Mi lugar, contigo CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Tucker

No esperaba encontrar la cocina de la granja en silencio, teniendo en cuenta el barullo que había escuchado a través de la ventana entreabierta.

Mucho menos encontrar a Lizzy sola.

Durante un segundo me quedé apoyado en el marco de la puerta intentando recordar exactamente qué había venido a hacer. Algo relacionado con su padre… o con la repostería de Anne… o quizá con las dos cosas.

La verdad era que, en cuanto la vi de pie junto a la mesa, con la luz de la mañana entrando por la ventana, se me olvidó todo lo demás.

Llevaba despierto desde antes de que el viejo gallo de mi padre soltara su primer quiquiriquí. Y no podía decir que no sabía el motivo, porque estaría mintiendo como un cosaco.

Esa mujer de ahí, preciosa, valiente e increíble, era la culpable; ella y los besos que compartimos en el Anny’s anoche. No tenía muy claro de dónde habían salido las agallas para lanzarme, pero lo había hecho.

Y, a pesar de las circunstancias, no me arrepentía de ello.

En absoluto.

Inspiré hondo y saludé al fin:

—Buenos días.

Liz se giró despacio y se me aceleró el pulso.

—Buenos días.

Su voz sonó tranquila, pero sus mejillas se tiñeron de un delicioso color rosa.

No pude evitar sonreír.

—Juraría que había más gente aquí hace unos minutos.

—Había.

—¿Las chicas?

Lizzy resopló.

—Sí.

—Entonces ¿se han ido a propósito para dejarnos solos?

—Sin ninguna duda, ya sabes cómo son.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

El silencio no era incómodo, pero sí… consciente.

Apoyé la mano en el respaldo de una de las sillas.

—¿Has dormido algo?

Lizzy hizo una mueca.

—Más o menos. ¿Y tú?

—Igual —carraspeé—. ¿Te apetece dar un paseo?

Levantó la vista.

—¿Ahora?

—Sí. —Me encogí de hombros—. Necesito estirar un poco las piernas.

Sus labios se curvaron hacia arriba.

—Eso suena sospechosamente a excusa.

—Lo es.

—Vale.

Cogió la chaqueta que estaba colgada en el respaldo de la silla.

—Vamos.

Salimos por la puerta de atrás.

La mañana estaba fresca todavía. El sol empezaba a subir por encima de las colinas y el aire olía a hierba húmeda y a tierra recién removida.

A lo lejos se escuchaban algunos caballos moverse en las cuadras.

Caminamos un rato en silencio por el camino de grava que bordeaba los prados y el vallado del huerto.

Lizzy llevaba las manos en los bolsillos de la chaqueta y yo miraba al frente intentando ordenar mis pensamientos.

No había mentido cuando ayer le dije que me gustaba desde siempre; reconocerlo me había costado lo mío, para qué engañarnos. Sabía cómo me sentía yo al respecto, pero no cómo lo hacía ella.

Finalmente, me armé de valor y rompí el silencio que nos envolvía desde que salimos de la cocina.

—Sobre anoche…

Ella soltó una pequeña risa nerviosa.

—Sí… sobre anoche.

Nos detuvimos cerca de la valla del primer prado.

Un caballo levantó la cabeza al vernos y volvió a bajarla para seguir pastando.

Lizzy apoyó los brazos en la madera.

—Supongo que deberíamos hablar de eso.

—Supongo.

La observé un momento.

—¿Te arrepientes?

La pregunta salió más directa de lo que había planeado.

Se giró hacia mí con el ceño ligeramente fruncido.

—¿De besarte?

—Sí.

No respondió enseguida; solo me miró durante unos segundos.

Luego negó despacio.

—No.

Sentí cómo algo dentro del pecho se me aflojaba.

«Eso se llama alivio, colega».

—Bien —murmuré.

—¿Y tú?

La miré con intensidad.

—Llevo años queriendo hacerlo, Liz. ¿Tú qué crees?

—No lo sé. La situación es la que es y…

—No me arrepiento —la interrumpí—. Ni de coña.

El viento movió con suavidad algunos mechones de su pelo.

Miró hacia el prado.

—Todo esto es tan raro… Hace unas semanas iba a casarme con Nate. Y ahora…

Se quedó callada.

—Ahora estás paseando conmigo por la granja después de besarme anoche —terminé.

Sus labios volvieron a curvarse hacia arriba.

—Exacto.

Nos quedamos así un momento.

Mirando el prado.

Escuchando el viento.

Luego Lizzy suspiró.

—Tuck.

—¿Sí?

