CAPÍTULO 36
Tucker
El silencio que quedó en el porche después de aquella última frase no fue de esos que te dejan escuchar mejor, sino peor. Como si el aire se hubiera llenado de algo que ninguno de nosotros quería nombrar todavía; de hecho, nadie dijo nada durante unos interminables segundos.
Arizona seguía con el móvil en la mano, sin apartar la vista de la pantalla apagada.
Anne estaba rígida en la silla, con una mano apoyada en el brazo de madera y la otra cerrada sobre la manta que llevaba encima.
Yo no me había movido ni un centímetro desde que Maverick había preguntado por el coche.
Pero por dentro… Por dentro sentía que algo me estaba empujando con violencia contra las costillas.
—Estará en el aparcamiento principal. —Me obligué a respirar—. Su coche —añadí, tragando saliva—. Si no ha ido al pueblo esta mañana, tiene que estar allí.
Maverick ya estaba bajando los escalones del porche antes incluso de que terminara de hablar.
—Vamos.
No alzó la voz.
Arizona se giró demasiado rápido y tuvo que apoyarse un segundo en la mesa antes de recuperar el equilibrio.
—Voy con vosotros.
—No —dijo su marido sin mirarla siquiera.
Se quedó quieta.
—Maverick…
Entonces sí la miró.
Y lo hizo con esa expresión que tenía cuando ya estaba en plan sheriff , concentrado en hacer algo en concreto.
—Quédate aquí por si llama —dijo—. Quiero el teléfono libre y a alguien pendiente.
Arizona apretó la mandíbula.
Y, por la cara que puso, supe que la idea de quedarse a esperar no le gustaba en absoluto, pero no discutió.
—Sí, tesoro, es mejor que tú te quedes conmigo —farfulló Anne.
Maverick asintió una sola vez y luego me miró sin que hiciera falta decir nada más; yo ya estaba en movimiento antes de que él terminara de bajar el último escalón.
Atravesé el jardín con él a mi lado, sintiendo la grava crujir bajo las botas y el pulso golpeándome en la garganta con una fuerza que, por momentos, conseguía dejarme sin aliento.
Maverick sacó el teléfono mientras caminábamos y marcó un número.
—Sahale —graznó en cuanto le respondieron al otro lado—. Necesito que vengas a la granja. Ahora. Y que vengan también Nial y Lucien. Os quiero a todos aquí.
No escuché la respuesta, solo seguí avanzando hacia el aparcamiento.
Vi el coche de Lizzy en cuanto llegamos a la zona pavimentada; en el lugar de siempre.
Maverick avanzó hacia él sin correr ni hacer ningún movimiento brusco. Pero había algo en la forma en que se movía que dejaba claro que aquello ya no era una simple comprobación.
Me obligué a seguirlo.
El aire estaba más frío allí, para estar en pleno verano; eso me pareció.
Él rodeó el coche por el lado del conductor y se asomó al interior.
Yo me quedé un segundo más atrás, observando, buscando algo que no sabía ni cómo tenía que ser. Cualquier cosa que me dijera que todo aquello tenía una explicación fácil y sencilla.
No la había, claro.
—Está cerrado —masculló Maverick.
Me acerqué y miré por la ventanilla, sin ver nada que me llamara la atención; solo un par de cosas en el asiento del copiloto, nada fuera de lugar.
—¿Las llaves? —pregunté.
Negó con la cabeza.
—Al contrario que yo, siempre deja el coche cerrado.
—¿Significa eso que las lleva encima? —cuestioné.
—O las dejó en casa, vete a saber.
Me pasé una mano por la cara, despacio, intentando ordenar algo dentro de mi cabeza.
No conseguí una mierda.
—Vale —dijo Maverick entonces, girándose hacia mí—. Vamos a hacerlo bien.
Ahí estaba ese tono de control; ese intento de mantener las cosas en una línea recta cuando empezaban a torcerse.
—Las cabañas —sugerí.
—Aún no.
Apreté la mandíbula.
—Joder, Maverick…
—Escúchame —me cortó, firme—. Si está en algún sitio de la granja, no quiero pasar por alto nada antes de llegar ahí, ¿entiendes?
