Mi lugar, contigo CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Tucker

No sé cuántas veces miré el reloj en lo que iba de tarde; ni confirmaba ni desmentía que fueran demasiadas.

Mi hermana ya había llegado hacía media hora y nos habíamos puesto al día: el postre del menú estaba agotado, las neveras repuestas y los baños limpios como patenas.

La mañana había ido de fábula y mis padres estaban encantados de la vida con la nueva plataforma digital a la que los había suscrito para que se entretuvieran.

—Estaré detrás del colmado, por si me necesitas.

—No seas pesado y vete ya a recoger a tu chica, anda.

¿Eso de «mi chica» había sonado genial o eran imaginaciones mías?

Me despedí con la mano y cerré la puerta detrás de mí.

Los miércoles eran uno de los días más flojos a partir de las ocho de la tarde, por lo que no creí que Norma me necesitara; aunque tampoco es que estuviera muy lejos si ese fuera el caso, la verdad.

¿Por qué estaba tan nervioso?

Solté el aire y negué para mí mismo.

—Tranquilízate, joder.

El aire de la tarde era cálido, con ese aroma a verano que se te metía en los pulmones sin pedir permiso.

Me subí a la camioneta y arranqué.

El motor ronroneó suave.

El camino hacia la granja lo conocía de memoria, pero ese día se me hizo diferente.

Giré por el camino de grava y vi la casa al fondo.

Las cabañas a un lado, la valla, el porche y los establos.

Todo en su sitio.

Pero mis ojos no estaban ahí, sino buscándola.

La encontré saliendo de una de las cabañas, con el pelo recogido y una camiseta clara pegada a la piel por el calor.

Se agachó para recoger algo del suelo… y hostia puta.

Aparté la mirada un segundo, soltando una risa seca.

—Vale, colega, respira hondo y baja el pistón.

Apagué el motor y me bajé después de hacer justo eso.

El sonido de la puerta al cerrarse hizo que ella girara la cabeza.

Nuestros ojos se encontraron y fue inmediato.

Ese algo que ya no tenía nada de casual, porque siempre me pasaba estando con ella.

—Llegas pronto —dijo, acercándose.

—Puede que tuviera muchas ganas de verte.

Se puso colorada al instante.

—Estaba… trabajando.

—Claro. —Me apoyé en la puerta de la camioneta—. Se te veía muy concentrada.

Entrecerró los ojos.

—¿Te estás riendo de mí?

—Un poco.

—Eres un idiota.

—Un idiota que ha venido a recogerte porque no podía esperar más para verte.

No pude evitar decirlo.

—Ah, ¿sí? —preguntó.

—Sí.

Se cruzó de brazos.

—Pues puede, solo puede, que el sentimiento sea mutuo.

Di un paso hacia ella.

—Eso me gustaría mucho, no te voy a mentir.

—Nunca lo hagas.

—¿Mentirte? —Asintió—. Jamás.

Una sonrisa le rozó los labios cuando incliné la cabeza para besarla.

Su respiración cambió, acelerándose.

—Sabes que es probable que Anne nos esté controlando desde la ventana de la cocina, ¿verdad? —musitó, separándose para coger aire.

—No esperaba menos de ella.

—¿Y eso no te preocupa?

—¿A ti?

—¿Que llame a Annabel, y esta a tu madre en cuanto nos demos la vuelta para que hagan correr el chisme? —chasqueó la lengua—. Para nada.

Los dos sabíamos de sobra que vivíamos en un pueblo donde los chismes iban más rápidos que Speedy González .

—¿De verdad tenemos que irnos? —me ronroneó en los labios.

—Es una putada, pero sí.

Sin embargo, ninguno se movió.

—Si no salimos ya —susurré—, vamos a llegar tarde.

—Y sería culpa tuya.

—Siempre.

Ella sonrió.

Y eso fue peor, porque esa sonrisa me volvía loco.

—Dame diez minutos —dijo—. Me cambio y salgo.

Asentí.

—Te espero.

Dio media vuelta hacia la casa.

Y no pude evitar recorrerla de pies a cabeza con la mirada.

«Mi chica».

Sí que sonaba bien, sí.

Se giró antes de entrar en casa, pillándome de pleno.

—Tucker.

—¿Sí?

—Deja de mirarme el trasero.

Hice una mueca de burla.

—No prometo nada.

Negó con la cabeza y desapareció dentro.

Me quedé apoyado en la camioneta, pasando una mano por la nuca.

—Joder… Estoy hasta las trancas.

Tardó algo más de diez minutos en regresar, pero no me importó.

El camino hacia el pueblo se me hizo demasiado corto.

Entrelazamos las manos, por inercia, en cuanto nos bajamos de la camioneta junto al colmado; el murmullo de voces y alguna que otra risa ya se escuchaban detrás.

—Ya están aquí —murmuró Lizzy.

