CAPÍTULO 25
Lizzy
El agua caliente me cubrió los hombros mientras me hundía un poco más en la bañera.
Había llenado el baño de vapor y el espejo estaba completamente empañado, pero no me importaba. Después del día que llevaba, aquello era exactamente lo que necesitaba.
Silencio.
Calor.
Y unos minutos sin pensar en Nate, en la investigación o en la sensación constante de que alguien podía estar mirando desde algún lugar.
Cerré los ojos y apoyé la cabeza contra el borde de la bañera.
—Respira —me dije en voz baja.
El agua olía a lavanda; mi madre siempre había insistido en que ese jabón era milagroso para relajar los nervios.
No sabía si tenía poderes mágicos, pero desde luego estaba funcionando mejor que cualquier otra cosa que hubiera probado antes.
Sonreí al recordar la conversación de esa mañana.
«Una cita».
Aún me costaba creer que hubiera sido yo quien la había propuesto en voz alta.
Cuando Caroline se enterara, seguro que organizaba una fiesta.
Suspiré.
La idea de salir con Tucker me provocaba una mezcla rara de nervios y expectación.
Era absurdo, cuando lo conocía desde siempre, pero ahí estaban, en la boca del estómago.
Habíamos pasado media vida cruzándonos en el pueblo, riendo en fiestas, ayudándonos en cosas pequeñas… y, aun así, ahora todo parecía distinto.
Más intenso.
Más real.
¿Estaba loca y cometiendo un error por dejarme llevar?
«Lo estarías si no lo hicieras».
Salí de la bañera cuando el agua empezó a enfriarse y me envolví en una toalla.
El suelo de madera crujió suavemente bajo mis pies mientras salía y cruzaba el pasillo hacia mi habitación.
Había dejado el armario abierto y me quedé mirando la ropa unos segundos.
—Genial —murmuré—. ¿Qué se supone que se pone una mujer para una primera cita con alguien que la ha visto en vaqueros toda su vida?
Rebusqué entre las perchas hasta encontrar un vestido sencillo, azul oscuro, que apenas me había puesto un par de veces.
No era nada especial, pero tampoco quería parecer que me había pasado dos horas arreglándome.
Cuando terminé de vestirme y bajé las escaleras, encontré a mi madre en la cocina.
Estaba cortando verduras con la concentración de alguien que llevaba haciéndolo toda su vida, aunque no fuera verdad. Arizona Graham no era la típica ama de casa, bien lo sabíamos todos.
Levantó la vista en cuanto me oyó entrar.
Y su expresión cambió al instante.
—Bueno, bueno…
Me detuve a mitad de la cocina.
—¿Qué?
Apoyó el cuchillo en la tabla y me observó de arriba abajo con una sonrisa que conocía demasiado bien.
—Nada.
—Mamá…
—Solo me preguntaba adónde va mi hija tan arreglada.
Resoplé.
—No estoy tan arreglada.
—Lizzy Jackson, te he visto salir de casa con botas llenas de barro esta misma mañana. Créeme cuando te digo que hay diferencia.
Me arrimé a la encimera.
—Tengo una cita.
Mi madre levantó las cejas.
—¿Una cita?
—Sí.
—¿Con quién?
La miré.
—Mamá.
Sus ojos se iluminaron.
—Oh.
Ese «oh» iba cargado de demasiadas cosas.
—No empieces.
—¿Con Tucker? —aventuró.
Suspiré.
—Sí, con él.
La sonrisa que apareció en su cara fue imposible de disimular.
—Ya era hora.
—Mamá.
—¿Qué? Aunque no lo creas, llevo años esperando este momento.
—No llevas años esperando nada.
—Claro que sí.
Volvió a coger el cuchillo y siguió cortando como si estuviera hablando del tiempo.
—Todo el mundo en este pueblo sabe que ese chico está colado por ti desde que teníais quince años.
Me atraganté con el aire.
—Eso no es verdad.
—Ah, ¿no?
—No.
—Entonces supongo que todas esas veces que se ofrecía a acompañarte a casa cuando salías del Anny’s eran pura casualidad.
