Mi lugar, contigo CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Tucker

Los hospitales siempre me habían parecido lugares demasiado blancos, limpios y lúgubres para el gusto de nadie. Además, desde que había tenido el accidente en aquella misión y me vi obligado a pasar tanto tiempo hospitalizado, los odiaba.

Pero esta mañana era diferente.

—Te lo dije —murmuró papá desde la silla de ruedas—. No hacía falta montar tanto revuelo.

Resoplé.

—Te has roto la cadera, viejo. El revuelo era obligatorio.

Norma soltó una risa baja mientras ajustaba la chaqueta sobre los hombros de mamá, que se había empeñado en acompañarnos a buscarlo en lugar de quedarse en casa esperando.

Jason se encargaba de los papeles en el mostrador, hablando con una enfermera que parecía encantada de explicarlo todo tres veces.

Papá estaba pálido. Más delgado. Más frágil de lo que me gustaba admitir, aunque se encontrara bien.

Y eso bastaba.

—En casa estaré mejor —insistió él.

—En casa no vas a hacer nada de nada —le recordé.

—Eso ya lo veremos.

«Sí, claro».

A Jeremiah Jones nadie le ganaba a cabezota.

Me agaché frente a él para ajustar los reposapiés de la silla y noté su mano apoyarse un segundo en mi hombro. Firme. Aún fuerte.

—Gracias, hijo.

No hizo falta más.

Nos movimos despacio hacia la salida. El aire de fuera, frío y limpio, me llenó los pulmones con una sensación que no sabía que estaba esperando.

El trayecto hasta casa fue a las mil maravillas: poco tráfico, conversación amena y alguna que otra risa.

Mientras escuchaba a papá hablar de la porquería de comida que le daban en el hospital y quejarse de que las enfermeras no le dejaban dormir la siesta como le gustaba, pensé en lo otro; en la investigación que ya se estaría llevando a cabo en la capital.

Habían pasado varios días sin noticias nuevas, sin movimientos visibles.

Demasiado silencio para mi gusto.

Y como yo solo era un ciudadano de a pie, no me atrevía a hacer preguntas que no me competían.

Sí, Lizzy había ido al Anny’s más de lo habitual; sin embargo, estar dándole la turra siempre con lo mismo no me parecía lo correcto. Si ella iba al bar como método de desconexión, ¿quién era yo para hacer lo contrario y fastidiarle los planes?

No tenía ni idea de cuándo había empezado a buscarla con la mirada cada vez que entraba por la puerta.

Supuse que era costumbre, siempre había sido así… ¿o no?

La familia, la granja y el bar siempre eran lo primero.

Y Lizzy, de una forma u otra, siempre había estado dentro de esa ecuación.

Una vez en la granja, cerré la puerta del coche con cuidado y rodeé el vehículo hasta el asiento del conductor.

—Bienvenido a casa, viejo.

—Bienvenido, porras. Déjame en el sofá, que no pienso moverme de allí.

—Puede que al doctor Walsh no le guste esa idea tanto como a ti —repliqué.

—Al carajo con todo. Hoy no pienso hacer nada de nada, salvo estar con tu madre.

Que siguiera habiendo amor en sus miradas me enternecía, para qué negarlo.

—Sí, querido —respondió esta—. Hoy nos dedicaremos a vaguear y a estar juntos en el sofá, pero mañana…

—Ni se te ocurra decirlo, déjame disfrutar del momento, coño.

Todos nos reímos.

Luego, con cuidado de no hacerle daño, lo ayudé a entrar por la puerta de atrás y lo acomodé en el sofá, justo como él quería.

Y allí lo dejé, disfrutando de su ansiado descanso y de la compañía de mamá, mientras yo terminaba algunas cosas que había dejado a medias por la mañana, antes de ir a buscarlo.

Nada importante, solo cosas de siempre.

Revisar un vallado, mover un par de sacos, asegurar una puerta que llevaba días chirriando.

El calor apretaba más de lo que esperaba para esa época del año. Me quité la camiseta sin pensarlo y la dejé sobre el tractor. El aire me dio de lleno en la piel sudada y agradecí la mínima brisa que se colaba entre los árboles.

Estaba agachado, ajustando una bisagra, cuando escuché el motor de un coche acercarse por el camino de grava.

No le di importancia.

La granja no era precisamente un lugar tranquilo.

Hasta que levanté la vista y la vi.

Pero ¿por qué demonios me ponía nervioso?

