CAPÍTULO 26
Tucker
Los primeros rayos de sol entraban por la ventana cuando abrí los ojos.
Durante unos segundos me quedé quieto, mirando el techo de madera de mi habitación, intentando recordar por qué tenía esa sensación extraña en el pecho.
No era preocupación ni tampoco cansancio.
Era…
Una sonrisa se me escapó sin que pudiera evitarlo.
Me pasé una mano por la cara y me incorporé un poco en la cama, apoyando la espalda contra el cabecero mientras lo ocurrido la noche anterior regresaba a mi cabeza en fragmentos sueltos.
La colina, las luces del pueblo extendiéndose bajo nosotros, su risa cuando abrí la cesta con la cena y la forma en que me había mirado después.
Cerré los ojos un momento.
Rememoré el instante en que sus dedos se entrelazaron con los míos sobre la manta, el silencio que se había formado entre nosotros y cómo ese silencio había terminado rompiéndose cuando la besé.
Había esperado ese momento durante años.
Pero nada de lo que había imaginado se parecía a lo que había sido en realidad.
Lizzy había respondido a mi beso con una intensidad que todavía podía sentir en la piel.
Recordé el calor de su cuerpo contra el mío, sus manos buscándome con la misma urgencia con la que yo la había estado buscando a ella, el tacto de su piel y lo bien que encajábamos.
Y la forma en que había pronunciado mi nombre, apenas un susurro, justo antes de que todo terminara de descontrolarse…
Me obligué a abrir los ojos de nuevo.
La temperatura en la habitación parecía haber subido unos cuantos grados; igual que anoche en la colina.
—Joder…
Si alguien me hubiera dicho hacía un par de meses que acabaría acostándome con Lizzy Jackson en mitad de esa colina, mientras el pueblo entero dormía unos kilómetros más abajo, le habría dicho que dejara de beber.
Pero había pasado.
Y había sido incluso mejor de lo que jamás habría podido imaginar.
Me levanté de la cama y caminé hasta la ventana.
La mañana ya había empezado en Mountain Brooks.
Me acerqué al marco y crucé los brazos.
La última imagen que tenía era la de ella bajándose de la camioneta frente a su casa, con el pelo un poco revuelto y esa sonrisa que todavía me revolvía el estómago.
—Buenas noches, Tucker.
—Buenas noches, Liz.
Había estado a punto de besarla otra vez.
Me contuve a duras penas.
Solté el aire despacio.
Había pasado media vida pensando en ella. Y ahora, de repente, todo era distinto.
Me separé de la ventana.
El día iba a empezar como cualquier otro: el Anny’s, café, clientes madrugadores…
Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo tenía la sensación de que era un día distinto a los demás.
Justo entonces, el móvil vibró con una notificación sobre la mesilla de noche.
Fruncí el ceño mientras lo cogía.
Lizzy.
Abrí el chat.
Liz : «Buenos días…».
Solo eso, aunque debajo apareció el indicador de que estaba escribiendo algo más.
Esperé unos segundos.
El siguiente mensaje llegó enseguida.
Liz : «¿Estás despierto o te he despertado?».
Me rasqué la nuca.
¿Por qué me ponía nervioso?
Tecleé despacio.
Yo : «Estoy despierto».
Tres puntitos volvieron a aparecer en la pantalla.
Liz : «Bien».
Otro segundo.
Liz : «Porque no sabía si escribirte o hacer como si la noche de ayer hubiera sido un sueño».
Solté una pequeña risa mientras me apoyaba otra vez en la ventana.
Yo : «Si fue un sueño, fue uno bastante bueno, ¿no crees?».
La respuesta llegó casi al instante.
Liz : «Tucker Jones…».
Podía imaginar perfectamente la expresión de reproche en su cara.
Yo : «¿Sí?».
Hubo una pequeña pausa antes de que apareciera el siguiente mensaje.
Liz: «Solo quería asegurarme de que…».
Los tres puntos desaparecieron.
Finalmente apareció el resto del mensaje.
Liz : «…de que no te arrepientes».
Fruncí el ceño.
Yo : «Ni de lejos».
Liz : «Bien. Porque yo tampoco».
El calor que me subió por el pecho fue inmediato.
Me apoyé con el hombro contra la pared, relajado.
Yo : «Entonces estamos en la misma página».
Esta vez tardó un poco más en responder.
Liz : «Supongo que sí. Que sepas que ahora mismo estoy intentando actuar con normalidad delante de mi madre… y no está siendo fácil».
Solté una carcajada.
Yo : «¿Te está interrogando?».
Liz : «Digamos que está… observándome al estilo Arizona Graham, ya sabes».
Eso sí que podía imaginarlo.
Yo : «Ánimo».
Liz : «Gracias».
Pasó un segundo más.
Luego apareció el último mensaje.
Liz : «Nos vemos hoy».
No era una pregunta.
Sonreí mientras guardaba el móvil en el bolsillo.
