CAPÍTULO 34
Lizzy
El dolor llegó antes que la conciencia: una punzada intensa que latió dentro de mi cabeza, como si alguien hubiera apretado demasiado y se hubiera olvidado de soltar.
Parpadeé una vez. Y luego otra.
El mundo no volvió de golpe, sino a rastras.
Lo primero en aparecer fue el techo de madera, desenfocado, girando levemente sobre mí. Las vigas se duplicaron, se separaron y volvieron a juntarse. Tragué saliva y noté la boca seca, áspera; me dolió la garganta al carraspear.
No recordaba…
Volví a cerrar los ojos un segundo, intentando procesar lo que veía, pero lo único que encontraba con claridad era ese zumbido en los oídos.
De pronto llegó la imagen de Nate pasando el dedo por encima de la pantalla de mi teléfono, rechazando una llamada.
Abrí los ojos de golpe e intenté incorporarme.
No pude.
El tirón en las muñecas me lo impidió. Luego, el de los tobillos.
La tela de las sábanas se arrugó bajo mi cuerpo cuando intenté moverme otra vez, desesperada.
Nada.
«Estás inmovilizada…».
El corazón empezó a latirme tan rápido que me mareé.
No, no, no.
«Respira. Respira».
Obligué al aire a entrar y salir, raspándome por dentro con cada bocanada. Giré la cabeza lo justo, ignorando el dolor que me atravesaba la sien y me golpeaba con insistencia, como un puto tambor.
Entonces lo vi: sentado en la silla, junto a la ventana, observándome.
—Hola, Lizzy.
Su voz, demasiado suave, me heló la sangre.
Intenté moverme otra vez, más por impulso que por lógica. Las ataduras cedieron apenas un milímetro; lo suficiente para que la piel me ardiera.
—Tranquila —continuó—. No hace falta que hagas eso.
Lo miré y no pude evitar sentir miedo de su calma, de su serenidad.
—¿Qué…? —La palabra se me quedó a medio camino—. ¿Qué estás haciendo?
Él inclinó la cabeza, como si la pregunta le resultara curiosa.
—Hablar contigo.
Una risa pequeña, sin humor, se me escapó antes de poder evitarlo.
—¿Así?
Giré la cabeza y el mundo se tambaleó un segundo, pero no aparté del todo la mirada de él.
No pude. Y en el fondo, tampoco quería.
—No me has dejado otra opción —respondió.
Apreté los dientes.
—¿Que no te he dejado otra opción?
—Sabes que no, mi amor. A cabezota no te gana nadie.
—Quítame esto de las manos, Nate. ¡Desátame!
¿De dónde había sacado las bridas? ¿Del cobertizo?
«Las traería con él».
Suspiró, apoyando los codos en las rodillas, inclinándose un poco hacia mí.
—Si te suelto ahora, vas a salir corriendo —habló como si nada—. Y, evidentemente, eso no va a pasar, por mucho que lo desees.
El pulso me retumbó en los oídos.
—¿Tú te estás oyendo, Nate? Me retienes en contra de mi voluntad y…
—Solo quiero hablar contigo, Lizzy. No te haré daño.
—Ah, ¿no? Entonces suéltame.
Su sonrisa ladeada me obligó a tragar saliva de nuevo.
Desvié los ojos, recorriendo la habitación; la distancia hasta la puerta y la ventana me parecía enorme ahora mismo, y el pánico empujó con fuerza desde dentro.
¿Y si gritaba? ¿Y si…?
—Ni se te ocurra —advirtió, arrastrando la silla hasta quedar pegada al colchón.
—Nate… —me tembló la voz—. Esto no va a arreglar nada.
—¿Eso crees?
—Nunca voy a perdonar lo que hiciste.
—Claro que lo harás. Soy tu prometido, ¿recuerdas?
«Joder, está loco».
Y, por primera vez desde que había abierto los ojos, sentí miedo de verdad; del que se te mete bajo la piel y no se va.
—Nate… —intenté, más despacio—. Esto no está bien.
Su expresión no cambió de inmediato.
