CAPÍTULO 14
Tucker
Salí de la clínica después de hablar con el doctor Walsh sobre la rehabilitación de mi padre. Todo iba según lo previsto y lo lógico hubiera sido que fuera directo al Anny’s, pero seguí de largo.
No tenía pensado pasar por el colmado, pero como Maggie —bendita fuera— el día anterior me había dejado una nota con algún producto que necesitábamos con urgencia, no tuve más remedio que ir.
Aparqué frente al colmado justo cuando la puerta se abría desde dentro, aunque por culpa del sol no vi quién era hasta que casi le di con la portezuela de la camioneta en las narices.
Lizzy se detuvo en seco, a Dios gracias; de lo contrario, se hubiera comido la ventanilla.
—Lo siento —balbuceé—. No te he visto venir, Liz.
Se llevó la mano a la cara, palpándose la nariz.
—¿Te he dado? —pregunté, preocupado.
—Rozado, más bien.
—Joder, lo siento —repetí, sintiéndome fatal—. Yo no…
Quería tocarla y comprobar por mí mismo que estuviera entera, pero me contuve a duras penas.
—Tranquilo, Tuck, ha sido un accidente. Y estoy bien.
—¿Segura?
Sonrió.
—Del todo.
Había algo distinto en su forma de mirarme. Algo que, de repente, no sabía descifrar. No era incomodidad, aunque tampoco distancia.
«¿Atención… tal vez?»
—¿Vienes de la granja? —preguntó, sacándome de mis cavilaciones.
—De la clínica. El doctor Walsh dice que papá mejora dentro de lo esperado.
Se le relajaron los hombros.
¿Por qué ahora percibía esas cosas? ¿O lo hacía desde siempre?
—Me alegro.
El silencio se instaló entre nosotros, pero no fue el de siempre. No era el silencio cómodo de años compartidos, sino otro; más consciente, diría yo.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Todo bien?
Dudó una fracción de segundo.
—Sí. He estado con mi madre. Voy a ayudarle a organizar el festival de la cosecha este año. Ya que estoy aquí y no tengo nada que hacer… Al menos estaré entretenida.
—Claro que sí, te vendrá genial. Y lo del puesto de tartas es imposible de superar, algo en lo que pensar.
Eso último le arrancó una sonrisa real.
Una que me recordó a otros tiempos, cuando la preocupación y la tristeza no empañaban su mirada.
—Puede que subamos el nivel.
Me apoyé en la puerta de la camioneta, sin prisa alguna.
—Si necesitas ayuda con algo, avisa.
El ofrecimiento llegó sin que apenas me diera cuenta.
¿Yo, ayudando en el festival de la cosecha? ¿Desde cuándo tenía esas ocurrencias?
Como si no tuviera bastante con la granja y el Anny’s.
—Gracias, puede que te tome la palabra y me aproveche de ti.
Y, joder, me sorprendí deseando que sí, que me la tomara, para qué engañarnos.
Un coche pasó por la calle levantando polvo. El ruido nos obligó a apartar la vista un segundo.
Cuando volvimos a mirarnos, algo había cambiado. Nada tangible ni que pudiera señalar con exactitud, pero ahí estaba.
—Bueno… —empecé.
—Sí… —dijo ella al mismo tiempo.
Sonreímos, torpes.
—Nos vemos luego —añadí.
—Claro.
Me despedí con la mano y entré al colmado.
Y, mientras las campanillas sonaban detrás de mí, no pude evitar preguntarme por qué un encuentro tan normal me había dejado con esa sensación extraña en el pecho.
Y por qué no tenía ni idea de cómo manejarlo.
Ruby estaba detrás del mostrador. Caroline tenía a su hija en brazos.
Con la primera tenía una relación más especial. No porque fuera diferente, sino porque, hace años, cuando éramos adolescentes, ella había pasado por un secuestro exprés, por decirlo de alguna manera, y yo había estado allí con sus padres y parte del pueblo, ayudando con lo que me dejaban.
Las dos me miraron.
