Catorce días para la boda
Camila consiguió la ropa.
Una falda negra, una blusa holgada, zapatos bajos y un abrigo claro que pertenecía a una vecina de su talla. También compró una mascarilla médica y unos lentes de armazón grueso sin aumento. El cabello corto y la pérdida de peso hacían el resto.
El hotel ocupaba una esquina amplia de San Pedro, rodeado de restaurantes, torres de oficinas y jardines diseñados para parecer naturales. Daniel y yo habíamos asistido allí a cenas empresariales, aunque nunca consideramos celebrar nuestra boda en ese lugar. A él le parecía demasiado impersonal.
Valeria no compartía esa opinión.
Entré poco después de las siete, mezclándome con un grupo que asistía a una conferencia en uno de los salones. Llevaba una bolsa grande y una carpeta vacía bajo el brazo para parecer parte del personal externo.
En el vestíbulo principal habían instalado una estructura cubierta de flores blancas. Dos empleados ajustaban luces diminutas entre las ramas mientras una mujer revisaba muestras de manteles sobre una mesa.
Valeria.
Ya no usaba mi bata. Llevaba pantalón beige, blusa oscura y el cabello recogido en una cola baja. Hablaba con una coordinadora sin levantar la voz, señalando detalles en una tableta. No parecía una novia nerviosa. Parecía una ejecutiva supervisando una operación que no podía permitirse errores.
Me mantuve detrás de una columna.
—Las mesas familiares deben quedar lejos de la salida de servicio —dijo Valeria—. Y la niña no puede sentarse junto al pasillo.
La coordinadora hizo una anotación.
—¿Su hija llevará un menú distinto?
—No es mi hija.
Valeria se detuvo. Su expresión cambió apenas.
—Todavía no —añadió.
Sofía apareció junto a una empleada del hotel. Llevaba un vestido azul sobre unas mallas y sostenía un vaso de chocolate. La mujer señaló a Valeria y se marchó.
Mi hija se acercó sin entusiasmo.
Valeria dejó la tableta.
—¿No te gustó el pastel?
Sofía se encogió de hombros.
—Tiene demasiado limón.
—Eso dijiste la primera vez.
—Y nadie me hizo caso.
Valeria sonrió.
—Entonces tendremos chocolate.
—A papá le gusta el de limón.
—Tu papá no es quien tiene que comerse una rebanada enorme frente a cien personas.
Sofía la miró con desconfianza, pero al final sonrió un poco. Valeria le limpió con el pulgar una mancha de chocolate junto a la boca.
El gesto me dolió más de lo que habría dolido una bofetada.
Si aquella mujer hubiera tratado mal a mi hija, habría sabido exactamente qué sentir. Podría haberla reducido a una intrusa, una amenaza simple, alguien a quien debía apartar. En cambio, Sofía permaneció a su lado sin miedo. Valeria conocía sus gustos y se preocupaba por dónde se sentaría.
Me obligué a recordar que la ternura también podía ser una herramienta.
Daniel cruzó el vestíbulo hablando por teléfono. Al verme desde lejos, mi cuerpo reaccionó como si fuera a correr hacia él. Tuve que apoyar una mano en la columna.
Terminó la llamada y se acercó a Sofía.
—Tenemos que irnos.
—Valeria dijo que cambiará el pastel.
—No estamos hablando del pastel.
Su tono hizo desaparecer la sonrisa de Sofía.
Valeria tomó la tableta y se la entregó a la coordinadora.
—Voy contigo.
Los tres se dirigieron hacia una sala privada. Esperé unos segundos y los seguí por un pasillo lateral.
La puerta no cerró por completo.
—No la vas a mandar a Texas —dijo Daniel.
La voz de Arturo respondió desde el interior.
—No la estoy mandando. Se mudará con ustedes después de la boda.
—Nunca acordamos eso.
—Acordamos que la seguridad de Sofía era la prioridad.
Me acerqué lo suficiente para verlos a través de la abertura.
Arturo estaba sentado al final de una mesa. Daniel permanecía de pie, con ambas manos apoyadas sobre el respaldo de una silla. Valeria se quedó junto a la puerta. Sofía no estaba allí; probablemente la habían dejado con alguna empleada.
—Tiene escuela —dijo Daniel—. Tiene una terapeuta. Tiene una vida aquí.
—También tiene recuerdos que no dejan de aparecer.
Daniel miró hacia Valeria.
—No frente a ella.
—Valeria formará parte de la familia dentro de catorce días —respondió Arturo—. Es hora de dejar de hablar como si fuera una invitada.
Daniel se pasó una mano por el cabello.
—Lo discutiremos después de la boda.
No era un sí, pero tampoco era una negativa.
Arturo sonrió con una paciencia que siempre había usado para hacer que los demás parecieran irracionales.
—Eso es todo lo que pido.
Salí del pasillo antes de que abrieran la puerta. Regresé al vestíbulo y fingí revisar mensajes en un celular apagado.
Unos minutos después, Daniel apareció con Sofía. Mi hija caminaba unos pasos detrás de él.
Valeria no los acompañaba.
Esperé.
Arturo salió por otra puerta y se dirigió hacia los elevadores. Valeria lo alcanzó antes de que llegara.
—Necesito saber si la cuenta anterior ya está cerrada —dijo en voz baja.
Arturo presionó el botón.
—No es el lugar.
—Llevo meses esperando.
—Y esperarás un poco más.
—El acuerdo no era ese.
Las puertas del elevador se abrieron, pero ninguno entró.
Arturo se inclinó hacia ella.
—Nada está cerrado hasta que la niña deje de recordar.
Valeria endureció la mandíbula.
—Puedo manejarla.
—Eso dijiste antes.
Entraron en el elevador.
Yo me quedé inmóvil frente a la vitrina de una tienda cerrada.
La niña.
Sofía.
No podía haber otra interpretación. Su terapia, los dibujos, el plan de llevarla a Texas y la vigilancia frente a la casa formaban una línea demasiado clara.
Tal vez Valeria no trataba bien a mi hija porque la amaba. Tal vez llevaba tres años aprendiendo a controlarla.
Las puertas del elevador volvieron a abrirse varios minutos después. Valeria salió sola.
Caminó directamente hacia mí.
Bajé la mirada, pero hacerlo habría llamado más la atención. Fingí estudiar uno de los arreglos florales mientras sentía sus pasos acercarse.
Se detuvo al otro lado de la mesa.
—¿Trabaja con el hotel? —preguntó.
—Con el proveedor de iluminación.
Mi voz sonó más áspera de lo normal. Tres años hablando poco habían cambiado su textura.
Valeria me observó por encima de la mascarilla. Sus ojos descendieron hacia la cicatriz de mi cuello y regresaron a los míos.
Por un instante pensé que me había reconocido.
—Las luces del arco parpadean —dijo.
—Voy a revisarlas.
Asintió, pero no se apartó de inmediato.
Nuestros ojos permanecieron unidos durante dos segundos demasiado largos.
Después alguien la llamó desde recepción y Valeria se marchó.
Esperé hasta que entró en otra sala. Entonces tomé el elevador hacia el estacionamiento.
Arturo se encontraba junto a una camioneta negra, hablando con el conductor. El olor a cedro y bergamota llegó antes que su voz.
Me oculté detrás de una columna.
El vehículo estacionado frente a mi antigua casa tenía una pequeña abolladura junto a la luz trasera derecha.
Aquella camioneta tenía la misma marca.
Arturo subió al asiento trasero.
El auto que vigilaba a mi hija pertenecía a él.