Mi lugar, contigo CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

Lizzy

La luz de la consulta era tan fuerte que, incluso con los ojos medio cerrados, la notaba clavándoseme en la piel, los párpados y la cabeza; todo dolía más bajo esa puñetera luz.

Sentía las manos de Betsy moviéndose con cuidado, pero firmes, por todas partes.

—Voy a mirarte, ¿vale? —dijo cerca—. Si algo te duele mucho, me lo dices.

Asentí.

O creí hacerlo. No estaba segura.

Sus dedos fueron recorriéndome la cara muy despacio.

—Aquí… —murmuró—. ¿Duele?

«Sí, mucho».

Pero no dije nada; solo apreté un poco los ojos.

—Vale… —añadió ella, entendiéndome—. Lo veo.

Siguió bajando.

Cuello, hombros y brazos.

Cuando llegó a las muñecas, me tensé sin poder evitarlo.

El roce de sus dedos sobre la piel marcada me arrancó otro gesto de dolor.

—Lo sé… —dijo en voz baja—. Ya está… ya está…

No retiró la mano, pero sí suavizó la presión.

—Respira… —añadió—. Eso es… así…

Intenté hacerlo, aunque no me salía del todo bien. Pero lo intenté.

Todo iba lento y pesado, como si necesitara el doble de esfuerzo para hacer cualquier cosa.

—¿Te duele la cabeza? —preguntó.

Asentí.

—¿Te mareas?

«Un poco».

No sabía cómo hacer para que las palabras por fin me salieran de la boca.

—Vale… —murmuró—. Lo vamos a revisar.

La sábana se levantó un poco.

—Voy a mirarte el resto del cuerpo —explicó—. Solo yo, ¿de acuerdo?

Sentí cómo la habitación cambiaba.

Tragué saliva.

—Lizzy —habló Betsy con suavidad—. Necesito preguntarte algunas cosas.

Se me encogió el estómago; sabía a qué se refería.

—Puedes decirme que no —siguió—. O puedes esperar. No pasa nada, ¿vale? Solo quiero que estés tranquila.

Cerré los ojos un segundo y luego asentí muy despacio.

—¿Te quitó la ropa?

—No —conseguí pronunciar.

—¿Te tocó, te besó o te forzó a mantener relaciones sexuales?

Negué una sola vez.

—¿Estás segura de que no te tocó de alguna forma que no quisieras, cielo? Puedes confiar en mí, Lizzy.

Sentí un nudo en la garganta, apretándome con fuerza.

—No… me tocó… de esa manera.

No sé si me creyó o no, pero era la verdad.

—De acuerdo. Si recuerdas algo después, me lo dices, ¿vale? —su voz sonó calmada.

Me pasé la lengua por los labios resecos.

—Sí.

Sus manos volvieron a moverse y terminó de cubrirme con la sábana.

—Tienes varios golpes —dijo—. Vamos a hacerte algunas pruebas y placas para descartar algo más serio, pero estás fuera de peligro inmediato. El doctor Walsh te lo confirmará en el informe.

Fuera de peligro. Las palabras sonaban bien, pero no terminaban de llegarme.

—Ahora tienes que descansar un poco —continuó—. Tu cuerpo lo necesita.

«Descansar…».

Ojalá pudiera hacerlo, pero algo me decía que, en cuanto cerrara los ojos y me quedara dormida, las imágenes de lo ocurrido me atormentarían.

Antes de que pudiera evitarlo, mis ojos buscaron por instinto.

Mi madre estaba allí al fondo, quieta y mirándome; no se había ido a ninguna parte ni pensaba hacerlo.

Lo supe sin que hiciera falta que me lo dijera.

Cuando Betsy salió de la habitación, mi madre no dudó ni un segundo en acercarse a mí.

—¿Te duele mucho? —quiso saber al fin.

—No.

Era una gran mentira, pero prefería que no se angustiara más de lo que ya estaba.

La silla que estaba junto a la cama hizo un pequeño ruido cuando ella se sentó.

—Está ahí fuera, en la sala de espera —dijo en voz baja.

No hizo falta que preguntara de quién me hablaba; lo sabía de sobra.

Tucker Jones.

Ese hombre maravilloso que había conquistado mi corazón cuando peor estaba, en unas cuantas semanas. ¿O ya lo había hecho mucho antes y yo no quise o no supe verlo?

—No se ha movido de ahí —comentó mi madre.

Tragar saliva me dolió.

