CAPÍTULO 22
Tucker
El camino de regreso desde Kingston estaba siendo tranquilo. En el hospital todo había ido como la seda y estaba contento con los resultados de la revisión médica.
Mi padre iba sentado en el asiento del copiloto, con los brazos cruzados y el sombrero echado hacia atrás, mirando los campos que se extendían a ambos lados de la carretera como si llevara semanas sin verlos.
Técnicamente no era mentira.
—Te dije que no hacía falta que vinieras conmigo —gruñó por quinta vez desde que salimos de la consulta.
Solté una pequeña risa.
—Y yo te dije que no iba a dejar que condujeras con la cadera recién operada.
—Estoy perfectamente.
—Sí, claro.
Lo miré de reojo.
—Por eso el médico ha dicho que nada de esfuerzos durante unas semanas, aunque te haya dado el alta. Tienes que ir poco a poco y no a lo burro, como sueles hacer siempre.
—Ese médico es un exagerado.
—Ese médico te ha vuelto a colocar la cadera en su sitio, viejo. Recuerda que los años no pasan en balde —me burlé.
Papá resopló.
—Pamplinas. Antes la gente se rompía huesos y seguía trabajando como si nada.
—Antes la gente también se moría con cuarenta años.
Giré el volante para tomar la carretera que llevaba al pueblo.
El cartel de Mountain Brooks apareció unos metros más adelante.
Mi padre lo observó en silencio.
—No hay nada como volver a casa, ¿eh, hijo?
—En eso estamos de acuerdo.
Cuando volví de aquella misión con la pierna aún hecha polvo, lo supe. Supe que no había nada como estar en casa; de hecho, mi recuperación fue completa gracias a volver a mis raíces.
Apenas habíamos cruzado el puente cuando el móvil empezó a vibrar en el compartimento central de la camioneta.
Fruncí el ceño.
No esperaba ninguna llamada.
Lo cogí y miré la pantalla.
« Sheriff Maverick».
Se me erizó el vello de la nuca al instante.
—¿Qué pasa? —inquirió mi padre al verme la cara.
—Es el sheriff .
—Pues contesta, hijo.
Activé el manos libres, deslicé el dedo por la pantalla y me llevé el teléfono a la oreja.
—Diga.
La voz grave de Maverick llegó clara al otro lado de la línea.
—Tucker.
—Señor…
—¿Estás en el pueblo?
Miré el cartel que acabábamos de dejar atrás.
—Acabamos de entrar, ¿por?
Hubo un pequeño silencio.
—Necesito que pases por mi oficina un momento.
Eso no sonaba a conversación casual, ¿verdad?
Me removí en el asiento, empezando a suponer cosas en las que ni siquiera debía pensar; pero, teniendo en cuenta todo lo que estaba pasando, era inevitable.
—¿Ha pasado algo?
—Prefiero hablarlo en persona, si no te importa. Nunca se sabe quién más nos pueda estar escuchando.
Eso era verdad; no iba a quitarle la razón.
Se me tensó ligeramente la mano sobre el volante.
—Voy para allá.
—Te espero.
La llamada se cortó.
Durante unos segundos, el único sonido dentro de la camioneta fue el motor y el traqueteo de las ruedas sobre el asfalto.
Mi padre me miró de reojo.
—Eso no ha sonado bien. Ojalá encuentren a ese malnacido pronto.
Negué despacio.
—No, no ha sonado bien. Y sí, ojalá den con su paradero de una puta vez y pague por todo el daño ocasionado.
El cartel del Anny’s apareció al fondo de la calle principal, pero no reduje la velocidad.
Giré directamente hacia la oficina del sheriff , porque cuando Maverick te llamaba así…, era que algo importante tenía que contar.
Aparqué la camioneta frente a la oficina.
El motor seguía encendido cuando mi padre se giró hacia mí.
—No tardes —gruñó—. Este asiento no está hecho para esperar.
—¿Quieres que te acerque al bar y te tomas un café mientras esperas, viejo?
—Me apetece más quedarme aquí.
—Cinco minutos.
—Eso dijiste cuando entraste en la ferretería la última vez.
—Cinco minutos de verdad.
Lo dejé solo antes de que pudiera seguir protestando.
La puerta de la oficina del sheriff estaba entreabierta y golpeé una vez con los nudillos.
—Pasa —respondió la voz de Maverick desde dentro.
Él estaba de pie junto a su escritorio revisando unos documentos. Sahale apoyaba una cadera contra la estantería con los brazos cruzados.
Ese hombre siempre había sido raro de cojones; aún recordaba el día aquel en que hice una trastada, cuando era un adolescente idiota, y me cantó las cuarenta. Me acojoné vivo.
