CAPÍTULO 28
Lizzy
Mi madre llevaba toda la mañana de un lado para otro, abriendo y cerrando el horno como si el mundo dependiera de esas tartas, mientras Anne daba órdenes a diestro y siniestro desde una silla junto a la encimera.
Intentaba ayudarla, de verdad. Pero todos sabíamos que lo mío con los fogones era un desastre.
Además, llevaba un rato con el mismo trapo en la mano, sin saber muy bien si estaba limpiando o dejando que el tiempo pasara.
—Liz, cariño… —soltó Anne sin mirarme—. O limpias la encimera o la desgastas con la vista.
Parpadeé.
—¿Qué?
Mi madre alzó una ceja.
—Llevas ahí un buen rato, cielo. ¿Va todo bien?
Bajé la mirada.
La superficie ni siquiera estaba sucia; al contrario, brillaba.
Solté el trapo.
—Lo siento.
—No lo sientas —respondió—. Pero si estás aquí, ayuda de verdad.
Asentí.
Cogí un cuchillo y empecé a cortar fruta.
Al menos eso era automático y no tenía que pensar. Porque cada vez que dejaba de hacer algo…, mi cabeza volvía al mismo sitio: una gasolinera, una gorra y una carretera secundaria.
—¿Sigues dándole vueltas a lo de ayer? —preguntó mi madre con suavidad.
No la miré.
—Un poco.
—Es normal —farfulló Anne a mi lado.
El silencio se coló en la cocina unos segundos.
—Tu padre me dijo que aún no saben nada más.
Negué con la cabeza.
—Al parecer, se ha esfumado sin dejar rastro.
Era el no saber lo que me mataba; la imaginación era muy poderosa y…
—Trozos más pequeños, Lizzy —me reprendió Anne—. Céntrate.
Torcí el gesto, aunque vi cómo mamá le guiñaba un ojo antes de cerrar el horno y suspirar.
—Como si no tuviéramos bastante, ahora resulta que Martha se ha puesto enferma —comentó, acercándose.
Fruncí el ceño.
—¿Martha?
—La chica que se encarga de la limpieza de las cabañas.
—Ah.
—Fiebre alta. No va a poder venir en un par de días… y tengo a media docena de huéspedes entrando mañana. —Apoyó las manos en la encimera—. Y no tengo a nadie que la sustituya.
Me quedé quieta un instante.
—Puedo hacerlo yo —ofrecí entonces.
Mi madre levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Las cabañas. Puedo encargarme yo sin ningún problema.
—Liz, no hace falta que…
—Quiero hacerlo.
Me observó unos segundos.
—¿Seguro?
—Al menos se le dará mejor que la cocina —rezongó Anne.
—Ja, muy graciosa.
—No pretendía serlo.
Puse los ojos en blanco; esa mujer no cambiaría nunca.
—Lo haré —le aseguré a mi madre.
Necesitaba hacer algo, no quedarme quieta pensando en dónde demonios estaría Nathan.
Anne suspiró.
—Bueno…, si insiste, déjala.
—Insisto.
—De acuerdo. Pero no te compliques.
Esbocé una pequeña sonrisa.
—Tranquila. Solo son unas cabañas, tampoco será tan difícil, ¿no?
Mi madre volvió a lo suyo, y yo también.
Un rato después, cuando ya tenía las tartas cerca del ventanal para que se enfriaran, me hizo un gesto para que la acompañara.
—Te quedas al mando, Anne —dijo cuando ya salíamos de la cocina.
—Como siempre.
La seguí fuera de la casa, cruzando el camino de grava que llevaba hacia las cabañas.
La tormenta del día anterior había dejado todo limpio, brillante, como si el mundo se hubiera lavado durante la noche.
—Bueno —exhaló mamá mientras señalaba la primera de las cabañas—. No tiene mucho misterio.
Sacó un manojo de llaves del bolsillo y abrió la puerta.
—Entramos, ventilamos, revisamos que todo esté en orden… —enumeró mientras empujaba la puerta—. Sábanas limpias, baño decente y todo recogido.
Entré detrás de ella.
El interior olía a madera y a detergente suave.
Abrió las ventanas de par en par.
—Martha suele hacerlo durante las mañanas, cuando los huéspedes se van a explorar el bosque o a hacer alguna actividad de las propuestas en la página web.
—Vale.
—Y revisa siempre esto.
Se acercó a la cama y levantó una esquina del colchón.
—Nunca te fíes de lo que parece limpio —continuó.
—Anotado.
Me moví por la estancia, observando.
Era un espacio sencillo, acogedor.
—Las toallas están en ese armario —añadió—. Y los productos de limpieza en el cobertizo, detrás de la última cabaña.
—Perfecto.
Mi madre me observó un momento en silencio.
«Mala señal».
—¿Qué? —pregunté sin mirarla.
—Nada.
—Mamá…
—Nada —repitió, pero ya estaba sonriendo—. Solo pensaba.
Suspiré.
—Eso nunca trae nada bueno.
Cruzó los brazos.
—Dos noches.
