Mi lugar, contigo CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

Tucker

La puerta de la habitación estaba entreabierta y me quedé ahí un segundo, con la mano apoyada en el marco, sin entrar todavía. No porque no quisiera, sino porque no sabía cómo hacerlo.

Ya sabíamos que su vida no corría peligro, que los golpes no habían sido de muerte; aun así, me angustiaba entrar en esa habitación y darme de bruces con la realidad de lo que había pasado casi delante de nuestras narices.

Dentro se oían voces bajas: Arizona, Maverick y la de Lizzy, más débil y apagada, pero suya, al fin y al cabo.

Eso fue lo único que me hizo avanzar.

Di un paso y luego otro, despacio. Como si cualquier movimiento brusco pudiera romper algo.

Arizona fue la primera en verme.

No dijo nada, solo me miró.

Y en ese gesto hubo muchas cosas: agradecimiento, cansancio y dolor. Pero también otra que me importaba mucho: permiso.

Se apartó un poco, lo justo para que pudiera acercarme a la cama.

Maverick no habló. Se limitó a sostenerme la mirada un segundo antes de asentir, dándome también su beneplácito.

Y eso fue suficiente.

Me acerqué más, marcando cada paso, demasiado consciente de todo: la habitación, el silencio, mi propia respiración.

Lizzy estaba incorporada en la camilla, más pálida y más quieta, pero… ahí.

«Joder».

Se giró un poco al verme y, en cuanto nuestros ojos se encontraron, todo lo demás desapareció a nuestro alrededor.

Al principio no dije nada; no me salía la voz. Y me quedé a un lado de la cama, sin saber muy bien qué hacer con las manos, el cuerpo y todo lo demás.

Sus padres nos habían dejado solos y, para qué negarlo, también estaba nervioso.

—Ey… —conseguí pronunciar al final.

Patético, lo sé. Pero era lo único que conseguí decir antes de que me temblara la voz.

Ella parpadeó despacio y, por un segundo, tuve miedo. Miedo de que no me reconociera y de que todo aquello la hubiera llevado a otro sitio del que no pudiera volver.

—Hola… —susurró.

La palabra sonó rota, como fragmentada, pero me llegó igual; más de lo que esperaba.

Solté el aire que llevaba conteniendo un buen rato, sin darme cuenta.

Y me atreví a dar un paso más.

—¿Puedo…? —empecé, señalando sin atreverme a terminar la frase.

No sabía si referirme a tocarla, acercarme o a estar ahí sin más.

Asintió.

Un movimiento leve con la cabeza que me dio más seguridad.

Me senté en la silla junto a la camilla, cerca, aunque sin invadir su espacio. Apoyé la mano sobre la suya con cuidado, esperando que no la retirara.

No lo hizo.

Sus dedos se cerraron un poco alrededor de los míos y, joder…, eso me gustó más que cualquier otra cosa; incluso más de lo que merecía en ese momento.

Tragué saliva y miré sus manos.

Las marcas, la piel enrojecida…

Apreté la mandíbula por acto reflejo, sin evitarlo siquiera.

—Siento… —comencé.

No sabía ni qué estaba diciendo ni por qué quería pedir perdón. Bueno, sí: por no haber estado a la altura y no ver lo que estaba sucediendo a pocos metros de distancia.

Lizzy negó despacio con la cabeza.

—No… —susurró—. No es culpa tuya.

Sabía que lo diría y, aun así, no sirvió de nada.

Levanté la vista y la miré de verdad; más allá de los golpes y del cansancio.

A ella.

Y ahí fue cuando me di cuenta de lo cerca que había estado de perderla.

Apreté un poco más su mano, sin hacerle daño. Solo para asegurarme de que seguía ahí y que mi imaginación no me estaba jugando una mala pasada.

—No volveré a perderte de vista en la vida, Lizzy Jackson —solté de golpe.

No fue una promesa bonita y tampoco una advertencia. Fueron las palabras de un hombre que se sentiría perdido sin la mujer de su jodida existencia.

Lizzy no respondió; me miró con algo distinto en los ojos. Algo que no supe poner en palabras, pero que se quedó ahí entre los dos, quieto.

El silencio no se hizo incómodo entre nosotros, aunque estuviera lleno de todo lo que aún no se había dicho.

Lizzy bajó la mirada un segundo a nuestras manos y luego volvió a subirla.

—Pensé que… —tartamudeó.

Se detuvo, respirando más despacio.

—Pensé que no ibais a encontrarme.

La frase fue baja, casi sin fuerza, pero me atravesó igual que un puñal.

