CAPÍTULO 32
Tucker
No dormí una mierda.
Y lo poco que pude cerrar los ojos… tampoco fue descanso; de hecho, los abrí con esa sensación de haber estado corriendo toda la noche sin moverme de la cama.
Lo primero que vi fue el techo; luego, la luz entrando a medias por la ventana. Y, por último, noté ese nudo en el estómago que no se iba por mucho que me empeñara en ello.
Resoplé y me pasé una mano por la cara.
—Joder…
Giré la cabeza hacia la mesilla.
Cogí el móvil para ver la hora, pero en lo único en lo que me fijé fue en que la pantalla permanecía sin ningún aviso de llamada o mensaje; seguro que Lizzy estaba bien, aun así…, no sé, tuve la necesidad de saber cómo había pasado la noche y si su descanso fue mejor que el mío.
Me incorporé despacio y me senté en el borde de la cama.
No se escuchaba ni el vuelo de una mosca. Algo raro, teniendo en cuenta que a mis padres no se les daba nada bien eso de no hacer ruido, la verdad.
«Tendrás que volver pronto a tu casa, colega».
Sí, lo haría cuando papá estuviera recuperado del todo y no me necesitara para algunas de las tareas más complicadas de la granja; volver a mi espacio me vendría bien, al menos eso esperaba.
Me levanté y me puse una camiseta cualquiera para bajar a la cocina y meterme un buen chute de cafeína.
El olor a café me golpeó nada más pisar el último de los escalones.
Mi madre estaba allí, de espaldas, moviéndose entre la encimera y la cafetera; como siempre.
—Buenos días —dijo sin girarse.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo sabes que soy yo?
—Porque no eres precisamente silencioso.
—Podría ser un ladrón.
—El ladrón no abriría la nevera antes de decir «hola».
Sonreí de lado.
—Bien visto, madre.
Paseé la mirada por los estantes de la nevera hasta dar con mi botella de agua.
—¿Has dormido algo?
Bebí antes de responder:
—Lo justo.
—Ajá.
Ese «ajá…»
—Anne me llamó anoche —añadió.
Y ahí estaba, cómo no.
—Ya.
—Y también Annabel.
«Genial».
—¿Habéis hecho una llamada de grupo o qué? —solté con guasa.
—Si no fuera por ellas, no me enteraría ni de la mitad de cosas que pasan en el pueblo.
Volví a beber y luego enrosqué el tapón con lentitud.
—Hay cosas que es mejor no saber, créeme.
—Hemos hablado de lo de ayer. Ya sabes, sobre ese chico que se la lio a Lizzy Jackson. Pobrecita, con lo buena chica que es… No se merecía eso, no señor.
Me apoyé en la encimera y esperé; cuando Margot Jones cogía carrerilla al hablar, no había quien la parara.
—Nadie se merece algo así —espeté cuando al fin pude abrir el pico.
Se giró y me miró.
—¿Cómo está ella, hijo?
No hizo falta que la nombrara para que ese cosquilleo me recorriera el pecho.
Exhalé.
—Nerviosa, preocupada, cansada…
—¿Y tú?
Chasqueé la lengua.
—Igual, supongo.
Silencio.
—No lo encontrasteis, ¿verdad?
—No.
Sacó de la sartén unos huevos y me puso el plato delante.
—Pero ¿estuvo allí?
—Sí.
—¿Y dónde coño está ahora?
Me encogí de hombros.
—El sheriff y su equipo siguen buscándolo. También están colaborando unidades de la ciudad de Kingston y de otras partes del condado.
Apoyó las manos en la encimera y frunció los labios antes de decir:
—Tucker…
«Ese tono…».
—¿Qué?
—Ten cuidado, ¿vale?
Solté una risa corta.
—Siempre lo tengo, mamá.
Me sostuvo la mirada; me conocía como la palma de su mano y las pillaba al vuelo.
—No me mientas, Tucker Jones. Recuerda que te parí hace treinta años y…
Alcé las manos en el aire, rindiéndome.
—Está bien, mamá, lo pillo.
—Esto no es como otras veces —añadió—. Ese chico… —negó despacio—. No me gusta un pelo. A decir verdad, nunca lo hizo. Y no soy la única que piensa eso.
—A nadie le gusta ese cabrón, mamá.
Me señaló con la espátula de cocinar.
—Un día te voy a lavar esa boca con lejía.
Se me escapó una carcajada y me fulminó aún más con la mirada.
Cogí una taza de la alacena y la llené de café hasta el borde.
—Voy a pasarme por la granja luego.
—Ya lo imaginaba.
—Quiero ver cómo está y eso.
—Bien. ¿Tú y ella…? —carraspeó.
Asentí.
—¿Y crees que es un buen momento para…?
Se mordió los labios, indecisa.
Suspiré.
—No sé si es o no un buen momento, mamá. Lo único que puedo decirte es que juntos estamos bien. Lizzy hace que me sienta el mejor hombre del planeta, y quiero estar con ella.
