CAPÍTULO 43
Lizzy
El café se enfrió antes de que llegara a darle el segundo sorbo. Lo tenía entre las manos desde hacía rato y ya no quemaba. Porque el vapor había desaparecido. Porque el sabor, cuando por fin lo probé, estaba apagado. Como todo lo demás.
Apoyé la taza en la mesa con cuidado. Demasiado cuidado, de hecho, temiendo que el ruido que pudiera hacer me sobresaltara y alterara algo en mí.
La cocina estaba envuelta en un silencio raro que no llegaba a ser incómodo; solo de esos que parecían tranquilos, pero que no lo eran ni de lejos.
Miré alrededor; todo estaba en su sitio: las sillas, la mesa, la luz entrando por la ventana y el sonido lejano de alguien trabajando fuera. Todo normal y, aun así, no lo era.
Suspiré.
Y moví los dedos sin darme cuenta hacia la muñeca; las marcas tenían un color rosáceo claro y ya no eran tan visibles, pero seguían ahí, recordándome todo lo que había padecido a manos de la persona que un día pensé que era el hombre de mi vida y con el que iba a casarme.
«Menos mal que no fue así».
Sí, a Dios gracias.
Las notaba incluso cuando no las miraba, impidiéndome olvidar. Como si eso fuera posible.
Mis amigas, que nunca pudieron confiar en él y no lo soportaban, jamás soltaron en todo este tiempo la frasecita: «te lo dijimos». Jamás. Benditas ellas, que habían soportado pasar tiempo con ese ser humano despreciable por no hacerme daño a mí.
Joder, qué tonta fui y qué mal me sentía por no haberlo visto venir a tiempo; habría evitado todo esto y…
«Déjalo estar. Con el tiempo pasará y dolerá menos».
Eso esperaba.
Aparté la mano y respiré hondo, despacio; como me había dicho el doctor Walsh que hiciera para no sentir ese dolor profundo en el costado.
Y lo estaba intentando, de verdad que sí; hacía todo lo que me aconsejaron: levantarme, vestirme, sentarme aquí y tomar café como cualquier otro día.
Pequeñas cosas. Pero nada encajaba del todo. Nada terminaba de sentirse como antes.
El sonido de una puerta al fondo me hizo tensarme por instinto; un movimiento automático que no pude evitar.
Cerré los ojos un segundo y me obligué a soltar el aire muy lentamente.
«No pasa nada. No pasa nada».
Repetí el proceso en mi cabeza hasta que dejó de sonar como una mentira.
—¿Lizzy?
La voz de mi madre llegó desde el pasillo, suave para no asustarme; ahora lo hacía con mucha facilidad. «Estrés postraumático», habían dicho Betsy y el doctor.
—Aquí —respondí.
Me salió la voz más firme de lo que esperaba, teniendo en cuenta que lo de bisbisear también me pasaba bastante a menudo desde entonces, por lo que la firmeza en esa palabra era algo nuevo en los últimos días.
Escuché sus pasos acercándose por el pasillo; no tardó en entrar en la cocina.
Me miró.
Y durante un segundo hizo lo mismo que llevaba haciendo desde hacía días: evaluarme sin que pareciera que lo hacía.
—¿Has dormido algo? —se interesó.
Me encogí un poco de hombros.
—Algo.
No era mentira, pero tampoco la verdad completa.
No se lo creyó, aunque aceptó la respuesta sin insistir más ni obligarme a decir nada que no quisiera.
Se apoyó en la encimera, cruzando los brazos.
—Betsy ha llamado —comentó.
Levanté la vista.
—¿Sí?
—Quiere verte luego. Solo para revisar cómo sigues.
Asentí.
Las revisiones y preguntas: «¿Cómo estás?», «¿Te duele?», «¿Has descansado?», ahora también formaban parte de la rutina.
—Y… —añadió mi madre, dudando apenas un segundo—. Han vuelto a llamar de Nashville.
El estómago se me encogió tanto que me mareé.