Y no fue una mirada normal.
Fue esa mirada compartida que se lanzaban antes de decir algo que no deberían decir.
Las conocía demasiado bien como para saber que algo se traían entre manos.
—¿Qué? —inquirí, dejando la cartera sobre el mostrador.
—Nada —respondieron a la vez.
«Eso nunca es buena señal».
Caroline se balanceó ligeramente en la mecedora.
—¿Te has cruzado con alguien interesante ahí fuera?
Entrecerré los ojos.
—¿Interesante?
Ruby fingió ordenar unas facturas.
—Lizzy salió hace unos minutos, nada más.
¿De qué iba esto? No terminaba de pillarlo.
—Sí. Nos hemos cruzado, ¿y?
Caroline sonrió.
—¿Y?
—¿Y qué?
Encogí los hombros, pasándole la nota a Ruby, que nos observaba con demasiada atención.
—Nada, hombre. Que últimamente os cruzáis mucho, ¿no?
Noté un cosquilleo incómodo en la nuca.
—Vivimos en el mismo pueblo —repliqué, quizá un poco más seco de lo necesario.
Ruby apoyó los codos en el mostrador.
—Claro. Y nosotras también. Y tampoco es que te veamos tanto.
—¿Me he perdido algo? —pregunté.
Caroline levantó una ceja.
—¿Tú qué crees?
El estómago me dio un pequeño vuelco. No sabía por qué.
—Creo que estáis aburridas.
Caroline soltó una carcajada.
—Ojalá.
Pagué, cogí la bolsa que Ruby me había dejado sobre el mostrador y salí del colmado con la sensación incómoda de que acababa de entrar en una conversación que llevaba tiempo produciéndose sin mí.
Y eso no me incomodó.
Porque si ellas estaban viendo algo… que yo no… ¿qué demonios era?
Una vez en el Anny’s, coloqué la compra y metí en el horno unos panes de hamburguesa que estaban a medio hacer.
Luego empezaron a llegar clientes y ya no tuve un respiro hasta que eché la llave y bajé la persiana.
Me quedé un momento apoyado en la barra, repasando mentalmente la lista de proveedores para el día siguiente.
Aunque la mente, traicionera ella, me llevaba por otros derroteros.
«¿Te has cruzado con alguien interesante ahí fuera?».
Resoplé.
Maldita Caroline.
Dejé el trapo sobre el fregadero y abrí una de las neveras para comprobar el inventario. Todo en orden.
Ojalá fuera igual en mi cabeza.
Apoyé ambas manos en el acero frío y me quedé quieto.
«Lizzy…».
No era raro cruzármela, joder. Ni tampoco era raro hablar con ella ni estar preocupado por su situación.
Nada era raro, maldita fuera.
«Entonces, ¿por qué sientes que lo es?».
La imagen volvió sin permiso: ella esta tarde, ahí fuera, mirándome un segundo más de lo habitual. ¿O quizá lo había imaginado?
«Vivimos en el mismo pueblo», les dije.
«Sí».
Pero antes no me fijaba en cómo se recogía el pelo cuando hacía calor. Ni en cómo fruncía el ceño cuando estaba pensando. O cómo bajaba la voz cuando algo le preocupaba.
Antes no me daba cuenta de esas cosas que ahora estaban tan presentes.
Cerré la nevera de golpe, quizá más fuerte de lo necesario.
«Céntrate, tío».
—No hay nada —murmuré.
La frase sonó hueca en el bar vacío.
Y no lo había, coño.
Lizzy siempre había sido Lizzy.
Mi amiga, la hija del sheriff y parte del pueblo desde que tenía uso de razón.
Y yo siempre había sido yo: su amigo, el camarero y el que estaba cuando hacía falta.
Siempre había sido así.
Apagué las luces de la zona principal y solo quedó encendida la lámpara sobre la barra.
La madera reflejaba una sombra alargada.
Me pasé una mano por el pelo, cansado.
Apagué la última luz y todo quedó en penumbra.
