Mi lugar, contigo CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Lizzy

Estaba terminando de doblar unas servilletas en la mesa de la cocina cuando el móvil empezó a vibrar.

El nombre de mi padre apareció en la pantalla.

Fruncí el ceño.

No solía llamarme a esas horas, a menos que pasara algo.

Me temblaron los dedos al descolgar.

—¿Papá?

—Liz, necesito que vengas a la oficina.

Su tono era corto. Tenso.

Empezaron a sudarme las palmas de las manos.

—¿Ha pasado algo?

Hubo un segundo de silencio al otro lado.

El pulso se me disparó antes incluso de que dijera nada.

—Han visto el coche de Nate.

Sentí cómo la sangre me abandonaba la cara.

—¿Dónde?

—En una estación de servicio cerca de Knoxville.

Apoyé una mano en la mesa para no perder el equilibrio.

—¿Están seguros?

—Un compañero dice que coincide con la matrícula y ha activado la alarma en el sistema. Estamos intentando confirmarlo ahora mismo.

Tragué saliva con dificultad.

La sensación de libertad que había sentido aquella mañana se evaporó de golpe.

—Voy para allá.

—Liz…

—¿Sí?

—No vengas sola.

Colgué.

Nate estaba más cerca de lo que pensábamos…

Y durante unos segundos no supe reaccionar.

Pero solo fueron eso, unos segundos, porque luego salí disparada de casa.

La puerta de la oficina estaba abierta cuando llegué diez minutos después.

El ventilador del techo giraba despacio, soltando ese zumbido constante que siempre parecía estar ahí cuando algo importante pasaba en este lugar.

Entré sin llamar.

Mi padre estaba detrás del escritorio, inclinado sobre un mapa desplegado de Tennessee. Sahale apoyaba una mano en la mesa mientras señalaba algo con un bolígrafo. Lucien y Nial estaban de pie cerca de la ventana, hablando en voz baja.

Todos levantaron la cabeza cuando crucé el umbral.

—Liz —dijo mi padre.

Su tono no era alarmado, pero tampoco tranquilo.

Eso fue suficiente para que mi estómago se tensara y el vello se me pusiera de punta.

—¿Qué sabemos?

Me acerqué a la mesa.

El mapa estaba lleno de marcas hechas a lápiz.

Sahale señaló un punto.

—Aquí.

Leí el nombre en el cartel del mapa: Knoxville.

—Una estación de servicio en la salida de la autopista —explicó Lucien—. Un compañero dice que vio el coche y que la matrícula coincide.

—¿Dice o está seguro? —pregunté.

—Dice —respondió Nial—. Por ahora.

Mi padre cruzó los brazos.

—Ya hemos pedido a la policía de Knoxville que revise las cámaras de seguridad de la estación.

—Y las de la carretera —añadió Sahale—. Si el coche pasó por allí, debería haber quedado registrado.

Sentí que el pulso se me aceleraba.

—Entonces… ¿podría ser él?

Lucien se encogió de hombros.

—Podría.

—O podría ser alguien con un coche parecido —dijo Nial.

—O una matrícula mal recordada —añadió Sahale.

Nadie parecía dispuesto a dar nada por seguro.

Mi padre me miró entonces.

—Liz, quiero que escuches esto con calma.

—Te estoy escuchando.

—Hasta que no tengamos confirmación de las cámaras, esto es solo una pista.

—Pero podría ser Nate.

—Sí.

—¿Algo más? —quise saber.

Mi padre me miró un segundo antes de responder:

—El empleado dijo algo.

Sahale levantó la vista del mapa.

—Dijo que el conductor parecía nervioso.

Mi garganta se cerró un poco.

—¿Nervioso cómo?

—Pagó rápido —explicó Lucien—. Apenas habló con nadie y volvió al coche enseguida.

—¿Le vio la cara? —inquirí.

—No con claridad.

Sahale negó con la cabeza.

—Llevaba una gorra.

El ventilador siguió girando sobre nuestras cabezas.

—Las cámaras nos dirán más —añadió mi padre—. Deberíamos tener algo en una hora.

Asentí.

Aunque mi cabeza estaba en el apartamento de Nashville, viéndome en aquella pantalla de ordenador.

«Ojalá sea él y lo detengan hoy mismo».

No dejé de estrujarme los dedos mientras esperábamos.

El teléfono de la mesa sonó unos veinte minutos después.

Nadie habló mientras mi padre contestaba.

— Sheriff Jackson.

Silencio.

Sus ojos se movieron hacia Sahale.

—Sí… estamos esperando eso.

El resto de la frase lo escuchó con los labios apretados.

Lucien dejó de caminar por la habitación.

Nial cruzó los brazos.

Yo me quedé completamente inmóvil.

—Entendido —dijo finalmente mi padre—. Envíamelo ahora mismo.

Colgó y giró el monitor del ordenador hacia nosotros.

—Acaban de enviar las imágenes de la estación.

Sahale activó el vídeo.

