Mi lugar, contigo CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

Lizzy

El sol entraba por la ventana, iluminando la encimera y ese orden perfecto que Anne dejaba siempre después de recoger la cocina.

Los huéspedes habían desayunado en el comedor de atrás y se habían ido a la excursión que hoy le tocaba organizar a tía Janet, esposa de Sahale y mejor amiga de mi madre desde que se conocieron.

Los llevaba a recorrer el bosque, subiéndolos a la montaña en la que ella se había visto obligada a vivir cuando estalló toda la historia del gobernador corrupto, así lo llamaba todo el mundo desde aquello.

Bueno, no todo el mundo. Para su hijo, Sahale, que jamás había vuelto a mencionarlo, ese hombre estaba muerto.

—Se te va a enfriar —dijo mi madre desde el otro lado de la mesa.

Llevaba en la mano media taza de café y apenas había dado un par de sorbos.

Levanté la vista.

—Ya. Me desperté muriéndome por un poco de este brebaje y, no sé por qué, soy incapaz de bebérmelo ahora.

Quizá era yo, que estaba rara de narices.

«No es para menos».

—¿Has dormido algo? —quiso saber.

Encogí un hombro.

—Más o menos.

«Mentira cochina».

Pero tampoco iba a entrar en detalles.

Mi madre daba golpecitos suaves con el dedo en el borde de su taza, sin quitarme el ojo de encima.

—Tu padre ha salido temprano.

—Lo sé. Estaba despierta y lo escuché ahí fuera hablando con Norton.

Removí el café sin ganas.

—Lizzy…

Ese tono gritaba preocupación a raudales.

Giré la cucharilla una vez más antes de dejarla sobre el plato.

—¿Sí?

Se apoyó en la mesa, mirándome con esa calma que solo ella podía disimular tener.

—¿Has pensado qué vas a hacer cuando termine el tiempo que pediste en el trabajo y todo esto pase? Porque pasará —aseguró.

Y ahí estaba la pregunta para la que aún no tenía una puñetera respuesta; en realidad, teniendo en cuenta el giro que había dado todo mi mundo, ni siquiera me lo había planteado hasta ahora, que ella lo mencionaba.

Exhalé despacio.

—La verdad es que no lo he pensado, mamá.

Bebió un sorbo de su taza.

—Entiendo. La situación es jodidamente delicada.

Se me escapó la risa; no pude evitarlo.

Cuando Arizona Graham llegó a Mountain Brooks con sus aires de grandeza y un plan asqueroso y vengativo para el pueblo, las palabrotas estaban fuera de su vocabulario.

Fue enamorarse de papá, que a malhablado no la ganaba nadie —ni le gana—, e irse al garete sus grandilocuentes formas de hablar y comportarse.

Ahora era una de las nuestras de los pies a la cabeza.

—¿De qué te ríes, mocosa?

Otra carcajada más.

—Estaba recordando cuando llegaste al pueblo y le decías a papá que su forma de hablar dejaba mucho que desear.

Alzó la mirada al techo con una media sonrisa.

—Qué tiempos aquellos… Ahora hablo mucho peor que él.

—Todo se pega, ¿eh?

—Eso parece. —Bebió de nuevo—. ¿Y bien? ¿Vas a volver a Nashville?

—No lo sé. Me da repelús pensar en poner un solo pie en ese apartamento.

—Pero ¿quieres volver a la ciudad?

—Puede que al principio sí, pero ahora…

—¿Es por Tucker?

Se llevó un trozo de bizcocho de manzana y nueces a la boca, y esperó mi respuesta con mucha atención.

Me quedé pensando unos segundos; no demasiados.

—Él tiene mucho que ver en mis dudas de volver a Nashville, sí. No obstante, me gusta mi trabajo y…, no sé…

—El amor hace que nos planteemos cosas en las que ni siquiera habíamos reparado. Mírame a mí, que llegué dispuesta a echar abajo el pueblo, y aquí sigo, haciendo todo lo contrario.

¿Amor? ¿Mi madre acababa de insinuar que yo estaba enamorada de Tucker?

«¿Lo estás?».

Un cosquilleo intenso me explotó en el centro del vientre como única respuesta.

«¡Ay, madre!».

Salí de mi estupor cuando chasqueó los dedos.

