando por las migajas de una familia que nunca me quiso.

Que se joda.

—A ver si lo he entendido bien —digo, manteniendo la voz firme—. ¿Me estás amenazando con quitarme a mi bebé, un bebé que llevo en mi cuerpo, porque no voy a firmar un acuerdo de confidencialidad para tapar la aventura de tu hijo?

—Estoy exponiendo hechos. Los tribunales favorecen a los padres que pueden ofrecer un entorno estable. Y una madre que tira vino a la cara de la gente, que se acuesta con su cuñado, que claramente es inestable emocionalmente...

—Le tiré vino a la mujer que se estuvo follando a mi marido durante ocho meses. Creo que la mayoría de los jueces lo llamarían «comprensible».

—A la mayoría de los jueces se les puede convencer de que vean las cosas de otra manera. —La sonrisa de Victor es fría—. Especialmente cuando la familia del padre tiene recursos. Contactos. Influencia.

—¿Eso es una amenaza?

—Es información. Úsala como quieras.

Cierro la carpeta. La empujo hacia él sobre la mesa.

—No.

Victor parpadea.

—¿Perdona?

—No. No voy a firmar tu acuerdo de confidencialidad. No voy a retirar la demanda. Y no voy a fingir que tu hijo no destruyó nuestro matrimonio. —Me levanto—. Búscate otro títere, Victor. Yo he dejado de serlo.

—Siéntate. —Su voz es cortante. Autoritaria. La voz de un hombre que no está acostumbrado a oír la palabra «no».

—¿O qué? ¿Me quitarás a mi bebé? ¿Me destruirás? —Me río. Suena casi genuina—. Ya lo has intentado. Tu hijo me humilló delante de todos. Tu madre me culpó de su aventura. Y sigo en pie.

Recojo mi bolso.

—Se acabó lo de ser una buena esposa Moretti. Se acabó guardar silencio. Y se acabó tenerte miedo.

Me vuelvo hacia la puerta.

Y entonces se cierra la trampa.

***

La puerta del restaurante se abre de golpe.

Tommy irrumpe, con la cara roja y los ojos desorbitados. Parece que no ha dormido en días: sin afeitar, la camisa arrugada, esa energía maníaca que siempre me asustaba cuando estábamos casados.

—¿Es verdad? —Me mira fijamente. No a Victor. A mí—. ¿Estás embarazada?

Dios mío.

Miro a Victor. Está recostado en su reservado, con el espresso en la mano, observando cómo se desarrolla la escena con satisfacción sin disimular.

Este era el plan. Desde el principio. Traerme aquí para que Tommy se enterara.

—Sí —me obligo a mantener la calma—. Estoy embarazada. Me enteré el mismo día que me diste los papeles del divorcio.

La expresión de Tommy pasa por varias fases. Primero sorpresa, sorpresa genuina, lo que significa que Victor no se lo dijo de antemano. Luego ira. Y después algo más, algo que me pone la piel de gallina.

Posesividad.

—Ese bebé es mío.

—Este bebé es MÍO. Perdiste cualquier derecho sobre mi cuerpo cuando te pasaste ocho meses engañándome.

—No puedes... —Se acerca. Demasiado—. No puedes ocultarme esto. Es mi hijo. Mi heredero. No puedes simplemente...

—No te lo oculté. Simplemente no te lo había dicho todavía —mi voz es puro hielo—. Hay una gran diferencia.

—¿Cuándo ibas a decírmelo? ¿Después de poner al niño en mi contra? ¿Después de convertirlo en otra de las armas de Luca?

—No metas a Luca en esto.

—¡Luca ha estado metido en esto desde el principio! —La voz de Tommy sube de volumen. La gente de fuera empieza a mirar por las ventanas—. ¿Crees que no sé lo que está pasando? ¿Crees que no sé que te has quedado en su apartamento? ¿Durmiendo en su cama?

—Lo que hago y dónde duermo ya no es asunto tuyo. Tú te encargaste de eso cuando pediste el divorcio.

—Sigues siendo mi esposa...

—Soy tu EXesposa. O lo seré, en cuanto los tribunales tramiten los papeles que TÚ presentaste.

La mano de Tommy sale disparada. Me agarra del brazo.

Con fuerza.

