Mi lugar, contigo CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

Tucker

A las seis y cuarto de la tarde ya estaba harto del mundo.

El fontanero de urgencia había tardado casi dos horas en venir y otras dos en solucionar el problema de la fuga. Mi hermana me había ayudado a adecentar el bar y todo eso, claro, pero la mala leche ya no me la quitaba nadie.

«¿Seguro?».

Bueno, no del todo; ella sí que podría mejorarme el humor si se dignara a mirar el teléfono y responder alguna de mis cinco o seis llamadas.

«A lo mejor se ha quedado sin batería».

¿Todo el día? Lo dudaba, pero bueno, Lizzy no era una persona que se mantuviera pegada al teléfono, así que…

Serví una copa de vino, cobré dos hamburguesas y cambié el barril de cerveza. Pete seguía dándome la turra con el maldito equipo del instituto de Kingston como si estuviéramos negociando la paz mundial.

Todo normal, sí.

Sequé un par de vasos y volví a coger el móvil, impaciente, corriendo el riesgo de parecer un quinceañero con dependencia emocional.

Me preocupaba la hostia no tener noticias suyas, pero hasta que no cerrara no podría acercarme a la granja y comprobar que Liz estuviera bien; con ese desgraciado suelto por ahí, cualquiera sabía.

«No habrá sido tan tonto como para venir a Mountain Brooks».

Eso esperaba, aunque torres más altas se habían visto caer.

Fruncí el ceño y volví a dejar el teléfono boca abajo sobre la barra.

—Tienes cara de funeral —dijo Pete, dando un sorbo a la cerveza.

—Gracias.

—De nada.

No levanté la vista del vaso que estaba secando.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—Pues para no ser nada, estás hasta borde, colega.

Colgué el trapo del hombro y suspiré, cansado.

—He tenido un día de mierda, Pete, no me tortures con tu sarcasmo, ¿quieres?

Soltó una risa corta.

—Perdón. Los días de mierda hay que respetarlos.

Dejó unas monedas sobre la barra y se bebió el resto de la cerveza.

—Nos vemos mañana, tío.

Asentí.

—Saluda a Chloe de mi parte.

Me guiñó el ojo y desapareció por la puerta.

Pete y Chloe, junto a sus tres hijos, habían llegado al pueblo hacía ya un tiempo. Regentaban el asador y les iba bien; como a todos desde que Arizona Graham había cambiado sus planes y nos había dado una oportunidad. Gracias a ella, el pueblo prosperaba, y eso se notaba.

Recogí el botellín de cerveza y pasé un trapo mojado por la barra mirando hacia la calle; ese pellizco bajo las costillas me tenía mosca de cojones, y no sabía por qué.

A las siete menos cuarto, me dio igual parecer un acosador y le marqué de nuevo a Liz.

—El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura —habló la mecánica voz de la mujer.

Mierda.

«¿Dónde andas metida, Lizzy Jackson?».

Sí, ya sé que seguramente estuviera ocupada y todo eso, pero decir que la preocupación aumentaba con cada minuto que pasaba era quedarse demasiado corto, joder.

Guardé el teléfono en el bolsillo trasero de los vaqueros y seguí trabajando.

Mi hermana salió de la cocina y se me quedó mirando.

—¿Qué?

—Tienes mala cara, Tuck. ¿Te encuentras bien?

Encogí los hombros sin atreverme a ser sincero con ella.

—Estoy cansado. Y me duele la cabeza.

—En el segundo cajón del mueble de atrás hay analgésicos. Tómate un par.

—Ahora lo hago.

—Jason vendrá a recogerme en diez minutos; hoy nos quedamos de canguros con Travis y Eve. —Se quitó el delantal y lo colgó del clavo en la pared—. He dejado las patatas peladas y metidas en el barreño con agua. También te he descongelado más hamburguesas y he lavado lechuga.

—Gracias, Norma.

—¿Mañana a la misma hora?

