Mi lugar, contigo CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

Lizzy

No sé cuántas veces miré el móvil; las suficientes como para que la pantalla empezara a parecerme absurda, vacía e inútil.

Lo dejé sobre la mesa; tenía los nervios a flor de piel y no podía dejar de pensar en lo que estaría ocurriendo en ese hostal de carretera.

¿Era Nathan el que se ocultaba allí o, de nuevo, era una falsa alarma?

Tamborileé con los dedos sobre la madera y cogí el móvil otra vez.

—Liz, siéntate un momento, hija —dijo mi madre, apoyada en la encimera.

Negué sin mirarla.

—Estoy bien.

No era verdad, pero bueno…

Anne apareció por la puerta con un paño en la mano.

—¿Seguro?

—Sí.

La cocina estaba limpia como una patena; todo hecho en piloto automático.

Ojalá tuviera más cosas que hacer, pero no las había.

El reloj marcaba las horas con una calma desesperante, como si el tiempo se hubiera detenido.

—Van a llamarte —insistió mi madre, más suave esta vez—. En cuanto sepan algo.

Asentí sin mucha convicción.

—Lo sé.

Porque me llamarían, ¿verdad? Tucker me lo había prometido.

Me apoyé en la mesa y crucé y descrucé los brazos varias veces, mirando la pantalla del teléfono sin parpadear.

—Lizzy… —Anne dejó el paño a un lado—. ¿Por qué no te distraes un poco? Podemos preparar los ingredientes para hacer tu tarta favorita.

—Prefiero estar así.

—¿Asesinando al pobre teléfono con la mirada?

—Anne… —advirtió mamá.

—Lo hago por su bien; de lo contrario, se volverá loca.

La puerta principal se abrió, dejándola muda.

El sonido me hizo girarme antes incluso de que nadie apareciera por la puerta.

Pasos, voces…

Se me encogió el estómago en un nudo apretado y asfixiante.

—Ya están aquí —murmuró mamá.

No esperé: salí al pasillo casi corriendo.

Mi padre entraba en ese momento; detrás de él, Lucien, Nial y… Tucker.

Mi mirada fue directa a él, sin disimulo alguno.

Se me cayó el alma a los pies antes de que dijera una sola palabra.

—¿Qué ha pasado? —pregunté.

Mi voz sonó más firme de lo que me sentía.

Mi padre dejó las llaves sobre el mueble.

—Nada.

Esa palabra me atravesó el pecho como una daga.

—¿Cómo que nada? —repliqué.

—Que no estaba allí.

Silencio.

—¿El coche?

—No, él. Se había ido antes de que llegáramos.

Tragué saliva despacio, intentando encajar eso último.

—¿Tenéis alguna pista?

—Estamos revisando todo —respondió Lucien—. Cámaras, carreteras…

—Pero, de momento…

Nial dejó la frase en el aire.

No hubo necesidad de terminarla.

«A buen entendedor…».

Exacto.

—Vamos a ampliar la búsqueda —explicó mi padre—. No vamos a parar hasta encontrarlo, Liz. Así tenga que remover cielo y tierra.

Asentí, porque era lo que se suponía que debía hacer, no por otra cosa.

—¿Dejó el coche allí y se fue? —cuestioné.

Todos me miraron.

—Sí —respondió Tucker.

—Pero eso no tiene sentido si estás huyendo de la justicia, ¿no?

Tucker dio un paso hacia mí.

—No, no lo tiene.

Inspiré hondo y exhalé.

—Entonces… —Se me atascó la voz unos segundos—. No está lejos —susurré.

—Estamos barajando esa posibilidad —dijo mi padre, serio.

Tucker no apartó la vista de mí.

—Eh…

Se acercó un poco más; lo justo.

—Vamos a encontrarlo.

¡Dios! Estaba tan harta de esas tres putas palabras…

¿cuántas veces las había escuchado en todas estas semanas?

Infinidad de ellas, para qué engañarnos.

¿Y lo habían encontrado? Obvio que no. Pero ¿lo harían?

Deseaba con todo mi ser que sí; sin embargo, empezaba a dudarlo seriamente.

Y eso me preocupaba y me acojonaba a partes iguales.

No era capaz de quitarme de encima la sensación de que…, mientras nosotros hablábamos de encontrarlo… él ya había llegado adonde quiera que fuera.

No me pasó desapercibida la mirada que intercambiaron mi padre y Tuck.

—¿Te apetece dar un paseo?

Contemplé al hombre que, sin saber cómo ni cuándo, se había vuelto tan imprescindible para mí.

—¿Ahora?

—Sí, ahora. Nos vendrá bien para despejar un poco la cabeza. ¿Qué me dices?

Encogí los hombros.