Ahí estaba otra vez la llamada, volviéndolo todo más real y cercano.
«Es el final».
Sí, ese era mi consuelo.
—¿Cuándo? —pregunté en voz baja.
Me miró un segundo antes de responder:
—En tres días.
—¿Tres?
Afirmó con la cabeza.
—Quieren que declares —explicó—. Estará Garrett, que se ha ofrecido como tu abogado, ya lo sabes. Y tu padre también irá contigo. No estarás sola, Lizzy, pero si no te encuentras con fuerzas, si necesitas más tiempo, solo dilo y lo aplazaremos, ¿de acuerdo?
Sabía por qué me decía eso: por el miedo a mi reacción cuando volviera a estar delante de él físicamente.
Me miré las manos, apretadas en el regazo y, por un instante, la cocina, el aroma a café y toda la luz que entraba por aquella ventana desaparecieron, dejándome de nuevo en la cabaña, atenazada por el miedo y escuchando solo su voz.
Levanté la cabeza de golpe y respiré antes de mirar a mi madre, que contenía el aliento esperando a que dijera algo.
—Vale. Iré.
—¿Estás segura, cariño?
No dudé.
—Lo estoy.
Vi cómo algo en su expresión cambiaba; no era esa la respuesta que esperaba de mí.
Su sonrisa me relajó.
No solo su sonrisa, también su cercanía y el abrazo que me dio.
—Pronto podrás dejar todo esto atrás, cielo.
Inspiré y espiré.
—Es lo que más deseo ahora mismo, mamá. Quiero ir y terminar con esto de una vez —continué, firme—. Nunca podré olvidar del todo lo que pasó ese día, pero que reciba su merecido ya es un buen pago por lo que hizo. No quiero volver a sentirme así.
Me miró con ternura y me acarició la mejilla.
—Te quiero con locura, Lizzy. Lo sabes, ¿verdad?
Me acurruqué más en su abrazo.
—Por supuesto que lo sé. Me lo has demostrado todos estos años.
—Y seguiré haciéndolo mientras viva.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—Eso también lo sé.
Se apartó, buscándome la mirada.
—¿Quieres venir al pueblo conmigo? Tengo unas cuantas cosas que hacer y te vendría bien tomar el aire.
Negué con la cabeza.
—Otro día, ¿vale? Hoy no me apetece moverme de aquí.
Me peinó con los dedos, desenredando un mechón rebelde.
—Está bien. ¿Necesitas algo de allí? ¿Tal vez un camarero buenorro o algo así?
Se me escapó una carcajada.
—¡Mamá! —fingí escandalizarme.
Me dio un beso en la mejilla.
—Nos vemos en un rato. Si necesitas algo, Anne y…
—Vete tranquila, estaré bien.
No habían pasado ni quince minutos desde que se fue, cuando la puerta trasera se abrió con ese ruido que conocía bastante bien.
No me giré al instante; no hizo falta. Supe quién era por cómo el aire se tensó a mi alrededor, llenándome de esa calidez que solo notaba cuando él estaba cerca.
—¿Molesto? —preguntó Tucker desde la puerta.
Mi estómago dio una voltereta.
—No.
Miré por encima del hombro y ahí estaba, apoyado en el marco, mirándome con esa misma expresión de los últimos días: atento y expectante, sin terminar de confiar en que todo estuviera bien.
No lo estaba, pero mejoraba.
—Tu madre me ha dicho que estabas aquí —soltó.
No me lo podía creer. Arizona Graham haciendo de las suyas; qué novedad.
Tucker se acercó a la mesa.
—¿Te apetece salir un rato? —preguntó.
Miré hacia la ventana y, de repente, el día me pareció espectacular.
—Sí —acepté—. Vayamos a dar un paseo.
El aire me golpeó la cara en cuanto crucé la puerta, más fresco de lo que esperaba para estar terminando el verano.
Respiré hondo; esta vez sentí menos el dolor.