—¿Adónde te habías ido?

Sonreí de medio lado, disimulando.

—Al momento en el que el sheriff buenorro te conquistó.

Suspiró.

—Sí que lo hizo. Pero antes que él me conquistaste tú, Lizzy. Luego vino todo lo demás.

Bajé la vista hasta la taza, emocionada.

—Yo también te quiero mucho, mamá.

Se puso en pie y se acercó a abrazarme.

Sus abrazos siempre me habían parecido mágicos; curaban cualquier cosa.

Me miró con ternura.

—Bueno…, tampoco es que tengas que decidirlo ya. El domingo tenemos que ir a recoger a tu hermano al campamento —comentó entonces.

Parpadeé.

—¿Este domingo?

—Sí.

—Joder… —murmuré—. Se me había olvidado.

—Normal, con la que está cayendo. Menos mal que todo esto a él lo ha pillado fuera.

—Sí, menos mal.

—¿Quieres venir conmigo y con papá? Podríamos hacer algo los cuatro juntos. Nos vendrá bien a todos salir de la mierda de rutina que tenemos últimamente.

Asentí.

—Me gusta mucho la idea.

—Pues hablo con papá y lo organizo, ¿te parece?

—Sí.

Me levanté con la taza en la mano y fui a dejarla en el fregadero.

—Creo que va siendo hora de que me ponga a trabajar —dije sin ganas.

—Sí, anda, que las cabañas no se limpian solas.

—¡Oye! —protesté.

—Ten cuidado, ¿vale?

Giré la cabeza hacia ella.

—Tranquila, lo tendré.

Cogí las llaves, el móvil y salí de la casa.

El aire de la mañana era fresco.

El camino de grava crujió bajo mis zapatillas mientras avanzaba hacia las cabañas.

Todo seguía igual; como si mi mundo no estuviera pendiendo de un hilo invisible y angustiante.

Paré frente a la primera de las cabañas e introduje la llave en la cerradura; las ventanas estaban entreabiertas y una ligera brisa movía las cortinas hacia dentro.

Saqué el teléfono antes de entrar, sin pensar. Era raro que Tucker aún no me hubiera enviado un mensaje de «buenos días» cuando siempre lo hacía.

«Algo le habrá surgido».

Claro, pero lo echaba de menos.

El sonido del pestillo al girar me resultó más fuerte de lo habitual; o quizá era cosa mía y de mi paranoia.

Empujé la puerta con el hombro y entré.

Cerré detrás de mí y dejé el cubo con los enseres de limpieza junto a la pared.

—Vale… —murmuré—. A trabajar.

Abrí las ventanas una a una de par en par y la luz entró a raudales, llenando el espacio de ese tono cálido de media mañana.

Me até el pelo en un moño y empecé por la cama: sábanas fuera, fundas fuera. Los movimientos mecánicos ayudaban, y mucho. Porque, en cuanto mi cabeza tenía un segundo libre…, volvía a él.

A Nate, al puto hostal y a esa sensación que me aplastaba el pecho y no me dejaba respirar.

—Concéntrate, Lizzy…

Sacudí las sábanas con un gesto seco y las doblé, llevándolas al cubo de la ropa sucia.

Fui al baño, cambié las toallas y limpié el espejo y el lavabo antes de ponerme con la ducha.

Volví al dormitorio y, mientras estiraba las sábanas limpias sobre la cama, algo se me cruzó por la cabeza de repente; sin venir a cuento.

El local del pueblo que llevaba meses vacío.

Frené en seco con las sábanas en las manos.

—¿Y si…?

Fruncí el ceño, visualizando las estanterías, la luz entrando por el escaparate y el olor de los libros; una biblioteca pequeña y acogedora.

«Tuya».

Sí, mía.

—Joder…

Se me escapó una sonrisa porque tenía sentido.

No tendría que volver a Nashville ni tendría que dejar todo esto atrás. Podría quedarme aquí, cerca de mi familia, mis amigos y…

Cerré los ojos un segundo.

—Cerca de Tucker.

Se me agitó el corazón, contento.

—No sería una locura… —murmuré.

Al contrario.

Por primera vez en días… algo encajaba de verdad.