—No sé qué significa todo esto todavía.

Asentí.

—No hace falta que lo sepamos ahora.

—¿No?

—No.

Me apoyé también en la valla, a su lado.

—Podemos ir averiguándolo poco a poco.

Me miró entonces; sus ojos eran claros bajo la luz de la mañana.

—Contigo siempre parece fácil decir las cosas.

Sonreí.

—Eso es porque no estoy intentando complicarlas.

Nuestras manos se rozaron sobre la madera de la valla. Ninguno de los dos las apartó.

El viento movió la hierba alta del prado y otro de los caballos levantó la cabeza al escucharnos.

Durante un momento todo parecía… en calma.

Entonces el móvil de Lizzy vibró en el bolsillo de su chaqueta.

El sonido fue breve.

Frunció el ceño.

—Perdona.

Sacó el teléfono mientras yo me apartaba un poco, dándole intimidad.

Su expresión cambió en cuanto miró la pantalla.

Primero sorpresa.

Luego algo más difícil de definir.

—¿Qué pasa? —inquirí.

En lugar de responder, siguió mirando el teléfono.

—Liz.

Tragó saliva antes de girar la pantalla hacia mí.

—Es Nate.

Un escalofrío me recorrió la columna vertebral.

El mensaje era corto, intimidante:

Nathan : «¿Te divertiste mucho anoche?».

Durante un segundo ninguno de los dos habló.

El viento seguía moviendo la hierba del prado, los caballos seguían pastando… El momento que habíamos tenido hacía apenas unos segundos acababa de esfumarse.

—¿Cómo…? —murmuró Lizzy.

No terminó la frase; no hacía falta.

Los dos estábamos pensando exactamente lo mismo.

¿Cómo demonios sabía ese cabrón algo sobre anoche?

Levanté la vista hacia la granja.

—¿Cuándo lo ha enviado?

Lizzy miró la pantalla otra vez.

—Hace un minuto.

Tensé la mandíbula al instante.

—¿Te ha escrito algo más últimamente?

—No. —Volvió a mirar el mensaje—. Nada desde que desapareció.

Respiré hondo.

—No contestes.

Asintió, aunque seguía mirando la pantalla como si el teléfono pudiera darle una respuesta por sí solo.

—Tuck…

—Sí.

—Esto no puede ser una coincidencia, ¿verdad?

Negué despacio.

—No, no lo es.

Porque había algo en ese mensaje que no era casual.

Era demasiado… preciso.

Y por primera vez desde que había llegado a la granja aquella mañana…, tuve la sensación de que Nate no estaba tan lejos como todos creíamos.

Los dos volvimos a mirar la pantalla.

El puto mensaje seguía ahí: frío, breve.

De repente guardó el móvil en el bolsillo con un gesto brusco.

—Tenemos que enseñárselo a mi padre.

—Estaba pensando justo en eso mismo. ¿Está en casa?

—Sí, en el despacho.

—Vamos.

Nos apartamos de la valla casi al mismo tiempo; el paseo había terminado.

Cruzamos el prado a paso rápido hacia la casa.

El silencio entre nosotros estaba lleno de preguntas y ninguna respuesta.

Cuando entramos en la cocina, nos cruzamos con su madre en el vestíbulo.

—¿Todo bien?

Lizzy negó ligeramente con la cabeza.

—Papá sigue en el despacho, ¿no?

—Sí.

No hizo falta decir nada más.

Cruzamos el pasillo y Lizzy llamó una vez antes de abrir la puerta.

Su padre, Nial y Sahale estaban dentro.

Los tres levantaron la vista al vernos entrar.

—¿Ha pasado algo? —preguntó el sheriff de inmediato.

Su hija sacó el móvil del bolsillo de la chaqueta y se acercó al escritorio para dejarlo frente a él.

—Me acaba de escribir Nate.

El silencio cayó como un peso muerto en la habitación.

Nial se enderezó.

—¿Qué?

—Sí.

Maverick cogió el teléfono y leyó el mensaje.

Su expresión cambió apenas un milímetro.

—¿Cuándo lo recibiste?

—Hace unos minutos.

—¿Le has respondido?

—No.

—Bien.

Nial se acercó para mirar también la pantalla.

—«¿Te divertiste anoche?». —leyó en voz baja.

Levantó la vista.

—Eso no es casual.

—No —respondió Sahale—. Además, envió el mensaje desde su número personal. El que había desactivado cuando desapareció.

—Este tío es gilipollas.

Mi mirada se cruzó con la de Lizzy.

Ninguno de los dos habíamos reparado en ese hecho.