Lizzy llevaba el pelo recogido en una coleta improvisada y una bolsa en la mano. Miró alrededor como si buscara a alguien y, cuando me vio, se le dibujó una sonrisa que no supe descifrar del todo.

—Hola —dijo, acercándose.

—Hola —respondí, incorporándome—. ¿Todo bien?

—Sí. Vine a ver cómo estaba tu padre. Y Anne me ha encasquetado esto —alzó la bolsa—. Caldo. Dice que «los huesos rotos se arreglan mejor por dentro». Ya sabes cómo es.

Sonreí.

—No pienso discutirle la lógica a Anne; eso la cabrearía mucho.

Nos quedamos un segundo mirándonos, incómodamente cómodos. Como si no supiéramos muy bien por qué ese encuentro, que era lo más normal del mundo, se sentía un poco distinto.

—Está dentro, durmiendo —añadí—. Ha caído como una piedra.

—Mejor.

Lizzy miró alrededor: a los animales, al establo, al cielo despejado.

—Huele a verano —comentó.

—Eso no suele ser buena señal por aquí. Demasiado trabajo.

Soltó una risa baja.

Y me gustó ese sonido más de lo que debería admitir.

Volví a agacharme para terminar con la bisagra.

—¿Te ayudo en algo? —preguntó.

—No, tranquila. Esto es más de pelearme con tornillos que de ayuda real.

Se quedó de pie, jugueteando con el asa de la bolsa. El silencio entre nosotros no me pareció el de siempre. O puede que solo fueran imaginaciones mías; no descartaba esa posibilidad.

Cuando terminé, me limpié las manos en los vaqueros y me giré hacia ella.

—Si quieres, entra y lo ves un momento cuando despierte. Si no, puedo decirle que has estado aquí.

Asintió.

—Entraré, si no te importa.

—Estás en tu casa, Liz. Seguro que a mamá le gustará verte.

—Me he cruzado con tu hermana y Jason en la carretera.

—Sí, se han ido hace nada.

—Bueno, pues entro, ¿vale?

Solo asentí, viéndola cruzar la puerta mosquitera.

Y maldita fuera mi estampa, eso también me gustó.

Lizzy

El aroma del campo se colaba por las ventanas abiertas cuando crucé el umbral de la puerta. Con la bolsa en las manos, caminé despacio por el pasillo, guiándome por el murmullo bajo del televisor encendido en alguna parte.

Jeremiah dormía en el sofá, con las piernas elevadas sobre un par de cojines y una manta cubriéndole hasta la cintura. Tenía el ceño fruncido, como si incluso dormido estuviera enfadado con la idea de tener que quedarse quieto.

Me quedé un segundo en la puerta, sin saber muy bien si entrar o no.

Siempre había sido así con él. Cercanos, pero no íntimos. De esos hombres del pueblo que te veían crecer y te trataban como si todavía llevaras trenzas.

Di un paso más.

El suelo crujió levemente y abrió los ojos.

—¿Norma? —murmuró, con la voz ronca del sueño.

—Soy Lizzy, señor Jones —sonreí, acercándome—. No quería despertarle.

—Bah. Dormir está sobrevalorado.

Intentó incorporarse un poco y enseguida hizo una mueca.

—Quieto, o tu hijo te echará la bronca si te haces daño.

Resopló, pero se quedó como estaba.

—Ese muchacho es un gruñón.

A mí no me lo parecía, pero no pensaba llevarle la contraria.

—Anne le manda caldo, señor Jones. Ya sabe, para fortalecer los huesos.

Sonrió.

—Ay, Anne, Anne, qué mujer… Dale las gracias de mi parte.

—Y de la mía —dijo la señora Jones entrando en el salón—. ¿Cómo estás, cielo?

Por esa forma de mirarme, supe que, al igual que la mayoría de habitantes de Mountain Brooks, ya estaba enterada de lo sucedido.

—Estoy bien, señora Jones, tranquila, que no es poco.

—Todo se arreglará, mi niña, ya lo verás.

—Sí, lo sé.

El señor Jones nos miraba a una y a otra, sin comprender. No sería yo quien lo pusiera al corriente; no era mi intención.

Me senté en la silla junto al sofá. El televisor seguía encendido, pero ninguno de los tres le prestábamos atención.

—¿Cómo se encuentra? —me interesé para cambiar el rumbo de la conversación.

—Como si me hubieran desmontado y vuelto a montar deprisa —contestó—. Pero el médico dice que todo va bien.

Asentí, aliviada.

