Mi lugar, contigo CAPÍTULO 18
40%

CAPÍTULO 18

Lizzy

Cada año pasaba lo mismo: el Festival de la Cosecha empezaba antes incluso de que el sol terminara de subir por encima de las montañas.

A esas horas ya había movimiento en la plaza: puestos terminando de colocarse, cajas que iban y venían y el murmullo constante de voces mezclándose con el tintinear de las primeras tazas.

Caminé entre las estructuras de madera sintiendo esa mezcla extraña de nervios y emoción que siempre traía consigo ese día.

Betsy, la enfermera del pueblo y gran amiga de mi madre, me saludó antes de poder llegar hasta mis amigas.

—¿Cómo estás, corazón?

Encogí un poco los hombros.

—Bien. Unos días mejor que otros.

Su abrazo me hizo sentir paz.

—Cualquier cosa que necesites, ya sabes dónde encontrarnos.

—Gracias, Bets.

Me despedí y seguí mi camino.

Ruby y Caroline estaban en su puesto cuando llegué.

La primera colocaba frascos de encurtidos sobre la mesa con la precisión de quien llevaba años haciéndolo, mientras la segunda peleaba con una guirnalda de hojas secas que parecía empeñada en enredarse en todo menos donde debía.

—Buenos días —saludé.

Caroline levantó la vista.

—Por fin se deja ver la desaparecida.

—He estado ocupada.

—Ajá.

Ruby me miró con una media sonrisa que dejaba claro que no se creía ni una palabra.

—¿En qué exactamente? —preguntó Carol.

—En muchas cosas.

—¿Incluyendo a cierto dueño de un bar?

Solté un suspiro.

—No empieces.

Dejó la guirnalda sobre la mesa y se cruzó de brazos.

—Vale, dejémonos de rodeos. ¿Qué está pasando con Tucker?

—Nada.

—Lizzy…

—En serio, nada.

Ruby cerró una caja y se apoyó en la mesa.

—Cielo, llevamos siendo amigas demasiados años como para que intentes colárnosla.

—No intento colaros nada.

Caroline soltó una risa corta.

—A otro perro con ese hueso, querida. Lo miras como si fuera algo que te quieres llevar a la boca.

Quise protestar, pero no dije nada.

Ruby arqueó una ceja.

—Vamos, Liz…

Me dejé caer en la silla que había detrás del puesto.

—No lo miro así.

—Claro que sí —replicó Carol—. Y él a ti también.

—No es verdad.

—Liz.

Me pasé una mano por el pelo.

—Solo… —empecé, sin saber muy bien cómo terminar la frase.

Las dos me miraban en silencio, esperando.

—Solo que últimamente todo es más fácil cuando está cerca.

Las palabras salieron más rápido de lo que había previsto.

Intercambiaron una mirada.

—¿Más fácil cómo? —preguntó Ruby con suavidad.

Me encogí de hombros.

—No sé… Todo me resulta más fácil.

Caroline apoyó los codos en la mesa.

—Eso tiene un nombre, Lizzy.

—No lo digas.

—¿Qué? ¿Amor?

—Caroline.

—¿Qué?

—No estoy enamorada de Tucker.

El silencio que siguió fue casi cómico.

Ruby intentó disimular una sonrisa.

Caroline ni siquiera lo intentó.

—Vale —dijo finalmente—. Entonces explícame por qué te brillan los ojos cada vez que aparece.

Sentí que el calor me subía por el cuello, cubriéndome toda la cara.

—No me brillan los ojos.

—Claro que sí.

Ruby se acercó un poco más.

—Lizzy… —dijo con ese tono suyo que siempre era más comprensión que interrogatorio—. No pasa nada.

—Sí que pasa.

—¿Por Nate?

No respondí.

Caroline resopló.

—Mira, ese idiota perdió cualquier derecho a ocupar espacio en tu vida el día que hizo lo que hizo.

—Lo sé.

—Entonces deja de castigarte por sentir algo.

Me quedé mirando mis manos sobre la mesa.

El murmullo del festival empezaba a crecer a nuestro alrededor: gente llegando, risas, pasos sobre la grava de la plaza.

—No es tan sencillo —murmuré.

Ruby apoyó una mano sobre mi brazo.

—Nunca lo es.

Caroline volvió a coger la guirnalda y, mientras la desenredaba, soltó con total naturalidad:

—Además, era cuestión de tiempo.

Levanté la cabeza.

—¿El qué?

Se miraron otra vez.

Esa mirada que compartían cuando sabían algo que yo no.

—Que acabarías enamorándote del único hombre que lleva años colado por ti.

El mundo pareció quedarse en silencio durante un segundo.

—Eso no es…

La frase murió en mis labios.

¿Eso era cierto?

La carcajada de Caroline rompió el silencio incómodo que había quedado flotando entre nosotras.

