CAPÍTULO 40
Tucker
No estaba preparado para verla así. Ni de lejos.
La había imaginado mil veces durante la noche: caminando por el bosque, perdida, asustada. Incluso herida. Pero nunca así: atada a una cama, con la cara hinchada y con esa mirada.
Se me quedó el aire atrapado en el pecho. Literal. Como si alguien me hubiera dado un puñetazo directo y hubiera decidido dejarme sin respirar después.
—Joder… —se me escapó otra vez, más bajo, más roto.
Me temblaban las manos; lo noté cuando intenté acercarme más.
No sabía qué iba a dolerle si la tocaba. Probablemente todo.
—Tranquila… —murmuré, aunque no estaba seguro de si le estaba hablando a ella o a mí mismo—. Ya está… ya está…
Mentira. No estaba nada «ya». Pero necesitaba decirlo, que lo oyera y me creyera.
Detrás de mí seguía el ruido, el forcejeo y los pasos apresurados y contundentes.
Una maldición seca llenó el aire.
—¡No te muevas, joder!
—¡Las manos atrás!
La voz de Maverick sonó en la cabaña como un disparo contenido.
No aparté la mirada de ella porque, si lo hacía, si me giraba a ver qué sucedía a mi espalda, era capaz de cualquier cosa. Y no sería nada bueno.
—Corta eso —ordenó alguien cerca de mí.
Lucien.
Sentí sus manos apartándome lo justo.
—Déjame —gruñí, sin desviar la vista de Lizzy.
—Déjame a mí esto —repitió, más firme—. Tú quédate con ella y no hagas nada más, ¿vale?
Eso me ancló, de alguna forma, a la situación. Porque sí, era donde tenía que estar: con ella.
Lucien sacó algo del bolsillo y empezó a trabajar en las ataduras.
Las bridas tensas le enrojecían la piel, dejándole unas marcas horribles.
Apreté los dientes tan fuerte que noté un dolor punzante en la mandíbula.
«Respira. Respira o te lo cargas y la cagas».
Lizzy tampoco apartó los ojos de mí ni un segundo. Como si yo fuera lo único que la mantenía allí, despierta. Como si soltarme significara volver a caer en toda aquella pesadilla.
Y joder… eso me destrozó.
Le acerqué la mano despacio a la cara.
Muy despacio.
Y esta vez sí la toqué; solo un poco. Rocé con la yema de los dedos su mejilla con cuidado; estaba caliente, inflamada.
—Estoy aquí —murmuré—. Estoy aquí, cariño. Y no voy a irme sin ti a ningún lado, ¿me oyes?
Aunque no dijo nada —imaginaba que, dadas las circunstancias, no podía—, sus ojos brillaron más.
Y lo entendí.
Detrás de mí seguían las palabrotas y los golpes al arrastrar, con el forcejeo, las cosas.
—¡Quieto!
—¡Te estoy diciendo que te quedes quieto, hijo de puta!
La rabia me subió de golpe a la garganta, violenta y brutal.
Me giré solo un segundo.
Y lo vi.
Nate contra el suelo, reducido entre Maverick y Sahale, forcejeando todavía como un animal acorralado.
Y algo dentro de mí se astilló de verdad. Porque ahí estaba, el muy cabrón. La había puesto las manos encima, después de maniatarla, y la había dejado así.
«Basura humana».
Se me cerraron las manos solas.
Di un paso, uno solo. Y Maverick lo vio.
—Tucker.
No gritó, no hizo falta. Pero su voz fue dura como un muro.
Y me quedé quieto, con la respiración descompasada y con todo el cuerpo pidiéndome que avanzara y acabara aquello con mis propias manos.
—No —añadió el sheriff , mirándome con fijeza.
Y en sus ojos había lo mismo que en los míos y, a la vez, diferente: rabia. La suya, controlada; la mía, a punto de desbordarse.
Apreté la mandíbula.
«Joder. Joder. Joder».
Me obligué a girarme otra vez, a volver con ella. Porque ahora mismo… lo importante no era él, sino Lizzy.
Lucien terminó de cortar la última brida.
—Ya está —dijo.
Las manos de Lizzy cayeron libres. Aun así, no las movió enseguida. Como si no recordaran cómo hacerlo y su cuerpo necesitara un segundo para entender que ya podía.
Me incliné un poco más.
—Despacio… —le susurré—. No pasa nada… tranquila…
Alguien detrás de nosotros habló entonces, más alto:
—¡Que llamen al doctor Walsh, ya!