La cámara mostraba la zona de los surtidores. La imagen era granulada, con ese tono grisáceo típico de las cámaras de seguridad.

Un coche entró en el encuadre.

Sentí cómo el aire se me atascaba en la garganta.

—Es su coche —murmuré.

Nial se inclinó más hacia la pantalla.

—Misma matrícula.

Lucien asintió.

—Sin duda.

El vídeo avanzó y el conductor bajó del coche; llevaba gorra y una chaqueta oscura.

Durante unos segundos mantuvo la cabeza baja mientras llenaba el depósito.

Luego levantó la vista hacia la tienda de la estación y la cámara captó su cara durante un instante.

El suficiente.

El mundo pareció congelarse a mi alrededor.

—Es él —confirmé.

Nadie lo discutió.

Sahale pausó el vídeo.

—Hora registrada: 6:12 de la mañana.

Lucien apoyó una mano en la mesa.

—Hace dos horas.

Mi padre señaló el mapa otra vez.

—Knoxville está a unas tres horas de aquí.

El estómago se me encogió.

—Está acercándose.

—O alejándose —dijo Nial.

—Veamos el siguiente ángulo —indicó Sahale.

La pantalla cambió.

Ahora era la cámara que apuntaba hacia la salida de la estación.

El coche volvió a aparecer, arrancó y giró hacia la carretera principal, siguiendo recto durante unos segundos.

Después…

Lucien frunció el ceño.

—Espera.

Sahale ralentizó el vídeo.

El coche redujo velocidad y entonces tomó una salida lateral: una carretera estrecha que se perdía entre árboles.

—Maldita sea —gruñó Nial.

Mi padre señaló el mapa.

—Esa no es la autopista.

Sahale amplió la imagen.

Un pequeño cartel apareció en la pantalla.

County Road 17.

Lucien exhaló despacio.

—Una carretera secundaria.

—Y llena de desvíos —añadió Nial.

Mi padre apoyó las manos en el escritorio.

—Si se metió ahí…

—Podemos perderle el rastro —terminó Sahale por él.

El silencio volvió a caer sobre la oficina.

Miré otra vez la pantalla.

La imagen del coche desapareciendo entre los árboles seguía congelada en el monitor.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

Y el miedo volvió.

Tucker

Había fregado la barra hacía un rato, pero la tormenta de la tarde había traído a medio pueblo y el suelo volvía a estar lleno de huellas de barro.

Pasé la fregona por la superficie por enésima vez mientras mi hermana terminaba de contar la caja al fondo.

—Te juro que el festival nos ha dejado secos —comentó—. Si mañana viene otra horda de gente así, voy a pedir refuerzos.

—No te quejes —respondí—. Eso significa que la caja está llena.

Norma levantó los billetes en el aire.

—Bastante llena, sí.

Sonreí.

Era una de esas noches en las que todo parecía volver a la normalidad: mis padres estaban en casa descansando, el bar había vuelto a su ritmo habitual y durante unos minutos casi pude olvidar todo lo demás.

Hasta que el sonido de la campanilla me hizo levantar la cabeza.

Lizzy estaba ahí, en el umbral de la puerta, empapada.

El pelo oscuro pegado a las mejillas, la chaqueta húmeda y la respiración todavía un poco acelerada.

Algo no iba bien; lo supe al instante.

Dejé la fregona en el cubo.

—Cariño… ¿Qué pasa? ¿Por qué estás tan mojada?

Mi hermana levantó la vista también.

Lizzy intentó sonreír, aunque no lo consiguió.

—He estado caminando… por el pueblo y me pilló la tormenta.

Entrecerré los ojos.

¿Caminando por el pueblo? ¿Cuánto tiempo? Porque ya hacía como una hora que había dejado de llover.

—¿Podemos hablar? —siguió.

Asentí sin dudarlo.

—Claro.

Le hice un gesto hacia la parte de la barra donde no llegaban las luces de la calle.

Norma entendió la señal al momento.

—Voy a terminar en la cocina —dijo—. Si necesitáis algo, gritad.

Desapareció tras la cortina.

El bar quedó en silencio.

Me apoyé en la barra frente a Lizzy.

—Vale —dije—. Ahora cuéntame qué ha pasado.

Soltó el aire despacio.

—Han encontrado el coche de Nate.

Me quedé completamente quieto.

—¿Dónde?

—En Knoxville.

Fruncí el ceño.

—Eso está…

—A unas tres horas de aquí —terminó ella.

Tensé la mandíbula.

—¿Estás segura?

—Lo han visto en las cámaras de una estación de servicio.

Sentí que algo frío se me instalaba en el pecho.

—¿Y?

Lizzy apoyó las manos en la barra.

—Era él, Tucker. Lo vi con mis propios ojos.

No había duda en su voz.

Pasé una mano por la nuca.

—Mierda.

Lizzy asintió.

—Exacto.

Me aparté un poco de la barra y empecé a caminar por detrás, incapaz de quedarme quieto.

—¿Sabemos hacia dónde iba?

