Mi lugar, contigo CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Lizzy

La llamada de Caroline, a media tarde, me sorprendió. Ella, que era experta y se le daba muy bien todo lo que tuviera que ver con Internet y buscar información en ese mundo, quería verme cuanto antes porque había descubierto algo importante.

No voy a negar que se me instaló un nudo de preocupación en el estómago y que me puse nerviosa. Como me era difícil ir hasta su casa y había venido andando desde la granja, sería ella quien se acercaría al colmado de Ruby.

Exhalé despacio, intentando calmarme, y dejé lo que estaba haciendo en la plaza del pueblo para ir a su encuentro.

Caroline no sonreía.

Y eso, viniendo de ella, ya era mala señal.

El portátil estaba abierto sobre el mostrador. La pantalla iluminaba su cara tensa mientras movía el cursor con rapidez.

—No me gusta esto —dijo sin saludar.

—Buenos días para ti también.

No levantó la vista.

—He estado investigando PrivateStream —soltó de sopetón.

El nudo que traía en el estómago se apretó un poco más.

Ruby se cruzó de brazos al otro lado del mostrador.

—Y antes de que preguntes —continuó—, no es una página ilegal.

Parpadeé.

—¿Cómo que no es ilegal?

—No como tal. Funciona como otras plataformas de contenido para adultos. Tiene registro mercantil, servidores declarados y sistema de contratos digitales.

Empezó a acelerárseme el pulso.

—¿Qué tipo de contratos?

Giró el portátil hacia mí.

Había abierto un documento de condiciones.

—Todo creador que sube contenido firma un consentimiento legal. No solo para publicar, sino también para ceder derechos de imagen.

El aire se volvió más pesado, casi irrespirable.

—Eso significa que… —empecé.

—Que si hay vídeos tuyos ahí, Liz, en teoría existe un documento firmado por ti.

La frase me cayó encima como una piedra.

—Eso es imposible —balbuceé.

—Lo sé —respondió mi amiga, por primera vez mirándome a los ojos—. Pero la plataforma no permite subir nada sin eso.

Me quedé mirando la pantalla sin verla realmente.

«Firmado por ti… Consentimiento… Cesión de derechos».

Sentí una mezcla de rabia y algo peor.

—¿Puede falsificarse? —pregunté, con la voz más baja.

—Claro que sí. Si alguien tiene una copia de tu firma, puede escanearla. O replicarla digitalmente.

Ruby dio un paso hacia mí.

—¿Nate tenía acceso a tus documentos, cielo?

La pregunta fue dolorosamente directa.

Y la respuesta era obvia: sí, lo tenía.

Contratos del apartamento, papeles del banco, las invitaciones de boda…

Mi firma estaba por todas partes, maldita fuera.

Caroline bajó la voz.

—Esto ya no es solo subir vídeos sin permiso a una plataforma para adultos, Liz. Esto es falsificación en toda regla.

Las palabras me atravesaron como una flecha.

—Entonces ya no estamos hablando de una traición —murmuré—. Estamos hablando de un delito más grave de lo que creíamos en un principio.

Ella asintió.

Y en ese momento algo cambió dentro de mí.

—Bien —pronuncié al fin—. Entonces que se prepare, porque moveré cielo y tierra para que todo el peso de la ley caiga sobre él.

—Cielo…

Ruby salió de detrás del mostrador para abrazarme. Al parecer estaba llorando y no me había dado cuenta.

La mano de Caroline me acarició la espalda.

—Quizá debas enseñarle esto a tu padre —propuso.

Asentí, sabiendo que, ahora mismo, era lo mejor que podía hacer.

Salí poco después del colmado con el portátil bajo el brazo —Caroline insistió en que me lo llevara— y crucé la calle principal con una determinación que hacía días que no sentía.

La oficina del sheriff estaba abierta y empujé la puerta sin llamar.

Papá levantó la vista desde su mesa. Nial estaba apoyado en el archivador del fondo y Sahale revisaba algo en una carpeta.

—¿Liz? —Frunció el ceño—. ¿Qué ha pasado?

Cerré la puerta.

—PrivateStream es legal.

El silencio fue inmediato.

Mi padre se incorporó despacio.

—Explícate.

Abrí el portátil sobre su mesa y giré la pantalla hacia él.

—Funciona como otras plataformas de contenido adulto. Firma de consentimiento. Cesión de derechos de imagen. Contrato vinculante.

Sahale se acercó un paso.

—Eso significa que…

—Que para que haya vídeos míos ahí, tiene que existir un contrato firmado por mí.

Papá no apartó la mirada de la pantalla.

—Y tú no has firmado nada.

—Jamás.