—Estábamos en el mismo sitio.
—¿Y cuando te ayudó con el caballo de la feria hace cinco años…?
—Mamá.
—¿O cuando se peleó con aquel chico de la ciudad que estaba siendo un idiota contigo?
Cerré los ojos un segundo.
—Vale.
—¿Vale qué?
—Vale…, quizá Tucker siempre ha sido… protector.
Mi madre me miró con ternura.
—Siempre lo ha sido contigo.
Me quedé en silencio, porque en el fondo sabía que tenía razón.
—¿Estás nerviosa? —preguntó.
Me encogí de hombros.
—Un poco.
—Eso es buena señal.
—¿Sí?
—Significa que te importa.
Se acercó a mí.
—Lizzy, sé que todo esto con Nate está siendo horrible. Pero no dejes que ese hombre te robe también la oportunidad de ser feliz. Ese cretino ha hecho bastante.
Sentí un pequeño nudo en la garganta.
—No pienso hacerlo.
Sonrió, complacida.
—Entonces ve.
—¿Así sin más?
—Así sin más.
—¿No vas a darme ningún consejo maternal incómodo?
Soltó una carcajada.
—Solo uno.
—A ver, sorpréndeme.
—Diviértete.
La puerta principal se abrió justo en ese momento.
Y el sonido de una camioneta aparcando delante de la casa llegó desde el exterior.
Mi madre alzó una ceja.
—Creo que tu cita acaba de llegar.
El corazón me dio un pequeño vuelco.
Papá entró y se quedó parado al verme.
—Adiós, papá.
Le di un beso al pasar a su lado.
—¿Adónde va?
Mi madre trató de bajar la voz, pero la escuché antes de perderme por el pasillo.
—Tiene una cita con Tucker Jones.
Y, por alguna razón, salí de casa con una sonrisa que no recordaba haber tenido en mucho tiempo.
La camioneta de Tucker estaba aparcada frente a la casa, con el motor ya apagado. Él estaba apoyado contra la puerta del conductor, con los brazos cruzados y la mirada perdida en algún punto del porche… hasta que me vio.
Entonces se quedó quieto.
Muy quieto.
Durante un segundo ninguno de los dos dijo nada.
El aire de la tarde era fresco y el cielo empezaba a teñirse de tonos anaranjados detrás de las colinas. El pueblo estaba tranquilo, como si todo siguiera su ritmo habitual mientras para mí todo parecía haberse detenido.
Bajé los escalones del porche, notando cómo su mirada me recorría con una mezcla de sorpresa y algo más difícil de definir.
—Hola —dije.
—Hola.
Su voz salió más baja de lo habitual, más grave.
Eso me hizo sonreír.
—¿Qué?
Se pasó una mano por la nuca, algo que hacía siempre que estaba nervioso.
—Nada.
—Tuck…
—Estás… —suspiró—. Joder, estás muy guapa.
Me ruboricé al instante.
—Gracias.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros por un momento, uno de esos silencios raros que no son incómodos, pero tampoco completamente normales, porque ahora éramos conscientes de algo que antes no existía entre nosotros.
O quizá siempre había estado ahí y ninguno lo había querido ver.
Tucker se apartó de la camioneta y rodeó el vehículo hasta llegar a mi lado.
—Tu madre me ha estado mirando por la ventana desde que aparqué.
Giré ligeramente la cabeza hacia la casa.
Y sí, la cortina del salón se movió apenas un centímetro.
Solté una pequeña risa.
—No me sorprende.
—Creo que me está evaluando.
—Lleva haciéndolo desde que tenías quince años.
—¿En serio?
—Yo también acabo de enterarme.
—Genial.
Volví a mirarlo.
La luz suave del atardecer marcaba el contorno de su cara y, por alguna razón, me sentí extrañamente consciente de lo cerca que estaba.
—¿Lista? —preguntó.
—Sí.
Abrió la puerta del copiloto de la camioneta para que subiera.
—Qué caballerosidad.
—No te acostumbres demasiado.
—Lo intentaré.
