CAPÍTULO 24
Tucker
Las mañanas en el Anny’s siempre empezaban igual.
Café recién hecho, el olor dulce de los bollos que Anne preparaba antes de que yo abriera y el sonido familiar de las tazas chocando suavemente mientras las colocaba en la barra.
Era temprano, pero en Mountain Brooks eso no significaba gran cosa. Aquí la gente se levantaba con el sol y a esta hora ya había un par de mesas ocupadas.
El viejo Miller hojeaba el periódico junto a la ventana, refunfuñando cada dos por tres como si las noticias fueran culpa mía. En la mesa del fondo, dos camioneros discutían sobre béisbol mientras daban cuenta de un plato de huevos revueltos.
La clase de rutina que siempre había pensado que duraría toda la vida.
Serví otro café y lo deslicé por la barra.
—Gracias, Tuck —murmuró Miller sin levantar la vista del periódico.
—De nada.
Estaba volviendo a la cafetera cuando la campanilla de la puerta tintineó.
Ni siquiera miré al principio.
—Si vienes a por más galletas gratis, hoy no cuela —solté mientras llenaba otra taza.
—Qué decepción.
Reconocí la voz al instante.
Levanté la vista.
Lucien entraba quitándose las gafas de sol, con esa cara de haber dormido poco y tener demasiadas cosas en la cabeza.
Detrás de él apareció Nial.
—Buenos días —saludó este, arrastrando un taburete.
—¿Café? —pregunté.
—Dos para llevar —respondió Lucien—. Bien cargados.
Cogí dos vasos de cartón y empecé a servirlos.
—¿Noche larga?
Lucien soltó una risa corta.
—Algo así.
Dejé los vasos sobre la barra y me apoyé en ella.
—¿Todo bien, chicos?
Los dos intercambiaron una mirada rápida.
Esa clase de mirada que me ponía inmediatamente en alerta.
—¿Aún no te has enterado? —preguntó Nial.
Fruncí el ceño.
—¿Enterarme de qué?
Lucien sacó el móvil del bolsillo.
—De esto.
Lo deslizó por la barra hacia mí y miré la pantalla.
Era una publicación de redes sociales. Un vídeo corto del festival de la cosecha del otro día.
La plaza llena de gente, música de fondo, niños corriendo entre los puestos… y entonces aparecíamos nosotros.
Lizzy y yo bailando entre la gente, riendo como dos idiotas mientras alguien grababa desde uno de los puestos.
Sentí un pequeño vuelco en el estómago.
—¿Y? —le quité importancia.
Lucien también apoyó los codos en la barra.
—Mira los comentarios, anda, a ver si ves algo que te llame la atención.
Deslicé el dedo por la pantalla, pero al principio no vi nada especial: gente del pueblo, bromas, corazones.
Hasta que me fijé en ese usuario sin foto ni nombre real.
«Bonita pareja», decía su comentario.
Se me tensó la mandíbula.
—¿Y esto qué tiene que ver con…?
Nial señaló la pantalla.
—Mira quién ha visto la publicación.
Abrí la lista de visualizaciones y se me aceleró el pulso al instante.
Ahí estaba; un nombre de usuario que ya había visto antes comentando publicaciones de ella.
«Nathan A».
Durante un segundo el bar desapareció a mi alrededor y solo existía la pantalla del móvil.
«Ese cabrón…».
—¿Estáis seguros? —gruñí por lo bajo.
Lucien asintió despacio.
—Muy seguros.
Levanté la vista.
—Entonces ese hijo de…
—Sí —interrumpió Nial—. Exactamente eso.
Dejé el móvil sobre la barra.
—Pero eso significa que…
Lucien terminó la frase por mí.
—Que Nate no necesita estar en Mountain Brooks para saber lo que pasa aquí. Las redes sociales se lo cuentan todo.
Sentí cómo la rabia me subía por el pecho.
¿Cuánto llevaría ese engendro del demonio vigilando a Lizzy de esta manera?
—¿Lo sabe Maverick?
—A eso íbamos, a decírselo —respondió Lucien, cogiendo el café—. Lo descubrimos anoche repasando los pasos dados. Por eso lo de las caras de sueño.
Nial levantó el otro vaso.
—Y la prisa.
Miré otra vez la pantalla del móvil.
El vídeo seguía reproduciéndose en bucle: Lizzy riendo conmigo y girando entre la gente.
Viva.
Libre.
Justo antes de que ese cabrón volviera a aparecer en nuestras vidas.
En ese momento llegó mi hermana con las bolsas del colmado.
—Ya estoy aquí, Tuck. Perdón por el retraso.
