CAPÍTULO 38
Tucker
No tenía ni idea de cuánto tiempo llevábamos buscándola, quince minutos o media hora; a mí ya me parecía una puta vida entera.
En la oscuridad todo se deformaba. Las distancias parecían más largas, los árboles más juntos, el silencio más espeso.
La luz de la linterna barría una y otra vez la misma maleza, los mismos troncos, las mismas piedras, como si insistir lo suficiente pudiera obligar a aparecer algo que no estaba allí.
O que no queríamos ver.
Maverick avanzaba unos metros por delante de mí, sin perder el ritmo, con esa forma suya de moverse que no era rápida ni lenta, solo constante. Como si detenerse un segundo de más pudiera permitirle pensar algo que no quería pensar.
Yo ya había dejado de intentar ordenar nada dentro de mi cabeza; solo buscaba.
—¡Lizzy! —volví a llamar.
Mi voz sonó gastada, ronca.
La noche se la tragó igual que las otras veces que grité su nombre.
Apreté la mandíbula y alumbré la base de un árbol, luego la zanja estrecha que bordeaba una parte del sendero, después la maleza que llevaba hacia la zona trasera del terreno.
Ni rastro.
¿Cómo era posible que no hubiera ni una jodida pista?
Sí, vale, la paciencia empezaba a brillar por su ausencia.
«Y la esperanza también».
El teléfono de Maverick sonó de pronto en mitad del silencio.
Los dos nos detuvimos al mismo tiempo.
Se llevó la mano al bolsillo casi al instante, sacó el móvil y miró la pantalla apenas un segundo antes de responder.
—¿Sí?
Y escuchó.
Yo me quedé quieto a su lado, con la linterna apuntando al suelo y el pulso golpeándome en la garganta otra vez.
Maverick frunció el ceño.
—¿Quién? —preguntó—. ¿Cuándo?
Se me encogió el estómago.
Algo había cambiado; lo vi antes incluso de que él levantara la vista.
—Vale —dijo al cabo de unos segundos—. Quédate con él. Voy para allá.
Y colgó.
No me hizo falta preguntar nada.
—Sahale —explicó, guardándose el móvil—. Está en la otra punta del pueblo. Un vecino le ha parado para decirle que ayer vio a un hombre por la carretera de acceso.
Sentí el golpe de la frase en el pecho.
—¿Qué hombre?
Maverick ya estaba girándose.
—Joven. Al parecer no es de aquí. Dice que lo vio andando por la zona como si estuviera buscando algo.
La sangre me empezó a latir más fuerte en las sienes.
—¿Hacia la granja?
Asintió una sola vez.
Y con eso me bastó.
—Joder… —solté.
Ya no sonaba a coincidencia, sino a que alguien había estado aquí antes de que Lizzy desapareciera.
De repente, la noche entera cambió de forma; una puñetera posibilidad se abría ante nosotros y la esperanza perdida volvió, aunque no del todo.
—Vamos —ordenó.
Y echó a andar de vuelta hacia la casa con el teléfono ya otra vez en la mano, seguramente marcando a alguien más antes incluso de que termináramos de llegar.
Yo iba detrás, con la linterna apretada entre los dedos hasta notar el plástico clavándoseme en la palma.
La cabeza me iba a mil.
Seguro que era él y había estado merodeando por la granja.
Nathan nunca me había parecido un tipo peligroso, pero su vida ya no era la misma que hacía unos meses y estaba a punto de perderlo todo; incluso la libertad.
Todos sabíamos que, en las circunstancias en las que él se encontraba, hasta el más santo era capaz de perder los papeles.
Nos subimos al coche patrulla, aparcado frente a la casa principal, y salimos zumbando de allí.
Encontramos a Sahale en la esquina de Main Street con Cedar, bajo la luz blanca y fea de una farola que hacía que todo pareciera más vacío de lo que ya estaba.
Miller estaba con él, apoyado junto a su vieja camioneta azul, con una gorra de béisbol calada hasta las cejas y esa expresión de hombre que no sabe muy bien si está ayudando o metiéndose donde no le llamaban.
El ayudante del sheriff levantó la cabeza en cuanto nos vio llegar.
—Dice que vio a un tipo ayer por la tarde —soltó directamente.
Maverick fue derecho hacia ellos.
