CAPÍTULO 20
Lizzy
Desperté antes de que el cielo empezara a clarear.
Durante unos segundos me quedé mirando el techo de mi habitación sin moverme, con esa sensación extraña de no saber muy bien dónde estaba ni por qué me había despertado tan pronto.
El festival había sido todo un éxito y nos lo habíamos pasado muy bien, todo había que decirlo.
La casa aún estaba en silencio. Desde la ventana abierta entraba el canto lejano de algún gallo tan madrugador como yo.
Cerré los ojos.
Y entonces lo recordé.
El bar, la luz de la farola entrando por las ventanas, la mano de Tucker rozándome la mejilla y el beso.
Abrí los ojos de golpe.
¡Ay, Dios, el beso!
«Los besos, querrás decir».
—Madre mía… —murmuré para mí misma.
Me llevé una mano a la cara, notando cómo el calor me subía por las mejillas solo de pensarlo.
No había sido un sueño, había pasado de verdad.
Tucker me había besado.
Y yo le había devuelto el beso.
Más de una vez.
Me incorporé en la cama apoyándome en los codos y dejé escapar un suspiro largo.
Si alguien me hubiera dicho hace varias semanas que iba a estar sentada en mi habitación pensando en el beso que le había dado a Tucker Jones…, probablemente le habría dicho que estaba loco. Pero mi vida también era otra entonces: estaba prometida y a un paso del altar.
Por aquel entonces aún pensaba que conocía al hombre con el que iba a casarme.
Entonces todavía no sabía que Nate había convertido mi intimidad en un espectáculo para desconocidos.
El recuerdo me revolvió el estómago.
Respiré hondo.
«Nunca se debe dar nada por sentado».
Ya, lo estaba viviendo en mis propias carnes, gracias.
No, hoy no iba a dejar que ese pensamiento arruinara lo que había pasado anoche, porque, por primera vez en semanas…, no me sentía rota. Al contrario; me sentía… ligera.
Apoyé la espalda contra el cabecero y miré hacia la ventana.
El sol empezaba a asomar entre las montañas que rodeaban Mountain Brooks, tiñendo de naranja los prados.
Y en medio de todo eso apareció otra vez la imagen de Tucker.
Su voz baja en el Anny’s:
«Llevo intentando no hacer esto desde hace mucho tiempo».
Tragué saliva.
Lo había dicho con tanta calma que tardé unos segundos en comprender lo que significaba: había estado sintiendo eso durante años y yo… no había visto nada.
Me dejé caer otra vez sobre la almohada.
—Genial, Lizzy —rezongué al techo—. Muy observadora por tu parte.
Pero cuando recordé su cara después del beso…, no pude evitar sonreír.
Había algo tan sincero en su manera de mirarme que me desarmaba por completo.
Nada que ver con la forma en que Nate solía hacerlo cuando quería convencerme de algo.
Tucker no parecía estar intentando convencerme de nada.
Solo… estaba ahí.
Respiré hondo.
—¿Y ahora qué?
Justo cuando estaba a punto de levantarme, alguien llamó a la puerta.
—Lizzy, cariño —escuché la voz de mi madre al otro lado—. ¿Estás despierta?
—Sí.
La puerta se abrió un poco.
—Tu padre ya está en el despacho con Nial y Sahale. Acaban de recibir noticias de Nashville.
El corazón me dio un pequeño vuelco y la calma de hace un momento se disipó al instante.
—¿Noticias?
Asintió despacio.
—No puedo decirte más, lo siento.
Ahí estaba, la realidad regresando con fuerza.
Cuando poco después bajé al despacho de mi padre, la puerta estaba entreabierta.
Las voces de dentro se apagaron en cuanto me vieron aparecer.
Mi padre estaba detrás del escritorio. Nial apoyaba una cadera en la mesa y Sahale revisaba algo en su móvil.
—Buenos días —saludé.
—Buenos días, cariño —respondió papá.
Me señaló la silla frente a él.
—Siéntate.
Cerré la puerta a mi espalda y obedecí.
El silencio espeso que siempre impregnaba el aire cuando hablaban de trabajo llenó la habitación.
—¿Ha pasado algo? —pregunté.
Nial intercambió una mirada con mi padre antes de responder.
—No exactamente.