—Vale, vamos.

En realidad, si era sincera conmigo misma, hacía rato que necesitaba salir y respirar un poco fuera de ese ambiente; alejarme un poco de todo.

Caminamos en silencio al principio.

Las cabañas se recortaban a lo lejos, iluminadas por alguna luz tenue, dispersa.

Todo parecía en calma.

Me abracé a mí misma sin darme cuenta.

Tucker lo vio y se pegó a mí.

—Ven aquí —susurró.

Y me rodeó con un brazo por los hombros, llenándome de su calor y haciéndome sentir algo mejor al instante.

Apoyé la cabeza un segundo contra él.

—Gracias.

—Para eso estoy, para sostenerte si te vienes abajo.

Seguimos caminando así, sin prisa.

Como si alargar ese momento pudiera arreglar algo.

—Lo siento —murmuré.

—¿Por qué?

Le miré.

—Porque… —solté el aire de los pulmones con brusquedad—. Pensé que hoy se acabaría toda esta pesadilla.

Negó despacio.

—Yo también lo pensé.

—Y no ha sido así…

—No, pero lo será, Liz.

Noté cómo su mano se deslizaba un poco por mi brazo.

Un gesto simple, aunque suficiente para mantenerme en pie.

Pasamos junto a la primera cabaña; la luz de dentro estaba apagada y todo parecía en orden.

Hoy era el día en que el asador que había abierto hacía unos meses en el pueblo preparaba un menú de degustación para los huéspedes del resort; por eso todo estaba tan tranquilo por aquí.

Seguimos caminando un poco más.

Entonces giré la cabeza de golpe, hacia la ventana oscura.

—¿Qué pasa? —quiso saber Tuck.

—Nada.

—Estás demasiado tensa, Liz.

Suspiré.

—Sí, todo me parece sospechoso allá donde miro.

Él soltó una leve risa.

—Pues ya somos dos.

Le empujé con el hombro, suave.

—¿Sabes lo que no me gusta? —pronuncié al cabo de unos segundos.

—Dime.

—Que todo parece normal.

—¿Y eso es malo?

—Sí. Porque no lo es. No con todo lo que está pasando.

Se detuvo, obligándome a parar con él.

—Lizzy. Mírame.

Lo hice.

Sus manos se apoyaron en mis brazos, firmes y cálidas.

—Estás a salvo. Y no estás sola.

Su pulgar rozó la piel, un gesto mínimo; suficiente para que todo lo demás se desdibujara un poco.

—Ven.

Tiró suavemente de mí.

Y nos acercamos a una de las cabañas.

El porche de madera crujió bajo nuestro peso cuando nos sentamos en el borde de uno de los escalones.

—Mañana me toca empezar a limpiar por esta —murmuré, sin saber muy bien por qué lo decía.

—¿Sí?

—Sí. Estoy cubriendo a Martha unos días.

—Entonces me pasaré a molestarte.

Le miré de reojo.

—Tú no me molestas.

Sonrió.

—Eso dices ahora.

—Y lo diré mañana.

Se inclinó un poco hacia mí.

—Me lo apunto.

Puse los ojos en blanco.

—Eh…

Su voz, más baja y más cerca, me cosquilleó en la piel.

No me resistí cuando me acercó a él, despacio y sin prisa.

Sus labios rozaron los míos, suaves, cálidos, sin urgencia.

Cerré los ojos un segundo, disfrutando de la calidez de su boca y de lo que la muy puñetera me provocaba.

Así estuvimos un buen rato; tanto, que casi perdimos la noción del tiempo.

«Casi».

Nos separamos despacio, sin romper el contacto del todo.

—Deberíamos volver —dije.

—Sí.

Pero no nos movimos.

Lo hicimos un par de minutos después.

Antes de levantarnos, de dejar atrás el porche y de seguir caminando entre las cabañas, volvió a besarme, esta vez con más intensidad.

Luego apoyó la frente en la mía, acariciándome las comisuras con los pulgares.

—Joder, me gusta tanto besarte, que no me despegaría de tu boca en la puta vida.

Eso me hizo reír.

—No tiene gracia —replicó—. Te lo digo totalmente en serio.

—Pues entonces no dejes de hacerlo nunca.

Y enredamos las lenguas unos cuantos segundos más.

Nos separamos, con mucha fuerza de voluntad, cuando la cosa empezó a ponerse demasiado intensa.

Y regresamos a la casa cogidos de la mano, sin mucho más que decir.

Los gestos, a veces, decían más que las palabras.

Y Tucker, este hombre al que le gustaba tanto besarme, era mucho de los primeros.

Nos despedimos en el aparcamiento, junto a su camioneta.

No entré hasta que las luces traseras de esta se desintegraron en la oscuridad de la noche.

