Mi lugar, contigo CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

Lizzy

No sé cuánto tiempo pasó después de que se fueran.

Dentro de aquella cabaña, con las cortinas cerradas y el cuerpo entero latiéndome de dolor, el tiempo se había convertido en algo blando y asqueroso. Algo que se arrastraba por las paredes y acababa cayéndome encima.

Respiré como pude: mal y rápido.

Nate no volvió a sentarse lejos; se quedó cerca.

Moviéndose de un lado a otro por la habitación como si la energía le sobrara y, al mismo tiempo, estuviera a punto de reventarle por dentro.

Se pasaba las manos por el pelo, se detenía junto a la ventana, apartaba apenas la cortina con dos dedos, volvía a soltarla, exhalaba con fuerza y regresaba al pie de la cama.

Una y otra vez.

Como un animal encerrado.

Y yo no apartaba los ojos de él porque necesitaba saber dónde estaba en cada segundo. Qué hacía. Qué pensaba. O qué versión de él iba a tocarme ahora.

La mordaza seguía apretándome la boca.

Notaba la tela húmeda contra los labios hinchados y el escozor punzante de la piel abierta cada vez que intentaba tragar.

Tenía la cara caliente, la mandíbula rígida y la mejilla ardiendo.

Y cada vez que Nate me miraba durante demasiado tiempo seguido, sentía un nudo más apretado en el estómago.

De repente se detuvo, quedándose quieto junto a la ventana, de espaldas a mí.

—¿Lo ves? —soltó al fin.

Su voz salió baja, rota.

La mordaza no me dejó responder.

Él soltó una risa seca, sin humor.

—Claro que no lo ves.

Se giró despacio.

Tenía los ojos enrojecidos. La mandíbula tensa. La respiración acelerada para alguien que estaba intentando aparentar calma.

—Porque tú nunca ves nada que no te convenga —añadió.

El miedo me dio un pequeño tirón en la garganta.

Nate dio un paso hacia la cama.

Luego otro.

—Me están buscando por tu culpa.

Las palabras cayeron entre nosotros con una violencia mucho más fea por lo tranquilas que sonaron.

—Por tu culpa, Lizzy.

Negué muy despacio con la cabeza, instintivamente.

Sin pensar.

Error.

Lo supe en cuanto lo vi tensarse de pies a cabeza.

No gritó, solo apretó la mandíbula y pasó la lengua por el interior de la mejilla, como si estuviera masticando la rabia para no dejarla salir de golpe.

—No hagas eso —masculló.

El corazón empezó a latirme tan fuerte que noté el pulso en la cara hinchada.

Se inclinó hacia mí, sin llegar a tocarme. Pero sí se quedó lo bastante cerca como para obligarme a verle bien los ojos. Lo bastante cerca como para que no se me escapara su expresión.

—No me mires como si fuera un monstruo —murmuró—. No después de todo lo que hice por nosotros.

El asco me revolvió el estómago.

¿«Por nosotros»?

Ese plural podrido que usaba como si yo hubiera estado alguna vez dentro de esa locura con él.

«Qué hijo de puta».

—Tú lo sabías —dijo entonces, clavándome los ojos encima—. Sabías lo de los vídeos.

Sentí un escalofrío bajándome por la espalda y negué con fuerza.

Y, esta vez sí, su mano se cerró de golpe alrededor de mi mandíbula y el dolor me arrancó un gemido ahogado que murió contra la mordaza.

—No me contradigas —soltó entre dientes.

Las lágrimas me subieron sin permiso, no solo por el dolor; también por el terror de verle tan cerca y entender que cualquier cosa podía hacerlo enfurecer aún más.

De pronto me soltó con brusquedad y se apartó un paso, respirando fuerte por la nariz.

—Tú lo sabías —repitió, como si necesitara oírse a sí mismo para sostener la mentira—. Estabas de acuerdo. Dijiste que era temporal. Dijiste que lo importante era que saliéramos adelante.

¡Joder, estaba como una puta cabra!

Yo jamás había dicho nada de eso. ¿En qué cabeza cabía, por el amor de Dios?

Pero él lo decía con esa convicción aterradora de quien ya había rehecho los hechos tantas veces dentro de su cabeza que había dejado de distinguir qué pasó y qué necesitaba que hubiera pasado.

—Íbamos a casarnos —siguió.