Negué al instante.

—Íbamos a hacerlo.

Sonó demasiado rápido y demasiado automático. Como si esa afirmación la necesitara más yo que ella.

Lizzy no discutió; aun así, tampoco me pareció que estuviera convencida.

—Os oía… —añadió.

Eso me paró en seco el pulso.

—¿Qué?

Sus dedos se tensaron un poco alrededor de los míos.

—Ayer… —susurró—. Cuando buscabais…

Sentí el golpe en las entrañas como un puñetazo.

—Estabais… cerca —continuó—. Muy cerca…

«Me cago en la puta».

Cerré los ojos un segundo y, por un momento, me vi allí, en el bosque, llamándola y pasando de largo.

—No podía… —se le quebró la voz—. No podía hacer nada para llamar vuestra atención…

Abrí los ojos, centrando la mirada en ella.

Y todo dentro de mí se tensó de nuevo. Toda esa rabia, la impotencia y la culpa, todo mezclado, lo sentí en lo más hondo, señalándome.

—Eh… —susurré, inclinándome un poco hacia ella—. No… no pienses en eso ahora, ¿vale?

Error.

Lo supe en cuanto lo dije, porque si yo no podía dejar de hacerlo, ¿cómo iba a conseguirlo ella?

Se pasó la lengua por los labios resecos y partidos.

—Pensé que… —volvió a intentar—. Que si no me oíais… él…

No terminó la frase. Ni hacía falta.

La terminé yo por ella en mi cabeza.

Y no me gustó nada.

Apreté la mandíbula.

—Ya no estás allí —dije, más firme esta vez—. ¿Vale? Ya no. Y él no volverá a tocarte.

Me sostuvo la mirada un segundo, dos y luego asintió.

—Estaba… —añadió en voz baja—. Muy tranquilo a ratos…

Fruncí el ceño.

—¿Tranquilo?

—Sí. Como si… —buscó la palabra—. Como si todo estuviera bien.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—Y luego… cambiaba —continuó—. De golpe…

Sí, eso podía imaginármelo demasiado bien.

—Decía que yo… —tragó saliva—. Que yo lo sabía todo…

Resoplé más fuerte esta vez.

—Ni de coña.

Lizzy esbozó algo parecido a una sonrisa, pequeña y rota, pero ahí estaba ese gesto que tanto me gustaba.

—Ya… —balbuceó.

El silencio volvió de forma diferente; menos pesado y más compartido.

Me incliné un poco más hacia ella sin soltarle la mano.

—Oye —dije. Esperé a que me mirara—. Nunca más vas a volver a pasar por algo así sola.

No apartó la mirada.

—No estaba sola —respondió, muy despacio.

Fruncí el ceño.

—¿No?

Negó.

—Pensaba en vosotros. En ti.

El corazón se me desbocó en el pecho.

—¿En mí?

—Sí, en ti. Eres… muy importante para mí, Tucker Jones.

Y, de repente, por un corto espacio de tiempo, todo lo demás dejó de importarme.

Ella sí que era importante para mí.

Siempre lo había sido.

Solo que había sido demasiado idiota para no verlo antes.

Lizzy

Abrí los ojos despacio, acostumbrándome a la potente luz que irradiaba la puñetera lámpara de techo.

Tucker no se había movido del sitio, a pesar de haberme quedado frita por culpa de la medicación que me estaban dando para el dolor.

Aunque cerrara los ojos un segundo y dejara de mirarlo, sabía que seguía ahí, con su presencia ocupando más espacio que todo lo demás: la habitación, el ruido del pasillo e incluso el dolor. Todo quedaba en segundo plano cuando él estaba cerca.

Respiré lo más hondo que pude, que no fue mucho. Todavía me costaba coger aire con normalidad. En realidad, para ser honesta, todo —cualquier cosa— me costaba una barbaridad.

Aun así, era distinto a cómo lo hacía cuando estaba en la cabaña. Allí cada respiración supuraba pánico. Aquí todo lo contrario.

Abrí los ojos, ya del todo, y lo miré.

Seguía igual que hacía un momento: sentado, inclinado hacia mí, con la mano rodeando la mía como si temiera soltarla. Como si no se fiara de que siguiera aquí si lo hacía.

Y eso… eso me dolió de una forma diferente, porque lo entendía.

—No te has ido —murmuré.

La voz me salió baja y raspada, pero clara.

Tucker negó sin dudar.

—No.

Con eso fue suficiente.

Mis dedos se cerraron un poco más alrededor de los suyos.

—Tenía miedo de…

Me detuve sin saber cómo decirlo.