—Entonces…
Sahale levantó la vista del teléfono.
—El equipo de Nashville terminó el registro.
Asentí.
No era la primera vez que hablábamos de esto.
Papá entrelazó las manos sobre la mesa.
—Ahora mismo están revisando todo el material que encontraron.
—¿Y?
—Va a llevar tiempo.
Solté el aire despacio.
—Claro, ya me lo imaginaba.
Nial habló entonces.
—Pero hay otra cosa que queremos comentarte.
—¿Qué?
—PrivateStream.
Sentí un pequeño nudo en el estómago.
—¿Qué pasa con esa maldita página?
Sahale respondió con calma.
—La empresa está colaborando.
Eso sí que no me lo esperaba.
—¿En serio?
Mi padre asintió.
—Han entregado al TBI los datos de la cuenta desde la que se subía el contenido.
El corazón me dio un pequeño salto.
—¿Y?
—IP, accesos, movimientos de dinero… todo.
Me quedé en silencio unos segundos.
—Entonces… —murmuré— ya saben que era Nate.
—Lo saben desde hace días —comentó Nial.
—Entonces ¿qué falta?
Mi padre se inclinó un poco hacia delante.
—Encontrarlo.
La palabra quedó flotando en el despacho como un fantasma.
Sentí cómo el peso de esa realidad volvía a caerme sobre los hombros.
—¿Creéis que está todavía en Tennessee?
Sahale se encogió de hombros.
—Es difícil saberlo.
Apoyé los codos en las rodillas.
—Genial.
Mi padre me observó en silencio un momento.
—Lizzy.
Levanté la vista.
—¿Sí?
—Esto puede alargarse durante meses.
—Lo sé.
—No podemos perder la calma, cariño.
Respiré hondo.
—Eso también lo sé.
Nial sonrió un poco para relajar el ambiente.
—El pueblo entero está contigo, Liz.
Sahale asintió.
—Eso incluye a unos cuantos tipos bastante cabezotas.
No hizo falta preguntar a quién se refería.
Mi padre resopló con una media sonrisa.
—Demasiados, diría yo.
Me levanté de la silla.
—Entonces supongo que ahora toca esperar.
—Y seguir con tu vida —añadió él.
Asentí.
Seguir con mi vida…
«Quizá eso es lo que estás empezando a hacer».
Exhalé despacio y me despedí de ellos, dejándolos enfrascados en sus cosas.
Recorrí el pasillo y salí a la calle.
No había terminado de cruzar el patio cuando escuché el motor de un coche acercándose por el camino de grava.
Me giré.
El viejo todoterreno de Caroline apareció entre los árboles levantando una pequeña nube de polvo.
—No puede ser… —murmuré.
El coche se detuvo delante de la casa y, antes incluso de que el motor se apagara del todo, la puerta del copiloto se abrió.
Travis saltó al suelo como si lo hubieran disparado desde dentro.
—¡Lizzy!
—¡Eh, campeón!
Corrí hacia él justo a tiempo de atraparlo cuando se lanzó contra mí.
—Mamá dijo que veníamos a verte —anunció con toda la seriedad del mundo.
—Eso parece.
Detrás de él apareció Caroline con Eve en brazos.
La bebé estaba medio dormida, con la cabeza apoyada en el hombro de su madre y un pequeño mechón de pelo pegado a la frente.
—Buenos días —dijo Caroline.
—Buenos días a ti también, madrugadora.
—Traemos refuerzos —añadió levantando ligeramente a Eve.
—Y energía caótica —la secundé mirando a Travis.
—¡Oye!
—Es verdad y lo sabes.
Ruby salió del lado del conductor en ese momento.
—¿Ves? Te dije que ya estaba levantada.
—Os estoy escuchando —les advertí.
—Esa era la idea.
Travis ya había soltado mi mano y corría hacia el establo.
—¡Voy a ver a los caballos!
—¡No te metas en los boxes sin que haya un adulto! —le gritó Carol.
—¡Vale!
Las tres nos quedamos mirando cómo desaparecía por la esquina del establo.
Ambas me observaron con una calma sospechosa.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada —dijo Caroline.
—Absolutamente nada —agregó Ruby.
—Ajá.
Las conocía demasiado bien como para no saber que se morían por hacer preguntas.
