Mi lugar, contigo CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Lizzy

Me desperté de golpe.

El corazón me latía demasiado rápido contra las costillas. Tardé unos segundos en reconocer el techo de la habitación, el tocador con algunas de mis cosas y el corcho de la pared lleno de recuerdos adolescentes.

Sentía la piel caliente, como si me hubieran tocado de verdad.

Me llevé la mano al pecho, no asustada, sino sorprendida.

El sueño se me escapaba en fragmentos. No era una escena clara. Las luces bajas, el murmullo apagado… Yo estaba sentada en la barra, con un vaso entre las manos, sin saber qué bebía. Él estaba frente a mí, apoyado en la madera, mirándome como lo hacía a veces.

Había algo distinto en esa mirada.

Sentí su mano en mi cintura. No como un gesto de apoyo ni como cuando me guiaba entre la gente del bar.

Fue un roce lento, deliberado, como si el mundo alrededor hubiera dejado de existir.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza: el pulso se me aceleró, el aire me entró a trompicones en los pulmones.

No me aparté.

Me incliné hacia él sin pensar. La cercanía era tibia, real. Demasiado real. Su respiración me rozó la mejilla. Noté el calor de su cuerpo rodeándome. La forma en que mis dedos se cerraban en la tela de su camiseta, como si necesitara agarrarme a algo para no caer.

Cuando sus labios estuvieron a punto de tocar los míos, el mundo se detuvo.

Por eso ahora respiraba de forma agitada y tenía la piel ardiendo.

Me incorporé en la cama.

—Joder… ¿Tucker?

Cerré los ojos un segundo.

El deseo seguía ahí, incómodo, fuera de lugar. Y con él, la culpa. Por haber sentido… esas cosas. Por no haberme apartado y por haber querido algo que no debería querer.

Porque no debería, ¿verdad?

«Relájate, Liz, solo ha sido un sueño».

Sí, pero muy real, maldita fuera. Que se lo dijeran a mi corazón, que estaba descontrolado.

«Es por el cansancio y el estrés de todo lo que está pasando. Tienes la cabeza hecha un lío».

Sí, tenía que ser eso, porque si no, no me lo explicaba.

Me dejé caer de nuevo sobre la almohada, mirando al techo, sabiendo que sería imposible que volviera a dormirme.

Cuando el reloj marcó las siete y media, me rendí. Me puse una chaqueta fina y bajé descalza las escaleras, intentando sacudirme la sensación que aún me recorría la piel.

El aroma del café y algo dulce me llegó desde la cocina.

Al doblar el pasillo, escuché voces.

La de Anne… ¿y la de él?

Me detuve un segundo antes de entrar.

¿Acaso seguía soñando?

—Anne, están perfectas —decía Tucker—. Estas tartas van a volar en cuanto las ponga en la barra.

Pues no, no lo era.

Tragué saliva y entré.

Estaba de espaldas, inclinado ligeramente sobre la mesa, guardando en cajas dos tartas que Anne había preparado. Llevaba vaqueros gastados y una camiseta gris que se le ajustaba más de lo que yo recordaba.

¿Siempre había sido así?

—Buenos días —dije.

Mi voz no sonó normal, al menos a mis oídos.

Él se giró, dedicándome una de esas sonrisas suyas, sin dobleces.

—Buenos días, madrugadora.

Sentí un calor extraño subir por el cuello.

No por la frase en sí, sino por cómo me miró.

No había nada diferente en sus ojos. Tampoco ninguna intención oculta; aun así…

Madre mía, ¿qué me estaba pasando?

«Es el estrés, no otra cosa. Recuérdalo».

—No he dormido mucho —mentí a medias.

—Se te nota un poco —respondió con suavidad—. ¿Estás bien?

Asentí.

—Sí. Solo es… cansancio.

Se limpió las manos con un paño y dio un paso hacia mí.

Para mi desgracia, fui consciente de cada centímetro que recorrió.

—Si necesitas algo, lo que sea…

Anne soltó uno de sus gruñidos, despejándome la mente de esa cosa extraña que flotaba en ella.

—Ahora se tomará un buen desayuno que la dejará como nueva, ¿verdad, tesoro?

Tardé un par de segundos en sonreír.

—Claro, Anne, estoy famélica.

«Mentira cochina».

Tuck levantó las cajas sin quitarme los ojos de encima.

—¿Te pasarás luego por el Anny’s?

Sus ojos sostuvieron los míos un segundo más de lo habitual.

O quizá fueron imaginaciones mías, a saber…

—Sí, puede que quede con las chicas más tarde y me pase.

—Genial, pues hasta luego entonces.

Y vi cómo desaparecía de mi vista en un santiamén.

Me quedé quieta, conteniendo la respiración y escuchando el sonido de sus pasos alejándose por el porche.

Me apoyé en la encimera, intentando entender en qué momento había empezado a mirarlo… así.

No fui capaz.

Tucker

Aparqué la camioneta junto a la puerta y salí con las tartas ya en la mano.

Anne hacía esto dos o tres veces a la semana; amasaba, preparaba y horneaba para el bar.

Si no eran tartas, eran magdalenas o cualquier otro tipo de dulce.

Desligarse del lugar que siempre había sido su hogar no fue fácil, todo había que decirlo.

Una mala caída la llevó a convivir con la que fue, en otros tiempos, su peor enemiga: Arizona Graham.

Se caían tan mal mutuamente que, al final, se había instalado en la granja con ella de forma indefinida.

Sobraba decir que se adoraban y que hacía años que era un miembro más de la familia Brooks.

Abrí la puerta y encendí las luces.