Miré nuestros dedos entrelazados con naturalidad.

Como si lleváramos haciéndolo toda la vida.

—¿Quieres que…? —pregunté.

Ella los miró también.

—¿Y tú? —Negué—. Pues entonces no me sueltes.

Con eso bastó.

Cruzamos el lateral del colmado y rodeamos el edificio hasta el prado.

El olor a carne asándose llegó antes que las voces.

Y en cuanto aparecimos…

Silencio. Literal.

Ruby fue la primera en vernos y en alzar una ceja.

Luego fue Caroline, después Lucien…

Nial aún no estaba.

Los otros tres ya tenían suficiente cara rara como para montar un espectáculo.

¿Es que ellos nunca se cogían de la mano?

«Mamones».

—Vaya, vaya… —murmuró Ruby, apoyada contra la mesa improvisada—. Pero mira quiénes vienen.

Caroline ni siquiera intentó disimular.

—No me lo puedo creer.

Lucien soltó una risa baja.

—Por fin, ¿no?

Lizzy apretó ligeramente mi mano.

—No empecéis, por favor.

—¿Empezar? —replicó Caroline—. Si esto está empezado desde hace rato.

—Ya sabes a qué me refiero, petarda. Comportaos como adultos que sois.

Ruby se acercó un par de pasos, observándonos como si fuéramos un cuadro interesante.

—Y bien… —pronunció—. ¿Nos hemos perdido algo?

Miré a Lizzy y ella a mí.

—Si eso pasara sería un milagro —respondí.

—Sí —dijo ella al mismo tiempo—. Sin ninguna duda.

—Genial —aplaudió Caroline—. Ya se ponen de acuerdo y todo.

—Eso es buena señal —añadió Lucien.

—O mala —murmuró Ruby—. Depende de cómo lo mires.

Lizzy soltó mi mano por fin, pero no se apartó.

—Sois insoportables.

—Y tú estás feliz —replicó Carol.

Silencio.

¿De verdad la veían feliz?

Lizzy puso los ojos en blanco, un gesto que últimamente le veía hacer mucho.

—¿Dónde está Nial?

—A punto de llegar —respondió Ruby—. Mi padre lo está entreteniendo.

—Perfecto —añadió Lucien—. Así tenemos tiempo para esto.

Señaló entre nosotros dos.

—¿Para qué? —pregunté.

—Para disfrutar del momento histórico.

Solté una carcajada.

—Eres idiota.

—Pero tengo razón.

Caroline se cruzó de brazos.

—¿Cuánto apostamos a que hoy alguien duerme poco?

—Caroline —advirtió Lizzy.

—¿Qué? Solo digo…

—No digas nada.

Alzó las manos.

—Vale, vale.

Ruby negó con la cabeza, divertida.

—Voy a por cerveza antes de que esto se ponga peor.

—Tráeme una —dije.

—A ti no te hace falta —respondió—. Ya vienes servido.

Lizzy me dio un pequeño golpe en el brazo.

—Te lo mereces.

—No he hecho nada.

—Exacto —murmuró Caroline—. Y ese es el problema.

Más risas.

El ambiente era ligero; de esos que se te meten bajo la piel sin esfuerzo.

Estábamos en familia.

—Oye —susurré, inclinándome un poco hacia ella—. ¿Estás bien?

Me miró.

Y esa mirada… ¡Ay!

—Sí. Estoy genial, de hecho.

—¡Eh! —gritó Lucien de pronto—. ¡Movimiento!

Todos giramos la cabeza hacia el camino.

—Que viene el cumpleañero.

Ruby dejó las cervezas sobre la mesa.

Caroline dio un pequeño salto.

—Vale, vale, posiciones.

—¿Qué posiciones? —pregunté.

—Las de gente normal —respondió—. Disimula.

—Se te da fatal disimular.

—A ti también.

Nos colocamos como pudimos.

O lo intentamos.

Porque era más que evidente por qué estábamos todos allí.

El coche se detuvo, la puerta del conductor se abrió y Nial bajó.

Se quedó mirando el prado, a nosotros, la mesa… el cartel improvisado que alguien había intentado esconder detrás de una silla…

Avanzó unos pasos, con esa media sonrisa que ya lo decía todo.

—¿De verdad pensabais que no iba a darme cuenta?

—Podrías haber fingido —protestó Caroline.

—Podríais haberlo hecho mejor —contraatacó él.

Señaló la parrilla, la mesa y a nosotros.

—¿Carne? ¿Cerveza? ¿Todos juntos… en silencio? Demasiado obvio. —Se cruzó de brazos—. Sospechoso cuanto menos.

Se me escapó la risa.

—Te hemos subestimado.

—Mucho.

Ruby se acercó y le dio un golpe suave en el brazo.

—Feliz cumpleaños, idiota.

Nial sonrió.

—Gracias, mi amor.

Caroline fue la siguiente.