Su sonrisa me tranquilizó.
—Hacéis buena pareja. Y que esto no salga de aquí, pero Anne me dijo que nunca la había visto tan embelesada como ahora, a pesar de las circunstancias.
Le guiñé el ojo antes de prometer:
—Te guardaré el secreto.
Dio un paso hacia mí y me colocó bien la camiseta, como hacía siempre; ese gesto tan de las madres cuando te están dando su apoyo.
—Pues ve.
Levanté la vista.
—Pero no hagas tonterías —advirtió con voz de sargento.
—Yo no hago tonterías.
Alzó una ceja.
—Tucker Jones…
Puse los ojos en blanco, igual que hacía siempre Lizzy.
—Vale… intentaré no hacerlas.
—Eso ya me gusta más.
Echó azúcar en su taza de café y removió, pensativa.
—¿Crees que ese hombre está cerca? —preguntó entonces.
Apreté la taza entre las manos.
Me gustaría mentirle para que no se preocupara, pero no lo hice.
—Sí. —No dudé—. Y no me gusta una mierda.
Mi madre no se sorprendió.
—No te metas en problemas, hijo. Ya estuve a punto de perderte una vez y no soportaría…
Le rodeé los hombros con los brazos, interrumpiéndola:
—No lo haré. Confía en mí, ¿vale?
Después de eso desayunamos hablando de otras cosas: el tiempo, la granja, la testarudez de papá, el nuevo ternero del establo… Cosas banales que, durante unos minutos, me sacaron del bucle de malos pensamientos que no había dejado de tener desde ayer.
Le di un beso en la frente antes de salir por la puerta y subirme a la camioneta; le pité a papá al pasar cerca de los establos, despidiéndome.
Los diez minutos de trayecto se me hicieron eternos.
La oficina del sheriff ya estaba en marcha cuando llegué.
Coches fuera, la puerta abierta, movimiento…
El tipo de lugar donde nadie dormía cuando las cosas se torcían.
Aparqué rápido y entré.
El ambiente estaba cargado de mala hostia contenida.
Un par de agentes revisaban papeles, otro hablaba por teléfono y, al fondo…, Maverick.
—Buenos días —saludé, acercándome.
No levantó la vista al contestarme:
—Depende de para quién.
Vale, la cosa pintaba peor de lo que parecía.
—He venido a ver si había algo nuevo.
Apoyó los codos en la mesa, mirándome.
—Hemos dado con el taxista.
Eso hizo que me tensara de pies a cabeza.
—¿Y?
—Confirmado. Era él.
—Ya, pero eso ya lo sabíamos, ¿no?
—Nunca está de más confirmarlo con alguien que sí le vio la cara.
Tragué saliva, poniéndome nervioso.
—Perdón, no quería insinuar que usted… ya sabe… ¿Le ha dado alguna dirección?
—Ninguna concreta.
«Mierda».
—¿Entonces?
Cogió un vaso de la mesa, con el logo del Anny’s, y dio un trago.
—Durante el trayecto, le dijo que parara.
—¿Dónde?
—En la carretera secundaria que vimos ayer por las cámaras.
Cierto, no se me había olvidado, pero estaba tan ansioso por que hubiera buenas noticias que, a veces, parecía que hablaba solo por hablar.
—¿Y después?
—Se bajó. Pagó en efectivo.
—¿Dijo algo?
—Solo que pediría un Uber desde la aplicación para ir a su destino.
Solté una risa sin humor.
—O sea que se está riendo de nosotros.
—El taxista dice que parecía un hombre normal. Tranquilo. Sin prisa.
Eso me jodió más que cualquier otra cosa.
—Ese cabrón no está huyendo.
—Eso mismo pensamos todos.
Silencio.
—¿Y el Uber? —inquirí.
—Estamos rastreando la aplicación —respondió—. Pero si lo pidió, lo hizo con cuenta falsa o desde un dispositivo que no podemos ubicar.
«Todo demasiado calculado».
—¿Cámaras en la zona?
—Ninguna útil.
—¿Testigos?
—Nadie.
Me pasé una mano por la cara.
—Es como si supiera exactamente dónde están los puntos ciegos, joder.
—Eso está claro.
Le sostuve la mirada.
—Está jugando con nosotros y eso me repatea el hígado.
Mavercik soltó un resoplido, como si le hubiera ofendido.
—No, solo va un paso por delante.
Apreté la mandíbula.
—¿Y ahora qué?
Se enderezó en la silla.
—Ampliaremos la búsqueda.
—¿Dónde?
—En todas partes.
Eso no era una respuesta.
—Eso no sirve de nada.
Silencio.
—Sirve —respondió—. Hasta que sepamos hacia dónde mirar.
Ahí estaba el puto problema: que no lo sabíamos.
—¿Le importa si me paso por la granja para ver a…?
—Deja de tratarme de usted, Tucker. Y no, no me importa que vayas a ver a mi hija, todo lo contrario. Contigo sé que está en buenas manos.