—Suéltame.

—No te vas. No hasta que...

—Te ha dicho que la sueltes.

***

Luca está en la entrada.

No sé cuánto tiempo lleva ahí. No sé cómo me ha encontrado. Pero el alivio que me invade es tan intenso que casi me echo a llorar.

Parece... aterrador.

No enfadado. No molesto. Aterrador. Cada línea de su cuerpo irradia una violencia apenas contenida. Tiene los ojos clavados en la mano de Tommy, la que me aprieta el brazo, y hay algo en su expresión que hace que hasta Victor se remueva en su asiento.

—Quítale las manos de encima —dice Luca. Su voz suena tranquila. Casi coloquial—. Ahora.

Tommy aprieta más.

—Esto no es asunto tuyo.

—Lleva un hijo dentro. Le estás haciendo daño —Luca da un paso hacia él—. Eso lo convierte en asunto mío.

—Lleva a MI hijo dentro...

—Y le estás dejando marcas en el brazo. Suéltala.

Durante un largo momento, nadie se mueve.

Entonces Tommy me suelta. Retrocede. Tiene la cara desencajada, entre la rabia y la humillación.

—¿Esto es lo que quieres? —Señala hacia Luca y hacia mí—. ¿Él? ¿La vergüenza de la familia? ¿El traidor?

—Él nunca me ha mentido —me acerco a Luca—. Cosa que no puedo decir de ti.

—Te está utilizando. ¿No lo ves? No le importas, solo quiere destruirme. Destruir a papá. Destruir todo lo que hemos construido.

—Quizá todo lo que habéis construido merece ser destruido.

Cojo la mano de Luca.

La voz de Victor corta la tensión.

—Maria. Piensa muy bien en lo que estás haciendo. Aliarte con él... es una decisión que no tiene vuelta atrás.

Miro a Victor. A Tommy. Al restaurante donde pasé cinco años intentando formar parte de una familia que nunca me quiso.

—Bien —digo—. No quiero dar marcha atrás.

Luca y yo salimos juntos.

***

Luca

Doblamos la esquina antes de que me permita reaccionar.

—¿Estás bien? —Le examino el brazo donde Tommy la agarró. Hay marcas rojas. Le van a salir moretones—. ¿Te ha hecho daño?

—Estoy bien. Estoy... —Está temblando. Bajón de adrenalina—. ¿Cómo sabías dónde estaba?

—Volví al apartamento y te habías ido. Encontré el mensaje de Victor en tu teléfono —debería estar enfadado. Debería estar furioso porque fuiste sin mí, porque caíste en una trampa obvia. Pero lo único que siento es alivio de haber llegado a tiempo—. Te dije que no fueras sola.

—Lo sé. Lo sé, lo siento, solo que...

Se ríe. Suena un poco histérica.

—Estoy tan cansada de que me controlen. Adónde voy. Qué hago. A quién puedo ver. Necesitaba enfrentarme a él yo misma.

—¿Y?

—Y le dije que se fuera a la mierda —sonríe. Es lo más bonito que he visto en mi vida—. Bueno, no con esas palabras exactas. Pero casi.

Debería echarle un sermón. Decirle lo peligroso que fue eso, que Victor no hace amenazas que no pueda cumplir, que Tommy parecía dispuesto a...

Pero me está mirando con esos ojos oscuros, encendida por la victoria y la adrenalina, y solo puedo pensar en cuánto quiero besarla.

Está a base de adrenalina pura y al borde del precipicio. Lo último que necesita es convertirse en una cosa más que un Moretti se llevó porque le dio la gana.

Pero llevo teniendo ideas terribles sobre Maria Benedetti desde que la vi entrar en aquella fiesta con su vestido rojo.

—Maria...

No me deja terminar.

Me está besando.

***

Su boca está cálida y desesperada contra la mía. Sabe a café, a coraje, y a algo dulce por debajo.

Debería parar esto. Apartarme, recordarle todas las razones por las que esto es una idea catastróficamente mala.

En lugar de eso, la atraigo hacia mí.

La arrincono contra la pared de ladrillo del callejón, con las manos en su pelo, mientras ella me agarra la camisa. Hace un sonido —mitad jadeo, mitad gemido— y me lo trago, la beso más hondo, más fuerte.

