CAPÍTULO 10
Lizzy
Cuando terminé de contarlo todo, sin que ninguno de los presentes me interrumpiera, esperé el estallido que sabía que iba a llegar; solo era cuestión de tiempo.
Para empezar, no me hicieron repetir nada.
Y, evidentemente, la primera reacción fue el silencio.
Uno largo y tenso.
A continuación, fue Caroline la que explotó primero.
—¿Que ese cabrón ha hecho qué?
Su voz resonó más alta de lo que pretendía. Lucien le apoyó una mano en la espalda, pero no para frenarla. Más bien para contener la explosión.
Ruby se quedó completamente quieta. Demasiado, de hecho.
—Lizzy… —murmuró—. Dime que no estoy entendiendo esto bien.
Negué con la cabeza.
—Lo estás entendiendo a la perfección, Ru.
Caroline se levantó de golpe, haciendo que la silla rozara el suelo con un chirrido y cayera con un golpe sordo.
—Ese hijo de… —Se pasó la mano por la cara—. Ese maldito enfermo.
Un par de clientes miraron hacia nosotros. Maggie carraspeó con discreción desde la barra.
—Caroline —advirtió Lucien en voz baja.
—No, no me digas nada —replicó ella—. ¿Sabes lo que es eso? Es una violación. Aunque no haya contacto, es una puñetera violación. A la confianza. A la intimidad. Al honor.
El silencio volvió a caer sobre nosotros, aunque esta vez no era por la incredulidad.
Era de comprensión.
Ruby se inclinó hacia mí.
—¿Desde cuándo…?
—No lo sé —admití.
La voz me salió más estable de lo que esperaba.
—He encontrado una cámara. Y un micrófono.
Caroline soltó una risa sin humor.
—Voy a matarlo, joder. Por supuesto que lo haré. Con mis propias manos.
—No —susurré con calma.
Eso la frenó más que cualquier otra cosa.
—Mi padre ya está en ello, Carol.
Nial intervino entonces.
—Desaparecerá durante un tiempo —dijo con tono profesional—. Si ha retirado dinero y no está en vuestro piso, es porque sabe que la cosa va en serio.
Asentí.
—Eso es lo que ha hecho, sí.
Caroline se quedó inmóvil.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que se ha ido.
Ruby me cogió la mano.
—No te va a pasar nada. Aquí estás a salvo. Todos te protegeremos.
—No tengo miedo, Ruby.
Miré a nuestro alrededor.
Las mesas ocupadas. El ruido suave de cubiertos. La luz entrando por las ventanas.
Todo tan igual y, sin embargo, tan distinto a la vez.
—No tengo miedo —repetí, más para mí que para ellas—. Solo quiero que esto termine rápido y se lo hagan pagar.
Caroline volvió a sentarse, pero seguía vibrando de ira contenida.
—Pues que se prepare —murmuró—. Porque se ha metido con la persona equivocada.
Tucker no dijo nada, pero sentí su presencia a mi lado como una línea firme.
¿Por qué este hombre me daba tanta seguridad?
—¿Tú cómo estás, cielo?
Miré a Ruby.
—Ahora que estoy aquí, tranquila. Pero ha sido un golpe duro ver esas imágenes y darme cuenta de que, en realidad, no conocía a la persona con la que compartía mi vida. Me siento impotente, eso también.
—Sabes que estamos aquí para lo que necesites, ¿verdad?
Cogí la mano que Caroline me extendía.
—Por supuesto que lo sé.
Ruby se secó una lágrima con disimulo, tomándome la mano libre.
—No puedo ni imaginar lo que se te pasó por la cabeza cuando… cuando abriste esa página y… Me duele en el alma que ese cerdo te esté haciendo daño tan gratuitamente, joder.
—La investigación ya está en marcha —informó Lucien—. Y tenemos la ayuda de la unidad de Nashville.
Caroline seguía mascullando insultos cuando la campanilla de la puerta volvió a sonar.
No habría prestado atención si no hubiera visto cómo Nial levantaba la cabeza al instante.
Mi padre entró.
No llevaba el uniforme completo, pero sí la placa visible en el cinturón. Sahale venía un paso detrás.
El murmullo del bar bajó un grado.
No era habitual verlo entrar así, a media mañana, con esa expresión.