—Mírala —soltó señalándome con la barbilla—. Se ha quedado sin argumentos.

—No me he quedado sin argumentos —protesté.

—Claro que sí.

Ruby negó con la cabeza, divertida.

—Déjala respirar un poco, ¿quieres?

Nuestra amiga alzó las manos.

—Yo solo digo lo evidente.

—Pues deja de decirlo —murmuré.

—Imposible.

Ruby estaba a punto de responder cuando su mirada se desvió por encima de mi hombro.

Y sonrió.

—Demasiado tarde.

Carol giró la cabeza.

—¿Qué…?

Se quedó en silencio un segundo.

Luego soltó un silbido bajo.

—Pues hablando del rey de Roma…

No tuve que girarme para saber a quién se refería.

Lo supe antes de verlo.

Había algo en el ambiente, en la forma en que la gente de la plaza empezaba a saludar hacia la entrada del camino principal.

Aun así, me di la vuelta.

Tucker cruzaba la plaza junto a Nial y Lucien.

Los tres venían riendo por algo que Lucien acababa de decir, pero mi mirada se quedó clavada en uno solo de ellos.

Llevaba una camiseta oscura arremangada hasta los bíceps y unos vaqueros gastados. Caminaba con esa seguridad tranquila que siempre había tenido, a pesar de la leve cojera, como si el mundo a su alrededor se moviera a otro ritmo.

—Ha cerrado el Anny’s —comentó Ruby—. Lo hace todos los años para el festival.

—Lo sé —respondí, quizá demasiado rápido.

Caroline me miró de reojo.

—Claro que lo sabes.

Intenté ignorarla.

No lo conseguí del todo.

Tucker levantó la vista en ese momento y nuestras miradas se encontraron.

No fue un momento cinematográfico ni nada parecido; simplemente ocurrió. Pero el efecto fue el mismo.

Una media sonrisa apareció en su boca, lenta, casi automática.

Sentí cómo algo cálido se me expandía por el pecho.

Le devolví la sonrisa antes incluso de pensar en hacerlo.

Caroline soltó una tos rara a mi lado.

—Ni una palabra —murmuré.

—No he dicho nada.

—Pero lo estás pensando.

—Y con razón.

Mientras tanto, Nial y Lucien ya se habían desviado hacia uno de los puestos de comida, donde alguien los llamaba a gritos.

Tucker no. Él venía hacia nosotras.

Intenté parecer ocupada recolocando una cesta de manzanas sobre la mesa.

—Te has puesto nerviosa —susurró Caroline.

—Cierra el pico, no estoy nerviosa.

—Tu oreja izquierda se pone roja cuando mientes.

—Eso no es cierto.

—Lo sé. Pero igual funciona.

No tuve tiempo de contestar.

Tucker ya estaba delante del puesto.

—Buenos días —saludó, apoyando las manos en la mesa.

Ruby respondió primero:

—Buenos días a ti también.

Lucien gritó algo desde el otro lado de la plaza que no alcancé a entender.

Tucker levantó una mano en señal de respuesta sin apartar la mirada de mí.

—¿Todo listo para el festival? —preguntó.

—Casi —respondí—. Estamos terminando de colocar las últimas cosas.

Sus ojos recorrieron el puesto: los encurtidos, las cestas de fruta, las guirnaldas.

Luego volvieron a mí.

—Os ha quedado bien.

—Gracias.

Hubo un segundo de silencio.

Caroline carraspeó con exageración.

Iba a matarla en cuanto pudiera.

—Bueno, yo voy a ver si ese pan de calabaza se ha quemado o no.

Ruby la miró.

—¿Desde cuándo te preocupas tú por el pan?

—Justo desde este mismo instante.

Y, antes de que pudiera reaccionar, las dos se alejaron del puesto con una naturalidad sospechosa.

Las vi desaparecer entre la gente de la plaza.

Cuando volví a mirar a Tucker, él estaba sonriendo.

—Tan discretas como siempre, ¿eh?

—Ya ves.

Apoyó los antebrazos en la mesa.

—¿Dormiste algo anoche?

—Lo justo.

—Igual que yo.

—¿Por el caso?

Sus ojos se suavizaron.

—Por eso… y por otras cosas.

Sentí cómo el corazón me daba un pequeño vuelco.

El murmullo del festival crecía a nuestro alrededor, pero por un instante todo pareció quedar en segundo plano.

—Tuck… —empecé.

Pero en ese momento alguien gritó su nombre desde el otro lado de la plaza.

Nial.

—¡Eh! ¡Ven aquí un segundo!

Él levantó la cabeza.

Luego volvió a mirarme y me guiñó el ojo.

—Nos vemos después.

Asentí.

—Aquí estaré.