Y esa frase, dicha allí dentro, con el cuerpo molido y la cara ardiéndome, me atenazó la garganta.

—Teníamos un plan —farfulló, pasándose una mano temblorosa por la boca—. Íbamos a salir adelante. A tener algo nuestro. A dejar de preocuparnos por el dinero, por todo.

Se echó a reír otra vez, pero esta vez el sonido se quebró en mitad de la carcajada.

—¿Y ahora qué? —preguntó, mirándome como si de verdad esperara una respuesta—. ¿Ahora resulta que soy yo el malo? ¿Ahora soy un enfermo por haber intentado que no nos faltara de nada?

Me faltó el aire por la forma en que estaba convirtiendo su propia obsesión en una historia de amor arruinada.

—No hice nada que otras personas no hagan todos los días —siguió diciendo, cada vez más alterado, más convencido, más roto—. Solo que a mí me señalaron. A mí me quisieron joder. A mí me usaron de ejemplo. Tú lo hiciste.

Negué otra vez, esta vez más despacio.

No para desafiarlo, sino por puro reflejo.

Y debió de ver en mí el miedo, el asco y la incredulidad, y eso lo encendió todavía más.

—No me pongas esa cara —espetó de pronto, alzando la voz—. No me pongas esa puta cara como si tú no hubieras estado ahí.

Me encogí instintivamente contra el colchón, sin poder ir a ninguna parte.

Dio un paso más.

—Tú estabas conmigo —dijo, y ahora tenía la voz rota por un sitio mucho peor que la rabia—. Tú eras mía. Lo eras, joder.

Contuve el aliento y la vi: la desesperación reflejada en sus ojos turbios e idos.

Tragó saliva, bajó un poco la voz y se pasó ambas manos por el pelo.

Cuando volvió a hablar, sonó casi sereno.

Y eso fue aún peor.

—Todavía podemos arreglarlo, mi amor.

Me quedé quieta, incluso sin parpadear, cuando volvió a sentarse al borde del colchón.

—Escúchame bien —advirtió, mirándome como si estuviera a punto de hacerme una oferta generosa—. Si das marcha atrás…, si dices la verdad…, esto se termina aquí y ahora.

Y me acarició el pelo hacia atrás con una suavidad que me revolvió las tripas.

Saboreé la bilis en la punta de la lengua.

—Solo tienes que decir que lo sabías —susurró—. Que estabas de acuerdo. Que lo hablamos. Y que era cosa de los dos.

¡Y una mierda!

Antes muerta que hacer tal cosa.

—Que necesitábamos el dinero —siguió—. Que íbamos a casarnos. Que queríamos empezar bien. Tener algo propio y vivir tranquilos. ¿Eso es un crimen? ¿Querer darte una buena vida es un crimen?

La tela de la mordaza seguía humedeciéndose por la respiración agitada.

Ojalá pudiera gritarle lo loco que estaba y que prefería morirme antes que salvarle el jodido culo.

Y quizá fuera mejor así, no poder hablar. Porque, cuando sonrió un poco…, supe que en su cabeza aquello era una segunda oportunidad. Una prueba de amor.

Y también supe que, si no conseguía de mí lo que quería…, me lo iba a hacer pagar caro.

Tucker

La casa principal ya no parecía la misma cuando volví a entrar.

Seguía siendo la misma cocina amplia, la misma mesa de madera gastada y las mismas lámparas cálidas colgando del techo. El mismo olor a café recalentado, tierra y cena reciente que todavía flotaba en el ambiente. Y, aun así…, todo era diferente.

Era otra cosa.

Un punto de mando improvisado.

Un lugar donde todo el mundo hablaba más bajo de lo normal y se movía más rápido de lo habitual.

Arizona estaba de pie junto a la encimera, con el teléfono pegado al oído y una libreta abierta delante.

Ruby acababa de entrar hacía apenas un minuto y seguía con la chaqueta puesta, el pelo recogido deprisa y la cara blanca como la pared.

Caroline estaba junto a la mesa, sujetando un vaso de agua que no parecía haber tocado todavía.

Anne seguía sentada, recta, con ambas manos apoyadas sobre el bastón, observándolo todo con una tensión silenciosa que pesaba más que cualquier palabra.

