Mi lugar, contigo CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Lizzy

La risa de Travis todavía resonaba en mis oídos cuando cerré la verja de la casa de Caroline.

Llevaba media tarde jugando con él y achuchando a su hermana mientras su madre me volvía la cabeza loca con lo buena pareja que formábamos Tucker y yo.

La muy loca estaba empeñada en que solo era cuestión de tiempo que estuviéramos juntos.

«Pero si has estado a punto de casarte con Nathan…».

Recordar eso me dolía, y mucho.

—¡Vuelve mañana, tía Liz! —gritó el peque desde el porche.

Levanté la mano.

—¡Si tu madre me invita otra vez!

—¡Siempre!

Caroline apareció detrás de él con Eve en brazos.

La pequeña estaba más interesada en intentar agarrarle el pelo a su madre que en despedirse de nadie.

—Gracias por venir —dijo.

—Gracias a ti por el café y las galletas.

—Eso era un soborno para que vinieras.

—Pues ha funcionado.

Sonrió.

—Anda, vete antes de que Travis vuelva a intentar convencerte de que le enseñes a montar a caballo otra vez.

—¡Ya sé montar! —protestó el niño.

—Claro que sí, campeón.

Empecé a caminar por el camino de grava que llevaba hacia el pueblo.

La casa de Caroline quedaba a unos quince minutos andando de la calle principal de Mountain Brooks; una caminata que había hecho cientos de veces.

El aire de la tarde era suave y el sol empezaba a bajar lentamente detrás de las colinas.

Los campos estaban tranquilos, ya no hacía tanto calor y los sonidos de la propia naturaleza me relajaban.

Metí las manos en los bolsillos de la chaqueta mientras caminaba.

No pude evitar pensar en él.

En Tucker.

En su cara aquella noche en el Anny’s, en cómo me había mirado y en la conversación que habíamos tenido después.

Sonreí como una colegiala.

¿Por qué nunca antes me había dado cuenta de lo a gusto que me sentía con él?

«Porque no era el momento».

¿Y ahora sí, cuando mi vida había dado un giro total?

«Exacto. Todo pasa por algo».

«Podemos ir averiguándolo poco a poco».

Suspiré al rememorar esa frase suya.

Quizá tenía razón y no hacía falta entenderlo todo de golpe. Además…

Me vibró el teléfono en el bolsillo.

El sonido me hizo fruncir el ceño.

Lo saqué mientras seguía caminando.

La sonrisa desapareció de mi rostro en cuanto vi el nombre en la pantalla.

«Nathan».

Hacía varias semanas que había sustituido «Amor» por su nombre.

La palabra amor le quedaba demasiado grande a ese… ese…

Apreté los dientes.

Durante un segundo me quedé inmóvil en medio del camino con el estómago encogido, mirando el teléfono como si fuera algo peligroso.

Abrí el chat y el mensaje apareció en la pantalla.

Nathan : «Veo que sigues muy bien acompañada».

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda y levanté la cabeza por instinto.

El camino estaba vacío.

Los campos se extendían silenciosos a ambos lados.

El viento movía suavemente la hierba alta.

No había nadie.

Volví a mirar el móvil.

El corazón empezó a latirme más rápido porque el mensaje no era una simple provocación, sino una advertencia. Al menos a mí me lo parecía.

Y significaba que Nathan sabía todo lo que pasaba aquí en el pueblo, y con quién.

Noté el pulso en las sienes.

Guardé el teléfono en el bolsillo con un movimiento brusco y volví a mirar alrededor.

El camino seguía vacío, aunque eso no me tranquilizó.

—Respira hondo —me murmuré a mí misma.

Podía ser una coincidencia, pero el puñetero mensaje seguía resonándome en la cabeza.

«Veo que sigues muy bien acompañada».

No decía dónde ni cuándo; pero tampoco hacía falta, se sobreentendía de sobra.

Eché a andar de nuevo, esta vez un poco más deprisa.

El camino de grava crujía bajo mis pies mientras los campos se extendían a ambos lados como un mar verde y en calma.

A lo lejos se veía el campanario de la iglesia de Mountain Brooks; ya estaba cerca, a unos diez minutos.