Yo me quedé a un lado, notando el sudor frío pegado a la nuca pese al aire de la noche.
—Cuéntamelo tú —ordenó.
Miller se aclaró la garganta y se quitó la gorra un segundo antes de volver a encajársela.
—No sé si tendrá algo que ver, sheriff , ya se lo he dicho a él —dijo, señalando a Sahale con la barbilla—. Pero me pareció raro, eso sí.
Maverick no lo interrumpió, solo lo miró, esperando.
El pobre hombre tragó saliva.
—Ayer, sobre… no sé, las cinco o así, yo venía de repostar y lo vi caminando por la carretera vieja, la que sale hacia el lado este.
Sentí cómo las tripas se me tensaban por dentro.
Maverick cruzó los brazos.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Seguro?
Miller frunció un poco el ceño, pensando.
—Sí. Bueno…, no vi a nadie más.
Eso no era lo mismo y todos lo sabíamos.
—¿Te sonó de algo?
—No.
—¿Edad?
Miller se encogió de hombros.
—Treinta y pocos, quizá.
—¿Aspecto?
El hombre se rascó la mandíbula.
—Normal.
Normal. Claro. Como si eso sirviera de algo.
Casi me dieron ganas de mandarlo a la mierda, pero me callé. Porque, en el fondo, entendía lo que estaba pasando. Cuando no sabes que estás viendo algo importante, no te fijas bien. Y ahora él estaba intentando reconstruir una imagen que probablemente ni siquiera había mirado dos veces.
—Llevaba vaqueros oscuros —añadió al cabo de un momento—. Y creo que una camisa o una chaqueta. No sé. Oscura también.
Maverick siguió sin moverse.
—¿Pelo?
—Corto.
—¿Color?
Dudó.
—Casi negro.
—¿Gafas? ¿Gorra?
—No.
Sahale interrumpió entonces:
—Me ha dicho que llevaba una mochila pequeña o algo parecido.
Miller asintió enseguida.
—Sí. La llevaba a la espalda.
Maverick se quedó callado unos segundos.
Yo apenas escuchaba ya las respuestas; mi cabeza había empezado a girar sobre la idea que no había dejado de rondarme desde que nos dimos cuenta de que Lizzy había desaparecido. Aun así, no quise pronunciar su nombre de momento.
—¿Iba hacia la granja? —me atreví a preguntar al final, antes de pensar si debía hacerlo o no.
El hombre me miró y luego negó despacio.
—No puedo asegurarlo.
«Mierda».
—¿Pero? —insistí.
Él señaló con una mano vaga hacia la oscuridad de la carretera.
—Parecía que iba en esa dirección, pero no me fijé tanto. Podía ir hacia allí… o podía haber girado después. No lo sé.
Ese dato tampoco era suficiente.
—¿Lo viste volver? —inquirió Maverick.
—No.
Un coche pasó al fondo de la calle, demasiado rápido para la hora que era, y el sonido se perdió enseguida entre las fachadas cerradas y los escaparates apagados.
El sheriff , no el padre, se llevó una mano a la cintura, pensando.
Luego miró a Sahale.
—Necesito acceso a las cámaras del cruce principal, la gasolinera y la entrada norte.
Este asintió sin dudar.
—Ahora mismo me pongo con ello.
—También la salida hacia la carretera vieja —añadió Maverick sin perder tiempo.
—Hecho.
Mi pulso volvió a golpearme en la garganta.
Eso era: las cámaras podrían decirnos quién era y adónde se había dirigido el forastero.
Miller se recolocó la gorra, incómodo.
—Siento no poder deciros nada más.
Maverick lo miró entonces por primera vez como algo más que una fuente de información.
—Has sido de gran ayuda, Miller. Gracias.
Sahale se alejó unos cuantos pasos, hablando con alguien por teléfono.
Maverick se giró entonces hacia mí.
—¿Estás bien? —se interesó.
—¿Y tú?
No hubo respuesta para ninguno de los dos. ¿Para qué decir lo contrario?
No estábamos bien ni de coña, joder.
Y no lo estaríamos hasta que ella no estuviera con nosotros.
El permiso para acceder a las cámaras llegó cuando el cielo ya empezaba a aclararse.