Esa frase atravesó la estancia como algo serio y real. Como un recordatorio de que aquello no terminaría al salir de esa puta cabaña; solo acababa de empezar.
Miré a Lizzy otra vez: la cara, sus manos, el cuerpo temblándole. Y sentí algo mucho peor que la rabia; sentí esa impotencia que te abrasaba por dentro.
Porque no había estado allí. Porque no la había encontrado antes.
Y porque ese cabrón le había hecho eso… mientras yo buscaba en la dirección equivocada.
Apoyé la frente contra la suya con cuidado, sin hacer presión.
—Ya está… —murmuré, más para mí que para ella—. Ya estás a salvo, mi amor…
Y esta vez, por primera vez desde que todo había empezado…, comencé a creer que quizá sí decía la verdad.
El doctor Walsh llegó más rápido de lo que esperaba. O quizá fue que el tiempo dentro de la cabaña se había vuelto extraño y tenía la sensación de que no avanzaba igual para todos.
Yo seguía de rodillas junto a la cama cuando entró, con el maletín en la mano y la cara seria de quien ya había visto suficientes cosas como para no perder el tiempo en impresiones.
—Aparta un poco —me dijo.
No fue brusco, pero tampoco fue una petición.
Dudé solo un segundo; lo suficiente para que él volviera a mirarme.
—Por favor, Tuck, necesito verla.
Asentí y me moví lo justo. Sin embargo, ni de coña pensaba alejarme. Me quedé a su lado, lo bastante cerca como para seguir tocándole la mano mientras él empezaba a examinarla.
—¿Puedes oírme? —le preguntó, inclinándose hacia ella.
Lizzy asintió muy leve.
—Bien… —murmuró Walsh—. Respira despacio… así… eso es…
Sus manos, expertas, se movían rápidas, pero con cuidado.
Le revisó la cara, el labio partido y el cuello. También las muñecas cuando vio las marcas en ellas.
Apretó la mandíbula.
—¿Le han dado en la cabeza? —inquirió sin mirarme.
—No lo sé —respondí antes de pensar—, pero, teniendo en cuenta todo lo demás, seguro que sí.
Me salió la voz más dura de lo que pretendía.
Walsh asintió.
—Necesito que la llevemos a la clínica. Aquí no tengo lo necesario. La moveremos con cuidado —añadió, ya en voz más alta—. Despacio.
Detrás de nosotros, el ruido había cambiado.
Ya no era caos. Era control.
Sahale tenía a Nate contra el suelo, con las manos esposadas a la espalda. Lucien hablaba por teléfono en una esquina, con la voz baja y rápida.
Maverick estaba de pie cerca de la puerta, observándolo todo sin perder detalle. Y, cuando habló, no sonó como un padre.
—Tenemos una orden de búsqueda y captura activa sobre este tipo —pronunció, dirigiéndose a Lucien—. Quiero a los federales aquí cuanto antes.
—Ya están avisados —contestó este.
—Que se den prisa.
Su tono no admitía discusión alguna.
Sé que no debería hacerlo; aun así, miré un segundo a Nate. Esta vez la rabia fue más fría y nítida.
Ojalá pudiera rodearle el cuello con las manos y apretar hasta dejar sin aire esos podridos pulmones que lo mantenían respirando.
Di medio paso hacia delante otra vez, por instinto.
Maverick exhaló.
—No me obligues a ponerte unas esposas a ti también, Tucker. Sé cómo te sientes, créeme. Y que nada te gustaría más que darle su merecido, pero no es así como debe pagarlo esta basura.
Me quedé quieto, apretando los puños y rechinando los dientes.
Walsh terminó de revisarle las pupilas y se incorporó.
—Vamos a moverla ya.
Me incliné hacia ella.
—Ey… —murmuré—. Te vamos a sacar de aquí, ¿vale?
Sus ojos no se apartaron de mí ni un segundo.
Y entre Walsh, Lucien y yo la incorporamos con cuidado.
—Despacio… —dijo el médico—. Muy despacio.
La sujeté con más firmeza, sin apretar.
Cuando la levantamos de la cama…, sentí algo que no había sentido en toda la noche: la certeza de que esto pronto terminaría y volveríamos a nuestras vidas.
Y no tuve claro que eso me gustara.
¿Qué sería de mí si Lizzy regresaba a la ciudad?
Porque, si ella se iba…, no sabía qué coño iba a hacer yo con mi vida.