—Tranquila, Nor, no pasa nada. ¿Puedes quedarte al mando?
—Claro que sí.
—Pues voy con vosotros, chicos.
Lucien esbozó una media sonrisa.
—Tucker, no puedes…
—Por favor.
Suspiró.
—Está bien, vamos.
Apagué la cafetera, agarré mi chaqueta y salí detrás de ellos, dejando a mi hermana con cara de circunstancia al no saber qué diablos pasaba.
La oficina del sheriff , uno de los peores lugares para pasar la mañana, estaba al fondo de la calle.
Demasiados papeles, demasiadas carpetas y un ventilador viejo en el techo que giraba con un ruido irritante cada vez que completaba una vuelta fue lo que nos encontramos al cruzar el umbral de la puerta.
Para mi sorpresa —una muy grata—, Lizzy estaba sentada frente a una de las mesas laterales, con varias carpetas abiertas delante.
Había hecho una pequeña montaña con documentos y los estaba clasificando con una paciencia que yo no habría tenido ni en sueños.
No sabía si lo hacía por ayudar a su padre o por mantenerse ocupada; probablemente por ambas cosas.
Apoyé un hombro contra la pared mientras Lucien terminaba de explicarle a Maverick lo que habían encontrado; aunque mi atención estaba en ella, que estaba tan concentrada que ni se había enterado de que estaba allí.
Se inclinó hacia adelante para coger otra carpeta y un mechón de pelo se le escapó de la coleta.
Se lo apartó detrás de la oreja con un gesto automático.
No pude evitar sonreír.
—¿Qué te hace tanta gracia? —murmuró Nial a mi lado.
—Nada.
—Claro.
Lucien carraspeó.
— Sheriff … hay algo más.
Maverick levantó la vista.
—Habla.
Sacó el móvil y lo dejó sobre el escritorio.
—Hemos descubierto por qué Nate sabe lo que pasa en el pueblo.
El sonido del ventilador pareció hacerse más fuerte durante un segundo.
Lizzy levantó la cabeza de las carpetas.
—¿Cómo?
Lucien giró el móvil hacia nosotros.
—Redes sociales.
Me acerqué un paso más mientras Maverick fruncía el ceño.
—Explícate.
—El festival —dijo Nial—. Varias personas subieron vídeos y fotos a la página oficial del pueblo.
Lucien tocó la pantalla.
—Entre ellas, esta.
El vídeo empezó a reproducirse.
La plaza llena de gente, música, puestos de comida… y nosotros.
La escuché contener la respiración.
—Eso lo grabó alguien del pueblo —murmuró.
—Sí —respondió Lucien—. Y adivinad quién lo vio.
Deslizó el dedo por la pantalla.
La lista de visualizaciones apareció y mi estómago volvió a tensarse.
Nathan A.
Lizzy se quedó completamente quieta.
—No puede ser…
Sentí cómo mi mandíbula se endurecía al apretar los dientes.
—Sí puede.
Maverick soltó un juramento por lo bajo.
—¿Estáis seguros?
—Lo suficiente como para no ignorarlo —respondió Lucien.
El silencio que siguió fue pesado.
Ella seguía mirando la pantalla como si pudiera cambiar lo que estaba viendo y, cuando dejé el móvil sobre el escritorio, nuestros dedos se rozaron por accidente.
Fue un contacto breve, pero suficiente para que me mirara.
Sus ojos tenían ese brillo que aparecía cada vez que el miedo intentaba abrirse paso.
—Que mire todo lo que quiera, Liz.
Su padre me lanzó una mirada rápida, aunque no dijo nada.
Apoyé la mano sobre la mesa, muy cerca de la suya.
Soltó el aire despacio.
—Joder…
Nial cruzó los brazos.
—Internet es un arma de doble filo.
Lucien asintió.
—Si está observando, no tardará en dejar algún rastro.
Maverick se enderezó detrás del escritorio.
—Cierto. Empecemos a seguir su interacción en redes sociales y descubramos dónde cojones se oculta.
Volví a mirar a su hija, que seguía muy cerca de mí.
Si ellos no estuvieran aquí, la abrazaría y le diría que no se preocupara, que todo estaba bien y que daríamos con su paradero.
Pero ¿lo haríamos?
«Sin ninguna duda».
Lizzy
La oficina seguía llena de voces cuando sentí que me ahogaba.
Lucien hablaba con Sahale sobre rastrear la cuenta desde la que Nate había visto el vídeo, Nial estaba haciendo una llamada desde el teléfono de la mesa y mi padre se había puesto el sombrero otra vez con esa cara que siempre se le ponía cuando algo lo preocupaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Abrí la puerta y me detuve en los escalones, respirando hondo.