—Arruinaste el momento, Nial.

—Lo mejoré con mi presencia.

Lucien se unió, chocando el puño con él.

—Feliz cumpleaños.

—Gracias, hermano.

Luego su mirada pasó de uno a otro… hasta detenerse en Lizzy y en mí.

—Veo que ya no nos escondemos, ¿eh?

Lizzy tensó un poco los hombros a mi lado.

—No seas capullo, nunca lo hemos hecho. Como si aquí fuera fácil guardar un secreto…

Se acercó un poco más, señalando entre nosotros.

—¿Esto… es lo que parece?

—¿Qué parece? —pregunté.

—Que me habéis montado una fiesta… y de paso os habéis liado.

—Qué buen policía eres —ironicé con retintín—. Felicidades, por cierto.

—Gracias.

Abrazó a Lizzy y a mí me palmeó la espalda.

—Me alegro por vosotros.

Asentí.

Se giró hacia los demás.

—Bueno, ya que he arruinado la sorpresa… —alzó la voz—. ¡Al menos que corra la cerveza!

—¡Eso sí! —respondió Lucien.

Ruby le lanzó una y Nial la atrapó al vuelo.

—Así mejor. ¡Que empiece la fiesta!

—Esto promete —comenté.

Lizzy me miró.

—No les des demasiadas alas.

Bebí del botellín de cerveza.

—No las necesitan, van sobrados.

Lucien subió el volumen desde el altavoz apoyado en una caja de cerveza y, en cuestión de minutos, el prado se llenó de risas, humo de parrilla y ese caos cómodo que solo existe cuando estás con los tuyos.

Solo éramos seis, pero parecíamos doscientos.

Nial se había hecho con las pinzas como si fueran un trofeo.

—Aparta —le dijo a Ruby—. Hoy mando yo.

—Hoy quemas tú, querrás decir —corrigió.

—Confía en mí.

—Ni de coña.

Más risas.

Caroline se movía al ritmo de la música con Eve en brazos, dándole pequeños giros que arrancaban carcajadas a la niña.

Travis corría de un lado a otro con una pelota, ajeno a todo.

Y en medio de todo eso… ella y yo.

¿Qué más se podía pedir?

—Se te va a quemar eso —murmuró Nial a mi lado.

—¿El qué?

—La cabeza, como sigas así.

Le lancé una mirada.

Él me guiñó un ojo.

—Disimula un poco, al menos.

—Vete a la mierda.

—Más quisieras.

No sé cómo ni cuándo, pero, de repente, acabé en medio del prado, con música de fondo y Lizzy delante de mí, moviéndose con una facilidad que me dejó sin argumentos.

—Te odio —murmuré.

—No es verdad.

—Un poco sí.

—Mientes fatal.

Intenté seguirle el ritmo.

Dios, se me daba fatal; prefería mirarla que bailar, todo había que decirlo.

—Eres un desastre.

—Lo sé.

—Pero te estás esforzando.

—Eso es lo preocupante.

Se acercó un poco más, rozándome la mano con los nudillos.

La piel, justo ahí, me hormigueó.

—Todo esfuerzo tiene su recompensa, Tuck.

Tragué saliva.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Puede que lo descubras más tarde.

Entrecerré los ojos.

—Eres mala, mujer.

—No lo sabes tú bien.

De pronto, un teléfono sonó en el bolsillo de alguien.

Era el de Lucien.

—¿Quién llama ahora…?

Miró la pantalla y su expresión cambió de golpe.

—Es el jefe. Baja la música.

El nombre cayó como una piedra.

Nial dejó las pinzas sobre la parrilla.

—Dime —respondió Lucien.

Noté cómo algo se tensaba en el aire.

—¿Dónde? —Pausa—. Vale. Vamos para allá.

Y colgó.

—¿Qué pasa? —inquirió Nial.

Lucien nos fue mirando uno a uno.

No me gustó lo que vi en sus ojos.

—Ha saltado una alerta.

—¿Qué tipo de alerta? —quise saber.

—Han localizado un coche que coincide con el de Nate.

El mundo se detuvo.

Lizzy contuvo el aliento antes de preguntar:

—¿Dónde?

—A las afueras de Spring Hill. Un hostal de carretera.

—¿Está allí? —añadió Nial.

Lucien negó.

—No lo saben. Acaba de entrar el aviso. Maverick y los demás están de camino.

El silencio fue ensordecedor.

—Tenemos… que ir —balbuceó Liz.

—Tú no —Lucien fue tajante.

—¿Por qué no?

—Porque es un asunto policial, Liz —expliqué yo—. Es mejor que te quedes aquí con las chicas.

—¿Y tú?

Desvié la mirada a Lucien y a Nial.

—Puedes acompañarnos —aceptó el primero—. Al jefe no le importará.

Y menos mal, porque hubiera ido de todos modos, les pareciera bien o mal.