El dinero de Daniel
Camila consiguió el detalle completo de la transferencia poco después del mediodía.
El despacho temporal donde trabajábamos había pertenecido a un semanario local que cerró durante la pandemia.
Conservaba tres escritorios, archivadores vacíos y una pared cubierta con rectángulos más claros donde antes habían colgado fotografías.
No utilizábamos la conexión del edificio.
Camila había instalado una computadora sin disco interno y guardábamos los archivos en memorias separadas que retirábamos al terminar cada sesión.
Sobre uno de los escritorios extendió la cadena de movimientos bancarios.
—La empresa que pagó a Daniel se llamaba Desarrollos Orbe del Norte —dijo—. Recibió el dinero desde la misma cuenta fiduciaria de Laredo que utilizó Espejo Patrimonial.
—Eso ya lo sabíamos.
—No sabíamos qué hizo Daniel después.
Camila colocó tres hojas frente a mí.
La primera mostraba la transferencia recibida tres días después de la identificación del cuerpo. La cantidad era superior a seis millones de pesos. No figuraba como salario, préstamo ni herencia. El concepto decía:
Compensación extraordinaria por reestructura patrimonial.
—Una frase diseñada para no significar nada —dije.
—Exactamente.
El dinero no permaneció mucho tiempo en la cuenta de Daniel.
Dos días después, transfirió casi la mitad a un fideicomiso privado cuyo beneficiario era Sofía. La cuenta tenía restricciones: no podía utilizarse hasta que ella cumpliera dieciocho años, salvo para gastos médicos o educativos aprobados por dos administradores.
Uno de ellos era Daniel.
El otro, Arturo.
—Puso el dinero a nombre de Sofía —dijo Camila.
—Pero dejó a Arturo con control sobre él.
—Quizá no pudo evitarlo.
—Siempre podía negarse a recibirlo.
La segunda transferencia salió una semana después. Era una cantidad menor, aunque seguía siendo considerable, dirigida a Seguridad Integral del Norte.
La empresa de Esteban.
El concepto indicaba protección residencial y evaluación de riesgos familiares.
Leí la cifra dos veces.
—Daniel les pagó.
—Pudo creer que contrataba seguridad.
—Pagó al hombre que me retenía.
La frase quedó suspendida entre nosotras.
Durante el cautiverio, Esteban nunca habló de Daniel como de un enemigo. En ocasiones recibía llamadas y salía del cuarto para responder. Una vez, después de que me negué a firmar un documento, regresó y dijo que mi esposo ya había entendido las reglas.
Yo había supuesto que mentía.
Ahora no estaba segura.
—Daniel recibió dinero de Arturo —dije—. Después entregó parte a Esteban. Tal vez no fue un pago por seguridad. Tal vez era su parte del acuerdo.
—¿Por qué pondría la mayor cantidad a nombre de Sofía?
—Para parecer un padre preocupado. O para proteger lo que obtuvo gracias a mi muerte.
Camila se apoyó contra el escritorio.
—No sabemos si Daniel conocía la relación entre Esteban y tu secuestro.
—Sabía que el cuerpo no podía reconocerse. Mintió frente a las cámaras. Retiró las objeciones legales después de recibir el dinero. ¿Cuántas coincidencias necesita antes de que dejemos de llamarlas coincidencias?
Ella no respondió.
Abrí los estados de cuenta posteriores. El resto de la suma se distribuyó entre el pago de una hipoteca, honorarios legales y una cuenta compartida con Salgado Norte.
Ningún movimiento parecía destinado a una vida nueva o a una fuga.
Daniel no compró otra casa, no salió del país y no redujo su actividad en la empresa.
Había continuado viviendo bajo la supervisión de Arturo.
Eso podía ser miedo.
También podía ser comodidad.
Camila recuperó otra carpeta del archivo de contingencia. Contenía anotaciones financieras creadas por Daniel durante los meses posteriores a mi desaparición. No eran correos completos, sino borradores breves sincronizados con un sistema interno de tareas.
Algunas frases estaban vinculadas a reuniones de consejo:
Revisar condiciones antes de aceptar.
No permitir acceso directo a Sofía.
Aplazar firma hasta confirmación médica.
