Mi lugar, contigo CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Lizzy

El salón estaba patas arriba.

Cajas abiertas sobre la mesa, cintas de colores desordenadas, carteles antiguos apoyados contra la pared y un par de manteles con olor a naftalina que mi madre insistía en reutilizar cada año.

—No me mires así —dijo sin levantar la vista—. El festival no se organiza solo.

Me arremangué la camiseta y me dejé caer en el suelo, frente a una caja llena de farolillos de papel.

—No te estoy mirando «así».

—Claro que sí. Con esa cara de «¿en qué momento he dicho que ayudaría?».

Sonreí, porque tenía razón.

El festival de la cosecha siempre había sido algo del pueblo. De las familias. De los de siempre. Yo solía aparecer el día previo, montar el puesto de tartas con Anne y desaparecer cuando empezaba el baile.

Este año era distinto.

Este año estaba aquí, días antes, revisando inventarios como si fuera la responsable oficial.

Mi madre sacó un viejo cuaderno de tapas duras y lo abrió con cuidado.

—Mira esto.

Me lo tendió.

Era una lista escrita a mano, con nombres y asignaciones. El año en que yo tenía diecisiete. Reconocí varias firmas al margen… y una que me hizo detener la mirada un segundo más de lo necesario.

Tucker Jones.

Montaje de escenario.

—Siempre se ofrecía para lo que hiciera falta —comentó mi madre con naturalidad.

—Sí… —murmuré, demasiado neutra.

—Y tú siempre le gritabas que dejara de colgar las guirnaldas torcidas.

—Porque las colgaba torcidas.

Ella rió bajo.

—O quizá eras tú demasiado perfeccionista.

Cerré el cuaderno con suavidad, fingiendo que aquello no me había removido nada por dentro.

—Este año quiero hacer algo diferente —comenté, cambiando de tema—. Más puestos artesanales. Y quizá una zona para los niños más grandes.

Mi madre me observó con atención unos segundos.

—Me gusta verte así.

—¿Así cómo?

—Presente, a pesar de todo. Siempre has sido de ir y venir, Lizzy. Nashville, el trabajo, planes… —Hizo un gesto con la mano—. Y está bien. Pero ahora… te veo aquí de verdad.

Tragué saliva.

—Estoy aquí porque ahora mismo no tengo otro sitio al que ir —murmuré, honesta.

Mi madre dejó el cuaderno sobre la mesa y se sentó frente a mí.

—No, cielo, estás aquí porque quieres estarlo.

Iba a negarlo, lo tenía en la punta de la lengua.

No pude.

Porque, en el fondo, sabía que, si solo hubiera querido huir, podría haberme ido a cualquier otro lugar. A cualquier parte donde nadie me conociera.

Y, sin embargo, estaba en Mountain Brooks.

Con mi madre, el olor a campo entrando por las ventanas abiertas y con el festival de la cosecha ocupándome la cabeza.

—No quiero que mi vida se reduzca a lo que hizo Nate —solté al final—. No quiero que lo único que me defina ahora sean denuncias y órdenes judiciales.

Mi madre estiró la mano, rozándome los dedos.

—Y no lo harán, cariño.

Respiré hondo.

—Entonces empecemos por cambiar el puesto de tartas —dije, recuperando algo de ligereza—. Anne se va a enfadar, pero quizá podamos añadir algo salado.

—¿Estás declarando la guerra a Anne?

—Puede que sí.

Mi madre soltó una carcajada que llenó la habitación.

El sonido fue limpio. Ligero.

Hacía días que no lo escuchaba así.

—Vale —aceptó, levantándose—. Si vamos a revolucionar el festival, necesitaremos voluntarios.

Alcé una ceja.

—¿Estás pensando en alguien en concreto?

Su sonrisa fue sutil. Demasiado, de hecho.

—Yo no he dicho nada.

Pero ambas sabíamos que lo había pensado.

Y, para mi desgracia, yo también.

Me levanté del suelo con el corazón latiéndome un poco más rápido de lo que debería por algo tan inocente como organizar un festival.

—Bueno —dije, intentando sonar despreocupada—. Primero hagamos la lista. Luego ya veremos a quién reclutamos.

Durante un segundo, y sin querer, imaginé a Tucker bajo el sol ajustando guirnaldas, sin camiseta.

Tragué saliva y me obligué a centrarme en el cuaderno.

No era el momento ni el lugar.

«¿Qué demonios te pasa, chica?».