Y cuando se alejó hacia donde lo llamaban, de nuevo tuve la sensación de que algo había cambiado entre nosotros. Algo pequeño, pero imposible de ignorar.

El olor a comida casera ya flotaba en el aire cuando volví de llevar unas cajas al almacén del ayuntamiento: carne a la brasa, maíz asado, empanadas y algo dulce que alguien estaba friendo en uno de los puestos del fondo.

La gente llenaba cada rincón de la plaza, riendo, hablando y levantando vasos de sidra mientras una banda local afinaba los instrumentos sobre el pequeño escenario de madera.

Mis amigas atendían el puesto.

Saludé a los padres de Ruby, Jack y Charlotte, al pasar por su mesa. Al otro lado de la plaza estaban Garrett y su esposa, Ayan; ambos habían ayudado a Caroline a salir del lío en el que la metieron hacía unos meses, cuando desfalcaron todo ese dinero de la empresa en la que trabajaba.

Mi madre reía con Jane, su mejor amiga, que estaba casada con Sahale. Podría decirse que eran dos mejores amigas casadas con dos mejores amigos.

Las dos revolucionaron el pueblo cuando llegaron, la verdad sea dicha. La tía Jane no se callaba ni debajo del agua, todo lo contrario que su marido.

—¿Has comido algo? —preguntó Ruby.

—Sí, un poco.

—Mentira —soltó Caroline sin levantar la vista de la caja registradora—. Te conozco.

—He comido.

—Una manzana no cuenta como comida.

Ruby me tendió un trozo de empanada envuelto en una servilleta.

—Toma.

—Gracias.

Justo entonces empezó la música.

Un violín arrancó la primera melodía y una guitarra lo siguió unos segundos después. Era una de esas canciones tradicionales que todo el mundo parecía conocer, aunque nadie supiera exactamente desde cuándo.

En cuestión de segundos, varias parejas ya estaban moviéndose frente al escenario.

—Oh, esto se pone interesante —murmuró Carol.

Ruby sonrió.

—Cada año igual.

—Y cada año me prometo no bailar.

—Y cada año acabas haciéndolo.

Se encogió de hombros.

—La presión social.

Estaba a punto de responder cuando vi movimiento al otro lado de la plaza.

Tucker.

Venía hacia el puesto con una botella de agua en la mano. Nial y Lucien se habían quedado cerca del escenario, hablando con alguien del ayuntamiento.

—Ahí viene —susurró Caroline.

—Carol —advertí.

—No he dicho nada.

—Pero lo estás pensando. Como siempre.

—Y con razón.

Tucker llegó justo cuando el violinista subía el ritmo de la canción.

—¿Qué tal va todo por aquí?

—Bien —respondió Ruby—. Aunque alguien no ha comido suficiente.

—He comido —protesté.

Tucker me miró con una ceja levantada.

—¿Seguro?

—Sí.

—Mentira —dijo Caroline.

La miré con una mezcla de resignación y amenaza.

—Eres lo peor.

—Lo sé.

Tucker dejó la botella sobre la mesa.

—Ven un momento.

—¿Para qué?

—Tú ven.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Confía en mí.

Ruby sonrió de lado.

—Ve.

—No pienso bailar.

Caroline soltó una carcajada.

—Eso mismo dijiste el año pasado.

Tucker ya estaba rodeando el puesto.

—Liz.

Suspiré.

—Esto es una emboscada.

—Totalmente —confirmaron mis amigas.

Salí de detrás de la mesa, resignada.

—Si me haces bailar, te odiaré.

—Lo asumiré.

Me llevó unos pasos más cerca del escenario, donde varias parejas ya giraban al ritmo de la música.

Vi que mi padre nos observaba con interés.

Hasta mi madre dejó de lado lo que estaba haciendo para mirarnos.

—Tuck… nos están mirando.

—Relájate.

—No sé bailar esto.

—Claro que sabes.

Antes de que pudiera protestar otra vez, me tomó suavemente por la mano.

El contacto fue cálido.

El corazón me dio un pequeño salto en el pecho.

—Solo sígueme —ordenó.

La música subió un poco más de volumen.

Y empezamos a movernos despacio entre las otras parejas.

Al principio estaba rígida, pendiente de no pisarle los pies o tropezar con alguien.

Pero Tucker tenía esa forma tranquila de guiarme, de marcar el ritmo sin imponerlo.

«No como otros».

¡Para!

—¿Ves? —me murmuró al oído—. No es tan difícil.

—No cantes victoria todavía.

Sonrió.

—Te estás divirtiendo.

—No.

—Sí.

Giré sobre mí misma siguiendo su movimiento.

Cuando volví a quedar frente a él, nuestras manos seguían unidas.

Había gente alrededor, música, risas, niños corriendo entre los puestos… Pero en ese momento mi atención estaba completamente en él.

Y dejó de importarme quién nos estuviera mirando.