—Sí, con que vengas para el mediodía es suficiente.

Me dio un abrazo, yo la besé en la cabeza y también desapareció por la puerta.

Miré el reloj de la pared; solo faltaban unas cuatro horas para que yo pudiera hacer lo mismo.

Cuatro horas que se hicieron eternas e insoportables, para qué engañarnos.

Cuando cerré el Anny’s, era más tarde de lo que quería.

No porque hubiera habido jaleo ni una avalancha de clientes, sino porque el tiempo no pasaba y todo me parecía una absoluta cagada.

Recogí las últimas mesas, apagué las luces del salón principal y eché el cierre con una sensación rara pegada entre la boca del estómago y el esternón; si eso era posible, claro.

Me costaba admitirlo, no iba a mentir, pero la había llamado tres veces más a lo largo de la tarde y el resultado había sido el mismo: ninguno.

Y ya no me servía seguir repitiéndome que estaría ocupada.

Me quedé un segundo junto a la puerta cerrada, con las llaves en la mano y el teléfono en la otra.

«¿Has hecho algo que la cabreara, Tucker Jones?».

Lo pensé durante unos segundos, pero no, no se me ocurría nada.

Apreté la mandíbula.

—Vale, se acabó —me dije.

Fui a buscar la camioneta, me subí a ella y arranqué.

No pensé demasiado en lo que hacía; si lo pensaba, me parecería exagerado, ridículo e invasivo.

Solo conduje.

Las carreteras de Mountain Brooks estaban casi vacías a esa hora. El cielo todavía reflejaba una fina línea naranja apagada en el horizonte, pero el resto ya empezaba a hundirse en ese azul oscuro que anunciaba noche cerrada.

Fui con una mano en el volante y la otra golpeándome el muslo cada pocos segundos, sin darme cuenta.

Me decía a mí mismo todo el tiempo que no estaba nervioso, que solo quería verla o que alguien me dijera que se le había olvidado el móvil en cualquier parte, porque era un desastre; lo que fuera con tal de quedarme tranquilo y saber que era la paranoia la que me había mantenido en ese estado todo el puto día.

Cogí el desvío de la granja y aparqué frente a la casa principal.

La luz del porche me orientó hacia donde ir a buscar respuestas.

Anne estaba sentada en una de las sillas de madera, con una manta ligera sobre las piernas y una copa de vino en la mano.

Arizona estaba a su lado, descalza, con los pies estirados sobre la barandilla.

Maverick, en cambio, estaba de pie, apoyado en uno de los pilares con esa postura suya de hombre que parecía relajado incluso cuando probablemente no lo estaba.

Los tres levantaron la cabeza al oír mis pasos.

Arizona sonrió; sin embargo, su expresión fue cambiando con cada paso que yo daba.

Maverick se enderezó y Anne dejó la copa de vino en la mesa.

Subí los escalones del porche y me acerqué, ansioso.

—Perdón por la hora, pero ¿está Lizzy? —pregunté sin rodeos.

Anne parpadeó.

—¿Aquí?

La forma en que lo dijo no me gustó una mierda, y miré de una cara a otra.

—Sí, claro. Aquí.

Su madre frunció el ceño.

—Pensábamos que estaba contigo.

El aire se volvió más denso de golpe.

—¿Conmigo? No, no la he visto en todo el día. Había quedado en pasarme a media mañana, pero tuve un problema en el Anny’s y…

—¿Por eso estuvo cerrado unas horas?

Desvié la mirada hacia su padre.

—Sí. Reventó una de las tuberías del baño y no me quedó más remedio.

Asintió.

—¿Entonces no la has visto?

Negué con la cabeza.

—La he llamado unas cuantas veces y no me ha respondido. Creí que…

Arizona me interrumpió al ponerse de pie.

—Esta mañana salió después de desayunar para hacer el aseo de las cabañas —dijo—. Pensé que después…, como vi en el cuarto de la limpieza el cubo y los demás enseres que utilizamos… —Se interrumpió, mirándome—. Pensé que habría ido al bar o que habríais quedado.