Tenía razón; debíamos ser concienzudos y no dejar nada al azar.
Exhalé fuerte por la nariz y solté:
—Tú mandas.
—Casa —dijo—. Granero. Almacén. Alrededores… —iba enumerando mientras ya se movía—. Nada de ir cada uno por su cuenta sin avisar. Si ves algo, me llamas.
Eché a andar hacia la casa principal antes de que terminara de hablar.
Subí los escalones del porche de dos en dos y empujé la puerta sin llamar.
—¿Lizzy? —llamé.
Nada, solo ese silencio que no era normal en una casa donde siempre había bullicio.
Arizona apareció desde el pasillo, con el móvil todavía en la mano.
—¿La habéis visto? —quiso saber.
—No. El coche sí está ahí fuera, pero ni rastro de ella. Voy a mirar aquí dentro.
No esperé una respuesta; me dediqué a recorrer la casa de un extremo al otro: salón, cocina, pasillos, habitaciones… Todo vacío.
Volví al porche.
Anne seguía allí sentada, más rígida que antes.
Maverick ya venía desde el lateral de la casa.
—Nada —dije.
Él negó también.
—Granero limpio.
Su mujer se acercó y le acarició el antebrazo cuando vio de qué manera apretaba los dientes.
—Cariño…
—La encontraremos —le aseguró.
Me concentré en esas dos palabras con todas mis fuerzas, deseando con todo mi ser que se cumplieran.
El sheriff , ya no el padre, me miró.
—Ahora sí, Tuck. Vayamos a las cabañas.
No hizo falta que me lo repitiera dos veces.
La zona de las cabañas estaba en silencio cuando llegamos.
El silencio de la noche cayendo sobre la madera, los árboles y la grava. El de un lugar apartado donde, a esas horas, la gente ya estaba dentro o no había llegado todavía.
Y quizá por eso me jodió aún más, porque no había nada fuera de lugar.
Solo un puñado de cabañas alineadas bajo la luz escasa de los faroles, con las ventanas oscuras en su mayoría y alguna lámpara encendida aquí y allá detrás de las cortinas.
Maverick avanzó primero, con el móvil en una mano y una linterna en la otra.
Yo iba a su lado, escaneando cada rincón como si pudiera obligar a algo a aparecer solo por mirarlo con suficiente rabia.
No funcionó.
—¡Lizzy! —grité.
Mi voz rebotó entre los árboles sin respuesta alguna.
Maverick fue directo a la primera cabaña, comprobó la puerta y asomó la linterna por la ventana lateral.
—Vacía.
Fuimos a la siguiente y más de lo mismo.
La tercera tenía una luz encendida en el interior y un cartel de «No molestar» colgando del pomo.
Me acerqué y miré a través del cristal: cama hecha y cortinas echadas. Nada raro a simple vista.
—¿Ocupada? —pregunté.
Maverick asintió sin apartar la vista.
—Eso parece.
Seguimos.
Otra. Y otra más.
Dos con las luces apagadas. Una con la terraza barrida y una silla mal colocada. Otra con el cubo de limpieza apoyado junto a la pared lateral, como si alguien lo hubiera dejado allí solo un momento antes.
Me detuve en seco y lo miré, sintiendo un pequeño tirón en el estómago.
—Maverick.
Él se giró.
—¿Qué?
Señalé el cubo.
—¿No dijo antes Arizona que las cosas de la limpieza estaban en su sitio?
Lo observó apenas un segundo.
—Sí, pero cada cabaña tiene sus propias cosas de limpieza, por si los inquilinos las necesitan en un momento determinado.
Tenía su lógica, claro; aun así, su respuesta no me dejó convencido y volví a gritar:
—¡Lizzy! ¡Lizzy!
Mierda, ni una maldita señal.
¿Cómo era eso posible?
Con cada paso que dábamos se me iba tensando más la espalda y el miedo me agarrotaba los putos huesos.
Cuando terminamos con la última, Maverick se quedó quieto unos segundos en mitad del camino de grava, girando despacio sobre sí mismo con la linterna en la mano.
La luz barrió fachadas, árboles, escalones, jardineras vacías.
Nada.