Maggie había cerrado la noche anterior. Si no fuera por ella, no sé cómo me las estaría arreglando. Por norma general, era mi hermana la que trabajaba conmigo, pero como nuestro padre seguía hospitalizado y había que hacerse cargo de los animales y demás, su ayuda no me venía nada mal.

Enseguida comencé a prepararlo todo para abrir.

Y cuando me quise dar cuenta, el bar estaba abarrotado y ya había pasado parte de la mañana.

La vi nada más entrar.

Que había dormido poco se notaba a leguas.

Terminé de servir un par de cafés y me acerqué a su mesa.

—Servicio prémium para clientas especiales —dije, dejando la taza y el plato frente a ella.

Alzó la vista.

Y, por un segundo, me miró como si estuviera intentando descifrar algo.

—No hacía falta —respondió.

—Siempre hace falta café.

Me senté frente a ella sin pedir permiso. No porque diera por hecho nada, sino porque llevábamos haciéndolo así varios años.

De adolescentes no habíamos sido muy amigos; yo era el gamberro del pueblo y ella, la niña buena, hija del sheriff .

Nuestra amistad había llegado con el tiempo y la madurez.

Aunque yo siempre intentaba mantenerme en un segundo plano, detrás de la barra, terminaba enterándome de todo lo que le pasaba al grupo.

Así fue como poco a poco me integraron en él.

La observé mejor.

Tenía los ojos más oscuros… concentrados.

—¿Has dormido algo al final? —pregunté.

Negó con la cabeza.

—Anne me puso a pelar patatas poco después de que te fuiste.

Sonreí.

—Menuda explotadora.

—No lo sabes tú bien.

—¿Te pasa a menudo?

—¿Que Anne me ponga a pelar patatas?

—No, lo de dormir mal.

—No dormí mal… solo tuve un sueño raro.

Enarqué una ceja.

—¿Una pesadilla?

Tardó un poco en contestar:

—Aún no lo sé.

Cogió el tenedor y partió un trozo pequeño de tarta. Se lo llevó a la boca sin dejar de mirarme, como si se hubiera olvidado de apartar la vista.

—¿Qué? —pregunté, divertido.

Parpadeó.

—Nada.

Negó con la cabeza, pero se le escapó una media sonrisa.

Tuve que obligarme a apartar la mirada.

El bar seguía con su ritmo normal. Conversaciones cruzadas. El tintinear de tazas. Afuera, el sol ya pegaba con más fuerza que por la mañana.

—Gracias por estar —dijo de pronto.

La frase me pilló desprevenido.

—No tienes que darme las gracias, Liz.

—Aun así.

Me encogí de hombros.

—No voy a irme a ningún sitio. Siempre estaré aquí.

Y lo decía en serio. No como gran promesa, sino como un hecho simple.

Se quedó callada un momento, girando la taza entre las manos. Noté que me observaba de nuevo.

No quise darle importancia a que eso me pusiera nervioso.

—¿Te quedarás por aquí hoy? —quise saber.

—Solo un rato más.

—Bien.

Asentí, satisfecho sin saber muy bien por qué.

Me levanté cuando escuché a Jo llamarme desde la barra.

—Tengo que volver al ruedo.

—Claro.

Di un paso atrás y, antes de girarme, murmuré:

—No pienses demasiado, ¿vale?

Me fui de vuelta a la barra, convencido de que lo único que necesitaba Lizzy era tiempo para recolocar todo lo que le había explotado en su vida, que no era poco.

Si todo hubiera seguido su curso, faltarían solo seis semanas para su boda con ese… innombrable. Y, sin embargo, allí estaba, con la vida hecha jirones, pero fuerte como un roble; lo que no significaba que no estuviera sufriendo lo suyo, aunque no lo demostrara.

Cada vez que pensaba en aquella noche, cuando todo explotó, se me desgarraba el alma.

«Si pudieras ponerle las manos encima a ese cabronazo…».

Mejor no pensar en ello.

Entre pedido y pedido, era inevitable que levantara la vista y la buscara.

Seguía en la mesa, con la taza de café —probablemente fría— entre las manos. No parecía tener prisa por beberlo. Observaba el movimiento del bar como si fuera la primera vez que estaba allí, aunque se lo supiera de memoria.

Me fijé en la forma en que se recogía el pelo detrás de la oreja. En cómo fruncía el ceño cuando alguien hablaba demasiado alto. En el gesto distraído de girar la cucharilla en la taza.

Cosas pequeñas que había visto mil veces y que, de repente, me llamaban la atención.

Llevé otro café a una mesa, cobré una cuenta, respondí a una broma de alguien. Cuando volví a mirarla, levantó la vista y nuestras miradas se cruzaron.

El cosquilleo que me recorrió la piel me sorprendió.

—¿Todo bien? —preguntó, sin alzar la voz.

—Sí. ¿Y tú?

Asintió.

—Sí.

No me convenció del todo, pero tampoco insistí. Había aprendido a no hacerlo. Lizzy siempre acababa hablando cuando estaba preparada para ello.

Seguí con lo mío, pero cada poco mi atención volvía a ella sin que supiera explicar por qué.

No era preocupación. No exactamente, al menos.

Era… ¿costumbre?

Sí, la costumbre de saber que estaba ahí.

La costumbre de que, pasara lo que pasara, el bar siempre acababa reuniéndonos.

Cuando me di cuenta de que llevaba más tiempo del normal observándola, aparté la mirada y me centré en la cafetera.

¿Qué cojones me pasaba? ¿De repente no podía apartar la vista de ella o qué?

Inspiré hondo, negándome a darle más vueltas de las necesarias.

Lizzy era mi amiga, estaba pasando por un momento complicado y yo solo me cercioraba de que estuviera bien. Nada más. Fin de la historia.

Porque no había nada más, ¿verdad?

«Joder».