CAPÍTULO 39
Tucker
La granja apareció a unos cuantos metros, frente a nosotros.
La misma casa de hacía unas horas, las mismas cabañas y los mismos caminos de grava, árboles, porche y granero; todo seguía igual y, sin embargo, cada rincón podía esconder algo. Cada puerta cerrada podía significar lo que no habíamos sabido entrever. Y cada detalle importaba.
Y eso convertía cada rincón en una amenaza.
Todos cruzamos la entrada como una exhalación, queriendo ser los primeros en llegar y poder ponernos en marcha cuanto antes.
Arizona, que había recibido una llamada de su esposo en cuanto supimos que era muy probable que Nate estuviera en la granja, tenía el portátil abierto sobre la mesa de la cocina, junto a una pila de papeles, una libreta y el móvil que, probablemente, no había dejado de sonar.
Ya no hablaba: respondía y tecleaba como una loca.
Palabras secas, cortas y funcionales. Como Maverick.
Como todos.
—Tenemos cinco cabañas ocupadas —dijo sin levantar la vista de la pantalla—. Dos huéspedes llegaron hace tres días. Una, ayer por la mañana. Y…
Se detuvo.
Y lo noté.
El jefe también.
—Sigue —pidió él.
Arizona tragó saliva.
—Y una reserva hace dos días, por la tarde.
El aire se tensó a nuestro alrededor y yo dejé de respirar durante un segundo.
—¿A qué hora? —preguntó Maverick.
—Dieciséis cuarenta y cinco, más o menos.
Mi cabeza hizo el cálculo sola: imágenes de las cámaras, la hora y el jodido Nate… Todo concordaba de una manera que acojonaba aún más ahora que ya no cabía duda; al menos no para mí.
—¿Nombre? —quise saber.
Arizona tecleó algo rápido.
—Daniel Ruiz.
Me salió una risa sin humor.
—Claro, hombre.
Maverick no reaccionó.
—¿Cómo hizo la reserva?
—A través de la página web. Pago con tarjeta.
—¿El registro?
Arizona negó con la cabeza.
—Autónomo. Dijo que llegaría tarde y pidió el código de acceso.
Ahí estaba. Sentí el golpe en el estómago. No porque fuera una prueba definitiva, sino porque encajaba demasiado bien.
—¿Se ha visto a ese huésped por aquí? Horario de comidas, realizando actividades… ya sabes —interrogó Maverick.
Su esposa dudó.
Y ese segundo de duda, para mí, fue peor que cualquier respuesta.
—No lo sé —admitió—. Yo no.
Silencio.
Caroline y Ruby estaban al otro lado de la cocina, escuchando sin decir nada. Anne seguía sentada, pero ahora con la mirada fija en la mesa, como si estuviera intentando no pensar en lo que todo aquello significaba.
Lucien dio un paso adelante.
—¿Qué cabaña es?
Arizona miró la pantalla.
—La número siete.
Algo en mi fuero interno —no tenía ni idea de qué— me decía que Lizzy estaba ahí, en esa cabaña, con él. Bueno, no con él por propia voluntad, por supuesto.
Se me tensaron los músculos de la espalda y apreté los puños.
Maverick cerró la libreta de golpe, sobresaltándome; así estaba de tenso.
—Vale, vamos a ir a revisarlas todas otra vez. Una por una y a conciencia, ¿entendido?
Arizona levantó la cabeza.
—Maverick…
La miró y no hizo falta que dijera nada más; ya no quedaban dudas. No había margen para pensar que Lizzy iba a aparecer sola como si solo hubiera ido a dar una vuelta y se le hubiera ido el santo al cielo. Y no había espacio para seguir tratando aquello como una mera posibilidad.
Ahora tenían un nombre, una hora y una cabaña.
Y, nos gustara o no, todos sabíamos lo que eso significaba.
—Nadie entra solo —advirtió Maverick—. Iremos todos juntos. Y, ante la duda, esperamos.
Yo ya estaba caminando hacia la puerta antes de que terminara de hablar, con el corazón golpeándome el esternón con una fuerza desmedida que ya no intentaba controlar. Porque esta vez…, esta vez ya no era una búsqueda a ciegas; sabíamos dónde mirar.
Y eso, por primera vez desde que nos habíamos dado cuenta de la desaparición de Lizzy, me dio más miedo que cualquier otra posibilidad.
La segunda vez que cruzamos el camino de grava hacia las cabañas, todo parecía más pequeño, más estrecho.