—Eso es lo peor.

Me detuve en seco.

—¿Por qué?

—Porque tomó una carretera secundaria —apoyó los codos en la barra—. County Road 17.

—Joder, y una de las peores.

—Exacto.

Me quedé mirándola.

—¿Lo han perdido?

—De momento, sí.

Me acerqué otra vez a ella.

—¿Qué dice tu padre?

—Que están revisando cámaras de carreteras cercanas y avisando a las patrullas de carretera.

—Bien.

La palabra me salió más tensa de lo que pretendía.

—Estás enfadado —señaló.

Negué con la cabeza.

—Tucker…

Solté aire por la nariz.

—Vale. Sí.

Apoyé las manos sobre la barra.

—Estoy enfadado porque eso significa que podría estar acercándose demasiado.

—Lo sé.

—¿Y por eso llevas toda la tarde caminando por ahí tú sola? ¡Joder, Liz!

—¡Necesitaba respirar, maldita sea!

—Pero él puede aparecer en cualquier momento y…

—Nathan no me haría daño —me interrumpió.

La bilis me subió a la garganta.

—¡Eso no lo sabemos, hostia! La desesperación te lleva a cometer estupideces, así que no pongas la mano en el fuego por él.

—No lo hago.

Cogí un par de bocanadas de aire, tranquilizándome.

—Escucha —musité.

Su mirada se alzó.

—Si ese cabrón aparece por aquí…

No terminé la frase, pero ella entendió perfectamente lo que quería decir.

—Lo sé —murmuró.

Fuera, el viento movía el cartel del Anny’s mientras dentro el silencio volvía a caer sobre nosotros.

Fui yo quien lo rompió:

—¿Tienes miedo?

No respondió enseguida.

—No lo sé —admitió—. Creo que sí…, pero también estoy cansada de tener miedo.

Asentí despacio.

La conocía demasiado bien. Lizzy Jackson nunca había sido de las que se escondía detrás de nadie.

Rodeé la barra y caminé hacia ella.

—Ven aquí —murmuré.

Lizzy dudó un segundo; aun así, dio un paso hacia mí.

La abracé.

Despacio y con cuidado.

—Siento haberme puesto así y gritarte. Lo siento de veras, Liz, pero es que…

Se me atascaron el resto de palabras en la garganta.

Liz apretó más el abrazo.

—No te preocupes, no pasa nada porque tú también tengas miedo, Tuck.

Apoyó la frente en mi pecho.

—Van a dar con él y lo encerrarán. Le darán su merecido. No le dejaremos acercarse a ti nunca más.

Suspiró, cansada.

—Ojalá yo también estuviera tan segura de ello.

Bajé la barbilla hasta rozarle el pelo, entendiéndola; yo tampoco las tenía todas conmigo, de todos modos…

El zumbido del frigorífico y el golpeteo del viento contra las ventanas nos sobresaltaron a ambos.

Sus ojos buscaron los míos.

—Gracias.

Negué con la cabeza, apartándole el pelo de la cara.

—No tienes que agradecerme nada, Liz.

—Sí, sí que tengo. Porque no sé qué habría hecho si tú no estuvieras aquí.

—Pues lo mismo que estás haciendo ahora.

—¿Y eso es?

—Plantarle cara a ese zoquete.

Soltó una risa suave.

—Suena muy heroico cuando lo dices así.

Me encogí de hombros.

—Solo eres tú, Liz. No dejando que nadie te pise.

Me sostuvo la mirada unos segundos más y respiró hondo.

—Bueno…, supongo que debería volver a casa antes de que mi padre envíe una patrulla a buscarme.

—Te acompaño.

—No hace falta.

—Lizzy.

Levantó una ceja.

—¿Qué?

—Estás loca si piensas que voy a dejar que camines sola hasta la granja.

Puso los ojos en blanco.

—Está bien, tú ganas.

Antes de avisar a mi hermana de que salía un momento, la abracé un poco más; me gustaba tenerla entre mis brazos más que cualquier otra cosa.

Mucho más tarde, cuando regresé al Anny’s después de dejarla en la granja y mi hermana ya se había marchado a casa, me pasé las manos por el pelo, frustrado.

Miré a mi alrededor.

El bar estaba en silencio, las sillas ya estaban sobre las mesas y la barra limpia. Solo quedaba apagar las últimas luces y cerrar.

Pasé el trapo por la madera por pura costumbre.

Después apagué la luz principal y cogí las llaves.

Observé la calle, soltando el aire contenido en los pulmones, despacio.

—Maldito cobarde… —murmuré.

Cerré la puerta y bajé la persiana metálica.

El ruido resonó en la calle silenciosa.

Cuando me giré hacia la camioneta, algo me hizo mirar de nuevo hacia la plaza.

No había nadie; solo sombras.

Y las farolas iluminando el asfalto mojado.

Nate estaba ahí fuera, en algún lugar, acechándonos.

Y cada día que pasaba, el círculo se cerraba un poco más.