Me giré.
—¿Qué?
—Han pasado dos noches desde tu cita con Tucker.
Cerré los ojos un segundo.
—Mamá…
—¿Qué? —replicó—. Soy tu madre. Tengo derecho a preguntar.
—No tienes derecho a nada.
—Claro que sí.
Negué con la cabeza, intentando volver a centrarme en las sábanas.
—No voy a contarte nada.
—No te estoy pidiendo detalles.
Levanté una ceja.
—Mentira.
—Bueno…, no muchos.
Se me escapó una carcajada.
—Eres terrible.
—Lo sé. —Se acercó un poco más—. ¿Estás bien, cielo?
La pregunta cambió el tono de la conversación.
La miré.
—Sí.
—¿De verdad?
—De verdad, mamá.
Me acarició la mejilla con ternura.
—Me alegro.
Volví a mirar la habitación.
—Fue… bien. Me refiero a la cita.
Sonrió, satisfecha.
—Me lo imaginaba.
—Mamá…
—¿Qué?
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa cara.
—No sé de qué hablas.
Resoplé, aparentando estar fastidiada.
No era así en absoluto.
—Eres imposible.
Soltó otra risa y se apartó.
—Pues si todo fue tan bien, me quedo tranquila. —Cogió las llaves otra vez—. Vamos, te enseño la siguiente.
Y caminamos hacia la siguiente mientras el viento movía un poco las ramas de los árboles.
—Ah —añadió, como quien no quiere la cosa—. Y algo más.
—¿Qué?
—Procura no distraerte demasiado mientras trabajas.
La miré de reojo.
—No me distraigo.
Abrió la siguiente puerta.
—Sobre todo si cierto camarero empieza a pasarse por aquí más de la cuenta.
Noté el calor subirme a las mejillas y cubrirme la cara entera.
—Dios, mamá, eres lo peor.
Y mientras ella seguía explicándome cómo organizar la limpieza, no pude evitar pensar en que, si Tucker aparecía por aquí…, tampoco me importaría demasiado, para qué engañarnos.
Cuando mi madre se marchó hacia la casa principal, me quedé sola en la primera cabaña.
Cerré la puerta detrás de mí.
Solté el aire despacio y me até el pelo en un moño improvisado.
—Vale —murmuré—. A trabajar.
Volví a abrir todas las ventanas para que corriera el aire y dejé que arrastrara todos los malos pensamientos con él.
Cogí las sábanas de la cama y empecé a quitarlas en modo automático.
No iba a negar que eso me venía bien, porque en cuanto mi cabeza tenía un segundo libre… volvía a la otra noche en la colina con Tucker: sus manos, esa boca deliciosa y la forma en la que me había mirado justo antes de besarme.
—Concéntrate, Lizzy Jackson.
Y eso intenté.
Sacudí las sábanas y las doblé.
Entonces me vibró el teléfono en la mesita, donde lo había dejado para poner algo de música y que el silencio no fuera tan notorio.
Lo miré y sonreí sin poder evitarlo.
Tucker.
Deslicé el dedo por la pantalla.
—Hola.
—Buenos días —su voz sonó al otro lado, grave, todavía con ese punto de calma que me desarmaba—. ¿Interrumpo algo importante?
Miré alrededor.
—Estoy librando una batalla épica contra unas sábanas.
—Vaya —respondió—. ¿Necesitas refuerzos?
La sonrisa fue involuntaria.
—Creo que puedo con ellas.
—No sé…, la otra noche no parecías muy peligrosa.
—Ah, ¿no?
—No —pausa—. Más bien todo lo contrario.
Esto de ponerme roja como un tomate empezaba a ser un fastidio.
—Cuidado, Tucker.
—¿Con qué?
—Con lo que dices.
—¿Por?
Me apoyé contra la cómoda.
—Porque luego no puedo concentrarme.
Hubo un segundo de silencio.
—Mientras sea por pensar en mí…
Ay, madre, ¿estábamos coqueteando?
«Afirmativo, chica».
—¿Qué haces? —pregunté, dándole un giro a la conversación.
Me gustaba el coqueteo, por supuesto; sin embargo, al no estar acostumbrada, me ponía demasiado nerviosa.
—Hace un rato que abrí el Anny’s.
—¿Ya?
—Alguien tiene que trabajar en este pueblo.
—Oye…
—Es broma. —Se escuchó un pequeño ruido al otro lado, como si dejara algo sobre la barra—. Solo quería saber cómo estabas.
Ese tono de voz, más bajo, hacía que quisiera acurrucarme con él en cualquier lugar.
—Estoy bien, Tuck —respondí—. Ayudando a mi madre con las cabañas.
—¿En serio?
—Sí. La chica que se ocupa de ellas está enferma y necesitaban un par de manos por aquí, así que…
—Eso no te pega.
Fruncí el ceño.
—¿Perdona?
—No en plan mal —se apresuró—. Es que… no te imagino limpiando.
—Gracias por tu confianza.
—Oye, yo te imagino haciendo otras cosas.
Mi respiración se quedó un segundo suspendida en el aire.