Subí al asiento y él rodeó el vehículo para sentarse al volante, pero no arrancó inmediatamente; se quedó un segundo mirando hacia delante, con las manos apoyadas en el volante.
Luego giró la cabeza hacia mí.
—Oficialmente esta es nuestra primera cita.
—Eso creo.
—Después de… ¿cuántos años?
—Demasiados.
Una sonrisa lenta apareció en su cara, desarmándome.
¿Por qué me gustaba tanto?
—Supongo que más vale tarde que nunca.
—Gracias por venir a buscarme —susurré.
—Siempre iré a buscarte, Liz. Adondequiera que estés.
La frase salió tan natural que ninguno de los dos comentó nada durante unos segundos; sin embargo, el significado se quedó flotando entre nosotros.
Tucker metió la marcha y la camioneta empezó a avanzar por el camino de tierra mientras el sol terminaba de esconderse detrás de las montañas.
Observé el perfil de su cara mientras conducía.
—¿Adónde me llevas?
Sonrió sin apartar la vista de la carretera.
—Es una sorpresa.
—Eso no me gusta nada.
—Confía en mí.
Apoyé la cabeza contra el respaldo del asiento y eso hice: confiar.
Tucker
Conducir por las carreteras que rodeaban Mountain Brooks siempre había sido fácil.
Incluso de noche.
Conocía cada curva, cada bache y cada árbol como si los hubiera plantado yo mismo, pero aquella noche estaba más nervioso que cuando había tenido que hablar delante de medio pueblo en aquella obra de teatro.
Y eso ya era decir mucho.
Miré de reojo a Lizzy.
Estaba observando por la ventanilla, con el reflejo de las últimas luces del atardecer iluminándole la cara.
No parecía preocupada ni asustada; todo lo contrario.
Y eso era exactamente lo que quería.
Giré por el camino de tierra que subía hacia la colina.
—Espera… —dijo ella de repente—. Este camino…
Sonreí.
—Sí.
—¿Adónde me estás llevando?
—Ten un poco de paciencia, mujer.
La camioneta avanzó unos metros más y al final se detuvo en el pequeño claro que había al fondo del sendero.
Apagué el motor.
Lizzy miró alrededor.
El cielo estaba completamente despejado y el pueblo se veía a lo lejos, extendido como un puñado de luces cálidas entre los árboles.
—No puede ser…
Bajó de la camioneta antes incluso de que pudiera rodearla para abrirle la puerta.
La seguí.
El viento movía con suavidad la hierba alta que rodeaba el claro.
—La colina del viejo roble —murmuró.
—Exacto.
Se giró hacia mí con una sonrisa que no veía desde hacía mucho tiempo.
—Hacía años que no venía aquí, Tuck.
—Yo tampoco.
Avanzó unos pasos hasta el borde de la colina.
Desde allí se veía todo Mountain Brooks: las luces del Anny’s, el campanario de la iglesia, la calle principal…
Nuestro pequeño mundo.
—Solíamos venir aquí cuando éramos adolescentes —recordó.
—Sí.
—A escondernos cuando había alguna fiesta aburrida.
—O cuando queríamos escapar de los mayores.
Soltó una pequeña risa.
—Eso también.
Metí la mano en la parte trasera de la camioneta y saqué la cesta que había preparado.
—¿Qué es eso?
—Nuestra cena.
—¿Nuestra cena?
—No te pongas exquisita.
Extendí una manta sobre la hierba.
—El menú de esta noche incluye hamburguesas del Anny’s, patatas fritas y la mejor tarta de manzana que Anne ha hecho esta semana.
Cruzó los brazos.
Dios… era tan bonita…
—Vaya.
—Sí, lo sé.
—Muy elegante, Tucker.
—Intento mantener un cierto nivel.
Se sentó en la manta y levantó la vista hacia mí.
Y durante un segundo tuve que recordarme a mí mismo cómo se respiraba.
—¿Sabes? —dijo—. Esto es perfecto.
—¿De verdad?
—De verdad.
Me senté frente a ella.
—Gracias por todo —añadió.
—No tienes que agradecérmelo, ya te lo dije.