—Solo hemos venido a verte —continuó Caroline.
Sí, claro. Porque no tenían nada mejor que hacer un domingo por la mañana que venir a verme a mí.
—Y traemos café —remató Ruby.
Levantó una bolsa de papel que hasta ese momento no había visto.
—Vale, eso sí que es un buen argumento —admití.
Entramos en la cocina de la granja.
Mi madre estaba junto al fregadero y levantó la vista cuando nos vio aparecer.
—Buenos días, chicas.
—¿Dónde está Anne, mamá?
—Jack vino con Annabel a recogerla. Las llevaba a la iglesia y luego a pasar el día con él y Charlotte.
Ruby asintió.
—Sí, ayer los escuché hablando de ir a comer a la ciudad.
—¿Qué tal vosotras?
Ruby dejó el café sobre la mesa.
—Bien, solo hemos venido a desayunar con nuestra querida amiga.
Mi madre entrecerró los ojos.
—¿Me he perdido algo?
Caroline acomodó a Eve en su cuello, que abrió los ojos y parpadeó despacio, todavía medio dormida.
—Buenos días, preciosa —le susurré.
—¿Ninguna va a responderme? —insistió mamá.
—Eh… no, no te has perdido nada, ¿verdad, chicas? —contesté.
—Nada de nada.
—¿Lo ves?
—Lizzy Jackson, no te parí, pero te conozco como si lo hubiera hecho. Algo me ocultáis y lo sabes.
—Mamá… —protesté.
Alzó las manos.
—Está bien, lo dejo estar. ¿Os apetecen unas galletas que Anne horneó ayer?
—Eso ni se pregunta —soltó Ruby, sirviendo el café.
Nos sentamos alrededor de la mesa. Mamá dejó las galletas en medio y salió de la cocina guiñándome un ojo.
«A Arizona Graham nunca, jamás, se le pasa nada por alto».
Ya, claro que no.
—Bueno… —empezó Carol—. Ya han pasado doce horas.
—¿Qué?
Volvió a mirarme.
—Vale, lo pregunto directamente. —Apoyó los codos sobre la mesa—. ¿Cómo fue?
Suspiré, resignada.
—Sabía que esto iba a pasar.
Ruby intentó parecer más seria.
—Solo queremos saber cómo estás.
—Y si besa tan bien como parece —añadió Caroline.
—¡Carol!
—¿Qué?
—Hay un niño en el establo.
—Precisamente por eso lo pregunto ahora.
Me llevé una mano a la frente.
—Estáis fatal.
—Sí —respondieron las dos al mismo tiempo.
Las miré y, de repente, sonreí de oreja a oreja.
—Fue… bonito.
El silencio que siguió duró apenas un segundo.
Después Caroline dejó escapar un chillido ahogado.
—¡Lo sabía!
Ruby sonrió.
—Me alegro por ti.
Me encogí de hombros.
—No sabemos qué va a pasar ahora.
—Eso es lo de menos —dijo con calma.
Caroline asintió.
—Lo importante es que ya ha pasado. —Apoyó la barbilla en la mano y me miró con una sonrisa maliciosa—. Y ahora empieza lo divertido.
No pude evitar reírme.
De pronto, el ruido de una camioneta acercándose por el camino de grava nos hizo levantar la cabeza casi al mismo tiempo.
Sentí cómo el estómago me daba un pequeño vuelco al reconocerla.
Caroline me miró con una sonrisa lenta.
—Vaya, vaya.
—No empieces.
Cuando me di cuenta, las dos se estaban poniendo en pie.
—¿Qué hacéis?
—Dejaros solos.
—No es… necesario… de verdad —balbucí.
—Por supuesto que lo es, cielo.
—Por favor, Ruby…
Caroline me miró con esa expresión suya que siempre significaba que estaba disfrutando demasiado de la situación.
—Te estamos haciendo un favor.
—No os he pedido ningún favor.
Travis apareció corriendo por la puerta trasera.
Su madre le cogió de la mano y Ruby recogió los vasos de café.
En cuestión de escasos minutos, volví a quedarme sola en la cocina.
¿Por qué me temblaban las manos?
«Si solo fueran las manos…».
Respiré hondo y me preparé para recibir el impacto de volver a verlo.
No sirvió de nada.