Noté cómo el calor me ascendía del cuello hasta las mejillas.
«Joder».
—Gracias —susurré.
—Si ves algo raro…, no dudes en llamarme.
—Lo haré.
Se puso en pie.
—Llamas y te apartas, ¿entendido?
—No voy a dejarla sola.
—No te estoy pidiendo que hagas eso, Tucker. Te estoy pidiendo que no te hagas el jodido héroe.
La risa que solté fue sea.
—Eso no es mi estilo, y lo sabes.
Entrecerró los ojos.
—No, no lo sé si mi hija entra en la ecuación.
Comprendí a la primera lo que quería decir y no pude rebatírselo.
—Entendido.
—Bien, pues estamos de acuerdo entonces.
Salí de la oficina sintiéndome un puñetero adolescente, acobardado y humillado por el padre de su novia.
¿Liz era mi novia?
«Sin etiquetas, ¿recuerdas? Paso a paso».
El motor de la camioneta rugió en cuanto lo puse en marcha.
Conduje recto y cogí el desvío que llevaba a la granja, pisando un poco más el acelerador; cuanto antes llegara, mejor.
El teléfono sonó en el asiento del copiloto y lo ignoré; no una vez, sino dos.
A la tercera, resoplé y activé el manos libres.
—¿Sí?
—¿Dónde estás?
Fruncí el ceño.
—Buenos días para ti también, Norma.
Esta semana era ella la que tenía el turno de mañana en el bar.
—Tucker…
Ese tono no me gustó un pelo.
—De camino a la granja. ¿Qué pasa?
—Tenemos un problema.
Apreté los dientes.
—Define problema.
—Una fuga. En uno de los baños, concretamente el de caballeros.
Cerré los ojos un segundo.
—¿Una fuga?
—Sí.
—¿Grande?
—Lo suficiente como para que el suelo esté empapado y huela a mierda.
¡Me cago en la puta! ¿Es que no podía salir nada bien?
—¿Has llamado al servicio de urgencias del seguro?
—Por supuesto.
—¿Y qué han dicho?
—Que tardarán en venir porque están con otro servicio cerca de la ciudad.
Joder. Joder. Joder.
Golpeé el volante con la mano.
—Vale, voy para allá.
Giré el volante con más brusquedad de la necesaria y la camioneta respondió con un chirrido seco al cambiar de dirección.
En cuanto entré en el Anny’s cinco minutos más tarde, el tufo a heces y a orina casi me deja noqueado.
—¿Qué cojones…?
El agua no dejaba de salir por debajo del inodoro amenazando con filtrarse por debajo de la puerta.
—Esto no es una fuga —murmuré, mirando el suelo encharcado—. Es una jodida avería en toda regla.
—Te lo dije —respondió Norma desde la puerta, con los brazos cruzados—. Todo el mundo se ha largado en cuanto empezó a notarse el olor.
Le lancé una mirada rápida y se me escapó la risa.
—No tiene gracia, Tucker.
No, no la tenía, y, evidentemente, era una putada, pero al mal tiempo…
—¿Has cerrado la llave de paso?
—¿Tú qué crees, idiota?
Me llevé las manos a las caderas, resignado.
—Que esto va a llevarnos más tiempo del que imaginaba.
Fui hasta el almacén y volví con una caja de herramientas que no usaba desde hacía meses.
—¿Sabes lo que estás haciendo? —se mofó mi hermana.
—No.
—Eso me tranquiliza mucho.
—No me jodas, Norma.
Volví a agacharme, quitando un par de tornillos con más fuerza de la necesaria.
El metal chirrió.
—¿Seguro que no prefieres esperar al fontanero?
—¿Y ver cómo se inunda todo el bar? No gracias.
—Para lo que falta…
Ignoré el comentario y tiré del tubo; era eso o amordazar a mi hermana con cinta americana.
—Esto no es normal —gruñí.
—¿Qué parte?
No respondí.
Salí del baño y crucé el pasillo a zancadas, abriendo el cuarto de mantenimiento.
Giré la llave.
Una vez.
Dos.
El ruido del agua bajó.
Volví al baño.
—¿Qué tal?
—Mejor —respondió Norma—. Pero sigue cayendo.
—¡Maldita sea!
Saqué el teléfono del bolsillo, busqué el contacto y me lo llevé a la oreja.
—¿Aquién narices llamas ahora?
Fulminé a mi hermana con la mirada.
—A Lizzy. Había quedado en pasarme por la granja a ver cómo se encontraba después de lo de ayer. ¿Algo que objetar?
—Dios me libre.
—Bien.
Estaba que se me llevaban los demonios.
Sonó un tono, dos, tres… y nada.
Lo intenté de nuevo.
Fruncí el ceño.
—Vamos, Liz… cógelo.
Saltó el buzón de voz.
Ella siempre contestaba. Siempre.
Y que no lo hiciera me acojonó.