La luz de la mañana apenas había terminado de imponerse sobre la oscuridad de la noche, y, aun así, el lugar seguía teniendo ese aspecto extraño de sitio suspendido en la nada. Demasiado tranquilo, limpio y normal para todo lo que sabíamos ya que podía estar escondiendo.
Maverick iba delante, Sahale a su derecha y Lucien un poco más atrás, con el teléfono guardado ya en el bolsillo y la atención clavada en cada movimiento, cada puerta, cada ventana.
Yo caminaba con la mandíbula tan apretada que empezaban a dolerme las muelas.
Arizona se había quedado en la casa, no porque quisiera, sino porque su marido no le había dado opción.
La primera cabaña estaba vacía.
La segunda, también.
Maverick comprobó la cerradura, abrió con la llave maestra y revisó el interior con una rapidez fría que ya no tenía nada de rutina: camas, baño, armarios. Bajo la cama.
Todo limpio y aparentemente normal; aunque ya nadie respiraba tranquilo tras abrir una de esas puertas, la verdad fuera dicha.
La tercera estaba ocupada de verdad.
Una pareja de unos sesenta años abrió con cara de susto y confusión, todavía en pijama, sin entender por qué el sheriff de Mountain Brooks estaba en su porche a las siete y media de la mañana pidiéndoles permiso para echar un vistazo rápido.
Maverick no dio detalles, ni falta que hacía. Pidió disculpas, entró, miró y salió.
Y así seguimos una detrás de otra: se buscaba la llave, se abrían puertas y se comprobaban las ventanas con las respiraciones contenidas.
La tensión no bajaba, empeoraba, porque, con cada cabaña descartada, el círculo se estrechaba.
Y la siete seguía ahí, al fondo, esperando a ser registrada.
Era imposible que los ojos no se me fueran a ella y me fijara a conciencia en el porche de madera clara, la barandilla y la puerta cerrada. Tampoco se me pasó por alto el cartel de «no molestar» colgado del pomo, balanceándose con la escasa brisa de la mañana.
Se me revolvió algo por dentro.
—Joder… —murmuré.
Lucien me oyó y no dijo nada.
Sahale sí miró hacia allí.
Luego fue el turno de Maverick.
Y, por la forma en que nadie habló durante unos segundos, quedó claro que todos estábamos pensando exactamente lo mismo.
La siguiente cabaña estaba vacía y la penúltima también. Lo que significaba que no nos quedaba excusa alguna para no dirigirnos a la del fondo.
Maverick se quedó quieto unos segundos, observándola desde el camino; no dudaba, pero tampoco parecía tener prisa por actuar. Como si necesitara obligarse a entrar allí con la cabeza antes que con el miedo o el corazón.
Yo, para qué engañarnos, estaba jodidamente atrapado por el miedo.
—La reserva sigue activa —anunció Lucien en voz baja, mirando la pantalla del móvil—. No hay cancelación.
Maverick asintió.
Sahale dio un paso adelante, impaciente.
—¿Entramos?
Todos contuvimos el aliento mientras el jefe sacaba la llave maestra del bolsillo.
El pequeño tintineo metálico sonó demasiado alto en mitad del silencio.
El pulso se me disparó de golpe.
Maverick se volvió hacia nosotros y nos miró uno por uno.
Y, cuando habló, su voz salió tan controlada que me dieron escalofríos.
—Nadie pondrá un pie ahí dentro antes que yo, ¿entendido?
Quise protestar, de verdad que sí; tuve las palabras en la punta de la lengua, pero no llegaron a pasar de ahí, porque vi su cara y entendí que aquello no era negociable. No cuando la persona que podía estar detrás de esa puerta era su hija.
Empezó a avanzar por el camino de piedra.
Yo fui detrás, sin respirar bien y sin sentir las piernas. Y con el corazón latiéndome tan fuerte que empezaba a notar el pulso en la mandíbula y en la garganta.
Maverick se quedó delante de la puerta, quieto y con la llave maestra entre los dedos.
El mundo entero pareció quedarse suspendido ahí, esperando.
Y entonces alzó la mano, metió la llave en la cerradura y la giró.
Y todo dejó de tener vuelta atrás.
Lizzy
No tenía muy claro cuánto tiempo llevaba aquí encerrada; a veces dormida y, otras, despierta. Lo único que tenía claro era que no quedaba una parte de mí que no me doliera. Incluso la respiración me perforaba los pulmones si la hacía profunda; aun así, lo peor era el silencio.