El aire de la mañana estaba fresco y olía a madera húmeda y a tierra, mezclado con algo más que no supe identificar.
Intenté tranquilizarme, aunque no funcionó demasiado bien.
—Liz.
La voz de Tucker llegó detrás de mí.
Cerró la puerta a su espalda y bajó los escalones con ese paso tranquilo que siempre tenía, como si nada en el mundo pudiera realmente sacarlo de su sitio.
Nos quedamos en silencio un momento, contemplando la plaza.
Algunas personas caminaban de un lado a otro con normalidad; su mundo girando igual que siempre.
—Odio esto —pronuncié al final.
—Lo sé.
—Odio pensar que ese… —apreté los labios— que Nathan puede estar observando lo que hago, con quién estoy o adónde voy.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Alguna vez desaparecerá de mi vida?
Tucker no respondió de inmediato.
Noté su mirada, llenándome de calor.
—Lizzy. Mírame.
Lo hice.
—Estás aquí con tu familia, tus amigos y conmigo.
—Siempre pareces tan seguro de todo, Tucker…
Exhaló despacio.
—Cariño, la única seguridad que tengo ahora mismo es que ese cabrón no va a volver a tocarte en su puta vida.
Sentía su presencia tan cerca, sólida y real que, por primera vez desde que había visto aquel maldito nombre en el móvil, el nudo en mi pecho empezó a aflojarse un poco.
Alcé la mano y le acaricié la mejilla.
—Lo siento —murmuré.
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
—Porque todo esto… —hice un gesto vago hacia la oficina— también te está salpicando a ti.
Soltó una pequeña risa.
—Lizzy, llevo metido en esto desde el momento en que ese cabrón decidió arruinarte la vida.
—Ya lo sé, pero…
—Pero nada. Además, no soy precisamente de los que salen corriendo cuando las cosas se complican, ya deberías saberlo.
Lo conocía de toda la vida.
Habíamos crecido en el mismo pueblo, compartido veranos, fiestas, cenas familiares… y, aun así, había algo en su forma de mirarme ahora que me hacía sentir distinta.
Más consciente de él.
De nosotros.
—Gracias —dije al final.
—No tienes que agradecerme nada.
—Sí que tengo.
Se inclinó un poco hacia mí.
—Lizzy…
El viento levantó algunos mechones de mi pelo y Tucker alargó la mano para apartármelos de la cara con un gesto casi automático, rozándome la sien un segundo.
Noté ese leve contacto hasta en el estómago.
Cerré los ojos.
Estaba tan cansada de tener miedo… tan cansada de sentir que Nathan seguía teniendo poder sobre cada decisión de mi vida, que…
—Tuck.
—¿Sí?
Abrí los ojos.
—¿Te apetece salir esta noche?
Parpadeó.
—¿Salir?
—Sí.
El calor me subió a las mejillas, pero ya había empezado y no pensaba echarme atrás.
—Una cita.
Sus cejas se alzaron.
—¿Una cita?
—Sí, Tucker. Una cita normal. De las de verdad.
Tragué saliva.
—Estoy harta de que todo en mi vida gire alrededor de esta investigación, de Nate, de lo que hizo o de lo que podría hacer. —Suspiré—. Quiero una noche en la que no tenga que pensar en nada de eso.
Se quedó observándome un momento largo.
Tan largo que empecé a preguntarme si había metido la pata.
—Liz…
—Podemos cenar en el Anny’s después de cerrar o ir a algún sitio fuera del pueblo, no lo sé —añadí deprisa—. Solo… necesito recordar que mi vida no se ha quedado congelada.
El silencio se alargó otro segundo.
Luego Tucker sonrió.
Esa sonrisa lenta que siempre hacía que algo dentro de mí se descolocara.
Se acercó un paso y bajó la voz antes de decir:
—Sí, quiero.
Sonreí nerviosa.
—¿Sí?
—Por supuesto.
Sus dedos buscaron los míos y los entrelazó con naturalidad.
—Esta noche, tú y yo, nos desmelenaremos.
El simple gesto hizo que el pecho se me llenara de algo cálido y precioso.
—Es una cita oficial, entonces.
Asintió.
Mi padre apareció en el marco de la puerta, observándonos con una expresión que mezclaba cansancio y algo parecido a… ¿aprobación?
—Aún seguís aquí.
—Ya nos íbamos —anuncié.
Se despidió, dejándonos ahí como dos tortolitos.
—Entonces esta noche —murmuré, mirando a Tucker.
—Esta noche —confirmó.
Y por primera vez en mucho tiempo, la idea del futuro no me dio miedo, sino ganas de llegar a él.