Hubo un silencio cómodo entre nosotros. De esos que no necesitaban llenarse con cualquier frase.

—Tucker anda fuera —dijo—. No para quieto. ¿Lo has visto?

—Sí, señor, lo he visto.

Y me sonrojé.

Jeremiah sonrió de medio lado, como si entendiera más de lo que yo estaba dispuesta a admitir.

Miré al suelo, incómoda de pronto. No porque hubiera hecho nada mal, sino porque sentí que me estaban viendo de una forma nueva.

La señora Jones, que había ido a la cocina, regresó con una taza de té para mí y un vaso de leche para su esposo.

—¿Y usted?

Me guiñó un ojo.

—Ahora vuelvo.

Apoyé los codos en las rodillas y dejé que el silencio volviera a instalarse entre nosotros.

A través de la ventana entraba la luz de la tarde. Y, en algún punto del exterior, sabía que Tucker seguía haciendo cosas de esas que nunca parecían urgentes y que, aun así, siempre se acababan haciendo.

Me di cuenta de que me gustaba estar allí. Y eso me inquietó más de lo que quería reconocer.

Y, sin venir a cuento, la imagen de Tucker sin camiseta se coló en mi cabeza. La forma en que el sol le marcaba los hombros. El contraste de la piel más oscura por el trabajo al aire libre. La línea de músculos que no sabía que había estado mirando…, hasta que supe que la estaba recordando.

Parpadeé.

¿Qué narices me pasaba?

¿Y por qué me fijaba ahora en ese tipo de detalles que antes me habían pasado desapercibidos?

«¿Estás segura de eso?».

Pues no, no lo estaba. Pero quería creer que no, que todo era por culpa de ese maldito sueño o que mi mente me estuviera jugando una mala pasada. Los cambios drásticos de vida podían ocasionar esas cosas, ¿verdad?

Agradecí que la señora Jones no estuviera presente y que el señor Jones roncara en la butaca y ninguno fuera testigo de que me encontraba en la inopia.

Debería marcharme.

Aparté la vista, como si alguien pudiera leerme el pensamiento, y me forcé a concentrarme en el ruido lejano del campo, en el canto de un pájaro, en cualquier cosa que no fuera el recuerdo demasiado nítido de su pecho descubierto.

—¿Todo bien?

Di un pequeño respingo.

Tucker estaba en la puerta del salón, apoyado en el marco, con la camiseta puesta otra vez.

¿Cuánto tiempo llevaba ahí?

—Sí —respondí demasiado rápido—. Solo… estaba pensando.

—¿En la investigación?

La pregunta fue directa, práctica. Tucker en modo Tucker.

—Eh… sí —mentí mal.

Se acercó un par de pasos.

—No hay novedades por ahora. Sé que mañana habrá una reunión táctica o algo así —comenté.

—Pensé que ya estaban en ello.

—Aún no. Necesitas equis permisos para actuar. Ya sabes cómo va esto de la burocracia.

Me levanté para no seguir sentada ahí, con la cabeza traicionándome. Él me observó un segundo, como si notara que algo no cuadraba, pero no insistió.

—Gracias por venir —pronunció—. A mi padre le anima ver caras conocidas.

—A mí también me apetecía pasarme.

Era verdad. Solo que no toda, claro.

—Por favor, despídeme de tu madre.

—Está al teléfono con Annabel. Esas conversaciones pueden ser eternas.

Nos quedamos un segundo de más en la entrada de la casa.

Yo, con las llaves en la mano.

Él, ajustándose la gorra.

—Voy a pasar por la clínica —anunció—. El doctor Walsh quería verme un momento, por lo de la rehabilitación de mi padre y eso.

—Ah, sí… —respondí—. Yo voy al colmado. Ruby me pidió que le echara una mano con no sé qué.

Nos miramos.

—Bueno… —empezó él, y se quedó ahí.

—Sí —añadí yo, sin saber a qué estaba diciendo «sí».

Hubo un silencio breve, incómodo de una forma nueva.

—Ya nos veremos luego por el Anny’s —dijo al final.

—Claro.

Sonreímos los dos, pero fue una sonrisa torpe, descolocada, como si ninguno supiera muy bien por qué estaba sonriendo.

Él dio un paso hacia atrás.

Yo caminé hacia el coche.

—Cuídate —soltó.

—Tú también.

Dejé de verlo cuando salí de la granja.

Y solté el aire que no sabía que iba conteniendo.

¿Qué demonios había sido eso?