Ese silencio espeso, pegajoso, que llenaba la cabaña desde hacía… no sabía cuánto. Sin voces ni pasos. Sin nada al otro lado de las paredes y de esa puerta cerrada a cal y canto.
De pronto lo oí.
Algo muy nimio.
Abrí los ojos despacio, temiendo estar soñando o que todo fueran imaginaciones mías. Pero no, ahí estaba ese leve ruido, diferente a todo lo escuchado con anterioridad: pasos leves, lejanos.
Fue tan brusco el salto que dio mi corazón que me dolió el pecho.
Contuve la respiración y presté atención.
Madre mía… sí que eran pasos.
Y se estaban acercando.
La esperanza hizo que los ojos se me inundaran de lágrimas, y me moví; el tirón de las bridas me arrancó un gemido ahogado que murió contra la mordaza, dejándome inmóvil y respirando rápido por la nariz.
«Por favor… Por favor…».
No entendía las palabras de esas voces, pero estaban ahí fuera, buscándome; lo supe con toda la seguridad del mundo.
El cuerpo se me puso rígido, los dedos se me entumecieron, el pulso se desbocó.
Intenté gritar, pero fue en vano.
Negué contra la almohada, con la respiración descontrolada y la cara húmeda, sin saber ya si por el dolor o por la desesperación.
Y entonces me quedé completamente quieta, notando esa presencia al otro lado de la puerta.
Nate estaba de pie en la habitación, sin moverse; solo mirándome.
Tenía la mandíbula tensa y los ojos más oscuros. Como si también hubiera escuchado algo y supiera que ya no estábamos solos.
Vi el miedo en sus ojos y se me heló la sangre; un hombre como él, con miedo, era aún más peligroso.
—Ni se te ocurra moverte —el susurro me atravesó la piel.
Se pasó una mano por el pelo y respiró hondo.
Luego se acercó a la cama y se inclinó lo justo para quedar a mi altura.
—Solo tienes que hacer lo correcto, amor. Cuéntales la verdad y acabemos con esto.
Las lágrimas me resbalaron hacia las sienes.
Antes muerta que hacer eso y que se saliera con la suya.
El clic de la cerradura fue tan pequeño que, durante un segundo, pensé que lo había imaginado.
La respiración se me quedó atrapada en la tráquea mientras el corazón empezaba a golpearme con tanta fuerza que por un momento pensé que iba a ahogarme solo con eso.
Nate también lo oyó.
Lo vi en su cara y en cómo se giró hacia la puerta. En cómo se le endureció el gesto y toda la calma falsa que llevaba horas fingiendo se le cayó de encima en menos de un segundo.
—No… —susurró.
Todo pasó demasiado rápido.
La puerta se abrió de golpe.
La madera chocando contra la pared, una voz seca dando una orden. Pasos entrando. Otro grito. Y mucho movimiento.
Nate reaccionó antes de que yo pudiera procesar nada. Dio un paso brusco hacia mí, pero no le dio tiempo a hacer nada más.
—¡Quieto! —rugió la voz de mi padre.
Nate se giró en seco. Alguien se lanzó contra él. Hubo un golpe seco, el ruido de algo cayendo, una maldición, otro forcejeo.
El caos llenó de pronto el espacio donde había estado encerrada durante horas que me habían parecido años.
Las voces me taladraban los oídos:
—¡Sácala de ahí!
—¡Atrás!
—¡Las manos, joder!
—¡No te muevas!
La de Tucker fue inconfundible:
—¡Lizzy!
La mordaza me apretaba la boca y las ataduras me cortaban las muñecas. Y, aun así, por primera vez desde que Nate me había encerrado allí, sentí alivio.
—Joder… —le oí soltar, casi sin voz.
Se arrodilló frente a la cama tan deprisa que casi perdió el equilibrio.
Sus manos llegaron a mi cara con una urgencia temblorosa, pero se detuvieron un segundo antes de tocarme, como si no supiera qué parte de mí dolía más.
La expresión de su cara me rompió algo por dentro. Como si verme así le hubiera arrancado el alma de cuajo.
Y, en medio de todo el ruido, de los gritos al fondo, del forcejeo, de las órdenes y del caos…, lo único que existió durante un segundo fue su mirada clavada en la mía.
Y la certeza absoluta de que la pesadilla había terminado.