Los dos levantaron la vista al verme.
—Tucker —saludó el primero.
— Sheriff .
Señaló una silla.
—No te entretengo mucho. Sé que tu padre está fuera esperando. ¿Todo bien en la ciudad?
—Sí, señor. Gracias.
Me senté.
—¿Qué ha pasado?
Ambos intercambiaron una breve mirada antes de hablar.
—Hemos estado moviéndonos desde el día en que Nathan le envió ese mensaje a Liz.
Fruncí el ceño.
—¿Moviéndoos?
—Lucien, Sahale y algunos voluntarios del pueblo han estado revisando todo lo que se nos ha ocurrido.
—Granjas abandonadas, carreteras secundarias, moteles de paso —añadió Sahale.
—También estaciones de servicio —continuó Maverick—. Y un par de casas vacías que tenemos registradas.
Sentí que el estómago se me tensaba.
—¿Y?
El sheriff negó despacio.
—Nada. Ni un coche sospechoso, ni movimientos raros. Ni rastro de Nate por ninguna parte.
El silencio se instaló en la habitación.
Apoyé los antebrazos en las rodillas.
—¿Estáis seguros?
Sahale soltó una pequeña risa sin humor.
—Por desgracia, en estas cosas nunca se está seguro de nada.
Su jefe suspiró.
—Lo único que sabemos con certeza es que no ha vuelto a usar ese número desde el mensaje que le envió a Lizzy.
—Genial —rezongué por lo bajo.
—Eso no significa que no esté observando —añadió Sahale.
Levanté la vista.
—¿Creéis que podría estar aquí?
Maverick se tomó un segundo antes de responder:
—No tenemos ninguna prueba. —Hizo una pausa—. Pero tampoco podemos descartarlo del todo.
Apreté los dientes, tensando la mandíbula.
Si ese hijo de mala madre estaba en algún sitio cerca de Mountain Brooks…, Lizzy sería lo primero que buscaría.
—Por eso quería hablar contigo —continuó su padre.
—¿Por?
—Porque sé que vas a estar cerca de ella.
No era una pregunta.
—Sí.
—Entonces quiero que estés atento.
—Lo estoy.
—No me refiero solo a Lizzy, Tucker, sino a todo en general. ¿Entiendes? Si él está cerca, tarde o temprano cometerá un error. Y cuando eso ocurra, lo atraparemos.
Asentí, levantándome despacio de la silla.
—Haré todo lo que esté en mi mano, señor.
Me despedí y salí de la oficina con la cabeza llena de demasiadas cosas y ninguna respuesta clara.
La puerta se cerró a mi espalda con un golpe seco.
El sol del mediodía caía sobre la calle principal de Mountain Brooks, iluminando las fachadas de madera y el cartel del colmado de Ruby al otro lado de la plaza.
Durante un segundo me quedé parado en los escalones sin saber qué hacer.
¿Por qué estaba resultando tan difícil dar con ese cabrón?
Respiré hondo.
En teoría eso debería haberme tranquilizado, pero no lo hizo.
Bajé los escalones mientras sacaba el móvil del bolsillo por pura costumbre.
No había mensajes ni llamadas.
Lo guardé otra vez.
—¿Todo bien?
La voz me pilló desprevenido y levanté la vista.
Lizzy estaba cruzando la plaza hacia mí con paso tranquilo, el pelo recogido en una coleta suelta y una bolsa de papel en una mano.
El estómago me dio un pequeño vuelco.
No había nada en ella que no me gustara.
Sonreí sin darme cuenta.
—Hola —saludó al acercarse.
—Hola.
—Acabo de ver tu camioneta.
—He llevado a mi padre a Kingston.
—¿Revisión?
—Sí.
—¿Y?
—Le han dado el alta médica.
Una sonrisa apareció en su cara.
—Eso son buenas noticias.
—Sí que lo son. Está deseando ponerse a trabajar.
Se hizo un pequeño silencio entre los dos.
Era imposible no pensar en lo que estaba pasando entre nosotros.
Lizzy jugueteó con la bolsa de papel entre los dedos.
—¿Y tú qué hacías aquí?
Miró por encima de mi hombro hacia la puerta del edificio que acababa de dejar atrás.
Durante un segundo dudé.
—Tu padre quería hablar conmigo.
Su expresión cambió un poco.
—¿Por la investigación?
Asentí.
Soltó el aire despacio y cambió el peso de un pie a otro.
—¿Hay novedades?
La pregunta quedó flotando entre ambos.
Miré sus ojos un instante y pensé en el mensaje; en la posibilidad de que él estuviera cerca.
Demasiado cerca.
—De momento no —contesté.
No era exactamente mentira, pero tampoco toda la verdad.