Y Maverick… Maverick estaba en el centro de todo. De pie, con las manos apoyadas sobre la mesa y la mirada fija en un papel donde había garabateado varias líneas y zonas del terreno.

Levantó la cabeza al verme entrar.

—¿Nada? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—Nada.

La palabra cayó en la cocina y nadie habló durante un segundo.

Solo se oía el zumbido del frigorífico, el sonido lejano de una puerta cerrándose en alguna parte de la casa y la voz amortiguada de Arizona al otro lado de la llamada.

—Sahale ya está aquí —dijo Maverick, bajando la vista otra vez al papel—. Nial también. Y he avisado a dos más para cubrir el perímetro del bosque con Lucien.

Caroline dejó el vaso sobre la mesa con un pequeño golpe.

—¿Y si ha ido a algún sitio sin decir nada? —preguntó, demasiado rápido, como si necesitara oírlo en voz alta para que pudiera ser cierto—. Quiero decir…, a casa de alguien o…

No terminó la frase, porque ni ella misma se lo creía.

Ruby negó antes de que nadie respondiera.

—No haría eso sin coger el coche. Y tampoco dejaría el móvil apagado durante horas —añadió.

Arizona colgó la llamada en ese momento y dejó el teléfono sobre la encimera con un gesto seco.

—He llamado a todo el mundo —musitó—. Nadie la ha visto desde esta mañana.

Ese maldito silencio empezaba a parecerse demasiado a una certeza.

Maverick apoyó ambas manos en la mesa y alzó la vista.

—Escuchadme bien.

No hizo falta que levantara la voz; todos lo miramos.

—No vamos a asumir nada todavía —dijo—. Vamos a movernos rápido y con cabeza. Quiero revisar todo el terreno antes de que esto salga de aquí.

Sentí un tirón en la mandíbula.

—Yo voy al sendero norte y al borde del bosque —continuó—. Sahale cubrirá la zona del río cuando llegue. Nial cogerá el camino de acceso y la carretera secundaria. Tucker…

Levanté la cabeza al instante.

Me sostuvo la mirada un segundo.

—Tú vienes conmigo.

No me gustó, pero tampoco se lo discutí. A esas alturas no tenía sentido tratar de imponerme o algo así. Él era el sheriff , él mandaba. Y, más aún, era su hija la que había desaparecido. Punto.

Arizona cerró los ojos un momento y se masajeó las sienes.

—Yo también voy.

Maverick negó sin mirarla siquiera.

—No.

—No me importa lo que digas, Maverick.

—Pues debería.

Arizona dio un paso hacia la mesa.

—Es mi hija.

—Y precisamente por eso te quiero aquí.

La frase cayó entre los dos con la dureza justa para hacer que nadie más se atreviera a abrir la boca.

Arizona se quedó inmóvil, respirando hondo y con los ojos clavados en él.

Y fui testigo del momento exacto en que entendió que no iba a ganarle esa discusión.

No porque él mandara más, sino porque, si Lizzy llamaba…, si aparecía…, si alguien sabía algo… ella tenía que estar allí. Disponible y preparada para lo que fuera.

Maverick volvió a bajar la vista al papel.

—Linternas, baterías cargadas y teléfonos con volumen. Si alguien encuentra algo, no toca nada y llama. ¿Entendido?

No hizo falta responder.

Todo estaba pasando demasiado rápido y, al mismo tiempo…, no lo bastante. Porque, mientras nosotros organizábamos rutas, llamadas y zonas de búsqueda…, Lizzy seguía sin aparecer.

Dos minutos después, la casa volvió a quedarse atrás.

Las luces del porche se reflejaban débiles sobre la grava mientras salíamos repartidos en direcciones distintas, con linternas en una mano y los teléfonos en los bolsillos.

La brisa nocturna me pareció helada por momentos.

Maverick iba a mi lado, en silencio, alumbrando el borde del sendero que se abría hacia la parte norte de la finca. La luz de mi linterna barría tierra, hierba alta, troncos, piedras, sombras. Todo lo que encontraba a su paso.

Con cada minuto que pasaba, más me podían la ansiedad y el puto terror de que ese cabrón le estuviera haciendo daño.

Aparté una lágrima del borde del ojo y seguí alumbrando el camino, buscando lo que fuera; cualquier cosa me servía. Porque no encontrar nada era mucho peor.

La cosa estaba jodida.

Y eso me mataba.