CAPÍTULO 19
Tucker
No sé qué se me había pasado por la cabeza para cruzar la plaza y sacar a Lizzy a bailar. Yo no era un hombre de impulsos y, sin embargo, aquí estaba, dejándome llevar por uno.
Ojo, que no me arrepentía. Todo lo contrario.
La música seguía sonando cuando Ruby apareció a nuestro lado con cara de tragedia y anunció:
—Tenemos un problema.
Lizzy dejó de mirarme.
—¿Qué has roto ahora?
—Nada. Peor.
—¿Qué?
—Se ha acabado el hielo en el puesto de las bebidas.
—No me digas eso.
Ruby señaló hacia el puesto en cuestión.
—Si no conseguimos más en diez minutos, las bebidas sabrán a sopa.
—Genial, lo que nos faltaba. Mi madre me matará.
—No es para tanto —dije—. Yo tengo de sobra en el bar.
—¿Seguro que no te importa…?
—No seas tonta —interrumpí—. ¿Por qué iba a importarme?
Su amiga —nuestra amiga, en realidad— sonrió con una lentitud sospechosa.
—Pues ya está. Problema resuelto. Podéis ir los dos a por más.
Lizzy entrecerró los ojos.
—¿Nosotros?
—Sí, los dos. La gente está sedienta, así que traed bastante.
Y tenía razón, el condenado puesto estaba lleno de gente esperando bebidas.
—Vale, pues habrá que ir. ¿Seguro que no te importa, Tuck?
Sonreí.
—Rescate de hielo en marcha… Anda, vamos.
Cruzamos la plaza mientras la música y las risas seguían flotando en el aire. A cada paso, el ruido del festival quedaba un poco más atrás.
Cuando llegamos al bar, saqué las llaves del bolsillo.
El bar estaba en silencio, oscuro.
Muy distinto al bullicio que solía tener por la noche.
Encendí las luces.
—Bienvenida al Anny’s en modo fantasma —bromeé.
—Da un poco de respeto.
—Nah, pero solo un poco.
Cerré la puerta detrás de nosotros.
Se escuchaba la música lejana del festival entrando por las ventanas.
—El congelador está atrás —señalé.
Me siguió hasta la cocina.
Abrí el gran congelador industrial y una nube de frío escapó al instante.
—Aquí está.
Saqué dos bolsas grandes de hielo.
—¿Crees que bastará con esto?
Encogió los hombros.
—Llevamos una más por si acaso.
—Podemos volver en caso de necesidad.
Se acercó a ayudarme.
En el momento en que estiró la mano para coger una bolsa, nuestras manos chocaron.
El frío del hielo contrastaba con el calor de su piel.
—Liz…
Mi voz fue más baja, cercana y ronca.
—¿Sí?
Me miró como si estuviera pensando algo muy seriamente, debatiéndose entre decirlo o no.
—El otro día —empecé.
—¿Cuál de todos?
Sus dedos se cerraron un poco más sobre la bolsa de hielo que sosteníamos los dos.
Tragué saliva.
—Nada, da igual.
—Tuck…
El aire entre nosotros se volvió… ¿expectante?
«Son imaginaciones tuyas. Déjalo».
Durante un segundo pensé en acercarme más.
No lo hice.
—Deberíamos volver antes de que piensen que nos hemos fugado —murmuró.
—Seguro que ya lo están pensando.
—Probablemente.
Cogí una bolsa de hielo y ella la otra.
Pero antes de salir de la cocina, me detuve un segundo.
—Liz.
—¿Sí?
Sonreí de medio lado.
—Me alegro de que estés aquí, a pesar de las circunstancias.
Se pasó la lengua por el labio inferior, alterándome un poco.
—Yo también.
«Joder».
Y salimos del bar.
La música del festival seguía resonando detrás de nosotros cuando cruzamos la plaza con las bolsas de hielo.
La gente bailaba frente al escenario, las luces colgadas entre los árboles se balanceaban con el viento y alguien gritó mi nombre desde uno de los puestos.
Levanté la mano a modo de saludo, pero no me detuve.
—Creo que hemos salvado el puesto de bebidas del desastre —dijo Lizzy.
—Las heroínas del hielo.
—No exageres.
Dejamos las bolsas en el puesto y Ruby y Caroline, que estaban con sus respectivas parejas, nos miraron con una mezcla muy poco discreta de curiosidad y satisfacción.
—Habéis tardado lo vuestro, ¿no? —comentó la segunda.
—Había hielo enterrado bajo el Ártico —contesté.
—Claro.
Rob nos quitó las bolsas de las manos.
—Gracias, nos habéis salvado la vida.
Sonreí.
—De nada, hombre.
—Hale, ya podéis seguir divirtiéndoos.
Miré a Caroline con el ceño fruncido.
—Tus amigas son peligrosas —dije.
Lizzy puso los ojos en blanco.
—Qué me vas a contar.