Yo tenía las manos cerradas en puños desde hacía tanto rato que apenas me había dado cuenta.
—Joder —solté al final, pasándome ambas manos por la cabeza—. Joder.
Maverick no dijo nada.
Y eso fue peor, porque significaba que ya no estaba en fase de tranquilizar, sino en la de pensar. Y cuando él pensaba así, normalmente era porque lo que estaba ocurriendo no era nada bueno.
—No está aquí —dije.
«Qué conclusión tan brillante».
Ya, sí, más evidente no podía ser. Menudo lumbrera.
Maverick levantó la vista hacia la oscuridad que rodeaba la zona de las cabañas, luego miró el bosque que bordeaba la parte trasera de la finca y después me miró a mí.
—Vamos a ampliar la búsqueda.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Adónde?
—A todo esto —dijo, señalando alrededor con la linterna—. Senderos. Perímetro. Cobertizo. Camino de acceso. Lo que haga falta.
Tragué saliva.
Esto estaba poniéndose demasiado serio y no me gustaba un pelo.
Maverick se llevó de nuevo el teléfono a la oreja y suspiró al anunciar:
—Vamos a necesitar más gente.
La frase me golpeó como una piedra en el estómago. Eso significaba que él también sabía que aquello ya había cruzado una línea.
Una de las malas.
Giré la cabeza una vez más hacia las cabañas, las luces, las ventanas y los carteles de «No molestar» balanceándose apenas con la brisa nocturna.
Y me encogió el miedo.
Un miedo muy real.
Tan real como que Lizzy había desaparecido y yo no tenía ni puta idea de dónde estaba.
Lizzy
El dolor ya no estaba solo en la cabeza; ahora estaba en todas partes.
En la mejilla izquierda, donde todavía sentía el latido sordo del último golpe. En el labio, hinchado y abierto por dentro. En los hombros, en las muñecas, en las costillas. En el cuello, rígido por la tensión de haber intentado apartarme de él una y otra vez hasta quedarme sin fuerzas.
Hasta que me hizo «cerrar el pico», como él había dicho.
La mordaza me apretaba la boca, de nuevo, con una presión constante, húmeda, asquerosa. Me obligaba a respirar por la nariz, a bocanadas cortas y nerviosas que no conseguían llenarme del todo los pulmones.
No podía hacer otra cosa que quedarme allí, tumbada sobre aquel colchón, con las manos atadas al cabecero de la cama y las piernas inmovilizadas, sintiendo el cuerpo cada vez más pesado y más torpe.
Más inútil.
Tenía los ojos clavados en el techo, pero no lo estaba viendo. Estaba escuchando cada crujido de la madera, cada paso y cada pequeño sonido al otro lado de las paredes.
Y entonces lo oí: mi nombre.
No supe si lejos o cerca. Solo fue una vibración en el aire. Un eco deformado entre árboles, grava y madera.
—¡Lizzy!
El corazón me retumbó tan fuerte que me dolió.
«¿Tucker?».
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Tiré de las bridas con una fuerza desesperada, ciega, brutal. El colchón chirrió bajo mi peso cuando intenté girarme, incorporarme, hacer cualquier cosa.
Un sonido roto salió de mi garganta, ahogado contra la tela que me apretaba la boca.
No sirvió de nada.
Volví a oír voces fuera, más de una esta vez.
Y pasos muy cerca. Tan cerca que, durante un segundo, mi cerebro se agarró a ellos con una violencia casi insoportable.
Estaban buscándome y…
Sollocé de impotencia, rabia y dolor, todo mezclado entre sí.
Y el pánico también estaba conmigo; no había vuelto a abandonarme desde la última vez que traté de convencer a Nate de que me soltara y me hizo callar a golpes.
«Por favor… Por favor, no os vayáis. No me dejéis con este psicópata».
El silencio no tardó en llegar, como si los árboles se los hubieran tragado.
Negué con la cabeza contra la almohada, jadeando por la nariz, notando el escozor salado de las lágrimas metiéndose en el corte del labio.
Fue entonces cuando lo sentí.
El colchón se hundió cuando él se sentó en el borde de la cama.
Y el terror que sentí entonces fue peor que el dolor.