Capítulo 44
Tucker
Evidentemente, Nashville no se parecía en nada a Mountain Brooks.
Era una ciudad demasiado grande, con mucho ruido y llena de gente que no miraba a nadie.
Edificios altos, de cristal, y personas entrando y saliendo sin mirar atrás.
Todo parecía tan impersonal y frío que me dio un mal rollo de la hostia.
Esto era lo que menos necesitaba Liz, pero aquí estábamos, dando un paso muy importante para ponerle fin a una pesadilla que había empezado varios meses atrás.
Aparcamos en un hueco que encontramos cerca del edificio en el que ella tendría que prestar declaración; el mismo sitio donde se encontraba custodiado ese desgraciado desde su detención en Mountain Brooks.
El motor se apagó y, durante un segundo, el silencio dentro del coche se hizo raro y eterno. Era Maverick el que conducía; yo iba en la parte de atrás, sin soltarle la mano a Liz, que por momentos temblaba como una hoja zarandeada por el viento.
La busqué con la mirada.
—¿Estás bien? —quise saber.
Pregunta inútil, teniendo en cuenta a lo que estaba a punto de enfrentarse, pero salió igual.
No respondió enseguida; tenía los ojos clavados en el enorme edificio que teníamos enfrente. Supuse que mentalizándose para bajar del coche y cruzar los escasos metros que nos separaban de allí.
—No lo sé —dijo al final.
Honesta y sin adornos, como era ella.
Asentí.
Era lo único que podía hacer.
—No vas a estar sola —le recordé—. Garrett y tu padre estarán dentro contigo. Y yo estaré esperándote al otro lado de la puerta.
No la miré al decirlo, porque entonces vería en mis ojos que quedarme fuera esperando era algo que no llevaba nada bien; pero así debía ser, y me veía obligado a cumplir la ley.
—Lo sé.
Esta vez sí giró la cabeza hacia mí.
Y en sus ojos había algo distinto que no se parecía nada a la calma, pero tampoco era miedo. Era otra cosa, pequeña, frágil y real, que tenía mucho que ver con la determinación.
—Quiero hacerlo —enfatizó—. Quiero terminar con esto de una vez.
Eso me sorprendió.
No la frase en sí, sino cómo la pronunció.
—Vale.
Su padre nos observaba por el espejo retrovisor; parecía calmado y despreocupado, pero, conociéndolo, seguro que por dentro era una cosa totalmente diferente.
Sahale se había quedado al mando en el pueblo, junto a Lucien, y Nial, que me habían hecho prometer que me pondría en contacto con ellos en cuanto Liz saliera del interrogatorio.
Abrí la portezuela del coche, dejando que el ruido de la calle entrara de golpe, más fuerte de lo que esperaba, y di la vuelta para abrir la suya.
Lizzy dudó un segundo antes de salir. Luego lo hizo, quedándose de pie a mi lado, con la vista fija en el puñetero edificio. El sitio donde todo aquello iba a pasar, donde tendría que contarlo todo de nuevo y, por ende, revivirlo muy a su pesar.
Su padre también se bajó del coche y, ambos, uno por cada lado, la acompañamos hasta allí.
—Si quieres dejarlo… lo dejamos —dijo su padre al verla dudar frente a la puerta.
Simple y claro. Una salida a la que podía acogerse si lo necesitaba.
—No —respondió, tajante—. Vamos.
Y empezó a caminar con determinación.
El interior era aún peor que la estructura vista desde fuera. Limpio, sí, casi diría que inmaculado, pero tan impersonal como un jodido robot. Los empleados de allí no levantaban la vista si no encajabas con ellos; eso estaba claro.
Lizzy no se detuvo en el enorme recibidor; siguió caminando junto a nosotros.
Un guardia, sin mirarnos y en piloto automático, nos indicó el control de entrada.
—Identificación.
Se la dimos y aguardamos a que nos diera el visto bueno.
—Gracias —dijo sin más.
Nos dejó pasar, señalándonos el pasillo, largo, blanco y silencioso por el que debíamos ir.
—Por aquí —indicó alguien más adelante.