—¡Eh! —protestaron ellas.
Solté una carcajada y observé a mi alrededor.
La plaza estaba más llena ahora y el festival en su mejor momento.
De repente algo hizo clic en mi cabeza.
—Joder —mascullé.
Lizzy me miró.
—¿Qué pasa?
—La luz.
—¿Qué luz?
Señalé hacia el Anny’s.
—La de la cocina. Creo que la dejé encendida.
—¿Seguro?
—Bastante.
—¿Quieres que vuelva contigo?
La miré un segundo.
—No tienes que hacerlo.
Se encogió de hombros.
—Quiero hacerlo.
Y, bajo la atenta mirada de nuestros amigos, dimos media vuelta sin decir ni mu.
A cada paso, el ruido del festival se convirtió en murmullos.
Cuando llegamos al bar, las luces de la calle iluminaban apenas la fachada.
Metí la llave en la cerradura.
—Si está apagada, me debes una cerveza —dijo Lizzy.
—Trato hecho.
Abrí la puerta.
El interior del bar estaba casi oscuro.
Solo entraba la luz anaranjada de la farola de la calle a través de las ventanas.
—Mira —habló en voz baja.
Señaló hacia la cocina.
La luz seguía encendida.
—Ahora me la debes tú a mí —murmuré.
—Hecho.
Entré y apagué el interruptor, dejando el bar sumido en una penumbra suave.
Durante unos segundos ninguno habló.
Desde fuera llegaba amortiguado el eco de la música y las risas del festival.
Lizzy estaba de pie junto a la barra.
La luz de la calle dibujaba su silueta.
Llevaba un vestido azul con florecillas blancas que le quedaba precioso; tenía las mejillas sonrosadas y le brillaban los ojos.
Y entonces me di cuenta de que llevaba años intentando ignorar lo que sentía por ella.
Se me secó la garganta.
—Tuck…
Su voz me sacó del descubrimiento del día.
—¿Sí?
Dio un paso hacia mí.
—¿En qué estás pensando?
Solté una pequeña risa.
—No quieres saberlo.
—Sí que quiero.
La miré.
Y supe que, si no hacía algo en ese momento, probablemente no lo haría nunca.
Acorté la distancia entre nosotros.
—Llevo intentando no hacer esto desde hace mucho tiempo —murmuré.
Sus ojos no se apartaron de los míos.
—¿El qué?
No respondí.
Simplemente levanté la mano y le acaricié la mejilla.
Su respiración cambió.
La mía también.
—Tuck…
Esta vez no me detuve y la besé.
No fue un beso impulsivo ni torpe, sino lento; de los que se cuecen despacio y se disfrutan sin prisa. Como si ambos lleváramos demasiado tiempo esperando ese momento.
Sentí cómo sus dedos se aferraban a mi camiseta.
Y, cuando respondió al beso, algo dentro de mí terminó de encajar.
Ahí fuera todo seguía igual; no obstante, aquí dentro, iluminados solo por la luz de la calle, el tiempo se había detenido.
No sé cuánto tiempo estuvimos así, con los labios enredados y las lenguas danzando. Puede que solo unos segundos o quizá más, pero cuando el beso se rompió, ninguno de los dos se apartó del todo.
Sus manos aún me agarraban de la camiseta, como si soltarla de golpe pudiera hacer que todo aquello desapareciera.
Su respiración era irregular.
La mía tampoco estaba mucho mejor.
—Vaya… —murmuró.
No pude evitar sonreír.
—Sí, vaya…
Bajó la mirada un instante.
—No estaba en mis planes que esto pasara hoy.
—Créeme —respondí—, en los míos tampoco.
Eso la hizo reír por lo bajo.
—Tuck…
Su voz salió más suave.
—¿Sí?
—Esto… complica las cosas.
Asentí despacio.
—Lo sé.
Porque era cierto, las complicaba.
El caso de Nate, la investigación y todo lo que había pasado en las últimas semanas.
Y, aun así…
—Pero también las aclara —añadí.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—¿Cómo?
Me pasé una mano por la nuca.
—Porque llevo años intentando convencerme de que lo que siento por ti solo eran imaginaciones mías.
El silencio se instaló entre nosotros.
Lizzy me observaba con atención.
—Y ahora… —continué— ya no puedo seguir fingiendo que no está ahí, que no es real.
Relajó un poco los dedos sobre mi camiseta.
—¿Desde cuándo?
La pregunta salió casi en un susurro.
Solté una pequeña risa nerviosa.
—¿Quieres la verdad?
—Siempre, Tuck.
La miré un segundo antes de responder.
—Desde que te vi de la mano con el señor Brooks, hace muchos años. Pero yo era un adolescente complicado, y tú la niña buena del pueblo e hija del sheriff , nada menos. Luego me alisté, pasaron los años y…, bueno, ¿qué puedo decirte?
Sus ojos se abrieron como platos.