Intenté convencerme de que todo estaba bien.

De que Nate estaba jugando conmigo desde alguna ciudad lejana y que no había forma de que supiera dónde estaba exactamente.

Entonces escuché un sonido.

Un motor.

Muy leve al principio.

Me detuve en seco.

El ruido venía de la carretera secundaria que cruzaba el camino unos metros más adelante.

Giré la cabeza y escudriñé con atención el entorno.

Un coche oscuro apareció con lentitud entre los árboles.

Supe al instante que no era del pueblo; de lo contrario, lo reconocería. Aquí todos sabíamos qué coche conducía cada vecino.

Empezaron a temblarme las manos y contuve el aliento.

El coche redujo la velocidad al acercarse al cruce.

Sentí cómo se me erizaba la piel de la nuca.

El vehículo se quedó parado un segundo, dos… como si el conductor estuviera decidiendo qué camino tomar.

Yo tampoco me moví.

El cristal delantero reflejaba el sol de la tarde, lo que me impedía ver quién iba dentro; ni siquiera si había alguien mirando hacia mí.

El silencio alrededor se volvió pesado y espeluznante. O puede que solo fueran los nervios, que me estaban jugando una mala pasada.

Entonces el coche giró lentamente hacia la carretera que llevaba al pueblo y aceleró.

El sonido del motor se fue apagando poco a poco hasta desaparecer entre los árboles.

Me quedé allí de pie unos segundos más, con el pulso acelerado y mirando el camino vacío.

Exhalé despacio.

—Te estás volviendo una paranoica, Lizzy Jackson —me regañé.

Volví a sacar el móvil y mis dedos dudaron un momento sobre la pantalla.

Solo había una persona a la que quería llamar ahora mismo.

Miré la pantalla del teléfono unos segundos más.

Y no tenía sentido pensarlo demasiado.

Pulsé el contacto.

El tono sonó una sola vez.

—Liz.

Su voz llegó al instante, grave, alerta.

—Tuck.

—¿Qué pasa?

Tragué saliva; tenía la garganta seca.

—Ha vuelto a pasar.

—¿De qué hablas, cariño?

—Me ha vuelto a escribir Nate.

Hubo un silencio muy breve al otro lado de la línea.

—¿Dónde estás?

—En el camino que sale de casa de Caroline. Voy andando hacia el pueblo.

—¿Estás sola?

—Sí.

—¿Qué decía el mensaje?

—Que me ve muy bien acompañada o algo así.

El silencio esta vez fue más largo.

—¿Qué?

—Eso mismo pensé yo.

Volví a tragar.

—Y… acabo de ver un coche que no me suena de nada. Ha pasado muy despacio por el cruce de la carretera.

El tono de Tucker cambió inmediatamente.

—¿Qué coche?

—Oscuro. No he visto quién iba dentro. El sol se reflejaba en el cristal.

Escuché el sonido de una puerta cerrándose de golpe al otro lado del teléfono.

—No te muevas.

—Tuck…

—Lizzy. —Su voz se volvió firme—. Quédate donde estás.

—El coche ya se ha ido.

—Me importa una mierda. Espérame ahí. Y ten el teléfono a mano.

—Va… le —balbucí.

Escuché el motor de la camioneta arrancar.

—Estoy saliendo ahora mismo.

—No hace falta que…

—Cinco minutos, Liz.

No añadió nada más, solo el sonido del motor acelerando.

La llamada se cortó.

Miré el camino otra vez.

El viento movía la hierba de los campos y las ramas de los árboles con suavidad.

No vi a nadie, pero la sensación de que alguien había estado observando seguía ahí, poniéndome los pelos de punta.

Los cinco minutos se hicieron largos de narices.

Entonces escuché otro motor y me tensé.

Lo reconocí antes incluso de verlo.

La camioneta de Tucker apareció levantando polvo en el camino, redujo la velocidad al acercarse y frenó a mi lado.

La puerta del copiloto se abrió inmediatamente.

—Sube.

No discutí.

En cuanto cerré la puerta, me miró de arriba abajo como si estuviera comprobando que seguía entera.

