CAPÍTULO 13
Lizzy
El despacho de mi padre siempre estaba impoluto.
Era un hombre metódico al que le gustaba tenerlo todo en orden, nada fuera de lugar.
El aroma del café recién hecho impregnaba el ambiente cuando me senté en la butaca.
La puerta estaba cerrada. Nial y Lucien ocupaban las sillas frente a la mesa.
Sahale, de pie junto al archivador, tenía una libreta en la mano.
La pantalla del ordenador mostraba el rostro serio de un hombre que no conocía, con el logo del TBI, Agencia Estatal de Investigación de Tennessee, en la esquina inferior.
—División de Ciberdelincuencia —se presentó—. Agente Miller.
Mi padre asintió, sin sonreír.
No era él el que estaba ahí sentado, sino el sheriff .
—Gracias por atendernos, agente —dijo con voz firme—. ¿Qué tenemos?
El hombre carraspeó levemente.
—Confirmamos que el sospechoso retiró efectivo en Nashville tres días antes de que se interpusiera la denuncia. También detectamos un intento de acceso a su cuenta desde una red pública en las afueras de la ciudad.
Nial intercambió una mirada con Lucien que no me pasó desapercibida.
—¿Sigue en Tennessee? —preguntó Sahale.
—No podemos asegurarlo —respondió el agente—. Está utilizando una VPN y ha intentado eliminar parte del contenido. No todo. Algo permanece en servidores espejo.
—¿Una VPN? ¿Qué es eso? —exclamé.
No soportaba los tecnicismos en términos médicos o policiales; me sonaban a chino. Y necesitaba saber, en todo momento, de qué demonios estaban hablando.
—Una VPN significa que está usando un sistema para que no podamos saber desde dónde se conecta —explicó el hombre con paciencia.
Sentí que se me cerraba el estómago.
—¿Intentó borrarlo después de saber que lo había denunciado? —inquirí.
El agente me miró directamente a través de la pantalla.
—Eso parece.
El despacho se quedó en silencio unos segundos.
Mi padre apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Necesitamos agilizar la orden de registro del apartamento en Nashville —dijo, ya sin disfrazar la urgencia—. Si planeó esto con antelación, puede haber más dispositivos. Más material. No voy a permitir que destruya pruebas.
Ahí estaba el sheriff , moviendo ficha. Puede que no estuviera al mando de la investigación como tal, pero, conociéndolo, haría todo lo posible por estar presente, aunque fuera a cierta distancia. Sin embargo, en ese ceño fruncido y los dedos entrelazados con fuerza también estaba mi padre.
Y parecía más preocupado de lo que quería aparentar.
Eso me inquietó.
—Hace ya unos días que se hizo la solicitud pertinente —continuó— y aún no hemos tenido respuesta. Cuanto más tiempo pase, más riesgo corremos de no encontrar nada cuando nos den vía libre.
—La solicitud está en trámite, sheriff Jackson. El problema es la jurisdicción. Necesitamos coordinarlo todo con la policía metropolitana de Nashville.
—Coordínense —replicó mi padre con una calma peligrosa—. Yo me encargaré de lo que corresponda desde aquí.
Lucien se inclinó hacia delante.
—¿Hay indicios de que haya salido del estado?
—No concluyentes —contestó Miller—. Pero tampoco podemos descartarlo del todo. Tenemos a nuestro equipo trabajando en ello. No se preocupen y tengan calma.
Que no nos preocupáramos, decía… Como si esto fuera un juego de niños y no un delito.
Me turbaba no saber dónde estaba ni si seguía cerca, observándome y controlando cada paso que daba. Nathan jamás me había parecido peligroso, pero ahora, teniendo en cuenta lo que había pasado y lo que ya sabía, no tenía ni idea de qué esperar de él.
Mi padre me lanzó una mirada breve, como si supiera lo que me carcomía por dentro.
—Vamos a encontrarlo —aseguró, sin alzar la voz.
No era una promesa oficial, era personal. La promesa hecha a una hija que había visto cómo su vida daba un giro de ciento ochenta grados al ver su intimidad expuesta en una página para adultos.
La videollamada terminó pocos minutos después, quedándose la pantalla en negro.
Nadie pronunció palabra y, de pronto, el aire parecía más denso.
—Esto nos llevará más tiempo de lo esperado —advirtió Nial.
—Lo sé —respondí.
Fue entonces cuando comprendí que Nate, en realidad, no había perdido el control de la situación; no lo haría mientras estuviera ahí fuera, haciendo quién sabe qué. Y eso era más difícil de asumir, joder.
—No estás sola en esto, Lizzy, lo sabes, ¿verdad, cariño?
Asentí a mi padre.