Mi madre recogió el cuaderno.

—Voy un momento a la cocina. Anne dice que ha traído más cajas y no sé qué historias.

—Voy ahora mismo —respondí.

—No. Quédate. Descansa cinco minutos.

La vi desaparecer por el pasillo.

El salón quedó en silencio.

Me dejé caer en el sofá, mirando el techo, un poco acalorada por las inoportunas imágenes.

La verdad era que Tucker estaba tremendo, y no iba a negar ese hecho.

El teléfono vibró sobre la mesa: número oculto.

El corazón me dio un golpe seco contra el esternón, poniéndome nerviosa.

No podía ser casualidad.

Lo miré un segundo más de lo necesario.

Luego deslicé el dedo.

—¿Sí?

Silencio.

Una respiración leve.

O quizá una interferencia.

—Sé que eres tú.

La voz me salió firme, aunque no me sentía así.

—No vas a asustarme —añadí.

Un clic.

Y la llamada se cortó.

Me quedé con el teléfono en la mano, mirando la pantalla negra.

El pulso se me aceleró, pero no retrocedí.

No estaba en Nashville.

No estaba sola.

Respiré hondo.

Y cuando mi madre volvió al salón, yo ya había dejado el teléfono sobre la mesa como si nada.

—¿Todo bien? —preguntó.

La miré y asentí.

—Todo bien.

«Mentirosa».

El festival ocupó el resto de la mañana.

Hicimos listas, discutimos ubicaciones y terminamos invadiendo la cocina con cintas y papeles de colores. Durante un par de horas, conseguí que mi cabeza funcionara solo en modo «logística».

Entonces el teléfono volvió a vibrar.

Y de nuevo era un número oculto.

Mi madre estaba en el jardín, hablando con Anne sobre no sé qué farolillos nuevos. No me oiría.

Deslicé el dedo.

—¿Qué quieres?

Esta vez no hubo una respiración más clara.

—Si crees que vas a hacer que sienta miedo, te equivocas.

Un leve sonido al otro lado. Como un roce. Como alguien cambiando el teléfono de oreja.

—No tienes nada que decir, ¿verdad? —continué—. Porque cuando hay que dar la cara, desapareces.

Silencio.

Y entonces, apenas un susurro.

—Estás cometiendo un error, mi amor. Yo te quiero. Si me dejaras explicarte…

—No lo hiciste cuando te lo pedí. ¿Por qué iba a escucharte ahora?

—Porque soy tu prometido y me quieres. Aún estamos a tiempo de arreglar lo nuestro y casarnos, Liz.

¿Casarnos?

Menuda broma. Ese barco ya había zarpado.

El sábado pasado habría sido el gran día. Cancelarlo todo fue… devastador. Me pasé horas encerrada en mi cuarto, pensando en lo que podría haber sido y no fue. Llorando y lamentando que mi vida se hubiera ido al traste de esa manera, dejándome en esta maldita situación.

Apreté el puño libre.

—El único error fue confiar en ti, Nathan.

La llamada se cortó.

Me quedé inmóvil unos segundos, con el teléfono pegado a la oreja, escuchando el pitido final.

No iba a dejarlo pasar.

Salí al jardín.

Mi madre levantó la vista en cuanto vio mi cara.

—¿Qué ocurre?

—Nathan acaba de llamar con número oculto.

Anne se quedó quieta, sosteniendo una caja.

—¿Número oculto? —repitió.

Asentí.

—Voy a ver a papá.

Ninguna de las dos intentó detenerme.

Recogí mi bolso de la percha de la entrada y saqué las llaves del coche.

La oficina del sheriff estaba al fondo de la calle principal del pueblo, junto al edificio de correos. La habían modificado años atrás, cuando en la asamblea anual, tras varios incidentes, decidieron que se quedaba pequeña.

Mi padre estaba revisando unos papeles sobre su mesa cuando entré.

Alzó la vista de inmediato y frunció el ceño.

Era raro que yo me dejara caer por allí.

—¿Va todo bien, Liz?

Cerré la puerta.

—Nate ha llamado, papá.

Su expresión cambió un milímetro.

El suficiente para que entendiera que ya estaba en modo agente de la ley.

—¿Qué ha dicho?

—Que estoy cometiendo un error, que me quiere. Y que aún estamos a tiempo de arreglar lo nuestro.

Se levantó despacio.

—Desgraciado manipulador. ¿Has grabado la llamada?

Negué con la cabeza.

