La mujer que quería reemplazarme
El mensaje que envié a Valeria contenía una sola fotografía.
El relicario verde estaba abierto sobre una mesa. En su interior se veía el rostro de Lucía.
Debajo escribí:
No firmé.
Valeria respondió nueve minutos después.
¿Quién eres?
No contesté.
Elegimos Torre Horizonte porque su estacionamiento subterráneo tenía cámaras en cada acceso, dos salidas peatonales y una conexión con un centro comercial.
A las ocho habría empleados llegando a las oficinas, suficiente movimiento para impedir una agresión abierta sin convertir el lugar en una multitud incontrolable.
Camila ocuparía un auto estacionado en el nivel superior. Escucharía todo a través de un micrófono oculto en mi chamarra.
Habíamos programado tres envíos automáticos.
Si no cancelábamos el primero antes de las nueve, Inés recibiría las pruebas dentales.
El segundo enviaría los archivos de E-17 a dos periodistas.
El tercero entregaría la fotografía de Sofía dormida y los registros de Esteban a una fiscalía y a un contacto de Camila en Texas.
No llevé documentos originales.
Valeria llegó a las ocho menos cuatro.
Condujo un auto blanco distinto al que utilizaba con Sofía. Se estacionó cerca de una columna y permaneció dentro casi un minuto, observando los espejos.
Yo esperaba a veinte metros.
Cuando salió, llevaba pantalón negro, una blusa sencilla y un bolso cruzado. No parecía una mujer que acudiera a una reunión de negocios. Parecía alguien preparado para correr.
—Deja el bolso sobre el cofre —dije.
Valeria giró hacia mi voz.
Durante un segundo no me reconoció.
Después su rostro perdió el color.
No gritó. No retrocedió. Se quedó mirándome como si su mente rechazara lo que tenía enfrente.
—Elena.
Escuchar mi nombre en su voz produjo una sensación más violenta que cualquier insulto.
—Deja el bolso.
Lo hizo.
—¿Arturo sabe que estás viva?
No preguntó cómo había escapado.
No preguntó dónde había estado.
Su primera preocupación fue Arturo.
—¿Por qué tendría que saberlo?
Valeria miró hacia las cámaras.
—Porque si lo sabe, no deberías estar aquí.
—Tú tampoco.
—¿Te siguieron?
—Vine a hacer las preguntas.
Me acerqué sin abandonar la distancia necesaria para reaccionar. Valeria observó mi cabello corto, las cicatrices y la forma en que mantenía una mano dentro del bolsillo.
—Pensé que estabas muerta —dijo.
—Eso te resultó conveniente.
Sus ojos se endurecieron.
—No sabes nada sobre mí.
—Sé que Lucía era tu hermana. Sé que asististe a su entierro bajo mi nombre. Sé que aceptaste dinero de Arturo, investigaste mi vida y después entraste en mi casa.
Valeria apretó la mandíbula.
—Entraste en mi apartamento.
—Encontré mi expediente.
—No era tuyo.
—Llevaba mi nombre.
—Era una investigación.
—También fotografiaste a mi hija.
—Para saber quién la vigilaba.
—Vives con ella.
—Eso no significa que pueda protegerla cada minuto.
La respuesta me enfureció por la facilidad con que utilizó la palabra proteger.
—¿La proteges durmiendo en la cama de su madre?
Valeria bajó la mirada un instante.
—No vine a discutir sobre Daniel.
—Yo sí vine a discutir sobre todo lo que robaste.
—No robé tu vida.
—La estudiaste antes de ocuparla.
—Estudié tu desaparición.
—Tus archivos incluían mi historia médica desde antes de que me secuestraran.
—Lucía me envió parte de esa información.
La afirmación me detuvo.
—¿Por qué?
—Porque te estaba investigando.
—Lucía intentó advertirme.
—Al principio no confiaba en ti.
Valeria mantuvo las manos visibles sobre el cofre del auto.
—Lucía encontró pagos firmados con tu usuario. Creyó que formabas parte de la operación. Me pidió ayuda para investigar tu relación con las empresas. Cuando comprendió que alguien utilizaba tus autorizaciones sin que lo supieras, intentó contactarte directamente.
—Y desapareció.
—Sí.
—Nueve días antes que yo.
Valeria tragó saliva.
—Sí.
—Después te acercaste a Daniel bajo una identidad cuidadosamente preparada.
—Usé mi nombre.
—Ocultaste que eras hermana de Lucía.
—Porque Salgado Norte la había borrado como si nunca hubiera trabajado allí. Si mencionaba su nombre, Arturo habría cerrado todas las puertas.
—Entonces utilizaste a mi esposo.
—Sí.
La admisión fue tan directa que tardé un momento en reaccionar.
—¿Te acercaste a él para investigar?
—Al principio.
—¿Y después?
Valeria desvió la mirada.
—Eso se complicó.
—Te vas a casar con él.
—No necesito que me recuerdes lo que voy a hacer.
—¿Lo amas?
—No es relevante.
—Para Sofía sí.
Valeria levantó los ojos.
—Sofía es la razón por la que no puedes presentarte en la casa.