—Claro que sí —murmuré.
Me quedé un rato más mirando por la ventana.
El sol ya asomaba por encima de las colinas y el silencio de primera hora se rompía poco a poco con los sonidos habituales del pueblo: una camioneta arrancando en alguna granja cercana, el ladrido de un perro a lo lejos, el viento moviendo las ramas del viejo roble que se veía desde aquí.
Todo parecía exactamente igual que cualquier otra mañana.
Pero no lo era.
Me pasé otra vez una mano por la nuca y me animé:
—Vamos, Tucker, hora de ponerse a funcionar.
Bajé las escaleras mientras la casa todavía estaba en silencio. Mi padre seguía durmiendo; desde la operación se levantaba más tarde de lo habitual y nadie en la familia iba a discutirle eso.
En la cocina preparé café casi por inercia.
El aroma llenó la estancia mientras apoyaba las manos en la encimera, esperando a que la cafetera terminara de hacer su trabajo.
Di el primer sorbo, todavía demasiado caliente, y cogí las llaves de la camioneta.
El Anny’s no se abría solo.
Poco después, conduje tamborileando con los dedos sobre el volante.
La calle principal tenía ya ese aire tranquilo de siempre: el colmado de Ruby abriendo las persianas, el viejo Miller cruzando la plaza con su periódico bajo el brazo y una pareja de turistas consultando un mapa frente a la iglesia.
Sin embargo, lo único que yo tenía en la cabeza era a Lizzy Jackson.
Y la noche que habíamos compartido en la colina.
Lizzy
Mi madre se había ido al establo hacía unos minutos y la casa estaba en silencio, algo poco habitual a esas horas en la granja.
Apoyé las manos en la encimera y miré el móvil otra vez.
La conversación con Tucker seguía abierta en la pantalla.
Yo: «Nos vemos hoy».
Había escrito aquello como si fuera la cosa más normal del mundo.
Como si la noche anterior no hubiera cambiado nada.
Pero sí lo había hecho.
Solté el aire despacio y dejé el móvil sobre la mesa antes de servirme café.
El líquido caliente llenó la taza mientras intentaba concentrarme en algo tan simple como el sonido de la cafetera o la luz que entraba por la ventana de la cocina.
No funcionó.
Yo solo veía la manta de cuadros extendida sobre la hierba y el cuerpo de Tucker sin ropa.
Cerré los ojos un segundo, recordando con exactitud el momento en que todo había cambiado.
Habíamos estado besándonos bastante rato antes de eso, como dos adolescentes que intentaban recuperar años de tiempo perdido.
Fue después.
Cuando ninguno de los dos quiso apartarse.
Cuando sus manos empezaron a recorrerme con más seguridad.
Cuando mi nombre salió de su boca con esa voz baja y ronca que todavía me erizaba la piel.
Me llevé la taza a los labios para esconder una sonrisa.
—Madre mía… —me susurré a mí misma.
Nunca había pensado demasiado en cómo sería estar con Tucker… así, para qué engañarnos.
Pero ahora… no podía dejar de hacerlo.
Recordé el calor de su cuerpo contra el mío, la forma en que me había abrazado, cómo todo encajaba de una manera que no esperaba.
Me abaniqué la cara con una mano.
—Vale… —murmuré.
Respiré hondo, intentando calmarme.
Y aun así, las imágenes seguían volviendo una y otra vez.
Las caricias sin prisa.
La cercanía.
La forma en que había dicho mi nombre.
Volví a apoyar la taza en la encimera.
Y entonces no pude evitar pensar también en la forma en que me había abrazado cuando todo terminó, con el cielo lleno de estrellas sobre nuestras cabezas y el pueblo extendido a nuestros pies, allí abajo.
El recuerdo de la despedida me hizo sonreír otra vez.
Cuando se detuvo frente a la casa, nos habíamos quedado unos segundos dentro de la camioneta, mirándonos como si ambos estuviéramos intentando entender qué demonios acababa de pasar.
—Buenas noches, Liz.
—Buenas noches, Tuck.
Había estado a punto de volver a besarlo.
De hecho, todavía no estaba segura de por qué no lo hice.
Sacudí la cabeza suavemente.
El café ya se estaba enfriando.
Miré otra vez el móvil.
Nada nuevo.
Tucker estaría ya en el Anny’s, abriendo el bar, hablando con los primeros clientes del día y haciendo como si todo siguiera exactamente igual que siempre.
Apoyé los dedos en el borde de la taza y suspiré, incapaz de evitarlo.
Para mí algo había cambiado, y mucho.
Porque después de todo lo que había pasado en los últimos meses…, después del miedo, de la rabia, de la sensación constante de que Nate seguía flotando sobre mi vida como una sombra…
Anoche, por primera vez en mucho tiempo, me había sentido libre.
Libre de verdad.
El teléfono sonó, sacándome de golpe de mis pensamientos.
Caroline.