Se quedó quieto, con el móvil —el mío— todavía en la mano, mirándome como si estuviera esperando algo más. Algo concreto que no le estaba dando.
—Siempre dices lo mismo —murmuró.
Fruncí el ceño.
¿A qué demonios se refería?
Dejó el teléfono sobre la mesilla sin mirarlo y suspiró.
Yo, por ese instinto inútil, volví a tirar con fuerza de las ataduras.
—Si sigues haciendo eso, vas a hacerte daño. Mira cómo tienes ya las muñecas.
Se me llenaron los ojos de lágrimas, aunque no derramé ni una.
—¿Y por culpa de quién es, Nate?
Negó con la cabeza, como si estuviera perdiendo la paciencia con un niño.
—No entiendes nada, Lizzy. Tú…
—Pues explícamelo —le corté, sin pensarlo.
Error.
Lo supe en el segundo exacto en que sus ojos cambiaron: una contracción mínima, pero suficiente para que el aire a nuestro alrededor se espesara.
—Eso llevo intentando hace mucho tiempo —masculló—. Pero tú no escuchas.
Se me disparó el pulso.
Bajé un poco la barbilla, obligándome a relajar el gesto, a suavizar la tensión en mi cara, aunque por dentro estuviera a punto de romperme.
—Estoy escuchando ahora —musité.
Sus dedos tamborilearon una vez contra su rodilla y se detuvieron. Luego se los pasó por el pelo, desordenándolo más, en un gesto nervioso que no encajaba con la calma que intentaba aparentar.
—No quería hacerlo de este modo, pero, como siempre, no me has dejado otra opción.
«¿Cómo siempre?».
—Siempre hay otra opción —contesté, manteniendo la voz firme a duras penas.
—No. No la hay. No cuando… —Se detuvo a mitad de la frase, apretando la mandíbula—. No cuando te comportas como lo has hecho. Te faltó tiempo para ir corriendo a contárselo a tu papaíto.
El corazón me dejó de latir un par de segundos.
Este hombre, el que tenía ahí delante de mí, no era el mismo del que me había enamorado.
No era el mismo que me cogía la mano cuando estaba enferma.
El que me hacía reír hasta saltárseme las lágrimas.
Este hombre, pálido, con ojeras y los ojos desorbitados por momentos, era un desconocido para mí.
Un desconocido que, diciendo que me quería —y a punto de prometerme amor eterno frente a nuestras familias y amigos—, grabó nuestra intimidad, manipuló esas imágenes y las subió a una plataforma para adultos, lucrándose con ellas.
Le odiaba con todas mis fuerzas y, aun así…, era capaz de ver un resquicio del chico que fue y no podía evitar sentir lástima.
De repente, la silla chirrió contra el suelo con un sonido brusco que me hizo encogerme sin poder evitarlo.
Respiró hondo, de espaldas a mí, con los hombros tensos, las manos abiertas a ambos lados del cuerpo, como si no supiera qué hacer con ellas.
—No entiendes nada —repitió, sonando diferente.
—Claro que no lo entiendo —concordé, aprovechando ese momento, midiendo cada palabra—. Porque nada de esto tiene sentido, Nate. ¿No lo ves?
Se acercó a mí con rapidez y, esta vez, sí vi algo en su mirada que me atravesó, aunque no sabría describirlo con exactitud.
—Este no eres tú —intenté convencerlo.
Era mentira. Ahora los dos lo sabíamos. Pero algo tenía que hacer para que cejara en su empeño, fuera cual fuese, por tenerme aquí maniatada.
Se le tensaron los labios.
—No me digas quién soy, joder —no gritó.
Y eso me atemorizó aún más.
—Vale —cedí—. No te lo diré. Pero esto… —moví ligeramente las muñecas, lo justo para que la cuerda me rozara—. Esto no te va a dar lo que quieres, Nathan.
Sus ojos bajaron a mis manos y se quedaron ahí un segundo de más.
—Solo necesito que me escuches —insistió.
Y, esta vez, no sonó como una amenaza, sino como alguien que se estaba aferrando a lo único que le quedaba.