Un agente, que nos guio sin decir mucho más.
Me fijé en todo, en cada detalle: puertas cerradas, gente entrando y saliendo y voces al fondo. Y aun así, todo me parecía demasiado contenido. Como si lo importante estuviera detrás de alguna de esas puertas y yo no pudiera hacer nada al respecto.
Nos hicieron esperar en una sala, claro; siempre había que esperar. Algo que siempre acababa poniéndome de los putos nervios.
Lizzy se sentó y yo me quedé de pie, sin saber muy bien dónde colocarme. Luego me senté a su lado mientras su padre iba en busca de Garrett e intercambiaba unas cuantas palabras con él.
No tardaron en acercarse y marcar algunas pautas a seguir.
—Recuerda que esto no es un juicio —aclaró el abogado—. Solo es una interrogación. Sí, él estará presente, pero solo porque quieren ver cuál es su reacción ante tu versión de los hechos.
—Me ha echado la culpa de todo, ¿verdad?
—Me temo que sí —respondió.
Liz suspiró y se irguió.
—Pues ahora escucharán la única verdad.
—En cuanto llegue el sospechoso, pasaremos —anunció el agente que no nos había dejado solos ni un minuto.
«Sospechoso mis cojones».
—Eh… —murmuré—. Lizzy.
Parpadeó.
—Estoy bien —dijo.
Y sus dedos tocaron los míos antes de que el abogado siguiera hablando con ella.
Todo mi foco estaba en ella. En cómo respiraba, en cómo asentía y en cómo fingía estar mejor de lo que estaba.
—Será rápido —decía él—. Solo quieren que confirmes los hechos.
Mentira.
No había nada «rápido» en revivir algo así.
Lizzy asintió.
—Si en algún momento necesitas parar, lo dices —añadió.
—Estoy bien —repitió.
No la creí, pero tampoco le dije nada al respecto porque sabía que, si lo hacía…, se vendría abajo.
—Elisabeth Jackson —llamaron desde la puerta del fondo.
Se levantó despacio y yo hice lo mismo por instinto, acompañándola.
—Estaré justo aquí, esperándote.
No fue una promesa.
Fue un hecho irrefutable.
Y ahí me quedé, quieto, viendo cómo la puerta se cerraba tras ella; sintiéndome como una mierda por no poder acompañarla.
El silencio que se quedó conmigo fue ensordecedor.
Apoyé los codos en las rodillas y miré al frente.
No había nada que yo pudiera hacer, mucho menos controlar. Y eso…, para qué engañarnos, me jodía más que todo lo demás.
No aparté la vista de aquella puerta en ningún momento porque, ahora mismo, todo lo que me importaba estaba al otro lado.
Y era la única manera de estar con ella.
Lizzy
La sala era más pequeña de lo que esperaba: una mesa, tres sillas y un cristal oscuro al fondo. Demasiada luz y mucho silencio.
Me senté.
Las manos juntas sobre la mesa, sin querer mirarlas; sabiendo que, si lo hacía, sería inevitable pensar en las bridas.
—Elisabeth —dijo una voz frente a mí—. Cuando esté preparada.
Asentí.
No lo estaba, pero daba igual. Cuanto antes termináramos con esto, antes podría regresar a casa.
«Respira. Eso es… Otra vez».
—¿Puede decirnos qué ocurrió el día…?
Empezaron con fechas, horas y lugares. Todo por orden y sin saltarse un solo paso.
Abrí la boca y comencé a relatar el horror vivido aquel día con pelos y señales, sin omitir ni una coma. Qué estaba haciendo cuando me asaltó en la cabaña, cuando recibí el golpe que me dejó inconsciente. Cómo me encontré al despertar: las bridas en las manos, las cuerdas en los pies, la mordaza…
Ellos asentían y tomaban notas, esperando cuando me trababa en alguna parte de la narración.
—¿Reconoce a la persona que lo hizo?
La pregunta era clara.
Levanté la vista y entonces lo vi. No en la mesa delante de mí, sino al otro lado del cristal. Pero lo vi igual. Nate. Sentado y observando como si aquello fuera… normal, como si no hubiera pasado nada.