El silencio volvió a caer a mi alrededor, espeso.
Y fue entonces cuando me di cuenta, por primera vez, de que no estaba pensando en la granja, ni en mi padre, ni en el inventario.
Estaba pensando en ella.
Y eso sí que no era habitual.
«Mierda».
La calle estaba casi desierta cuando salí. Las farolas lanzaban círculos amarillentos sobre el asfalto y el aire olía a tierra caliente que empezaba a enfriarse.
Saqué las llaves de la camioneta cuando vi el coche del sheriff acercarse unos metros más allá.
Maverick ralentizó al verme y bajó la ventanilla.
No parecía estar allí por casualidad.
—¿Problemas? —tanteé, acercándome.
—No —respondió—. Voy de retirada, pero ya que estás aquí, quería comentarte una cosa.
Eso nunca era del todo tranquilizador.
—¿Ha pasado algo?
Negó con la cabeza.
—El TBI está moviendo la orden para registrar el apartamento de Nashville. Pero la coordinación con la metropolitana va lenta.
Asentí.
—¿Y él?
Maverick miró hacia la calle vacía antes de responder.
—Sigue usando sistemas para ocultar desde dónde se conecta. Retiró efectivo antes de desaparecer. Puede que siga en el estado. Puede que no. Y, a veces, la impaciencia me supera.
La incertidumbre me tensó los hombros.
—Se trata de Lizzy, no cualquiera. ¿Crees que volverá? ¿Que intentará acercarse a ella?
La pregunta me salió antes de pensarlo.
Me miró entonces, evaluando algo más que mis palabras.
—No lo sé —dijo al final—. Pero si lo hace, no lo hará por casualidad. Lizzy es fuerte —añadió—. Más de lo que parece.
—Lo sé.
—Pero eso no significa que no le esté afectando.
Entendí el mensaje.
—¿Qué necesitas?
—Que estés pendiente, no solo de ella. Y si ves algo que no te cuadra, Tuck, algo sospechoso, me avisas sin dilación.
—Descuida, puedes contar conmigo para lo que haga falta.
Por un segundo dejó de ser el sheriff .
—Eso también lo sé.
Arrancó el coche de nuevo y se llevó dos dedos a la frente, perdiéndose calle abajo.
Me quedé un momento más allí, con las llaves en la mano.
Había empezado la noche rememorando ciertas miradas y la terminaba pensando en un hombre que podía estar en cualquier parte.
Y, de repente, ambas cosas parecían peligrosamente conectadas.
Subí a la camioneta con la sensación incómoda de que el equilibrio del pueblo era más frágil de lo que aparentaba y me puse en marcha.
La casa estaba en silencio cuando llegué.
El reloj del pasillo marcaba casi la una. Mamá ya dormía. El televisor del salón seguía encendido, con el volumen tan bajo que apenas se distinguían las voces.
Papá estaba despierto.
—¿Te has tomado la medicación? —pregunté desde la puerta.
—Sí, pesado —gruñó—. Dos pastillas. Como me dijo el médico.
Me acerqué para comprobarlo de todas formas. La mesilla estaba despejada y el vaso de agua, casi vacío.
—Bien.
—Vete a dormir —añadió—. Mañana madrugas.
Me acerqué para darle un beso en la frente.
—Te quiero, viejo.
Otro gruñido fue su respuesta.
Me duché rápido. El agua caliente me relajó los hombros, que llevaban horas en tensión. Cuando salí, la casa seguía igual de callada. Me puse una camiseta limpia y me dejé caer en la cama sin encender la luz.
¿Por qué no conseguía dejar de pensar en ella?
Cerré los ojos.
No tenía sentido.
Pero su imagen se coló igual, insistente, como una canción que no querías tararear y se te quedaba pegada de todos modos al paladar.
Suspiré.
El sueño me fue atrapando poco a poco, con la sensación incómoda de que algo estaba cambiando en un lugar al que no sabía muy bien cómo poner nombre.
Y no estaba seguro de querer despertarme para pensarlo.