—No se me ocurrió, lo siento. Pero podemos intentar rastrearla, ¿no?

Asintió.

—Lo haremos, aunque no será fácil si utilizó un teléfono desechable o una tarjeta prepago.

Se acercó hasta quedar frente a mí.

—Escúchame bien, Lizzy. Que intente manipularte e intimidarte significa que algo le preocupa. Y eso juega a nuestro favor.

Respiré hondo.

—No tengo miedo, papá.

—Ya lo sé. Aun así… A partir de ahora, cualquier número oculto lo atiendes con el altavoz activado y me llamas en el mismo momento. Y no vuelvas a enfrentarte sola, ¿entendido?

—Entendido.

Mi padre apoyó una mano en mi hombro.

—No va a volver a controlarte, cielo. No lo permitiremos.

Lo miré a los ojos.

—Gracias, papá.

Su abrazo fue lo que necesitaba para sentirme mejor.

Me despedí de él poco después, pero no regresé a casa. Dejé el coche donde lo había aparcado y seguí el sendero que se internaba en el bosque. El lugar favorito de Ruby apareció ante mis ojos tras caminar unos quince minutos.

La panorámica era espectacular, como siempre.

El agua del río fluía, los árboles daban sombra y las flores silvestres llenaban el suelo a mis pies.

Me senté en la roca plana y suspiré.

Respiré hondo varias veces.

Y dejé que el tiempo pasara, sin más.

No me lamenté ni me carcomí por dentro. Tampoco lloré ni me sentí una desgraciada. Mi vida se había ido a la mierda, sí, pero remontaría.Y lo haría con más fuerza.

Al atardecer desanduve mis pasos y volví al pueblo.

La luz cálida del interior iluminaba las mesas casi vacías del Anny’s. Un par de clientes charlaban en la esquina; otros jugaban a las cartas. Él recogía vasos detrás de la barra.

Entré.

El murmullo me envolvió.

Tucker levantó la vista al verme.

—Eh —dijo cuando me acerqué—. ¿Todo bien?

—Sí —respondí automáticamente.

Mentira.

Me senté en la mesa de siempre, cerca del billar donde las chicas y yo habíamos pasado muchas tardes jugando.

—¿Me preparas un chocolate? —pedí.

Se le enarcó una ceja un par de segundos.

No hizo falta añadir nada más.

Aunque me miró varias veces mientras me lo preparaba, como si supiera que no estaba allí por casualidad.

Cuando me lo trajo, se sentó frente a mí.

—Vale —pronunció despacio—. ¿Qué ha pasado?

No hubo rodeos ni fingimos normalidad.

—Me ha llamado.

Se le tensaron los hombros de inmediato.

Y se lo conté todo tal cual había pasado.

—Así que número oculto, ¿eh? Puto cobarde.

—Sí.

Apretó los dientes.

—¿Se lo has dicho a tu padre?

—Sí, ya está en ello.

Asintió, pero no parecía tranquilo.

—No quiero que vengas sola por las noches —dijo al final.

Alcé una ceja.

—No necesito escolta, Tuck.

—No he dicho eso.

—Llevo toda la tarde por ahí y no me ha sucedido nada.

—¿Por ahí dónde?

Encogí los hombros.

—En el lugar de Ruby.

—Joder, Lizzy…

Nos miramos unos segundos.

Una mirada diferente a todas las demás.

—No voy a quedarme en casa escondida —añadí—. No me va a arrinconar, Tuck.

Sus ojos se suavizaron.

—Eso lo sé.

Se inclinó un poco, acortando la distancia.

—Solo… —susurró—. No me gusta imaginarte por ahí sola.

Su preocupación me conmovió, y algo se me removió por dentro.

Entonces hizo una cosa que no me esperaba: sus rodillas me rozaron con suavidad debajo de la mesa. Un roce mínimo, pero deliberado. Sentí cómo el pulso se me disparaba y se me erizaba la piel.

El aire entre nosotros cambió.

Estábamos tan cerca…

Durante un segundo —uno real, medible— pensé que iba a besarme.

Lo pensé de verdad.

Y no me aparté.

El mundo pareció reducirse al sonido de nuestra respiración.

A la distancia exacta entre sus labios y los míos.

Contuve el aliento.

Entonces parpadeó y se apartó lo suficiente para que el oxígeno regresara a mis pulmones.

Cuando mucho más tarde me metí en la cama, me descubrí deseando que me hubiera besado.

Y, por primera vez, eso no me asustó.