Que no me temblara la voz me sorprendió.

Nial maldijo por lo bajo, aun así lo oí.

—Entonces estamos hablando de falsificación y…

Papá ya estaba cogiendo el teléfono.

—Exacto.

Marcó sin vacilar.

—Pásame con la División de Ciberdelincuencia del TBI. Es urgente.

Me apoyé en el borde del escritorio, sintiendo cómo la adrenalina empezaba a treparme por las venas.

La llamada fue breve.

Directa.

—Tenemos nueva información —dijo papá—. Posible falsificación contractual en plataforma registrada… Sí… Ajá… Entiendo.

Escuché solo su parte, claro.

Se le tensó la mandíbula.

—¿La orden? —preguntó—. ¿Ya está firmada?

Contuve la respiración.

—Perfecto. Procedan en cuanto puedan. Y manténganme informado en todo momento.

Colgó y me miró.

—La orden de registro del apartamento de Nashville ya está concedida —anunció.

El aire pareció cambiar de temperatura a nuestro alrededor.

—¿Cuándo?

—En las próximas veinticuatro horas entrarán en el apartamento.

Sahale cerró la carpeta con un golpe seco.

—Si hay documentación física, contratos impresos o dispositivos de almacenamiento… lo encontrarán.

Nial añadió:

—Y si hay rastro digital de falsificación, también.

Tragué saliva.

«Veinticuatro horas…».

De repente, todo parecía moverse más rápido.

—Papá… —murmuré—. ¿Y si ya lo ha limpiado todo?

Su respuesta fue inmediata:

—Entonces ha cometido un error aún mayor. —Me sostuvo la mirada—. Cielo, si falsificó tu firma, dejó huella. Siempre se deja una huella.

Respiré hondo.

Por primera vez desde la llamada, sentí algo distinto al miedo o la rabia. Sentí que la balanza empezaba a inclinarse. No a mi favor aún, pero ya se movía.

—Bien —dije—. Entonces que vayan y lo desmantelen todo.

Mi padre asintió.

—Que vayan.

Una vez salí de la oficina, crucé el pueblo sin dudarlo; necesitaba aire y movimiento.

La plaza estaba casi lista. Las estructuras metálicas ya marcaban los puestos y algunas cintas delimitaban los espacios. El olor a madera recién cortada flotaba en el ambiente.

Lo vi antes de que él me viera.

Estaba subido a una pequeña escalera, ajustando una cuerda que sostenía una fila de farolillos. Camiseta granate, brazos tensos, concentración absoluta.

«Está tremendo».

Sí que lo estaba, para qué engañarnos.

De hecho, me quedé mirándolo un segundo más de lo debido.

Entonces bajó y me vio.

—Eh —saludó, dejando la cuerda caer a un lado—. ¿Todo bien?

Me acerqué.

—Han concedido la orden de registro.

Su expresión cambió al instante.

—¿Cuándo?

—Mañana.

Bajó la mirada un segundo, asimilándolo.

Luego volvió a mirarme.

—Ya era hora, joder.

—Caroline encontró algo —añadí—. La página es legal. Y todo creador firma un consentimiento.

Vi cómo endurecía la mandíbula.

—Tú no firmaste nada, ¿verdad, Liz?

—No.

Silencio.

El viento movió una de las cintas de colores entre nosotros.

—Entonces falsificó tu firma —concluyó.

—Sí.

Decirlo en voz alta lo hacía más real, más sucio.

Tucker dio un paso, acercándose más.

Ojalá me abrazara.

No lo hizo, pero sí noté su calor corporal.

—Pagará por todo ello, Liz —murmuró con certeza.

—Eso espero.

Miramos alrededor.

El puesto de las mermeladas estaba ya marcado. La separación era correcta. El pasillo central dejaba espacio suficiente para el tránsito.

—¿Está como querías? —preguntó.

Observé las medidas, la alineación.

Sonreí.

—Sí, está perfecto.

Se inclinó para ajustar un pequeño desnivel en una de las patas metálicas.

—No voy a dejar que te arrincone, Lizzy —dijo sin mirarme.

No contesté de inmediato.

El sol empezaba a bajar, tiñendo la plaza de un tono más cálido.

—No estoy arrinconada, Tuck.

—Lo sé.

Se incorporó, demasiado cerca otra vez.

—Pero no me gusta que lo intente.

El aire entre nosotros se volvió… raro.

—Gracias, por todo —murmuré.

Me sostuvo la mirada.

Y durante un instante no hubo amenazas, ni órdenes judiciales, ni falsificaciones.

Solo dos personas en medio de una plaza casi vacía, sabiendo que algo estaba cambiando entre ellas.