Terminé de hacer la cama con más cuidado, fijándome en los detalles que me había explicado mi madre; esforzándome en que todo quedara como debía estar: impoluto.

Fui a por el cubo y, al pasar junto a la ventana, miré hacia fuera, sintiéndome algo mejor que esa mañana cuando me desperté.

—Podría funcionar…

Me apoyé un segundo en el marco, pensándolo e imaginándolo; sintiendo que…, por fin, algo bueno podía salir de todo aquello.

Veinte minutos después, cerré la ventana con cuidado y me aparté un paso.

La cama estaba hecha, el baño en orden y el suelo seco; todo limpio.

Miré alrededor una última vez.

—Lista. A por la siguiente.

Cogí el cubo y salí de la cabaña, cerrando la puerta tras de mí.

El aire de fuera me dio de lleno en la cara.

Más fresco y más ligero.

Respiré hondo, mirando hacia el camino.

Sonreí sin darme cuenta.

—Una menos…

Ajusté el cubo en la mano y eché a andar.

El relincho de los caballos me llegó alto y claro, haciéndome girar la cabeza y quedar embelesada con Príncipe, que le hacía carantoñas a Dama con el hocico.

También me fijé en Norton, que arreglaba el huerto y arrancaba hierbajos que no servían para nada; en Anne, que tomaba una de sus infusiones en el porche, o eso parecía.

Lo más seguro era que estuviera echando una cabezadita, pero ni se me ocurriría mencionarlo jamás.

Pasé junto a la siguiente cabaña.

Saqué la llave y la giré entre los dedos.

Sin prisa.

Pensando.

—Tendré que hablar con mamá…

Se me aceleró el pulso de repente.

El local era suyo; todos lo eran, en realidad. Y si alguien podía decirme si aquello tenía sentido…, era ella.

—A ver qué le parece…

Sonreí, porque me imaginaba su cara y esa mezcla de sorpresa y orgullo. De preocupación también, por supuesto. Embarcarse en algo así no sería fácil; aun así, cuanto más lo pensaba, más me gustaba la idea.

El pestillo cedió con un clic seco, igual que el anterior. Empujé la puerta con el pie, entré sin detenerme y dejé el cubo junto a la pared.

Misma rutina. Mismos pasos.

Sin pensar.

En cuanto cerré la puerta detrás de mí, el silencio que me envolvió me pareció distinto. No sabría decir por qué.

Avancé un par de pasos hacia la cama.

Misma distribución, mismo olor y misma calma.

Me incliné para apartar la colcha y, entonces…, algo se movió a mi espalda.

No me dio tiempo a girarme del todo, pero alcancé a ver la sombra abalanzándose sobre mí y algo pesado golpeándome la cabeza.

De pronto, el aire desapareció de mis pulmones y todo se volvió oscuro como la misma noche.

Cuando volví a abrir los ojos, confusa y desorientada, no tenía ni idea de cuánto tiempo había transcurrido ni qué había provocado que…

El terror me paralizó cuando lo vi.

Nathan.

Ahí, a los pies de la cama, observándome.

Al querer gritar, fue cuando me di cuenta de que estaba amordazada y de que unas bridas me sujetaban las muñecas al cabecero de la cama.

—Tranquila, mi amor, no voy a hacerte daño.

El sonido de su voz me puso los pelos como escarpias.

Y esa sonrisa…, ladina y torcida, me atenazó la garganta.

Joder, nunca había visto a Nate tan desencajado y… ¿con cara de loco?

—Solo necesito que me escuches —siguió diciendo mientras se acercaba.

Negué con la cabeza, moviéndome de un lado a otro.

Las bridas se me clavaron en la carne, haciéndome sangre.

El corazón empezó a latirme con fuerza cuando se inclinó sobre mí.

¿Qué cojones era eso que llevaba en la mano? ¿Un cuchillo?

—Shh… —murmuró—. Ya está.

El sonido de mi teléfono nos sobresaltó a ambos.

Nathan me lo sacó del bolsillo de un tirón y puso cara de asco cuando miró la pantalla.

—Así que ahora te van los tullidos…

La saliva se me quedó atorada en la garganta y tosí contra lo que fuera que me cubría la boca.

El teléfono volvió a sonar y lo último que vi fue su dedo deslizándose por la pantalla.

Luego, nada.