No tenía miedo, pero tampoco esa tranquilidad fingida que todos parecían creerse.
Mientras no supiéramos dónde estaba, la historia seguía abierta. Y eso significaba que cualquier cosa podía pasar.
La puerta se cerró detrás de Nial y Lucien. Sahale fue el último en salir, con un leve gesto de cabeza hacia nosotros.
El despacho quedó de nuevo en silencio. La pantalla apagada reflejaba nuestras caras superpuestas.
Mi padre rodeó la mesa despacio y se apoyó en el borde, frente a mí.
—¿Estás bien?
La pregunta no llevaba uniforme ni placa.
Suspiré.
—Sí.
No era del todo mentira. Allí me encontraba segura, a salvo, pero eso no significaba que no me preocupara la situación y todo lo que la rodeaba.
Me miró durante unos segundos largos, de esos que te obligaban a sostenerle la mirada.
—No tienes que hacerte la fuerte conmigo, cielo.
Me crucé de brazos, más por protegerme que por frío.
—No me estoy haciendo la fuerte. Solo… estoy cansada. Cuanto antes termine todo esto, antes podré volver a mi vida. O rehacerla, al menos.
—Te entiendo, pero debes comprender que toda investigación lleva un proceso. Uno que no nos podemos saltar si no queremos cagarla. Es necesario seguir cada paso, Liz; esto no está siendo lento porque sí.
—Lo sé, papá.
—¿Te asusta que no sepamos dónde está? —preguntó.
Pensé la respuesta antes de darla.
—No me asusta él —dije al final—. Me asusta no haberlo visto venir.
Mi padre bajó la mirada un segundo.
—Las personas no siempre muestran lo que son.
—Ya.
Se pasó una mano por la nuca, gesto que hacía cuando se contenía para no hablar de más.
—Si en algún momento sientes miedo de verdad, me lo dices, ¿vale? No quiero que llegues a sentirte insegura y te lo guardes para ti.
Eso me tocó la fibra.
Asentí.
—Lo haré.
Me puse en pie y, antes de abrir la puerta, añadí:
—No voy a esconderme, papá.
Él sonrió apenas.
—Lo sé. Por eso me preocupo, cielo. Porque te conozco y sé de lo que eres capaz.
Salí del despacho sin rumbo fijo; necesitaba aire.
El sol ya estaba alto y la vida seguía su ritmo habitual, como si nada estuviera pasando. Como si mi vida no se hubiera partido en dos hacía apenas unas semanas.
Caminé sin pensar y, casi sin darme cuenta, mis pasos me llevaron hacia el establo.
El olor a heno y madera húmeda me recibió antes incluso de cruzar la valla. Me metí en las cuadras, agradeciendo la sombra y el frescor.
Los caballos levantaron la cabeza al oírme entrar.
—Tranquilos —murmuré.
Fui directa a ver a Príncipe, mi favorito. El caballo que el abuelo Anthony me había regalado hacía muchos años. Sus padres, Dama y Caballero, aunque ya eran mayores, pastaban en el prado del fondo, uno al lado del otro.
Apoyé las manos en su testuz, inhalando su característico aroma.
Me relajé al instante.
—Estar contigo siempre me hace sentir bien, bonito mío. Tú nunca me fallas, ¿eh?
Sonreí cuando me buscó con el hocico y relinchó.
—Sí, yo también te quiero.
—Sabía que te encontraría aquí.
Abrí los ojos.
Mi madre estaba en la entrada del establo, con una cesta apoyada en la cadera. Me observaba sin dramatismo, como si supiera exactamente cuánto espacio darme.
Arizona Graham no era mi madre biológica; esa se había esfumado cuando yo era pequeña y nunca más había vuelto a saber de ella. Arizona Graham era mi madre porque se había ganado ese título sin necesidad de parirme. Me conoció, me quiso, me cuidó y siempre estuvo a mi lado cuando la necesité.
«Y siempre lo está».
Exacto, ese era el papel de una verdadera madre. Y la quería por ello.
—¿Tanto se me nota? —pregunté.
—Eres igual que cuando eras adolescente. Cuando algo te superaba, venías aquí.
Sonreí un poco.
—Supongo que algunas cosas no cambian.
Se acercó despacio, dejando la cesta sobre un fardo de paja.
—He hablado con tu padre —dijo con suavidad—. Está preocupado. Como sheriff … y como padre.
—Lo sé.
Se apoyó en la madera junto a mí.
—El festival de la cosecha es en tres semanas.
La miré, sorprendida por el cambio de tema.
—¿Tan pronto?
—Sí. Y, como comprenderás, con todo lo que ha pasado… voy un poco justa de manos.
La miré con suspicacia.
—¿Estás intentando distraerme?