Siguió mirándome como si esperara algo de mí.
Una reacción, una rendición… incluso una señal de que todavía podía arreglar las cosas entre nosotros.
Solo pestañeé.
El silencio entre los dos se alargó tanto que empezó a resultar ensordecedor.
—¿Por qué hiciste todo eso, Nate?
Frunció el ceño.
—¿El qué?
—Todo —escupí, sintiendo la náusea subir poco a poco desde el vientre—. Grabarme y vender mi intimidad. Exponerme a un mundo asqueroso y depravado.
Se quedó quieto, ofendido, como si le estuviera acusando injustamente.
—Yo no te hice nada —espetó.
Se me heló el cuerpo entero.
Y lo miré sin entender cómo alguien podía decir eso en voz alta sin que se le cayera la cara de vergüenza.
—¿Perdona?
Dio un paso más hacia la cama. No llegó a tocarme, pero invadió el aire lo suficiente como para que mi cuerpo entero se pusiera rígido.
—Yo te quería —siguió hablando, con una intensidad que me revolvió el estómago—. Te quise de verdad.
La rabia me subió tan rápido por la garganta que casi tapó el miedo.
—No llames amor a eso. No tienes…
—¿Entonces cómo lo llamarías tú? —me cortó y, por primera vez, alzó la voz de verdad—. ¿Dime, Lizzy? ¿Cómo?
El eco rebotó en las paredes de la cabaña y el pecho me subió y me bajó demasiado rápido.
Nate me señaló, no con violencia, sino con algo peor: convicción.
—Porque yo sí estaba ahí, loco por ti —dijo—. Yo sí te miraba. Yo sí te veía.
Noté el sabor amargo de la bilis en la lengua antes de gruñir.
—¡Cállate!
—No —respondió al instante—. Porque tú actúas como si todo hubiera sido una mentira, y no lo fue.
Sentí que la sangre me abandonaba la cara.
Había algo profundamente sucio en la forma en que lo decía. En la manera en que intentaba arrastrarme a su versión de los hechos.
—Tú querías que te mirara —añadió, bajando la voz—. Te gustaba gustarme. Te gustaba cómo te veía cuando te tocabas para mí.
El asco me golpeó tan fuerte que tuve que apartar la cara un segundo.
—Dios mío…
—No me mires así.
Volví la cabeza hacia él, incrédula.
—¿Así cómo?
Su mandíbula se marcó.
—Como si fuera un puto monstruo.
Se me escapó una carcajada histérica.
—¿Y cómo coño quieres que te mire?
—Como lo hacías entonces, cuando aún me querías y yo era lo más importante para ti.
—Dios mío, Nate, estás loco… —se me escapó.
La bofetada llegó de golpe y me ardió la mejilla.
Apreté los dientes, aguantando el dolor.
—Lo hice porque te quería. Porque eras mía —añadió—. Porque quería que vieran lo que yo veía. Que disfrutaran de lo que yo disfrutaba.
Mi cerebro intentó procesar lo que estaba escuchando, pero se negó. Como si rechazar esas palabras fuera la única forma de no romperme del todo.
Agachó la cabeza.
Ahora estaba lo bastante cerca como para que pudiera verle el leve temblor en la mandíbula, la humedad extraña en los ojos y la respiración desigual.
Decir que me quedé paralizada era quedarse corta.
—Tú también lo sentías —susurró—. No puedes decirme que no. Lo disfrutabas tanto como yo. A veces me mirabas y… —exhaló con fuerza, soltándome su aliento en la cara—. No puedes decirme ahora que todo es mentira para quedar bien con tu gente, ¿entiendes?
El asco me quemó la garganta.
—No —dije, mirándolo fijamente—. Lo que no puedo hacer es seguir escuchándote justificar una violación de mi intimidad como si fuera una puta declaración de amor.
Mis palabras cayeron sobre él como una cuchillada.
Se quedó inmóvil.
Y ahí, atada a una cama en mitad de una cabaña, con ese hombre mirándome como si yo acabara de destruirlo por dentro…, entendí que quizá acababa de cometer el peor error de mi vida.