Una ráfaga de viento movió los farolillos sobre nuestras cabezas.

—Mañana traerán la estructura del escenario antes del mediodía —comentó, rompiendo el momento—. Así no nos pillará el calor fuerte.

Puse los ojos en blanco.

—Siempre tan organizado.

—Y tú siempre tan mandona.

Eso me arrancó una risa breve.

Dio un paso atrás.

—Vete a casa y descansa.

Me crucé de brazos.

—¿Eso es una orden?

—Es una sugerencia, más bien.

—Pues lo siento por ti, pero tendrás que soportar mi presencia un poco más. Al menos hasta que terminemos de comprobar todas las estructuras.

—Si no hay más remedio… —bromeó.

Le di un pequeño golpe en el pecho con el puño.

Fue entonces cuando agachó la cabeza y me habló pegado al oído:

—Soportar tu presencia siempre es un placer, Lizzy Jackson.

Giró sobre los talones y ahí me dejó, sin ser capaz de pronunciar palabra, pero disfrutando como una colegiala de las suyas.

Algo más tarde, cuando ya anochecía y nos cercioramos de que todo estaba correcto y en su sitio, los dos salimos de la plaza satisfechos por el trabajo realizado.

—¿Has venido andando? —preguntó, mirando alrededor como si esperara ver mi coche.

—Sí.

—Entonces te acompaño.

Podría haberle dicho que no hacía falta.

No lo hice.

Cruzamos la carretera casi en silencio. El sol ya estaba oculto casi por completo tras la montaña y el cielo tenía ese tono cobre que solo aparecía cuando el día se estaba despidiendo.

El pueblo parecía tranquilo.

Demasiado tranquilo para todo lo que estaba pasando bajo la superficie.

—¿Estás bien? —tanteó al cabo de unos metros.

—Sí.

—No me mientas.

Lo miré de reojo.

—Estoy… enfocada.

Eso era más cierto.

—Eso es bueno —contestó.

Seguimos caminando por el sendero que se alejaba de la calle principal. El ruido del pueblo fue quedando atrás, sustituido por el crujir de la grava bajo nuestros pies y el murmullo lejano de los grillos.

—Oye, hace tiempo que no veo a tu hermano con su pandilla —comentó.

Anthony, que acababa de cumplir trece años, era un trasto de mucho cuidado. Y no me extrañaba nada que se le echara de menos por el pueblo, a él y a sus amigos.

—Está en ese campamento que organizan todos los veranos en el pueblo de al lado.

—Ya me parecía a mí…

Me reí.

—Papá lo obliga a ir como castigo por su última fechoría. Soltar a las gallinas de Jo y asustarlas con petardos no está bien.

—Y decían que yo las liaba… Tu padre tiene que estar de un contento…

—No lo sabes tú bien.

De repente, en un tramo más estrecho del camino, nuestras manos se rozaron.

Un toque leve, instintivo.

Retiré la mía primero… o lo intenté.

Porque él, sin mirarme siquiera, volvió a rozarla.

Esta vez con intención.

No entrelazamos los dedos ni nada por el estilo. Solo dejó que el dorso de su mano se apoyara contra el mío mientras caminábamos.

Mi respiración cambió.

La suya también.

—Tuck… —murmuré, sin saber exactamente qué quería decir.

—No estoy cruzando ninguna línea —respondió en voz baja—. Solo estoy aquí.

Eso me desarmó más que cualquier gesto atrevido.

Y me gustó.

El camino se volvió más oscuro a medida que los árboles cerraban el paso a la luz.

Sentí su cercanía. Su calor.

—Mañana entrarán al apartamento —dije, casi en un susurro.

—Sí.

—Y no sé qué van a encontrar.

—Sea lo que sea, lo afrontaremos.

También me gustó ese «lo afrontaremos», para qué negarlo.

Cruzamos la entrada de la granja y nos detuvimos frente al porche.

La luz de la cocina estaba encendida y mi madre y Anne se movían detrás de la ventana.

—¿No vas a entrar?

Negó con la cabeza.

—Tengo que ocuparme del Anny’s.

—Gracias por acompañarme —musité.

—No tienes que agradecer nada. Lo hago encantado.

Se quedó allí, de pie, mirándome como si quisiera decir algo más.

No lo hizo.

Y yo tampoco.

—Buenas noches, Liz.

—Buenas noches, Tuck.

Subí los escalones con el corazón latiéndome de una forma diferente.

Y mientras cerraba la puerta detrás de mí, entendí algo que no esperaba comprender tan pronto: el miedo había cambiado de forma.

Ya no le temía a Nate, sino a lo que empezaba a sentir por Tucker.