Mi lugar, contigo CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

Tucker

El prado seguía impregnado del humo de la parrilla y del aroma de la carne asada cuando todo se fue al carajo; un segundo antes estábamos riendo y bromeando y, al siguiente, todos habíamos enmudecido.

Lizzy estaba frente a mí, con esa expresión que ya conocía bastante bien, quieta.

—Tenemos que ir —insistió.

Pero no se movió.

Ni yo tampoco.

El resto ya estaba en marcha: Lucien hablando con Maverick, Nial recogiendo las llaves, Ruby apagando las brasas que quedaban encendidas y Caroline llevándose a los niños; todo el mundo hacía algo, menos nosotros.

—Ey… —murmuré. Esperé a que me mirara—. Vamos a encontrar a ese miserable.

No era una promesa, aunque lo pareciera.

¿Qué más podía decir, teniendo en cuenta las circunstancias y lo escurridizo que era ese cabrón?

Tragó saliva.

—Lo sé.

No se me escapó la duda en sus ojos, pero no dije nada.

—Quédate aquí —añadí—. Es lo mejor.

—No es eso lo que quiero, Tuck. Esto no me gusta.

—A mí tampoco —reconocí.

Dio un paso hacia mí.

—Tendrás cuidado, ¿verdad?

Eso me arrancó una media sonrisa.

—Siempre.

«Una mentira como una casa».

No me importaba mientras eso la tranquilizara un poco.

Le acaricié despacio el puente de la nariz, como si ese gesto tuviera más peso del que debiera.

—Te llamo en cuanto sepamos algo.

—Más te vale.

—O vendrás a buscarme, lo tengo claro.

—No lo dudes.

Y ahí, justo en el momento en que más me apetecía quedarme, tuve que irme.

Porque si no lo hacía, no lo haría nunca.

Y necesitaba estar presente cuando atraparan a ese tío.

Me giré antes de cambiar de idea y caminé hacia la camioneta.

—¿Listo? —preguntó Nial desde el lado del copiloto.

—Sí.

Lucien ya estaba al volante de su coche.

—Tengo la ubicación —dijo—. Seguidme.

Y eso hicimos.

Arranqué y el motor sonó demasiado alto en medio de ese silencio raro que había quedado en el prado.

Eché un último vistazo por el retrovisor.

Lizzy seguía ahí, de pie, sin apartar la vista ni un segundo.

Yo tampoco lo hice… hasta que la curva la hizo desaparecer.

Y entonces pisé el acelerador.

Salimos de Mountain Brooks sin perder el tiempo y sin mirar atrás; Lucien iba delante, como habíamos quedado.

—Spring Hill —confirmó Nial, mirando el móvil—. Hostal de carretera a las afueras.

—Eso dijo Lucien, sí.

—Puede que esté ahí.

—O puede que no.

Un silencio sordo nos envolvió.

—Si está —añadió Nial—, esto se acaba hoy.

Apreté la mandíbula.

—Ojalá.

Aunque, para ser sincero, no las tenía todas conmigo; una sensación rara en la boca del estómago no me dejaba ser positivo.

—Maverick ya está de camino —continuó—. Ha movilizado a las unidades cercanas al pueblo.

«Bien».

Eso era bueno.

Teníamos la ubicación exacta y más gente ayudando.

Algo era algo.

Sin embargo, no me parecía suficiente.

No cuando se trataba de ese hijo de su madre.

Apreté más el volante.

La carretera se abrió ante nosotros, larga, recta, con el sol cayendo a plomo sobre el asfalto.

Y, por primera vez desde que empezó todo…, lo tuve claro: esto no iba a ser fácil.

Mucho menos rápido.

Ni limpio.

Tomé la salida indicada y, tras unos cuantos kilómetros más, la silueta del hostal apareció al fondo de la carretera, como algo sacado de otra época.

Un edificio bajo, de esos de paso, con un cartel luminoso medio fundido que parpadeaba sin ritmo.

Varias patrullas ya estaban allí.

Distinguí las luces encendidas, puertas abiertas y movimiento.

—Ahí —murmuró Nial.

Lucien giró antes que yo, metiéndose en el aparcamiento de grava sin frenar demasiado.

Le seguí.

Aparqué torcido, sin pensar en si molestaba o no.

Lo cierto es que me la sudaba.

La puerta se abrió antes de que el motor terminara de apagarse.

—¡Eh! —llamó Nial a uno de los agentes—. ¿Qué tenemos?

El tipo negó con la cabeza.

Y un escalofrío me recorrió de pies a cabeza.

Caminamos hacia la entrada.

La puerta del hostal estaba abierta de par en par.

Dentro, un hombre mayor hablaba nervioso con Maverick.

—…le digo que se fue hace más de una hora —repetía—. Cogió un taxi. Y, no sé…, parecía un tipo normal con prisa.

El sheriff levantó la vista en cuanto cruzamos el umbral.

—Llegáis tarde —masculló sin rodeos.

—¿Seguro que era él? —preguntó Lucien.