No fue un amanecer bonito, sino todo lo contrario. Fue de esos que no te hacían pensar en empezar de cero ni mierdas de calendario con frases inspiradoras. Fue gris, sucio y agotador. Como si la noche se hubiera rendido por puro cansancio y el día hubiera aparecido sin ganas.
Llevábamos tantas horas despiertos que yo me sentía igual.
La oficina del sheriff olía a café requemado, papel viejo y cansancio.
Sahale estaba frente a uno de los monitores, con una taza en la mano que probablemente ya se había quedado fría hacía rato.
Maverick permanecía de pie a su lado, inmóvil, con los ojos fijos en la pantalla como si pudiera obligarla a mostrar algo útil por pura presión.
Yo estaba detrás de ellos, con los brazos cruzados, la espalda tensa y la sensación de llevar una piedra clavada en el pecho desde hacía demasiadas horas.
Lucien también estaba allí, apoyado en una de las mesas del fondo, concentrado en el rastreo del móvil de Lizzy desde hacía ya un buen rato.
Sahale abrió por fin el archivo correcto.
—Esta es la cámara del cruce principal —señaló.
Todos esperamos con ansia a que la grabación empezara a mostrarnos las imágenes: coches, una furgoneta vieja, la camioneta de los Carter y un repartidor.
No vimos nada significativo hasta que Sahale detuvo la imagen de golpe.
Y contuvimos el aliento. Al menos yo lo hice.
El jodido Nate caminaba por la acera con una mochila pequeña colgada a la espalda, las manos en los bolsillos y la cabeza ligeramente baja, como si quisiera pasar desapercibido sin parecer que estaba intentando hacerlo.
El golpe que sentí en el esternón fue certero, de esos que no duelen al principio porque primero te dejan vacío, pero después…
—Joder… —murmuré.
Sahale amplió un poco la imagen; lo suficiente para que no hubiera ninguna duda.
Maverick no dijo nada, pero vi cómo se le tensaba la mandíbula y apretaba los puños a los costados.
Lucien se incorporó despacio desde la mesa.
—¿Hora? —preguntó.
Sahale miró la esquina de la grabación.
—Diecisiete cuarenta y dos del martes.
«Anteayer».
El hijo de puta venía preparado y con tiempo…
—Pon la siguiente —demandó Maverick con la voz más baja de lo normal.
Sahale cambió de cámara; otra calle y otro ángulo.
Esta vez cruzando la calle en dirección a la salida este del pueblo, hacia la carretera vieja que llevaba a la granja.
Sentí que se me secaba la boca.
—Mierda —soltó Sahale por lo bajo.
Nadie lo contradijo.
Lucien dio un paso al frente.
—Hay algo más.
Todos lo miramos cuando levantó un poco el teléfono.
—He pedido que me pasaran los últimos datos de localización del móvil de Lizzy.
El pulso se me aceleró tanto que hasta me mareé.
—¿Y? —inquirí.
Lucien me sostuvo la mirada apenas un segundo antes de responder:
—La señal se pierde dentro del perímetro de la granja.
Un escalofrío, helado y lento, me bajó por la espalda.
—¿Cómo que dentro? —cuestionó Sahale.
Lucien dejó el móvil sobre la mesa y señaló con un dedo el mapa abierto en la pantalla.
—Último ping útil aquí. —Golpeó una zona aproximada—. No es una ubicación exacta al metro, pero sí lo bastante cerrada como para decir una cosa. —Lo miramos, expectantes—. Lizzy no salió de la granja.
El silencio que siguió a eso fue distinto a todos los demás.
Y luego vino la certeza. Una de esas que te cae encima como una losa y te obliga a mirar de frente algo que todavía no quieres ver.
Sentí que se me tensaban los dedos alrededor de mis propios brazos.
Maverick apoyó ambas manos en la mesa y bajó la cabeza un segundo. Cuando volvió a alzarla, ya no tenía nada del hombre agotado que llevaba toda la noche buscando a su hija entre árboles y barro.
Era un hombre con una mirada peligrosa y mucha determinación.
No sentí ninguna lástima por el desgraciado que, tarde o temprano, se cruzaría en su camino.
Yo mismo se lo brindaría en bandeja de plata si se me presentaba la ocasión.
Si se me ponía delante, no, no iba a salir bien parado.