—No… quiso irse —susurré.

La voz me salió a trompicones y rota.

Mi madre me miró y en sus ojos vi algo distinto. No solo preocupación, sino algo más profundo que no supe definir.

Su mano buscó la mía con cuidado. Como si temiera hacerme daño solo con tocarme.

—¿Quieres contarme qué pasó? —preguntó.

No insistió ni me empujó a hacerlo; solo dejó la pregunta ahí, en el aire.

Cerré los ojos un segundo y las imágenes no vinieron ordenadas. Nunca lo hacían.

Vinieron a golpes y a trozos.

—La cabaña… —empecé.

La palabra se me quedó enganchada en la garganta.

Respiré y lo intenté otra vez.

—Estaba… limpiando… —murmuré—. Y… y él…

Me quedé en silencio; me costaba seguir.

Mi madre me apretó un poco la mano.

—No pasa nada —dijo—. No hay prisa.

Me temblaron los labios por el esfuerzo de aguantar las lágrimas.

Entonces el techo volvió a aparecer ante mí: las vigas… la luz.

—No lo vi —añadí—. No al principio… estaba detrás…

Tragué saliva otra vez.

—Me… me golpeó.

Mi madre cerró los ojos un segundo y, cuando los abrió, ya había recompuesto la cara.

Aunque no del todo.

—Luego… —seguí—. Me desperté… atada…

La respiración se me entrecortó.

El cuerpo reaccionó antes que la cabeza, el miedo volviendo y el recuerdo metiéndose donde no debía.

—Ey… —susurró mi madre—. Mírame.

Lo hice a duras penas.

—Ya ha pasado —dijo—. ¿Vale? Ya no estás ahí.

Asentí.

Pero no era tan fácil.

—Decía… —continué, más despacio—. Que… que lo había hecho por nosotros…

La rabia me subió de golpe y me quemó la garganta.

—Que… que yo… lo sabía…

Me agarré a la sábana con fuerza.

—Que… que necesitábamos el dinero…

Las lágrimas me cayeron hacia las sienes sin poder evitarlo.

—Que íbamos a casarnos…

Ahí se me rompió la voz del todo al sollozar.

Mi madre no dijo nada, pero noté cómo se le endurecía la mano alrededor de la mía y su respiración cambiaba. Cómo algo dentro de ella se desmoronaba sin hacer ruido.

—Está puto enfermo —murmuró al final.

—Él… él creía que…

No terminé la frase; no hacía falta.

Se inclinó un poco hacia mí.

—Lo sé —dijo en voz baja—. Lo sé…, cielo. Nunca más volverá a acercarse a ti —sentenció.

Y ahí sí, su voz cambió, volviéndose dura y firme.

Peligrosa.

Por primera vez desde que había empezado a hablar…, sentí algo distinto al miedo: seguridad.

Y, por el momento, con eso me bastó.

Tucker

La sala de espera empezó a llenarse sin que me diera cuenta de cuándo había pasado.

Al principio estaba solo, sentado en una de las sillas de plástico, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas, mirando un punto fijo del suelo que no significaba nada.

No pensaba; o al menos eso intentaba. Porque cada vez que mi cabeza se desviaba un poco, volvía a ella. A cómo estaba. A cómo la había visto. Y entonces todo se me tensaba otra vez.

Así que dejé de intentarlo.

Me limité a quedarme ahí, quieto. Respirando mal, pero respirando, que era lo importante.

No levanté la vista cuando la puerta se abrió y escuché los pasos y las voces bajas.

—¿Dónde está?

Reconocí la voz antes de querer hacerlo.

Jack, el padre de Ruby y uno de los mejores amigos del sheriff . Nunca supe por qué este hombre llamaba Cacahuete a la enfermera Betsy.

Alcé la cabeza.

Estaba en el quicio de la puerta, con Garrett a su lado y la cara más seria de lo que le había visto nunca. Detrás, Janeth —la mujer de Sahale— entraba ya mirando alrededor, buscándome.

Me encontró enseguida; todos lo hicieron.

No dije nada, no hizo falta. En cuanto me vieron la cara… lo entendieron.

Jack dio un par de pasos hacia mí.

—¿Está…? —empezó.

No terminó la pregunta.

Suspiré con pesar.

—Sí.

La palabra me salió más seca de lo que pretendía.

Garrett soltó el aire por la nariz, despacio, como si llevara conteniéndolo demasiado rato.