La casa estaba en silencio cuando subí a mi habitación; como si todo el mundo estuviera conteniendo la respiración.

Cerré la puerta a mi espalda y me apoyé contra ella.

Después me moví; necesitaba hacer algo, cualquier cosa.

Abrí el cajón de la mesilla casi sin pensar.

Y ahí estaban.

Las fotos que llevaba años guardando. Las mismas que no había querido mirar en todo este tiempo.

Hasta ahora.

Las saqué despacio.

Como si fueran a romperse al tocarlas y eso pudiera cambiar algo.

Me senté en la cama.

La primera… nosotros dos. Nate tenía el brazo alrededor de mis hombros y sonreía. Yo estaba apoyada en él, cómoda. Segura.

O eso creía.

Solté una carcajada corta.

Sin humor.

—Joder…

Pasé a la siguiente.

Un viaje, otra sonrisa y otra versión de nosotros.

«Otra mentira más».

—¿Dónde estás…? —murmuré.

Dejé la foto a un lado y abrí la caja de madera que guardaba en el fondo del cajón.

Dentro había más cosas: un colgante, varias pulseras y una entrada de cine doblada.

Detalles pequeños e insignificantes para cualquiera, pero no para mí.

Cogí el colgante y lo sostuve entre los dedos.

Frío.

Ligero.

—¿Por qué lo…?

La pregunta se me quedó atorada en la garganta.

No sabía si de verdad quería la respuesta o no.

Me dejé caer hacia atrás sobre la cama, con las fotos aún en la mano.

Cerré los ojos y las imágenes cambiaron.

Ya no eran las fotos, sino recuerdos. Momentos. Frases…

Silencios que en su momento no cuestioné y que ahora me parecían muy reveladores.

Abrí los ojos de golpe, incómoda.

—Me conoces demasiado bien… Sabes cómo pienso… —mi voz apenas era un hilo.

Miré las fotos sobre la cama.

Luego el colgante en mi mano.

Y por último la puerta.

—¿Dónde coño estás…?

Dejé todo sobre la cama y me levanté, acercándome a la ventana.

Ahí fuera estaba muy oscuro.

—No te has ido… ¿verdad?

El sonido del teléfono, sobre la mesita, me sobresaltó.

Me llevé la mano al corazón antes de decir:

—Hola.

—Hola.

La voz de Tucker llegó al otro lado con ese tono bajo que se le quedaba cuando estaba cansado… o preocupado.

—¿Estás bien? —se interesó.

Apoyé el hombro contra la pared, cerca de la misma ventana de antes.

—Sí.

Silencio.

—No te creo —soltó.

Eso me arrancó una pequeña sonrisa.

—Estoy mejor. ¿Eso te vale?

—Eso ya suena más real, sí.

Miré hacia fuera.

Las cabañas apenas eran sombras entre más sombras.

—¿Y tú? —pregunté.

—Cansado. Y dándole vueltas a todo.

Asentí, aunque no pudiera verme.

—Yo igual.

—He pensado en pasarme mañana por la granja —añadió—. Ver cómo estás… cómo va todo.

—Me parece bien.

—¿Sí?

—Sí, Tuck, puedes venir a verme cuando quieras. No necesitas excusa.

Mi voz salió más suave de lo que esperaba.

—¿Y si me gusta tenerla?

Sonreí como una boba.

—Tonto.

—Un poco. Oye…

—Dime.

—Si notas algo raro…, cualquier cosa…, me llamas.

—Mi padre duerme en la otra punta del pasillo, deja de preocuparte.

—Aun así, por favor, hazlo, ¿vale?

—Lo haré.

—Es en serio, Lizzy.

—Te llamaré, Tuck. Prometido.

Apoyé la frente contra el cristal frío.

—Voy a intentar dormir un poco —añadió—. Mañana será otro día.

—Sí.

Otro día y otra oportunidad para dar con él.

O eso quería pensar.

—Buenas noches.

—Buenas noches, Liz.

No colgó de inmediato.

Yo tampoco.

—Tucker…

—¿Sí?

Dudé, sin saber muy bien por qué.

—Nada.

Exhaló una risa suave.

—Descansa.

—Tú también.

La llamada se cortó y el silencio volvió.

Bajé el móvil despacio, pero no me moví del sitio.

Me quedé ahí, con la mirada clavada en ese punto invisible que me tenía atrapada.

Entonces entrecerré los ojos, como si así pudiera ver mejor y…

Resoplé.

—Estás paranoica…

Me aparté de la ventana, regresé a la cama y apagué la luz.

Me costó la vida misma conciliar el sueño.

Y cuando por fin lo hice, solo tuve pesadillas con Nathan.