—No tengo claro si eso es buena señal.
—Te entiendo.
La brisa movió algunos mechones de su pelo.
Luego ella levantó la bolsa.
—Anne me ha mandado al colmado a por ingredientes para hacer pan casero.
—Me encanta el pan de Anne.
—Sí, eso nos pasa a todos.
Sonrió un poco.
Nos quedamos ahí unos segundos más, en medio de la plaza. Como si todo fuera normal y su ex no estuviera en algún lugar desconocido, acechándonos a escondidas.
—¿Te apetece caminar un poco? —propuso al final.
Señalé la camioneta.
—Tengo que llevar a mi padre a casa. Pero puedes acompañarnos si quieres.
—Tranquilo, aprovecharé para saludar al mío y regresaré a la granja; de lo contrario, Anne me matará.
Di un paso en su dirección, con ganas de tocarla.
—¿Te veré después?
—Ojalá, pero me ofrecí a ayudar a Anne y a mi madre con la cena de hoy. Las cabañas están a tope y hay huéspedes por todas partes.
La propiedad de los Brooks hacía años que había dejado de ser una granja para convertirse en un resort rural; aunque todos seguíamos refiriéndonos a ella como la granja de los Brooks, claro.
—Pues en otro momento entonces.
Le guiñé un ojo con picardía y, al rodearla para subir a la camioneta, le rocé los dedos de la mano con los míos, intencionadamente.
Sus mejillas sonrosadas fueron lo último que vi antes de ponerme en marcha.
—Te gusta la muchacha, ¿eh?
Miré a mi padre con cara de panoli.
—Eso se queda corto, viejo.
Y lo llevé a casa.
Mucho más tarde, cuando ya era noche cerrada y la campanilla tintineó con la salida del último cliente, me apoyé un momento en la barra, mirando a la nada.
Las mesas estaban recogidas, las sillas colocadas y la luz cálida de las lámparas dejaba el sitio con ese aire tranquilo que siempre tenía cuando el día terminaba.
—¿Vas a cerrar o estás esperando inspiración divina?
Levanté la vista.
Lucien estaba sentado en uno de los taburetes con una cerveza casi vacía en la mano. Nial ocupaba el de al lado.
—Estoy disfrutando del silencio —respondí.
—Mentira —dijo Nial—. Estás pensando.
—Eso también es mentira —añadió Lucien.
Resoplé.
—Sois insoportables.
—Nos pagan por ello.
Abrí la nevera de la barra y saqué más cerveza.
—La última —advertí.
—Claro —se mofó Lucien.
—Como siempre —añadió el otro.
Les dejé las botellas delante y me senté frente a ellos.
Durante unos segundos solo se escuchó el sonido del vidrio al chocar suavemente cuando brindamos.
—Bueno… —pronunció Lucien al final—. Vamos a lo importante.
Sabía de sobra lo que venía ahora.
—No.
—Sí.
—No.
Nial sonrió.
—Vamos, Tucker. El pueblo entero está deseando saberlo.
—El pueblo entero debería buscarse un puto pasatiempo.
Lucien apoyó los codos en la barra.
—¿Qué pasa entre tú y Lizzy?
Bebí un trago de cerveza.
—Nada.
Los dos me miraron en silencio.
—Nada —repitió Lucien—. Claro.
—Nada —confirmé.
—Entonces… —habló Nial con calma— ¿lo del festival fueron imaginaciones nuestras?
Lo fulminé con la mirada.
—¿No tenéis nada mejor que hacer que cotillear sobre las vidas ajenas?
—Tío… somos polis. Lo nuestro es hacer preguntas. Además, las chicas hablan, por si no lo sabes.
—¿Y qué dicen las chicas, Lucien? Ilumíname.
Soltó una carcajada.
—Díselo tú, Nial.
—Pues dicen que entre tú y Liz hay una química acojonante.
—Y que siempre la hubo —remató el primero.
Me señaló con el cuello de la cerveza.
—¿Qué sois ahora?
Me encogí de hombros.
—No lo sé, las cosas están complicadas.
—Eso es verdad, pero no será así siempre, tío. Pillaremos a ese cabrón.
—Lo sé, Nial. Y no sabes cuánto deseo que eso suceda más pronto que tarde.
—¿Entonces?
Apoyé los codos en la barra.
—Entonces nada. No es el momento de poner etiquetas. Con el tiempo descubriremos lo que hay entre nosotros.
—¿Paso a paso?
—Exacto.
Chocamos las botellas.
—Por Lizzy —dijo Nial.
Y no pude evitar sonreír.
«Estás pillado hasta las trancas».
Al parecer, lo estaba desde hacía mucho tiempo.