CAPÍTULO 16
Tucker
Dejé a papá en la consulta del doctor Walsh con la advertencia clara de que no intentara levantarse sin ayuda.
—No soy un inválido —protestó.
—No, pero tampoco eres Superman.
Me respondió con un gruñido que ya conocía demasiado bien.
—Déjame en paz.
—Eres un viejo testarudo y gruñón.
—Bah, y tú eres un mandón y un sabelotodo.
Se me escapó la risa.
—Vendré a buscarte cuando termines la sesión, ¿vale?
Salí de la clínica y respiré hondo. El sol caía de lleno sobre la plaza. Un par de niños corrían alrededor de la fuente y el quiosco estaba abierto.
Y entonces la vi.
Estaba agachada junto a uno de los laterales, con una libreta en la mano y una cinta métrica extendida por el suelo.
Fruncía el ceño con concentración.
Dos noches atrás había estado a punto de besarla. Algo que últimamente deseaba hacer con todas mis fuerzas cada vez que la tenía cerca.
Pensé en dar un rodeo para no cruzármela; sin embargo, mis pies, que al parecer iban por libre, me llevaron justo hacia donde se suponía que no quería ir.
«Sí, eso, sigue mintiéndote, tío. Lo haces de puta pena».
—Si lo mides sola, te va a salir torcido.
No levantó la vista de inmediato.
—Buenos días para ti también.
—Buenos días.
Sonreí como un bobo.
Pero ¿qué cojones me pasaba?
Se incorporó despacio.
—¿Vienes del doctor?
—Sí. He dejado a mi padre en su sesión de fisio.
—¿Y cómo lo lleva?
—Mejora poco a poco, aunque protesta por todo.
—Pobre, me lo imagino.
—Y ya quiere subirse al tractor.
Eso último le arrancó una sonrisa breve.
—Eso es bueno, ¿no?
Señalé la cinta.
—¿Qué haces?
—Ha surgido un puesto de última hora. Una pareja nueva del pueblo quiere vender mermeladas artesanales y no estaba en el plano inicial.
—¿Y dónde piensas meterlo?
—Aquí —dijo, señalando el espacio junto al árbol—. Pero necesito asegurarme de que no estorbe el paso.
Me agaché sin pensarlo.
—Sujeta ahí.
Nuestros dedos se rozaron al intercambiar la cinta. Fue un contacto mínimo que me calentó por dentro. Y me gustó, maldición.
Noté que ella también lo había sentido.
—No se te dan bien las líneas rectas —comenté, algo nervioso.
¿Desde cuándo un simple roce me alteraba de esta manera?
—Eso es mentira —replicó.
—Te he visto colgar guirnaldas, ¿lo has olvidado?
—Eso fue hace años.
—Y las colgabas torcidas.
—¡Ja! Creo que tu memoria es selectiva, porque esa no era yo.
Me miró con esa mezcla de indignación y risa contenida.
—No estaban torcidas. Era estilo —repuse.
—Claro, lo que tú digas.
La cinta se tensó entre nosotros.
Igual que nuestros cuerpos.
—Te he visto poco estos días —dije, más neutral de lo que me sentía.
—He estado ocupada.
Asentí.
Sabía que no hablaba solo del festival.
Clavó la vista en la libreta.
—Gracias por lo del otro día.
—No tienes que agradecer nada.
—Aun así.
Nos miramos demasiado tiempo.
Dios, era preciosa…
Un coche pasó por la calle lateral y alguien gritó un saludo desde la terraza del bar.
El mundo seguía funcionando mientras yo me quedaba embobado mirándola.
Carraspeé, obligándome a salir del trance.
—¿Necesitas ayuda con el montaje? —pregunté.
—No quiero abusar.
—No es abuso, me he ofrecido.
—Entonces sí —aceptó al final—. Mañana por la tarde empezamos a marcar los puestos.
—Aquí estaré.
Me incorporé.
—¿Seguro que no tienes nada mejor que hacer?
¿Se refería a algo mejor que estar con ella? Pues no, no lo tenía.
Volví a mirarla, esta vez con más intensidad.
El sol caía directo sobre su pelo recogido. Una brisa ligera levantó un mechón suelto.
Pensé en apartarlo, pero me contuve a duras penas.
—Aquí estaré —repetí—. Nos vemos luego, Liz.
—Nos vemos, Tuck.
Di un par de pasos antes de detenerme.