Y de pronto tiró de mí para acercarme a él y rodearme con los brazos.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí.

Sus ojos me dieron otro repaso antes de darme un beso en la frente y susurrar:

—Joder, casi me da un puto infarto.

—Estoy bien, Tuck.

Respiró hondo y se separó, poniendo la camioneta en marcha otra vez.

—Enséñame el mensaje.

Le tendí el móvil y lo leyó en silencio.

La mandíbula se le tensó.

—Ese hijo de… —No terminó la frase—. ¿Por dónde ha pasado el coche?

Se lo señalé.

—Por ese cruce.

—Vale. —Giró la camioneta hacia el pueblo—. Vamos a ver a tu padre.

Su mirada fue breve pero intensa.

—Esto ya no es una broma —advirtió.

—Nunca pensé que lo fuera.

Cuando entramos en el pueblo, no redujo la velocidad hasta llegar a la oficina de mi padre.

Frenó frente al edificio y apagó el motor.

—Vamos.

Dentro, papá levantó la vista desde el escritorio en cuanto entramos.

—¿Qué pasa?

Tucker dejó mi teléfono sobre la mesa.

—Otro mensaje de Nate.

Lo leyó en silencio y me miró.

—¿Dónde estabas cuando lo recibiste?

—En el camino que sale de casa de Caroline.

—¿Sola?

—Sí.

—¿Viste algo raro?

Asentí.

—Un coche que no reconocí pasó muy despacio por el cruce.

Nial, que estaba tecleando en el ordenador, se enderezó.

—¿Qué coche?

—Oscuro. No pude ver quién iba dentro.

Mi padre se levantó de la silla; estaba cabreado.

—Sahale.

—Ya voy.

Este cogió el teléfono.

—Voy a avisar a Lucien.

Papá volvió a mirarme.

Había tanta tensión en el ambiente que sentí el cuerpo entumecido.

—¿Cuánto hace que te lo envió?

—Unos diez minutos más o menos.

Asintió, volviéndose hacia los demás.

—No perdamos el tiempo, chicos.

El despacho se llenó de actividad en cuestión de segundos.

Sahale hablaba por teléfono.

Nial cogía las llaves del coche.

—Revisaremos esa carretera y los caminos secundarios —dijo papá—. Y quiero que alguien mire las cámaras de la carretera estatal.

Lucien apareció en la puerta pocos minutos después.

—¿Qué tenemos?

—Posible coche sospechoso —respondió Sahale—. Parte sur del pueblo.

Lucien asintió.

—Vamos.

El despacho se quedó en silencio cuando mi padre, Nial, Sahale y Lucien salieron casi al mismo tiempo.

Tucker y yo nos miramos un segundo.

—Igual solo era alguien que estaba de paso —musité sin muchas esperanzas.

Tucker no pareció convencido.

—Ojalá.

Su mano no soltó la mía mientras esperábamos alguna noticia o algo.

Apenas veinte minutos después la puerta del despacho se abrió otra vez.

Lucien fue el primero en entrar.

—Falsa alarma.

Solté el aire que llevaba reteniendo en el pecho sin darme cuenta.

—¿Qué?

Nial se quitó la gorra.

—Un tipo de Knoxville.

—¿Perdón?

—Turista —explicó Sahale—. Venía buscando un lago que sale en internet y se equivocó de carretera.

Lucien dejó escapar una pequeña risa.

—Casi se muere del susto cuando le hemos parado.

Tucker cruzó los brazos.

—¿Seguro que era solo eso?

—Seguro —respondió papá—. Hemos revisado el coche.

—¿Y las cámaras?

—Nada raro.

—Entonces… —murmuré— Nate sigue por ahí, desaparecido.

Papá asintió despacio.

—Sí.

—Pero sabe dónde estoy.

—Eso parece.

Tragué saliva.

El miedo regresó con más fuerza que antes.

Tucker se acercó tanto a mí que su calor corporal me cubrió como una manta.

—Vamos a averiguar cómo lo está haciendo, Lizzy. —Su mirada se endureció—. Juro por Dios que ese cabrón no va a volver a acercarse a ti.

Y le creí.