Su padre dejó el teléfono sobre la mesa y habló despacio, marcando cada palabra.

—Esto puede significar dos cosas.

—¿Cuáles? —preguntó Lizzy.

La miró con gravedad.

—O alguien le está contando lo que pasa aquí… —hizo una breve pausa— …o Nate está más cerca de lo que creemos.

Ninguno dijimos nada.

Y de pronto el beso de la noche anterior parecía haber ocurrido en otra vida.

Permanecimos allí dentro algunos minutos más, sin saber qué hacer ni qué decir; al menos por mi parte.

Fue su padre el que nos pidió que saliéramos del despacho y los dejáramos trabajar en ello.

La puerta se cerró a nuestra espalda con un clic seco que pareció resonar demasiado en el pasillo de la casa.

El mensaje seguía flotando en el aire como una nube negra.

Lizzy caminó hasta la cocina sin mirarme, se apoyó en la encimera y soltó el aire de golpe.

—Joder.

No la había oído hablar así muchas veces.

—Sí —respondí.

Se pasó una mano por el pelo.

—Pensaba que estaba lejos.

—Puede que lo esté.

—Entonces ¿cómo sabía lo de anoche?

No tuve respuesta.

Y se giró hacia mí.

Sus ojos ya no estaban tranquilos como en el prado hacía unos minutos; ahora había rabia.

—Ese cabrón está jugando conmigo, Tuck. Quiere asustarme, desestabilizarme.

Sentí que algo dentro del pecho se me tensaba.

—No permitas que lo consiga, Liz. No le des el gusto, maldita sea.

Se cruzó de brazos.

—No lo haré.

—Dejemos que juegue con nosotros todo lo que quiera.

Frunció el ceño.

—¿«Con nosotros»?

—Sí.

Di un paso hacia ella.

—Porque si está intentando asustarte…, yo estaré aquí para protegerte.

Lizzy abrió la boca para responder, pero no dijo nada.

Respiró hondo.

—No quiero que te involucres en esto más de lo que ya estás.

Solté una pequeña risa sin humor.

—Llegas un poco tarde para eso.

—Tuck…

—Liz.

Me acerqué otro paso más.

—Ese tipo te ha estado manipulando durante meses. Ha hecho cosas que ni siquiera soy capaz de repetir sin querer romperle la cara.

Su mirada bajó un instante.

—Y ahora aparece con un mensaje estúpido como si fuera una broma…

Apoyé las manos en la encimera a cada lado de ella.

No la estaba tocando, aunque estaba muy cerca de hacerlo; las puntas de los dedos me cosquilleaban de las ganas.

—No voy a quedarme al margen, Liz. Y no puedes pedirme que lo haga.

El silencio entre nosotros se tensó.

Levantó la vista poco a poco.

—No tienes que protegerme, Tucker; de eso ya se encarga mi padre.

—No, no tengo que protegerte, pero quiero hacerlo. Lo necesito.

Sus ojos se suavizaron un poco.

—Eso no es justo para ti.

—Liz… Llevo años queriendo estar a tu lado, joder.

Su respiración se volvió un poco irregular.

—No empieces con eso otra vez.

—¿Por qué?

—Porque todo es un caos ahora mismo.

—Siempre lo ha sido.

—Tuck…

—Escúchame.

Apoyé la frente contra la suya durante un segundo.

—Nada de lo que ha hecho Nate cambia lo que siento por ti.

Cerró los ojos.

—Eso no es lo que me preocupa.

—¿Entonces qué es?

Los abrió otra vez.

—Que te pase algo por mi culpa, Tuck. Que pueda hacerte daño.

Algo dentro de mí se aflojó al escuchar eso.

—Lizzy Jackson… Si crees que un mensaje de ese idiota va a hacer que me aleje de ti…, no me conoces tan bien como pensaba.

Sus labios temblaron.

—Eso es lo que me preocupa.

Levanté la mano y acaricié sus mejillas con adoración.

—No vas a pasar por esto sola, Liz. Ni de puta coña.

Esta vez no dudé.

Y la besé.

Este beso fue distinto al de la noche anterior.

Más firme, decidido; como una promesa.

Cuando nos separamos, Lizzy apoyó la frente contra mi pecho.

—Esto se está complicando demasiado —murmuró.

—Puede.

—Mucho.

—Puede —repetí.

La abracé.

—Pero no estamos solos.

Y mientras ella seguía apoyada contra mí, supe una cosa con absoluta claridad: pasara lo que pasara con Nate…, yo no pensaba soltarla ni alejarme.

Antes muerto que dar un paso atrás.