La sensación volvió.
Esa que no sabía nombrar o, más bien, no me atrevía a hacerlo.
Y en esta ocasión no tenía nada que ver con amenazas ni llamadas, sino con el hecho de que, por primera vez, no me parecía suficiente ser solo el que ayudaba cuando hacía falta.
Subí a la camioneta que había dejado aparcada al otro lado de la plaza y me puse en marcha, no sin antes echarle un último vistazo a Lizzy, que, a su vez, también me observaba.
«Estás loco, macho».
¿Lo estaba?
Conduje por la carretera hasta casi salir del pueblo.
El taller de Ben siempre olía igual de mal.
La puerta estaba medio abierta cuando llegué. Dentro, Nial tenía el capó de su camioneta levantado y Lucien estaba inclinado sobre el motor como si supiera exactamente lo que hacía.
No lo sabía.
Pero fingía bien.
—Si sigues tocando eso así, vas a romper algo que sí funcionaba —solté al entrar.
A veces veníamos aquí a trastear, tomar una cerveza y charlar.
Lucien alzó la vista.
—Buenos días para ti también, Jones.
—Buenos días.
Nial me miró un segundo más de lo normal.
—¿Qué tal tu padre?
—Mejor. Walsh dice que en unas semanas estará caminando sin ayuda.
—Eso es buena noticia.
Asentí.
Me apoyé en la mesa metálica del fondo, cruzándome de brazos.
Sabían que no había ido solo a hablar de mecánica.
—¿Dónde está Ben?
—Ha ido al colmado a por unas birras. A Lucien se le olvidó traerlas.
—Eve nos ha dado mala noche y se me olvidó pasar a comprarlas. Caroline dice que son los dientes, pero yo creo que aún es pronto para eso.
—Tú eres el experto en eso, tío —solté—. ¿No lo viviste ya con Travis?
—No recuerdo esa etapa.
—Tu memoria es una mierda.
Nial cerró el capó de golpe.
—Vale. ¿Qué te ronda por la cabeza, Tuck?
No me gustaba que me leyeran tan fácil.
—¿Hay algo nuevo?
Lucien negó con la cabeza.
—El TBI sigue esperando luz verde para registrar el apartamento. Nashville va a su ritmo.
—Demasiado lento —murmuré.
—Sí —respondió Nial—. Pero eso no significa que el asunto esté parado.
Me quedé en silencio.
Lucien se limpió las manos con un trapo.
—Ha habido un intento de conexión desde un servidor fuera del estado. No confirmado aún, pero podría ser él moviendo archivos.
Eso me tensó el estómago.
—¿Está intentando borrar pruebas?
—O reubicarlas —respondió Nial—. Eso significa que le preocupa algo.
Pensé en la llamada del otro día.
En el «estás cometiendo un error».
—Sabéis lo de la llamada, ¿no? —tanteé.
Ambos levantaron la cabeza al mismo tiempo.
—¿Hoy? —inquirió Lucien.
—La del otro día. Con número oculto. Cuando intentó manipularla y eso.
Nial apoyó las manos en el capó.
—Sí, claro que lo sabemos. No pudimos rastrearla. Tarjeta prepago.
—Probablemente hecha añicos en alguna papelera —añadió Lucien—. Lo que hizo fue una intimidación básica. Manual de cobardes.
No respondí, porque no era eso lo que me preocupaba.
—Está midiendo hasta dónde puede llegar —añadió Nial—. Si llama, es porque quiere comprobar si sigue teniendo acceso emocional.
Me clavó la mirada.
—¿Lo tiene?
—No.
La respuesta salió rápida. Demasiado rápida, de hecho.
Lucien intercambió una mirada con él.
—Tuck —dijo al fin—. Esto no es personal.
Chasqueé la lengua.
—Claro que no.
—No, escúchame —insistió—. Sabemos que estás implicado emocionalmente. Es normal. Pero no puedes ir por libre.
—No voy por libre.
—Más te vale.
Silencio.
El ventilador del techo giraba lento, empujando el aire caliente.
Nial bajó la voz.
—Maverick está inquieto. No le gusta que el tipo haya desaparecido sin dejar rastro físico.
—¿Creéis que volverá?
—No lo sabemos —contestó Lucien—. Pero si lo hace, no será para pedir perdón.
Apreté la mandíbula.
—Si se acerca a ella…
Nial dio un paso hacia mí.