Luego apareció un mensaje sin destinatario, guardado dos días antes de que Daniel firmara la identificación.
Acepto. Pero ella queda fuera de esto.
Leí la frase varias veces.
—¿Ella quién? —preguntó Camila.
—Valeria.
—Todavía no trabajaba en Salgado Norte.
—Podía conocerla antes de que la relación fuera pública.
—Lucía también era una mujer.
—O alguna otra persona involucrada.
Camila revisó la fecha de nuevo.
—El mensaje fue escrito meses antes de que Valeria apareciera en cualquier registro relacionado con Daniel. Y Lucía ya había desaparecido.
—Eso no demuestra que no se conocieran.
—No. Pero hay una explicación más sencilla.
La miré.
—Sofía.
Volví a leerlo.
Acepto. Pero ella queda fuera de esto.
La frase podía ser la respuesta de un hombre negociando su participación en un crimen.
También podía ser la respuesta de un padre al que acababan de mostrarle fotografías de su hija.
—¿A quién se lo envió? —pregunté.
—No aparece. El sistema conservó el borrador, pero no el mensaje enviado.
—Entonces no sabemos si era una condición real o una forma de tranquilizarse.
Camila abrió otra anotación, creada esa misma noche.
Arturo dice que es la única manera de terminarlo.
No especificaba qué debía terminar.
La investigación.
La incertidumbre.
Mi vida.
Me alejé del escritorio y caminé hasta la ventana. Desde el tercer piso se veía una calle estrecha donde varios empleados salían de una oficina para comprar comida. Una mujer hablaba por teléfono mientras sostenía una bolsa de pan. Un motociclista esperaba a que cambiara el semáforo.
En algún punto de la ciudad, Sofía estaba en la escuela.
No sabía que su madre había regresado. No sabía que su padre había recibido millones de pesos después de enterrarla. Tampoco sabía que el hombre contratado para protegerla era el mismo que había vigilado mi cautiverio.
—Necesitamos acceder al contrato con Esteban —dije.
—La empresa no lo tiene en el archivo antiguo.
—Daniel guardaba copias personales de los contratos de seguridad.
—En su oficina o en la casa.
La casa.
La caja musical del colibrí seguía allí, si Arturo no la había encontrado. También podían estar los documentos que explicaban por qué Daniel pagó a Esteban.
Mi teléfono desechable vibró.
Era un número desconocido.
No había mensaje escrito, solo una imagen adjunta.
La abrí.
Sofía dormía de costado en su cama. Llevaba una camiseta amarilla y abrazaba una almohada. La fotografía había sido tomada desde el interior de su habitación, a menos de dos metros de ella.
La fecha indicada en la esquina era de la noche anterior.
Debajo apareció una frase:
Los muertos no recuperan a sus hijos.
Se me cayó el teléfono.
Camila lo recogió y miró la imagen.
—Tenemos que llamar a la policía.
—Entraron en su habitación.
—Por eso mismo.
—Si hacemos una denuncia sin poder explicar cómo recibimos esto, Arturo sabrá que estoy viva.
—Ya lo sabe alguien.
Miré otra vez la fotografía.
No provenía de una cámara exterior ni de un empleado de la escuela. La persona que la tomó había cruzado el pasillo de mi antigua casa, abierto la puerta de Sofía y permanecido junto a su cama mientras dormía.
Daniel podía haber autorizado la vigilancia.
Valeria podía haber tomado la fotografía.
Esteban podía entrar cuando quisiera.
No podía continuar observando desde lejos mientras discutía cuál de ellos era menos culpable.
—Valeria conoce a Lucía, conoce las cuentas y vive con Sofía —dije—. Si ayudó a organizar esto, sabrá qué planean. Si está investigando a Arturo, tendrá razones para hablar.
—¿Y si te entrega?
—Prepararemos el encuentro para que no pueda hacerlo sin perder todo.
Camila negó con la cabeza.
—No puedes presentarte frente a ella solo porque alguien quiere provocarte.
—No es una provocación. Es un aviso.
Guardé la imagen en tres memorias distintas. Después busqué la fotografía del relicario verde.
Ya no podía esperar a que Valeria revelara por accidente de qué lado estaba.
Iba a confrontarla.