Caminamos sin prisa, uno al lado del otro, sin tocarnos.
—He hablado con tu padre —dijo Tucker al cabo de un rato.
—Entonces ya sabes que en tres días…
—Sí —interrumpió—. ¿Cómo lo llevas? —quiso saber.
Me encogí un poco de hombros.
—No lo sé. A ratos… bien. A ratos… ya sabes.
—Es normal —murmuró.
«Normal».
La palabra quedó flotando entre nosotros.
—No quiero que lo sea —dije.
Él soltó una pequeña exhalación.
—Ya… Imagino cómo te sientes.
Seguimos caminando sin un rumbo concreto; ayudaba no tener que llegar a ningún sitio.
—En tres días… —empecé.
Tucker me miró de reojo.
—Sí.
—Tengo que ir a Nashville y, aunque no quiero, lo haré.
—Iré contigo.
No sonó como una imposición, sino como una certeza.
Lo miré.
—Que me acompañes es importante para mí.
Y lo era.
Bajé la vista al camino.
—Tengo miedo de… volver a verlo —confesé.
—No va a acercarse a ti, Lizzy —aseguró con firmeza.
—No es por eso —dije, mirándolo—. Es… por recordarlo todo.
—No tendrás que hacerlo sola —respondió—. Y sabes que, si en algún momento necesitas salir de allí, te vas y punto.
Ayudaba saber que tenía esa opción.
El viento movía las hojas de los árboles.
Sin pensarlo, me acerqué un poco más y, en cuanto su mano rozó la mía, entrelazamos los dedos sin dudar.
—Gracias —murmuré.
Tucker se detuvo y me miró.
—Liz, no tienes que…
Lo silencié con un beso.
Uno pausado y dulce, de esos que se asentaban en el alma y te hacían olvidarte del mundo.
Tucker
La vi entrar en casa como si cada paso le costara un poco más de lo que dejaba ver, y eso me dolió. Todo lo que le afectaba a ella, me dolía a mí. Y no había nada que deseara más que estar a su lado en cada piedra del camino.
Esperé a que la puerta se cerrara.
El viento movió las hojas por encima de mi cabeza y me pasé una mano por la cara, notando el cansancio metido en los huesos. Pero no era solo cansancio físico; el mental era mucho más jodido.
Cerré los ojos un segundo.
Y, sin pedir permiso, las imágenes volvieron; lo hacían muy a menudo. Más de lo que me gustaría.
—Mierda… —murmuré.
Bajé la mano y miré al suelo, a la grava.
Sentirme culpable por no haber estado cuando más me necesitaba me mataba; sin embargo, teniendo en cuenta mi experiencia con cosas traumáticas —el accidente en aquella misión casi había acabado conmigo—, sabía que remontaríamos y lo superaríamos.
Y lo haríamos juntos.
Intentar ordenar algo que no tenía orden, que no iba a desaparecer de la noche a la mañana, no tenía sentido.
Eso te minaba la moral y te destrozaba por dentro; lo sabía por experiencia propia.
Lo mejor era dejar que el tiempo pasara y las cosas se asentaran en una nueva normalidad.
Nadie salía ileso de ese tipo de cosas y, aunque dejaran una fea cicatriz, se curaban.
Levanté la cabeza hacia la casa. Hacia la puerta por la que ella acababa de entrar. Y algo dentro de mí encajó con total perfección: la certeza de tener claro lo único que importaba.
Cuando más tarde entré en casa, ya en el apartamento que tenía encima del bar, el silencio lo envolvía todo. Dejé las llaves en la mesa sin mirar siquiera dónde caían y me quedé un segundo de pie en medio del salón, sin hacer nada.
El día había pasado en un puto suspiro y, aun así, me había parecido larguísimo.
Aparté la chaqueta que había dejado tirada en el sofá y me senté, apoyando la cabeza en el respaldo; demasiado cansado para seguir pensando en más de lo mismo. Y demasiado despierto para dormirme.
—Joder… —murmuré.
«Joder».