—No lo hará sin que lo sepamos.
No fue una amenaza. Fue una promesa profesional.
Pero no calmó del todo lo que llevaba dentro.
Lucien dejó el trapo sobre la mesa.
—Y tú —añadió— mantente donde debes estar.
—¿Dónde es eso?
—En tu sitio, colega.
Tragué saliva.
—Estoy en mi sitio.
Nial me sostuvo la mirada unos segundos.
Como si evaluara si era verdad.
—Bien —dijo al final—. Porque lo último que necesitamos es que esto se complique más de lo que ya está.
La conversación se diluyó en cosas prácticas en cuanto llegó Ben. Horarios. Coordinación. El festival, incluso.
Pero mientras salía del taller, con el tufo a aceite pegado a la ropa, una pregunta seguía martilleándome la cabeza.
«¿Y lo tiene?».
No.
No tenía acceso emocional.
Claro que no, joder.
¿Por qué, entonces, cada vez que alguien insinuaba algo sobre Lizzy, sentía que me estaban tocando algo que ya no era solo amistad?
Me subí a la camioneta y cerré la puerta con más fuerza de la necesaria.
El motor rugió.
Estaba pensando en lo que significaba que los demás empezaran a notar cosas que yo aún intentaba negar.
Y eso me incomodaba la hostia.
Recogí a mi padre en la clínica, que salió acompañado de Betsy, la enfermera y esposa del doctor Walsh.
—¿Todo bien? —me interesé.
—Todo perfecto —aseguró ella—. Jeremiah está haciendo un buen trabajo.
—¿Es eso verdad, viejo?
—Pues claro que sí. Estoy hecho un toro.
Ella y yo reímos. Él, en cambio, hizo lo mismo de siempre: gruñir.
Lo dejé en casa de mi hermana y volví al bar.
Maggie me hizo un pequeño resumen del turno de la mañana y luego me dejó a mi aire, mientras ella terminaba de recoger antes de irse.
El resto del día pasó sin pena ni gloria, esperando verla aparecer por la puerta.
No lo hizo.
Y que lamentara no haberla visto —algo que, para mi desgracia, ansiaba cada vez más— me acojonaba, para qué engañarnos si era la pura verdad.
Sentir algo por Lizzy no entraba en mis planes.
Y, sin embargo…
«¿Estás seguro de eso?».
Bajé la persiana con un golpe sordo.
Ya no estaba seguro de nada.
La granja estaba en silencio cuando llegué.
Papá dormía en el sofá, la televisión encendida con el volumen bajo. Mamá tejía en la butaca junto a la ventana, pero levantó la vista al oírme entrar.
—¿Qué tal el día, tesoro?
—Bien.
La respuesta salió automática.
Siempre salía así.
Subí a mi habitación sin encender las luces. Me quité la camiseta y la dejé sobre la silla. El día había sido largo, pero no era el cansancio lo que me pesaba en los hombros.
Me senté en el borde de la cama, los antebrazos apoyados en los muslos, rememorando partes de la conversación con los chicos.
«Esto no es personal».
Resoplé.
Claro que lo era.
No por orgullo ni por impulsividad.
Lo era por ella.
Cerré los ojos un momento.
La imagen volvió sola.
Lizzy en la plaza, frunciendo el ceño sobre la libreta, sosteniendo la cinta métrica y diciendo «sí» cuando le ofrecí ayuda.
Abrí los ojos y me dejé caer hacia atrás, mirando el techo.
«Mi sitio…».
Siempre había sabido cuál era mi sitio.
No obstante…
El recuerdo de la otra noche, sentados en aquella mesa, volvió como un fogonazo.
La distancia mínima. El aire suspendido entre los dos.
Si no hubiera dado un paso atrás… Si no me hubiera acobardado…
«La habrías besado».
Me incorporé de golpe.
—Mierda.
No podía pensar así.
No con un tipo escondido en alguna parte llamándola desde números ocultos.
No con su padre moviendo cielo y tierra y con todo el pueblo pendiente de la situación.
Me pasé una mano por el pelo, frustrado.
Pero tampoco podía fingir que no estaba pasando nada. Porque lo hacía. Y cada vez con menos margen para negarlo.
El ventilador del techo giraba lento, empujando el aire tibio de la noche.
Cerré los ojos de nuevo.
Y esta vez no intenté apartar la imagen.
La dejé quedarse conmigo.