Tucker no habló, solo esperó.

Y eso me ayudó a coger fuerzas más de lo que imaginaba.

—De que no fueras real —terminé al final.

Sentí su mano tensarse.

—¿Qué?

Tragué saliva.

—Cuando te oí… en la cabaña —añadí—. Pensé que… que igual lo estaba imaginando o soñando.

El recuerdo volvió fugaz y certero: la voz, los pasos y la puñetera puerta que no se abría.

Cerré los ojos.

El aire se me quedó atrapado entre los pulmones y la garganta.

—Ey… —su voz cambió—. Lizzy…, mírame.

Abrí los ojos y lo hice, volviendo a él.

—Estoy aquí —dijo con firmeza—. ¿Vale? De verdad. Ya te lo dije, no pienso irme a ningún lado sin ti.

Esta vez sí asentí, porque ahora podía verlo, tocarlo y sabía que no iba a desaparecer, dejándome sola.

Me quedé mirándolo un poco más de lo normal; más de lo que habría hecho antes.

Y entendí algo que no había tenido tiempo de pensar hasta ahora. Lo que había sentido cuando lo vi entrar en la cabaña en aquel momento. Ese segundo en el que todo se rompió… y se recompuso a la vez.

—Pensé que eras lo último que vería —susurré.

No lo dije con dramatismo, sino como lo sentía.

Tucker se quedó quieto.

Su mirada cambió.

—No, Lizzy. Gracias a Dios aún tienes muchas cosas por ver aparte de mí —dijo con una media sonrisa que me aceleró el pulso.

Incliné la cabeza un poco hacia su mano sin pensar y sin pedir permiso. Solo… necesitándolo.

Tucker no se apartó; al contrario, ajustó los dedos con cuidado a la nueva postura. Como si aquello fuera lo más importante que tenía que hacer en ese momento.

Los golpes en la puerta fueron suaves pero firmes.

Tucker no se apartó cuando mi padre la abrió y entró, acercándose despacio; como si el suelo pudiera romperse bajo sus pies si avanzaba demasiado rápido.

—¿Cómo estás?

Encogí un poco los hombros y exhalé.

—Aquí, esperando a que me llevéis a casa.

Se situó a mi otro lado, mirándome y evaluándome.

—Eso no es decisión nuestra, cielo, sino del doctor Walsh.

Suspiré.

—Lo sé.

Él y Tucker intercambiaron una mirada y me puse nerviosa.

—¿Qué ha pasado con…?

No pude terminar la pregunta.

—Los federales ya se lo han llevado —contestó, sabiendo lo que quería preguntarle.

El aire en la habitación cambió.

—¿A dónde? —quise saber.

—A Nashville —respondió—. Allí es donde se ejecutó la orden de búsqueda y captura contra él.

Tragué saliva.

No sabía si quería escuchar más, pero necesitaba hacerlo.

—¿Por…?

Mi padre no me dejó terminar.

—Los cargos son claros: fraude, distribución ilegal de contenido íntimo sin consentimiento…

—enumeró—. Y ahora se le sumarán los nuevos: secuestro, agresión y desacato a la autoridad.

Ah, y lo que añadan cuando terminen de evaluar todo lo demás.

Esto es serio, Lizzy. Nathan pasará mucho tiempo entre rejas.

En sus palabras no había intención de protegerme de la realidad, solo verdad.

Me quedé quieta, procesándolo todo.

—Lo interrogarán en cuanto llegue —siguió—. Y cuando eso ocurra, yo estaré al otro lado de una pantalla para asegurarme de que no se les olvide nada.

—Imagino que a ella también la interrogarán, ¿no? —comentó Tuck.

—Sí, pero no será necesario que sea presencial. Ella…

—Quiero ir —interrumpí—. Quiero ir… Quiero verle la cara cuando se dé cuenta de que ya no puede hacer nada. —Inspiré hondo—. Por favor, papá.

—Si eso es lo que quieres… Tú ahora descansa. Ya cruzaremos ese puente cuando llegue el momento, ¿de acuerdo?

—Vale.

—¿Necesitas algo?

—No.

Se agachó para darme un beso en la frente.

—Estaré ahí fuera.

—Gracias, papá.

Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Te quiero infinito, princesa.

—Y yo a ti.

Poco después, la puerta se cerró con suavidad detrás de él.

Apoyé la cabeza un poco más en la mano de Tucker y cerré los ojos.

—Se acabó… —susurré.

O eso quería creer.

Tuck no dijo nada, pero su mano no se movió ni un milímetro.

Un gesto que lo decía todo.