Dios, cuánto he deseado esto. Cuánto la he deseado a ella.

—Luca...

Se aparta lo justo para respirar.

—No. No me digas que no deberíamos.

—No iba a hacerlo.

—No me digas que es complicado.

—Es complicado.

—Lo sé —tira de mí. Me besa otra vez—. Me da igual.

A mí tampoco.

La beso hasta que nos quedamos sin aliento. Hasta que tiene la espalda contra la pared y una pierna enganchada a mi cadera y estoy más empalmado que en toda mi vida.

Aquí no. Así no. Se merece algo mejor que un callejón.

Me obligo a apartarme. Apoyo la frente contra la suya.

—Llevo queriendo hacer esto —logro decir— desde que te vi en aquella fiesta.

—¿Por qué no lo hiciste?

—Porque eras la mujer de mi hermano. Porque estabas sufriendo. Porque no quería ser otra persona que te arrebatara algo —le acaricio la cara—. Quería que eligieras tú. Cuando estuvieras lista.

—Estoy eligiendo —me mira a los ojos. Oscuros. Seguros—. Te elijo a ti.

La beso otra vez.

Más suave esta vez.

Una promesa.

—No hasta el final —murmuro contra su boca—. Todavía no. No hasta que seas libre.

—¿Pero pronto?

—Pronto —me sale la voz ronca. Rota—. Dios, sí. Pronto.

Su teléfono vibra.

Nos separamos. Lo saca, mira la pantalla.

Se le va el color de la cara.

—¿Qué pasa?

Me enseña el mensaje. De Renata.

«Emergencia. Los abogados de Tommy acaban de presentar una demanda. Petición de custodia prenatal. Alega que no eres apta y que eres infiel. Audiencia en dos semanas».

***

La victoria de hace cinco minutos se vuelve ceniza.

—Va a por el bebé.

—Intenta asustarte —pero hasta yo oigo el miedo en mi propia voz—. Las peticiones de custodia prenatal son casi imposibles de ganar. Los tribunales...

—A los tribunales se les puede convencer —la voz de Maria suena hueca—. Victor dijo eso. Dijo que a los jueces se les puede convencer de ver las cosas de otra manera cuando la familia del padre tiene recursos.

—Victor dice muchas cosas.

—Pero no se equivoca, ¿verdad? —me mira—. Tienen dinero. Contactos. Tienen ese vídeo de mí tirándole el vino a Giuliana. Tienen...

Se le quiebra la voz.

—Tienen una foto nuestra. En el jardín. En la fiesta de la Nonna. El primo de Tommy nos pilló besándonos.

Mierda. Me olvidé de Marco. Me olvidé de que esa pequeña comadreja estaba merodeando con su teléfono.

—La foto no importa. Ya estabais separados cuando...

—A un juez sí le importa. A la opinión pública sí le importa —Maria se lleva la mano al vientre—. Luca, ¿y si me quitan a mi bebé?

—No lo harán.

—No lo sabes.

—Sé que no voy a dejar que lo hagan —le cojo las manos.

Se las aprieto con fuerza—. Escúchame. Tenemos pruebas de los delitos de Tommy.

Tenemos a Giuliana, que tiene miedo de algo y podría estar dispuesta a hablar.

Tenemos la verdad, y la verdad es que Tommy la engañó durante ocho meses, dejó embarazadas a tres mujeres, y ahora intenta usar la custodia como arma porque no soporta que hayas pasado página.

—¿Tres mujeres?

Mierda. No quería contarle lo de Amanda todavía.

—Te lo explicaré después. Lo importante es que vamos a luchar contra esto. Y vamos a ganar.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Porque llevo cinco años esperando esto. Porque creen que son intocables. Y porque... —la atraigo hacia mí—. Porque te quiero. Y no voy a permitir que nadie te haga daño. Ni Victor. Ni Tommy. Ni nadie.

Se queda inmóvil en mis brazos.

—¿Me quieres?

Mierda. ¿Dije eso en voz alta?

—Yo... —debería retractarme. Debería decir que es demasiado pronto, demasiado complicado, demasiado todo—. Sí. Te quiero. Creo que te quiero desde...

Ella me besa.

Esta vez, es como volver a casa.