Saqué el teléfono y le mostré la fotografía de mi hija dormida.
—¿La tomaste tú?
Valeria observó la imagen y su rostro cambió.
—No.
—Está dentro de la habitación donde duermes.
—Yo no tomé esa foto.
—¿Quién entra en la casa?
—Esteban tiene acceso a través del sistema de seguridad. Arturo dijo que era una medida de protección.
—¿Daniel lo sabe?
—Cree que las cámaras exteriores son administradas por Esteban. No sabe que puede desactivar la alarma interior.
—¿Y tú sí?
—Lo descubrí hace siete meses.
—Pero continuaste viviendo allí.
—Porque irme no lo habría detenido. Solo me habría dejado fuera.
Quería rechazar cada explicación. Sin embargo, Valeria no parecía sorprendida por la fotografía. Parecía aterrada por lo que significaba.
—Aceptaste dinero de Arturo —dije.
—Sí.
—El mismo dinero que pagó a Beltrán y a la funeraria.
—Acepté contratos para que creyera que estaba dispuesta a trabajar con él.
—También recibiste una transferencia personal.
—La usé para abrir la cuenta de Laredo y seguir el movimiento hasta Rivera Border Accounting.
—No encontré ninguna cuenta a tu nombre.
—Porque no está a mi nombre.
—Conveniente.
—No necesito que me creas. Necesito que no cometas el error de aparecer frente a Sofía sin entender quién puede alcanzarla.
—Tú dijiste que podías manejarla.
Valeria cerró los ojos brevemente.
—Arturo debía creer que yo controlaba sus recuerdos.
—¿Qué hiciste?
—Convencí a Daniel de llevarla a terapia. Le dije a Sofía que podía dibujar lo que no se atreviera a decir. Cuando Arturo preguntaba, yo afirmaba que eran fantasías.
—Y fotografiaste sus dibujos.
—Para conservarlos antes de que él los destruyera.
La observé durante varios segundos.
Podía estar diciendo la verdad.
Podía haber preparado aquellas respuestas durante tres años.
—¿Sabías que Lucía era la mujer del ataúd? —pregunté.
—Lo sospeché durante el funeral. Beltrán no me permitió acercarme y Arturo ordenó que me sacaran del área familiar. Dejé el relicario para que alguien preguntara quién era la mujer de la fotografía.
—Después lo retiraste.
—Regresé al día siguiente. El cuidador dijo que un hombre había preguntado por él. Tuve miedo de que llegara a Arturo.
—¿Por qué volver a dejarlo ahora?
—Porque sabía que Arturo mantenía vigilada la tumba. Quería que le informaran que la familia de Lucía seguía buscando y observar si movía archivos o personas.
—Era una provocación peligrosa, no un plan seguro.
—Lo sé. No podía garantizar que funcionara; solo necesitaba romper la sensación de que el caso estaba cerrado.
—¿Y funcionó?
—Hubo movimiento en la clínica y Arturo comenzó a revisar cuentas antiguas. No sé si el relicario lo provocó o si coincidió con tus búsquedas.
El micrófono bajo mi chamarra parecía arder contra la piel. Camila escuchaba cada palabra.
—¿Organizaste mi desaparición?
Valeria sostuvo mi mirada.
—No.
—¿Ayudaste a utilizar el cuerpo de Lucía?
—No.
—¿Sabías que yo estaba cautiva?
—No. Creí que Arturo te había matado hasta hace tres meses.
—¿Qué ocurrió hace tres meses?
—Encontré una autorización firmada por ti después de la fecha del entierro. La firma tenía variaciones, como si hubieras estado enferma o drogada. Comprendí que quizá te habían mantenido viva para utilizarte.
—¿Por qué no avisaste a la policía?
—Porque uno de los hombres que investigó la desaparición de Lucía terminó trabajando para Seguridad Integral del Norte.
No tenía pruebas de que dijera la verdad, pero aquella respuesta coincidía con todo lo que habíamos descubierto sobre Esteban.
Valeria abrió lentamente el bolso.
Saqué la mano del bolsillo.
—Despacio.
—Voy a mostrarte algo.
Extrajo un sobre, lo colocó sobre el cofre y dio un paso atrás.
Dentro había una fotografía de Sofía saliendo del kínder, tomada pocas semanas después de mi desaparición. Daniel aparecía a su lado. Detrás de ellos, junto a un vehículo negro, estaba Esteban.
En el reverso se leía:
Recuerda lo que puede perder.
—La encontré en los archivos de Arturo —dijo Valeria—. No era para ti.
—¿Para quién?
—Para Daniel.
Miré la fotografía.
—Daniel recibió dinero después de identificar el cuerpo.
—Lo sé.
—Pagó a Esteban.
—Porque Arturo le dijo que Esteban protegería a Sofía.
—Firmó un documento falso.
—Porque Arturo le mostró fotografías como esta y algo peor.
—Eso no lo convierte en inocente.
—No he dicho que lo sea.
Valeria guardó silencio antes de continuar.
—Daniel no identificó ese cuerpo porque quería que desaparecieras. Lo hizo porque Arturo le enseñó lo que ocurriría con Sofía si se negaba.