—Estoy intentando recordarte que la vida sigue —respondió sin rodeos.
Eso dolió menos de lo que esperaba.
—No estoy haciendo nada ahora mismo —admití.
—Exacto.
Me dedicó esa mirada suya que mezclaba ternura y firmeza.
—Podrías ayudarme con la organización. Los puestos, los voluntarios, la decoración… Además, la gente necesita verte. Verte bien, Liz.
Eso me hizo fruncir el ceño.
—No quiero que me miren con lástima.
—No lo harán —pronunció con absoluta seguridad—. Te mirarán porque sigues en pie.
Respiré hondo.
—Vale —dije al final—. Te ayudaré.
Sonrió, satisfecha, pero sin celebrarlo en exceso.
—Bien. Mañana empezaremos con la lista de proveedores. Y quiero que te encargues de coordinar la música este año.
La miré.
—¿Yo?
—Necesitas algo que te saque de la cabeza lo que no puedes controlar.
Tenía razón.
—Gracias, mamá.
Me pasó el brazo por los hombros un segundo, breve pero firme.
—Para eso estamos, cielo. ¿Qué vas a hacer ahora?
—He quedado con las chicas en el colmado.
—¿Quieres que te acerque?
—No es necesario. Iré dando un paseo.
—Ten cuidado. Y ya sabes, cualquier cosa, nos llamas.
—Descuida, lo haré.
Le di un beso y me alejé por el camino.
El paseo hasta el pueblo fue tranquilo, ameno. Tenía ganas de estar un rato con las chicas, achuchar a Eve y ponernos al día.
Un coche pitó al pasar a mi lado y levanté la mano, saludando. Era un hecho que todo el pueblo, o casi todo, sabía por qué estaba aquí, y no me molestaba. No obstante, tampoco quería que me trataran de forma diferente ni sintieran pena de mí.
Tucker no estaba en el Anny’s cuando pasé por la acera de enfrente; o puede que sí y simplemente no lo hubiera visto.
«Pero ¿por qué te fijas en eso ahora?».
No me respondí.
Las campanillas del colmado sonaron al empujar la puerta.
Ruby estaba detrás del mostrador, colocando unas cajas de conservas, y Caroline ocupaba la mecedora junto a la ventana, con Eve en brazos.
—Mira quién aparece por fin —canturreó—. Pensábamos que ya no ibas a venir.
—Hola a ti también —respondí, apoyándome en el mostrador.
Ruby levantó la vista y sonrió.
—Justo hablábamos de ti.
—Eso nunca es buena señal.
Caroline se echó a reír.
—Tranquila. No estábamos diseccionando tu vida. O puede que sí, pero solo un poco.
Fruncí el ceño.
—Me encanta cómo suavizas las cosas.
Eve hizo un ruido extraño, mitad bostezo, mitad queja, y su madre la acomodó mejor.
—¿Cómo ha ido lo de esta mañana? —se interesó Ruby, más seria.
—Lo de siempre. Mucha burocracia. Pocas respuestas claras…
Asintieron.
Luego Caroline ladeó la cabeza, observándome con esa mirada suya que lo veía todo.
—He oído que has estado por la granja de los Jones —soltó como si nada.
—He ido a ver a Jeremiah.
—Claro —dijo ella, demasiado rápido—. A Jeremiah.
Ruby intentó disimular una sonrisa.
—¿Qué?
—Nada —respondieron las dos a la vez.
Me crucé de brazos.
—Decidlo ya.
Caroline se encogió de hombros.
—Solo digo que hace tiempo que no te veía tan… presente.
—¿Presente?
—Sí. Como más aquí. Más metida en el pueblo…, relacionándote.
No sabía si eso era un cumplido o una acusación.
—Estoy organizando el festival con mi madre —repliqué para disimular.
—Ajá.
Ese «ajá» tenía demasiadas capas.
Ruby apoyó los codos en el mostrador.
—Y Tucker también está por ahí todo el día, ¿no?
Sentí un leve calor en la nuca.
Y en las mejillas.
—Siempre ha estado por ahí todo el día.
—No se refería a eso —murmuró Caroline, con media sonrisa.
Miré a Eve, que me observaba con esos ojos enormes, ajena a la tensión adulta que flotaba en el aire.
—No hay nada —solté, quizá demasiado firme.
Caroline arqueó una ceja.
—Nadie ha dicho que lo hubiera, Liz.
—Sois las peores amigas del mundo, ¿lo sabéis?
—Claro, por eso nos quieres tanto.
Le cogí a Eve de los brazos y escondí la cara en los pliegues de su regordete cuello.
No me molestaba lo que insinuaban. Lo que me molestaba era que, en algún rincón muy pequeño de mi cabeza, empezaba a preguntarme si tendrían razón.