—Buenos días, petarda —solté.
—¿Buenos días? —Su voz sonó sospechosamente alegre al otro lado—. ¿Eso significa que sigues viva?
Apoyé la cadera contra la encimera.
—Caroline…
—¿Qué?
—Son las nueve de la mañana.
—Exacto. Y llevamos desde las ocho y media intentando decidir si llamarte o no.
Fruncí el ceño.
—¿«Llevamos»?
—Ruby está conmigo.
Se oyó un murmullo al fondo.
—¡Ponlo en altavoz! —gritó esta.
—Ya está en altavoz —respondió Caroline—. Estamos en el colmado.
Claro, dónde si no.
Seguro que ya había dejado a Travis en el cole infantil y ahora pensaba torturarme a mí.
—Buenos días, Lizzy —saludó Ruby con una voz mucho más tranquila—. ¿Interrumpimos algo?
—No —mentí.
—Bien.
Caroline no tardó ni medio segundo en ir al grano.
—Entonces cuéntanos cómo fue la cita de anoche, anda.
Me mordí el labio inferior.
—No voy a hacer esto con vosotras dos a primera hora de la mañana.
—Oh, sí que lo vas a hacer.
—Caroline…
—¿Te llevó a algún sitio romántico?
Suspiré.
—A la colina del viejo roble.
—¡Lo sabía! —exclamó la muy puñetera.
—Eso es muy Tucker —añadió Ruby con una risa suave.
Apoyé la frente contra el armario de la cocina.
—Sois imposibles.
—¿Y bien? —insistió Caroline—. ¿Qué pasó?
—Cenamos.
—Eso ya lo sabíamos.
—Hablamos.
—Sigo esperando la parte interesante.
—Caroline…
—Lizzy —replicó ella con tono teatral—. Eres mi mejor amiga. Tengo derecho a esta información.
Ruby intervino, más calmada.
—¿Estás bien?
La pregunta me hizo abrir los ojos.
—Sí.
—¿De verdad?
Miré la ventana de la cocina.
El sol ya iluminaba los campos que rodeaban la granja.
—De verdad de la buena, Ru.
Y entonces Caroline habló otra vez:
—Vale, pero eso no responde a la pregunta importante.
Me temí lo peor.
—¿Cuál?
—¿Lo besaste?
Sentí el calor subirme a las mejillas.
—Caroline…
—Eso es un sí —canturreó.
—No he dicho eso.
—No es necesario, querida mía.
Ruby soltó una risa.
—Déjala respirar, Caroline.
—No pienso hacerlo.
—Eres terrible.
—Lo sé.
Apoyé la taza en la mesa.
—La cita fue… perfecta.
Caroline soltó un pequeño chillido.
—¡Lo sabía!
—Pero —añadí rápidamente— no voy a entrar en más detalles.
—¿Por qué?
—Porque hay cosas que prefiero quedarme para mí.
El silencio al otro lado de la línea duró apenas dos segundos.
—Eso significa que pasó algo más que solo besos —sentenció la pesada de mi amiga.
No había quien pudiera con ella.
—Eres imposible.
—No me cambies de tema —replicó—. Liz, ese hombre lleva años mirándote como si fueras el último trozo de tarta de Anne.
—Caroline…
—¿Qué? Es verdad.
—No es verdad.
—Claro que lo es.
—No exageres.
—¿Exagerar? —Se oyó cómo movía algo en el colmado—. Ruby, dile que no lo hago.
—Estáis locas, ¿lo sabíais?
—No —dijo Caroline—. Lo que pasa es que tú has estado demasiado ocupada con tu vida en Nashville para darte cuenta.
Aquello me hizo callar.
Ruby habló entonces, con su tono más calmado.
—Liz.
—¿Sí?
—Tucker siempre ha estado ahí. Siempre. Cuando te fuiste, cada vez que volvías… Incluso ahora, con todo lo que está pasando.
Caroline carraspeó.
—Sí, bueno… eso también.
—Lo que intento decir —siguió Ruby— es que nunca se ha ido a ninguna parte.
El silencio que siguió fue distinto.
Más largo.
—Liz —insistió Caroline al final—. Solo dinos una cosa.
Suspiré.
—¿Cuál?
—¿Te gusta?
No tuve ni que pensarlo.
—Sí.
Y lo decía completamente en serio.
—¡Por fin! —chillaron triunfales.
—Ahora tengo que colgar —dije—. Si no, mi madre va a pensar cosas raras.
—Luego nos cuentas más —advirtió Caroline.
—No contéis con ello.
—Claro que sí.
—Adiós.
—Adiós, enamorada.
Colgué antes de que pudiera añadir nada más.
Dejé el móvil sobre la mesa y me quedé unos segundos pensativa.
Ruby tenía razón.
Tucker siempre había estado ahí.
Y quizá lo más sorprendente de todo era darme cuenta de que, ahora, yo también quería estar ahí para él.