—Tucker…
—¿Sí?
—No sigas por ese camino.
—¿Qué camino?
Apoyé la frente en la madera de la pared.
El corazón acelerándose con cada latido.
—Eres un peligro, ¿lo sabías?
—Puede.
¿Desde cuándo el serio y pragmático Tucker Jones tenía esta faceta?
«Que tú no la vieras nunca no significa que no existiera, Liz».
Cierto.
Me mordí el labio inferior.
—Bueno…, luego te veo —dijo.
—Sí, luego nos vemos.
—No pienses mucho en mí.
Carraspeé.
—Todo lo que pueda.
Y colgué, muy a mi pesar.
Durante un segundo me quedé ahí, apoyada, sin moverme.
Con una sonrisa que no tenía arreglo por mucho que me lo propusiera.
«Te estás pillando por ese tío».
Empezaba a creer que hacía tiempo que ya lo estaba.
—Muy bien, Lizzy —murmuré—. Concéntrate de nuevo, de lo contrario nunca acabarás con esto.
Abrí el armario y saqué un juego de sábanas limpio.
Las extendí con cuidado, alisando cada arruga, metiendo bien las esquinas bajo el colchón como me había enseñado mi madre.
—Perfecto —susurré.
Me aparté un paso para comprobarlo.
«Nada mal».
Fui al baño: toallas limpias y dobladas. Espejo repasado. Lavabo en condiciones.
Todo en su sitio.
Simple, sencillo y controlable.
Volví al dormitorio y recogí las sábanas sucias.
Las eché en el cesto y lo saqué fuera, dejándolo junto al camino para que luego lo recogieran.
El sol empezaba a calentar con ganas.
Me quité la sudadera y la até a la cintura.
—Pues tampoco es tan complicado —murmuré.
Cerré la puerta de la primera cabaña y miré hacia las demás.
Alineadas, tranquilas.
Como si nada pudiera pasar allí y todo estuviera en su sitio.
Y por primera vez en días… lo sentí: una pequeña tregua.
Ese instante en el que todo parecía volver a encajar.
Respiré hondo.
—Venga —me dije—. A por la siguiente.
Y eché a andar por el camino de grava, con el sonido de mis pasos rompiendo el silencio del lugar y la sensación, todavía reciente, de su voz al otro lado del teléfono acompañándome.
Cuando terminé con la segunda cabaña, el sol apretaba de lo lindo.
Notaba el calor en la nuca y las manos algo ásperas de tanto ir y venir con productos de limpieza.
Pero no me importaba; me sentía… útil.
Caminé de vuelta hacia la casa principal para dejar el cubo y beber algo de agua.
En cuanto crucé la puerta, el móvil sonó.
Caroline.
—Hola, petarda.
—No —soltó sin saludar—. No te hagas la interesante.
Fruncí el ceño.
—¿Perdona?
—Sabemos que estás ocupada —intervino Ruby de fondo—, pero esto es importante.
—Yo también me alegro de oíros.
—Vale, vale —rezongó Caroline—. Te dejamos dos segundos para que respires… ya está.
—Sois insoportables.
—Y tú estás desaparecida —replicó Ruby.
—Estoy trabajando.
—Sí, claro… —pausa cargada de intención—. Trabajando.
—No vayas por ahí, engendro del demonio.
—Como si no hubieras trabajado bastante la otra noche en la colina —se guaseó Carol.
Dios, eran lo peor.
«Pero las quieres».
Con todo mi corazón.
—Caroline… —advertí.
—Vale, vale, me callo.
—Bueno, a lo importante —retomó Ruby—. Mañana por la tarde.
Abrí la nevera y saqué una botella de agua.
—¿Qué pasa mañana?
—Fiesta sorpresa para Nial.
Me detuve.
—¿Cómo?
—Cumpleaños —explicó—. Y esta vez no se libra de la fiesta.
—Solo nosotros —añadió Caroline—. Nada grande. Barbacoa, cervezas… ya sabes.
Sonreí.
—Me gusta la idea.
—Sabíamos que dirías eso.
—¿Dónde?
—Si no llueve, en el prado detrás de casa —contestó Ruby.
—Perfecto. ¿A qué hora?
—Sobre las siete.
—Vale.
—Y trae algo —pidió.
—¿Algo como qué? ¿Bebidas, comida, adornos…? Dame una pista.
—Es broma, Liz —se burló Carol—. Nos basta con tu presencia.
Bebí un trago de agua.
—Vale, pues allí estaré.
—Perfecto. Y Liz…
—¿Sí, Carol?
—Intenta dormir.
Entrecerré los ojos, desconcertada.
—¿Por?
—Porque mañana vas a necesitar energía.
—¿Para qué, si puede saberse?
—Para soportarnos.
Solté una carcajada.
—Eso siempre es un reto.
—Nos vemos mañana, petarda.
—Nos vemos —aseguré.
Colgué, meneando la cabeza.
Mis amigas estaban como cabras, pero las adoraba.
¿Qué sería de mí sin ellas?
Nada en absoluto.