—El coche es el suyo. No hay duda.

Eso me bastaba.

—¿Dónde está? —pregunté.

Maverick señaló hacia el aparcamiento.

—Habitación tres.

Giró sobre los talones y, sin esperar a nadie, caminó hacia allí.

El suelo crujió bajo nuestras botas cuando le seguimos.

El lugar parecía tan tranquilo que se me erizó el vello de la nuca.

«Tranquilo y vacío».

La puerta de la habitación estaba abierta y un agente salía justo en ese momento.

—Nada —anunció—. Vacía.

«Mierda».

Entré igualmente.

La habitación era pequeña: una cama sin hacer, una silla volcada y un vaso de plástico en la mesilla.

Alguien había estado ahí no hacía mucho.

Y eso me revolvió las entrañas.

—Joder… —murmuró Nial.

Lucien recorrió la habitación con la mirada.

—¿El taxi?

—Lo estamos localizando —respondió Maverick—. Pero no esperéis milagros.

Me acerqué a la ventana.

Desde ahí se veía la carretera secundaria que salía por detrás del hostal.

Perfecto para desaparecer.

—Nos lleva ventaja —farfullé.

—Siempre la lleva —respondió el sheriff de malos modos.

Estaba cabreado.

Y con razón.

—¿Cuánto tiempo hace que…? —inquirió Lucien.

—Una hora larga.

Resoplé.

Eso era demasiado tiempo, maldita sea.

—¿Cámaras? —siguió Nial.

—Revisándolas.

Maverick se pasó una mano por la cara.

Parecía frustrado.

—Ese hijo de puta sabía exactamente lo que hacía —pronunció con los dientes apretados.

Tensé la mandíbula.

«Sí. Eso está claro».

—¿Algo más? —quise saber.

Uno de los agentes apareció en la puerta.

—Jefe.

El sheriff giró la cabeza.

—Dime.

—El dueño dice que el taxi lo pidió él mismo. No usó el teléfono del hostal.

Eso hizo que todos pensáramos lo mismo.

Nathan no estaba improvisando.

—¿Hay alguna dirección que…? —intenté de nuevo.

—Ninguna —respondió el agente—. Solo dijo «lo más rápido posible» o algo así. El pobre hombre está un poco sordo y no lo tiene claro.

Maverick miró alrededor una última vez.

—Recoged todo lo que podáis —ordenó—. Y revisad las cámaras hasta el último milímetro.

Asintieron.

Luego se puso frente a nosotros.

—Está jugando con todos —espetó Nial.

—No —corrigió Maverick—. Está huyendo.

Negué despacio.

—No solo eso. Lo tiene todo demasiado calculado, ¿no os parece? —Todos me miraron—. Cada paso que da nos hace parecer idiotas.

Volví a tener esa sensación que se parecía demasiado a un mal presentimiento.

—Nathan conoce el terreno demasiado bien —elucubré.

Maverick entrecerró los ojos.

—¿Qué quieres decir?

Miré a Lucien y luego a Nial.

—Que, si quiere desaparecer… —Se me tensó el pecho—, sabrá dónde hacerlo.

Un silencio, de los que caían como plomo, nos rodeó.

Salimos de la habitación con la certeza de no estar haciendo las cosas bien; ese capullo nos sacaba ventaja y eso me mataba.

El aparcamiento seguía lleno de luces y movimiento; el ambiente estaba cargado de prisa y mucho cabreo.

—El taxi ya está localizado —dijo uno de los agentes al pasar junto a Maverick—. A ver qué más nos dicen las cámaras.

—Bien —respondió él sin detenerse. Se giró hacia nosotros—. Vamos a revisar esas imágenes, chicos. Cruzad los dedos.

Nos metimos en la pequeña recepción del hostal: un mostrador viejo, un ordenador que parecía haber sobrevivido a varias guerras y el monitor conectado a las cámaras exteriores.

El dueño nos dejó espacio, nervioso, apartándose como si estorbara solo por respirar.

—Ahí —señaló el agente que manejaba el equipo—. Este es el coche.

En pantalla apareció el vehículo de Nate parado en el aparcamiento.

—Avanza —ordenó Maverick.

La imagen saltó.

Nate no aparecía ni entrando ni saliendo.

Nada.

—¿No hay cámara en la puerta? —preguntó Lucien.

—Está averiada —contestó el dueño desde el fondo—. Lleva semanas así.

Perfecto.

—Sigue —insistí.

El vídeo avanzó hasta que, al fin, apareció un taxi entrando en el plano.

Se detuvo frente a la habitación número tres.

Una figura salió de su interior: capucha, cabeza gacha y el rostro ladeado.

—Es él —anunció Nial.

No hacía falta confirmarlo, todos lo conocíamos de sobra.

La figura subió al taxi, la puerta se cerró y el coche se puso en marcha.

—Para ahí —ordenó Maverick.

El agente pausó la imagen.

—Amplía.

La imagen se deformó al hacer zoom.

Inservible.