—Tucker…
—Pero tú estabas con Nate e ibas a casarte con él.
No lo dije con reproche, sino como un hecho.
—Y yo… —me encogí de hombros— decidí que lo mejor era quedarme en mi sitio, ya sabes.
—Como mi amigo.
—Exacto.
Durante un momento solo se escuchó el eco lejano del festival.
Luego Lizzy suspiró.
—No sabía nada de eso.
—Ya, yo traté de ignorarlo hasta que me convencí de que eran imaginaciones mías.
Se quedó pensativa unos segundos.
—Hace unas semanas mi vida era otra muy distinta.
—Lo sé, Liz.
—Y ahora…
Se quedó en silencio de nuevo.
—Ahora me estás mirando como si quisieras volver a besarme —terminé por ella.
Sus mejillas se sonrojaron ligeramente.
—¿Y si es así?
Me acerqué un poco más.
—Entonces creo que deberíamos hacerlo.
Esta vez fue ella quien acortó la distancia.
El segundo beso fue distinto.
Más seguro, más consciente.
Como si ambos hubiéramos decidido dejar de luchar contra algo que llevaba demasiado tiempo esperando a salir a la superficie.
Cuando nos separamos de nuevo, Lizzy apoyó la frente contra mi pecho durante un instante.
—Caroline nos va a matar si tardamos mucho más —murmuró.
—Caroline ya cree que estamos haciendo cosas peores.
Eso la hizo reír.
—Probablemente.
Nos separamos.
—Tuck —dijo antes de abrir la puerta.
—¿Sí?
—Gracias por estar ahí.
La miré.
—Siempre.
Salimos del bar.
Cuando regresamos a la plaza, el festival estaba en pleno apogeo.
La música sonaba más fuerte, la gente llenaba cada rincón y las luces colgadas entre los árboles empezaban a brillar con más intensidad ahora que ya era noche cerrada.
Todo seguía igual, pero para nosotros algo había cambiado.
Caminábamos uno al lado del otro, sin tocarnos.
Pero demasiado cerca.
—Compórtate normal —sugirió Liz.
La miré de reojo.
—Estoy siendo normal.
—No, ni de coña.
—¿Qué estoy haciendo, listilla?
—Esa sonrisa.
—¿Qué sonrisa?
—Esa.
—No puedo evitarlo.
Negó con la cabeza, aunque no parecía realmente molesta.
—Caroline nos va a leer la cara en tres segundos.
—¿Tres?
—Dos.
Llegamos al puesto.
Ruby estaba recogiendo tarros mientras Caroline hablaba con un cliente. En cuanto nos vio, se quedó completamente quieta.
El cliente seguía hablando, pero ella ya no escuchaba una palabra.
Nos miraba.
Primero a mí y luego a Lizzy.
Y de nuevo otra vez a mí.
Sus ojos se entrecerraron lentamente.
—Oh, Dios mío… —exclamó.
«Mierda».
Ruby levantó la vista.
—¿Qué?
Caroline señaló discretamente con la barbilla.
—Eso.
No hizo falta más para que también le cambiara la expresión de la cara.
—Madre mía…
Lizzy se detuvo.
—¿Qué?
Caroline apoyó ambas manos sobre la mesa del puesto.
—¿Queréis explicarlo vosotros o lo hago yo?
—¿Explicar qué? —preguntó Lizzy con demasiada rapidez.
Su amiga soltó una carcajada.
—Por favor, ¿vas a negar lo evidente, petarda?
—No sé de qué estás hablando.
—Claro que no, mentirosa.
Ruby se llevó una mano a la boca intentando no reírse.
—Carol…
—No, no, déjame disfrutar de este momento.
Nos miró de arriba abajo.
—Mírala, tiene el pelo despeinado.
Lizzy se llevó la mano a la cabeza.
—¿Qué?
—Y Tucker tiene cara de haber ganado la lotería.
Me crucé de brazos.
—No tengo cara de nada.
—¿Ves, Ruby? Otro mentiroso. Dios los cría y ellos se juntan.
—Estáis como cabras —refunfuñé.
—Lo que tú digas.
Para nuestra desgracia, los chicos se acercaron a ver qué pasaba.
—¿Qué nos hemos perdido? —curioseó Lucien.
Su mujer señaló hacia nosotros.
—Historia de amor en proceso.
Lucien se atragantó con la cerveza, nos miró a ambos y asintió.
Nial no tardó en imitarlo.
Lizzy se llevó una mano a la cara.
—Quiero desaparecer.
Caroline levantó el vaso de refresco que Ruby le había pasado.
—Demasiado tarde.
Lo alzó en nuestra dirección.
—Por el peor secreto guardado de Mountain Brooks.
Ruby chocó su vaso con el de ella.
—Por fin.
Aunque Lizzy intentó mantener la compostura…, no pudo evitar sonreír.
Y eso me dio esperanzas.