Lizzy
El mundo volvió a moverse demasiado rápido. O quizá era yo, que tenía la impresión de que todo iba a tirones. Todo eran voces, manos y demasiada luz. Y no podía, aunque quisiera, olvidarme del puto dolor que me cruzaba el cuerpo de lado a lado.
Me sujetaban, lo sabía. Aun así, notaba como si mi cuerpo fuera por un lado… y yo por el otro.
—Despacio… —escuché decir a alguien.
No supe quién.
Lo único que tenía claro era que Tucker no se había ido de mi lado; lo notaba. Su mano no dejaba de acariciarme los dedos y su voz, esa que me gustaba tanto, me tranquilizaba de una manera inexplicable.
Salimos de la cabaña.
La luz me golpeó los ojos y tuve que cerrarlos un segundo.
El aire de fuera era distinto, más frío, limpio y real.
Pero también me hizo consciente de todo lo demás: del dolor del cuerpo y de la cara.
Se me escapó un pequeño gemido; no pude evitarlo.
—Ya… tranquila… —murmuró Tucker cerca.
Quise decir algo, cualquier cosa. Pero de mis labios solo salió aire.
Y entonces la oí.
—Lizzy, cariño mío.
Mi corazón dio un vuelco tan fuerte que me dolió.
Abrí los ojos y vi a mi madre a unos metros, completamente quieta. Como si alguien la hubiera dejado ahí y no supiera cómo avanzar.
Sus ojos se clavaron en mí y, en ese instante… lo entendió todo. No hizo falta que nadie dijera nada. Solo tuvo que fijarse en la forma en que me sujetaban para saber que no podía sostenerme en pie por mí misma.
Y se le quebró la voz antes de poder decir nada.
Lo supe por cómo se le cortó la respiración y sus ojos se llenaron de lágrimas. En cómo su boca se abrió… sin saber qué decir.
—Oh, Dios… —susurró.
Dio un paso, apartando a mi padre, y vino hacia mí.
—Mi niña… —la voz se le quebró por completo al llegar—. Mi niña…
Me cubrió la cara con las manos con tanto cuidado, que dolió igual.
—Estoy aquí, tesoro… —dijo, casi sin voz—. Ya estás… ya estás…
Las lágrimas me salieron sin permiso, de golpe.
—Shh… —susurró ella, acercando su frente a la mía—. No pasa nada… no pasa nada… Ya estás a salvo.
Cerré los ojos un segundo.
Y, en ese momento, por primera vez desde que había empezado esta pesadilla… sentí algo distinto al miedo. Algo pequeño y frágil, pero real: alivio.
—Tenemos que llevarla ya.
Reconocí la voz del doctor Walsh.
—¿A dónde? —preguntó mi madre, con la voz todavía rota.
—A la clínica del pueblo —respondió él—. Ya he avisado a Betsy y nos está esperando.
—Voy con vosotros.
Nadie la contradijo; jamás lo harían.
El trayecto al pueblo se me hizo irreal. Como si no estuviera del todo dentro de mi propio cuerpo.
El coche en marcha…, el ruido del motor…, las ruedas sobre el asfalto.
Todo llegaba amortiguado, lejano.
Tucker estaba a un lado y mi madre al otro. No los veía todo el tiempo, pero los sentía: las manos, la cercanía, el calor.
Eso era lo único que me mantenía anclada al aquí y ahora.
—Ya llegamos —escuché que decía alguien.
¿Lucien, tal vez?
Poco después estaba respirando el olor a desinfectante de la clínica, haciendo que se me revolviera el estómago y tuviera ganas de vomitar.
—Aquí —dijo una voz femenina, firme—. Traedla.
La reconocí enseguida.
Betsy.
Las piernas no me respondieron y Tucker me sujetó antes de que cayera.
—Te tengo —me susurró al oído.
La piel se me puso de gallina.
—Cuidado con la cabeza —añadió Betsy—. Despacio… eso es…
Me guiaron hacia dentro, a una camilla de sábanas frías.
La luz del techo me cegó.
—Tranquila, cariño —musitó Betsy, más cerca ahora—. Ya estás aquí. Ya estás a salvo.
«A salvo…».
La palabra flotó en mi mente sin terminar de encajar.
Dejé caer la cabeza hacia un lado y, antes de que todo volviera a desdibujarse…, busqué una última vez a Tucker y a mi madre para asegurarme de que no me los estaban quitando otra vez.
Y entonces… cerré los ojos.