—Mierda…

—Tenemos el trayecto del taxi —intervino otro agente entrando con prisa—. Lo han localizado.

Todos nos giramos.

—¿Y?

—Nada.

Silencio.

—¿Cómo que nada?

—Lo dejó en la carretera, a unos ocho kilómetros de aquí. Zona secundaria. Sin cámaras.

Ahí estaba, el punto ciego.

—¿Dirección? —pregunté.

—Ninguna clara —respondió—. Hay varios caminos.

«Claro que sí».

—¿Y después? —preguntó Lucien.

El agente negó.

—Después, nada.

—Hablad con los de tráfico —gruñó Maverick—. Quiero disponibles todas las cámaras de carretera.

—Ya estamos en ello.

Salimos de nuevo.

Esta vez hacia uno de los coches patrulla.

Un portátil abierto en el capó, varios agentes revisando imágenes y muy poca paciencia.

—Este es el cruce —explicó uno de ellos señalando la pantalla—. Si hubiera seguido por la principal, tendría que aparecer aquí.

Avanzó el vídeo: coches, furgonetas, un camión…

—Ni rastro de él —dijo Nial.

—No.

—¿Y si ha ido por la secundaria?

—No hay cámaras ahí —respondió el agente.

Otra vez ese puto silencio.

—¿A pie? —preguntó Lucien.

—Podría.

—¿O que alguien lo recogiera? —añadí—. ¿O que llamara a otro taxi?

Maverick cruzó los brazos.

—Todo es posible. Pero hay algo claro —continuó—. Sigue en la zona.

El agente asintió.

—Eso parece.

Apreté el puño sin darme cuenta.

Él levantó la vista del portátil.

—Ampliad el radio de búsqueda.

—Sí, señor.

—Y revisad cada maldito camino secundario.

Asintieron.

—Este es nuestro territorio y conocemos cada palmo mejor que él.

—Lo encontraremos —zanjó Nial.

Maverick no sonrió.

—Por supuesto que lo haremos.

Sus palabras, tajantes y certeras, no me tranquilizaron en absoluto.

—Vayamos a ver qué nos dicen de su coche —propuso, caminando hacia el otro lado.

Un agente ya estaba junto al coche de Nate, con la puerta abierta.

—Nada fuera de lo normal —informó—. Documentación, ropa… Todo parece en orden.

Eso era justo lo que no encajaba; tanto orden.

Me acerqué y miré el interior.

Todo estaba impoluto.

—¿Por qué dejar el coche aquí con todas sus pertenencias, si estás huyendo? —solté.

Lucien me miró.

—Eso mismo llevo preguntándome yo desde que llegamos.

Nial exhaló con fuerza.

—Todos lo hacemos, tío.

—Algo no encaja, ¿verdad?

Maverick me apretó el hombro con confianza.

—Pero lo hará, hijo.

Ojalá pudiera creerle.

Poco después abandonamos el lugar.

El camino de vuelta se hizo más largo de lo que en realidad era.

Las luces rojas de Lucien marcaban el ritmo, constantes, hipnóticas, como si bastaran para mantenernos en línea.

Apoyé el codo en la ventanilla y miré la carretera sin verla realmente.

—Nadie puede desaparecer así como así —murmuró Nial, pensativo.

—Pues ese gilipollas lo está haciendo.

Lucien redujo velocidad al entrar en la carretera que llevaba al pueblo.

Y yo hice lo mismo.

—El jefe va a ampliar el dispositivo de búsqueda. Sahale ya está en ello —dijo Nial, mirando el móvil—. Patrullas, carreteras, caminos…

—Esperemos que no sea demasiado tarde. —Entonces golpeé el volante con una mano—. No está huyendo —solté.

Nial suspiró.

—Otra vez con eso…

—Piénsalo.

No respondió.

—Si quisiera irse —continué—, ya lo habría hecho.

—¿Y qué está haciendo entonces?

Miré al frente.

—Ni idea, joder. ¿Marear la perdiz?

—¿Para qué? —insistió.

No contesté; aún no tenía una respuesta para eso.

Aparqué frente al Anny’s casi por inercia.

Lucien hizo lo mismo unos metros más adelante.

Todos bajamos de los coches casi a la vez.

El aire era más frío de lo que esperaba, o quizá solo era cosa mía.

Maverick ya estaba allí hablando con uno de los agentes.

Al vernos, colgó.

—Nada —espetó directamente.

No esperaba otra cosa.

—Seguimos rastreando —añadió—. Pero de momento…

Se encogió de hombros.

—Nos ha dejado un señuelo —comentó Lucien—. Y ha desaparecido.

—Sí.

Maverick nos miró uno a uno.

—No bajéis la guardia bajo ningún concepto.

Apreté los dientes.

—Joder… —murmuré.

—¿Qué? —preguntó Lucien.

Negué.

—Nada.

Y lo decía en serio.

Porque, por primera vez desde que esto empezó…, no tenía la sensación de que estuviéramos buscándolo, sino de que… él ya había elegido dónde estar.