—Sí que tengo.
—Liz…
La miré.
Allí sentada, con el pueblo iluminando el fondo y esa expresión tranquila que no había visto en semanas, sentí algo en el pecho que llevaba años ignorando.
—Te debía una primera cita decente.
Sonrió.
—Pues vas con retraso.
—Las circunstancias lo impedían, ya sabes.
—Sí, claro que lo sé. Y no tienes ni idea de cuánto lamento no haberlo visto antes.
—Soy de los que piensa que todo pasa por algo, así que empecemos a recuperar ese tiempo perdido.
Aceptó la comida con una sonrisa.
Y mientras la devorábamos hablamos de un millón de cosas: nuestros trabajos, su vida en la ciudad, la relación con nuestros padres…
Estaba siendo la mejor cita de mi vida.
Lizzy había dejado la mitad de la tarta en el plato y estaba sentada frente a mí, con las piernas cruzadas sobre la manta.
El cielo sobre nosotros estaba lleno de estrellas.
Y, aun así, lo único que veía era su boca.
—¿Qué? —preguntó.
Parpadeé.
—¿Qué de qué?
—Me estás mirando como si estuvieras intentando memorizar algo.
Solté una pequeña risa.
—Puede ser.
—¿El qué?
Me encogí de hombros.
—Es que nunca te había visto así.
—¿Así cómo?
—En una cita conmigo.
Sus labios se curvaron.
—Vaya… ¿y qué tal la experiencia hasta ahora?
—De momento no me quejo.
Se inclinó un poco hacia adelante para dejar el plato sobre la manta.
Ese pequeño movimiento hizo que su rodilla rozara la mía.
Ninguno de los dos se apartó.
El contacto era mínimo, pero suficiente para que la temperatura del aire pareciera subir varios grados.
Levantó la vista hacia mí.
—Tuck…
—¿Sí?
—¿Estás nervioso?
—¿Tú qué crees?
—Creo que sí.
—Pues entonces eres muy observadora.
Sonrió.
—No es algo que vea muy a menudo en ti.
—Porque no suele pasar.
—¿Y ahora sí?
—Ahora sí.
Sus dedos se deslizaron sobre la manta… hasta rozarme la mano.
No la aparté.
Me gustaba demasiado sentir su piel cálida contra la mía.
—¿Sabes qué es lo peor de todo esto? —murmuró.
—¿El qué?
—Que me siento ridícula.
—¿Ridícula?
—Sí.
Bajó la mirada hacia nuestras manos entrelazadas.
—Porque te conozco desde hace años… y, aun así, estoy nerviosa como si fuera una adolescente.
Sonreí.
—Pues no eres la única.
Estábamos demasiado cerca ahora.
No sabía exactamente en qué momento había ocurrido, pero ahí estábamos.
Alcé la mano y le acaricié la comisura de los labios.
—Eres preciosa, Lizzy Jackson.
Su respiración cambió, volviéndose errática.
El espacio entre nosotros desapareció del todo cuando la besé.
Despacio, como si hubiera tenido años para imaginar ese momento y no quisiera estropearlo.
Sus labios eran suaves y cálidos.
Y cuando respondió al beso, apoyando una mano contra mi pecho, sentí que algo en mi interior se encendía de golpe, como una mecha.
Dejó escapar un jadeo contra mi boca y el beso se volvió más profundo. Hambriento.
Su mano se deslizó desde mi pecho hasta mi cuello y mis dedos se cerraron ligeramente en su cintura.
El mundo entero desapareció durante unos segundos.
Solo existíamos ella, yo y nuestros cuerpos encontrándose por primera vez.
Nos separamos para coger aire y ella apoyó la frente en la mía.
—Creo… —murmuró— que esta cita está yendo bastante bien.
Solté una pequeña risa.
—Creo que sí.
Sus dedos seguían en mi cuello.
—Pero si seguimos así…
—Podemos seguir comiendo.
—Podemos intentarlo.
Sonrió.
Y volvió a besarme.
Esta vez más despacio.
Como si ninguno de los dos tuviera prisa por ir a ninguna parte.