Sus palabras me aceleraron el pulso.

Y que Maverick no dijera nada al respecto lo empeoró.

—No he sabido nada de ella en todo el día —dije.

La frase cayó en medio del porche como una piedra.

Anne se incorporó en la mecedora.

—¿Cómo que en todo el día?

Arizona me miró con una tensión nueva en los ojos.

—¿Estás seguro, Tuck? Porque en casa tampoco ha estado.

Un escalofrío me recorrió la columna vertebral.

Y nadie dijo nada durante dos segundos que duraron demasiado.

Maverick se apartó del pilar y dio un paso hacia nosotros.

—¿Cuándo fue la última vez que alguien la vio?

La pregunta me atravesó de lleno, porque de repente aquello ya no iba de si me había contestado o no, de si estaba dormida o no, de si era un desastre con el teléfono o no. Ahora iba del tiempo que hacía que no la veíamos o sabíamos de ella. Y ese tiempo, de pronto, importaba demasiado.

Arizona sacó el teléfono casi al instante.

—Voy a llamar a las chicas.

Anne ya estaba haciendo lo mismo.

—Yo también.

El sonido de las llamadas llenando el silencio del porche me puso los nervios de punta, aunque no lo pareciera por lo quieto que me había quedado. Incluso tuve la sensación de que el corazón había dejado de latirme en el pecho.

Arizona fue la primera en hablar con alguien.

—¿Sí? Cariño, ¿has visto hoy a Lizzy? —pausa—. No, digo en persona. ¿Hoy? —más pausa—. Vale.

Colgó y, acto seguido, negó con la cabeza.

Anne hablaba con Annabel, que a su vez le preguntó a su hijo Jack, que estaba cenando con ella; ninguno se la había cruzado en el pueblo.

Mierda. Mierda. Mierda.

«Respira. No te pongas en lo peor».

—Nada —dijo Anne, y entonces sí noté el temblor en su voz—. Somos los únicos que la hemos visto desde esta mañana.

Arizona volvió a marcar otro número con manos menos firmes de lo que intentaba aparentar.

—Caroline tampoco —pronunció al cabo de un minuto, tragando saliva.

Maverick ya no estaba quieto.

Se había girado hacia el jardín, una mano en la cadera, la otra apretada contra la nuca. No parecía nervioso, sino otra cosa. Parecía un hombre intentando no adelantarse a una conclusión que ya resultaba demasiado evidente para todos.

—¿A qué hora salió de casa? —inquirió, sin volverse.

—Ya lo dije antes, después de desayunar —respondió Arizona, con la voz más fina—.

Hablamos de hacer algo el domingo los cuatro juntos, cuando fuéramos a recoger a Anthony al campamento.

De hecho, ya hice la reserva en ese restaurante que tanto nos gusta.

—Se retorció los dedos de las manos, nerviosa—. ¿Crees que…? ¿Puede ser posible que…?

Se giró para mirarla.

—Han pasado demasiadas horas desde que la vimos por última vez, así que sí, todo es posible.

A Anne se le escapó un sollozo y Arizona la abrazó para consolarla.

Yo seguí paralizado. Acojonado perdido, la verdad.

Jamás, ni siquiera cuando estuve al frente de alguna misión en el ejército, me había sentido tan paralizado por el miedo.

Maverick no tardó en ponerse en plan sheriff y ladrar órdenes por teléfono a Lucien, Nial y Sahale.

—¿Su coche sigue aquí? —preguntó.

No supe si alguien respondió, porque en ese momento lo único que escuché de verdad fue mi propia sangre golpeándome los oídos.

Una única idea, brutal y helada, se abrió paso dentro de mí: ese cabrón tenía que ver con la desaparición de Lizzy.

Y, como que me llamaba Tucker Jones, que ese hijo de puta acababa de firmar su sentencia.