—Joder… —murmuró.

Janeth no dijo nada. Vino directa a sentarse a mi lado sin pedir permiso y apoyó una mano en mi brazo.

No intentó consolarme ni arreglar nada; solo estaba ahí.

Y, sorprendentemente… eso ayudó.

La puerta volvió a abrirse.

Más gente.

Ruby entró casi corriendo, con Caroline pegada a ella.

Las dos se pararon en seco al verme y, luego, sus ojos buscaron algo más.

Una confirmación, tal vez.

—¿Lizzy? —preguntó la primera, sin aire.

Se me encogió algo en el pecho.

—Dentro —dije, señalando con la cabeza hacia el pasillo—. Con el médico.

Caroline se llevó una mano a la boca.

Ruby cerró los ojos un segundo y asintió.

Se quedaron cerca, sin invadir mi espacio ni atosigarme a preguntas que, para qué mentir, no tenía ganas de responder. Tampoco fuerzas.

Y la sala siguió llenándose: vecinos, caras conocidas y gente que no tenía por qué estar allí, pero que estaba porque, en un sitio como aquel, cuando algo así pasaba…, no se miraba hacia otro lado.

Ibas y te quedabas, aunque no supieras qué hacer ni qué decir.

Me pasé una mano por la cara, despacio, notando todavía el temblor en los dedos.

—¿Qué ha pasado? —quiso saber Garrett al cabo de un momento, en voz baja.

Tragué saliva.

Podía decírselo, resumirlo o soltar cuatro frases y ya. Pero en cuanto abrí la boca, la imagen de Lizzy en aquella cama, las bridas, su cara…

Se me cerró la garganta.

—La encontramos en una de las cabañas —dije al final—. Atada.

El silencio que siguió fue inmediato.

—¿Quién? —preguntó Jack.

Abrí los ojos y lo miré.

Y esta vez no dudé.

—Nate.

Su nombre sonó entre nosotros como un disparo.

—Hijo de puta —masculló.

—Imagino que lo habéis pillado, ¿no?

Desvié la mirada hacia Garrett, el abogado del pueblo y hermano de Betsy.

—El sheriff y los chicos han hecho un trabajo increíble —confirmé.

—Pobre Maverick —lamentó Jack—. ¿Y Arizona?

—Está dentro con ella —contestó Janeth—. Me llamó hace poco. Lizzy se ha quedado dormida.

Janeth apretó un poco más el brazo que no había soltado en ningún momento, como si con ese gesto quisiera darme fuerzas o algo así.

Se lo agradecí en silencio.

Apoyé los codos en las rodillas otra vez y apreté las manos con fuerza.

La puerta se abrió de nuevo, pero esta vez no fue como las anteriores.

La sala se quedó en silencio casi al instante.

Maverick estaba en la puerta y, con solo verle la cara, ya sabíamos que traía novedades.

Avanzó un par de pasos hacia dentro, sin prisa. Pero con esa forma de moverse que tenía cuando todo lo demás ya no importaba; cuando solo quedaba lo esencial.

—Está hecho —anunció sin rodeos—. Los federales vienen de camino —añadió—. La orden de búsqueda y captura que tenía sigue activa, y ahora hay cargos nuevos.

Nadie preguntó nada, pero todos escuchábamos con atención, pendientes de cada palabra.

Maverick pasó la mirada por la sala y se detuvo en mí un segundo.

Luego siguió.

—Secuestro —enumeró—. Agresión. Retención ilegal.

Cada palabra caía como una losa, lenta e implacable.

—Y lo que se sume cuando terminen de evaluar a Lizzy, por supuesto.

Ahí sí.

Ahí, algo en mi interior se tensó de una forma más fría y peligrosa.

Jack soltó el aire por la nariz. Garrett negó despacio. Ruby apretó los labios. Y Caroline bajó la mirada al suelo, conteniendo las lágrimas.

Y todos seguíamos sin decir nada, porque no había nada que decir. Porque aquello ya no era una situación que se arreglara con buenas intenciones o con estar todos juntos en una sala.

Aquello era otra cosa.

Más grande.

Maverick volvió a hablar:

—Se lo llevarán en cuanto lleguen —constató—. Y esto, lo juro por mi vida, no se va a quedar aquí.

Yo no me moví.

Pero algo dentro de mí encajó en ese momento.

Como una pieza que llevaba horas fuera de sitio.

Y esta vez no hubo duda; ese cabrón iba a pagar.