El estómago me dio un vuelco y el cuerpo reaccionó antes que la cabeza; la respiración se me entrecortó.
«No. No estás allí. No estás en la cabaña».
—Elisabeth —dijo la voz frente a mí, con suavidad—. ¿Se encuentra bien?
Parpadeé, despacio.
—Sí… —murmuré.
—¿Es él?
No aparté la mirada, aunque fuera lo que más deseaba.
—Sí —dije.
Nate no reaccionó, no hizo ni un solo gesto. Ni siquiera una pequeña mueca, creyendo, posiblemente, que aún podía salvarse de acabar entre rejas.
Apreté las manos con más fuerza.
—Continúe, por favor.
Y eso hice.
Me centré en cada palabra, en cada frase e imagen, describiendo cómo me había sentido durante todo el tiempo que permanecí en aquella cabaña en contra de mi voluntad. A veces, cuando creía estar serena, las palabras me salían a trompicones, obligándome a parar y costándome retomar el ritmo después.
—Decía que yo lo sabía… —añadí—. Que estaba de acuerdo… con lo que había hecho. Y no es verdad —enfaticé, mirándolo directamente—. Nunca estaría de acuerdo con algo así.
Nate ladeó un poco la cabeza, como si mis respuestas le sorprendieran y todavía estuviera convencido de su versión.
Respiré hondo.
—¿Hubo… algún otro tipo de agresión?
Sabía que esa pregunta llegaría tarde o temprano, y sentí un nudo en la garganta. Grande. Apretado.
Pero no bajé la mirada.
—No.
El alivio en la sala fue mínimo.
—¿Quiere añadir algo más?
Pensé que no, que ya había dicho suficiente. Pero entonces… lo miré otra vez y entendí algo que no había tenido claro hasta ese momento. Si no lo decía yo, él seguiría creyéndose su propia historia. Y no iba a permitirlo.
—Sí —dije.
Las tres personas levantaron la vista, esperando.
—No fue por amor. Ni por nosotros. Fue solo por él.
Por primera vez, Nate bajó la mirada.
Yo seguía con el pulso acelerado y el cuerpo agarrotado por la tensión.
Pero algo dentro de mí…, de repente, se había colocado en su sitio.
—Ya está —murmuré.
Y esta vez sí lo sentí así.
Mi padre me guiñó un ojo cuando nuestras miradas se cruzaron, un gesto que indicó que todo estaba bien.
Me puse en pie, di las gracias y, sin mirar atrás ni una sola vez, abrí la puerta.
Tucker estaba justo donde lo había dejado, esperándome, como prometió.
Nuestros ojos se encontraron y, sin pronunciar palabra alguna, corrí a refugiarme en sus brazos, que ya me esperaban abiertos.
Noté el contacto de su mano en la espalda, dibujando pequeños círculos.
Y me gustó.
Me gustó cómo ese simple gesto me hizo sentir; Tucker Jones era mi lugar seguro en el mundo.
—Ya está —murmuré.
—Sí, Liz, se acabó.
—Tuck…
—¿Sí?
—Creo que te quiero.
Y lo dejé tan sorprendido que, durante unos segundos, no fue capaz de articular palabra.
Se apartó un poco, solo unos centímetros, y me miró con intensidad.
—El sentimiento es mutuo, Lizzy Jackson.
Y me besó como si no hubiera un mañana.
Fue el carraspeo de mi padre el que nos obligó a separarnos.
—Lo has hecho muy bien, cielo —dijo—. Estoy muy orgulloso de ti.
Parpadeé con rapidez, impidiendo que se me saltaran las lágrimas.
—Gracias, papá.
—¿Sigues queriendo no ir a supervisar el traslado de tus cosas al pueblo?
—Sí, no quiero volver a ese apartamento nunca más.
Asintió.
—Tus deseos son órdenes para mí, princesa.
Cuando salí de aquel edificio unos minutos más tarde, me sentía liberada y en paz; algo que no conseguía desde hacía demasiado tiempo.
Y por primera vez, desde que esta pesadilla había empezado, no sentí que me arrastrara la corriente.