Se me tensó el estómago, preparándome para lo que fuera a venir a continuación.
Tucker se movió, acercándose un poco más a mí.
Mi padre se detuvo frente a nuestra mesa y evaluó el círculo que me rodeaba.
Se le relajaron un poco los hombros al instante.
—Necesito un minuto contigo, cariño.
Caroline abrió la boca, pero Lucien le apretó con suavidad la rodilla.
No me puse en pie.
—Aquí está bien, papá. Son mis amigos, la familia que se elige. Puedes hablar sin problema —dije.
Si iba a haber noticias, no quería volver a esconderme en almacenes ni nada por el estilo.
Mi padre asintió.
Sacó el móvil del bolsillo y me lo mostró.
—Hemos confirmado un segundo movimiento bancario esta mañana.
Se me aceleró el pulso.
—¿Dónde?
—Gasolinera a las afueras de Nashville. Cámara de seguridad. Estaba solo.
El aire en la mesa cambió.
—¿Sabéis hacia dónde iba? —preguntó Tucker, controlado.
—Pagó en efectivo después de repostar. Sin embargo, hay algo más.
Me sostuvo la mirada.
—Intentó acceder a la cuenta de la plataforma desde una red pública hace una hora.
Caroline soltó una risa seca.
—¿Es idiota o qué?
Sahale respondió con calma:
—Es alguien que no esperaba que reaccionáramos tan rápido.
Mi padre guardó el teléfono.
—Estamos coordinados con Nashville. No hay una orden de arresto todavía, pero sí de localización.
Se me secó la garganta.
—¿Crees que…?
—Creo que está improvisando —respondió—. Y eso juega a nuestro favor.
El silencio que siguió no fue de miedo, sino de determinación.
Caroline cruzó los brazos.
—Pues que improvise todo lo que quiera. No va a volver aquí, por la cuenta que le tiene.
Mi padre me miró una última vez.
—Esto ya no es solo tu denuncia, cielo. —Hizo una pausa leve—. Es un caso activo. Y es peligroso.
Ahí estaba.
La línea invisible que separaba lo personal de lo oficial.
—Estaré bien, papá. Nathan no es tan valiente como para venir a buscarme. Al fin y al cabo está huyendo, ¿no?
—La desesperación puede hacernos dar pasos que no daríamos en momentos de normalidad, Lizzy. No te confíes, ¿vale?
—Descuida, no lo haré.
—Bien. Vosotros dos —dijo, dirigiéndose a Nial y a Lucien—, os necesito.
La puerta se cerró tras mi padre y el murmullo del bar volvió poco a poco, como si alguien hubiera subido el volumen de la normalidad.
Caroline fue la primera en romper el silencio.
—Vale. Bien. Perfecto. Entonces ahora es oficial que ese imbécil anda suelto por ahí creyéndose listo.
Lucien le lanzó una mirada que decía «baja el volumen», pero nadie la contradijo.
Ruby seguía con mi mano entre las suyas.
—¿Seguro que estás bien? —insistió.
No me sorprendió la pregunta.
—Sí, solo es cansancio. He dormido poco estos días.
—Ya lo imagino.
Nial carraspeó.
—Si está improvisando, tarde o temprano va a cometer más errores.
—Eso esperamos —dijo Tucker con calma.
Maggie se acercó a la mesa con una jarra de té helado y vasos limpios.
Caroline se inclinó hacia mí.
—Que se haya ido no significa que haya ganado nada.
—Lo sé.
—Y cuando vuelva…
—No va a volver así como así —intervino Nial—. No con una orden de localización activa.
Las palabras volvieron a caer con peso.
Mi vida convertida, de la noche a la mañana, en terminología policial.
Sentí el impulso de levantarme.
Necesitaba aire.
—Voy un momento al baño —musité.
Nadie intentó detenerme.
El espejo del baño del Anny’s siempre había sido cruel con la luz. Demasiado blanca y directa. Te hacía parecer un espectro.
Me apoyé en el lavabo y me miré.
No parecía distinta ni llevaba un cartel invisible sobre la frente que me señalara.
Y, sin embargo, algo en mí había cambiado.
Ya no estaba intentando entender qué había pasado, sino asumiendo que iba a luchar por la verdad y la justicia.
Me enderecé y me lavé las manos.
Cuando regresé al salón, el ambiente había bajado de intensidad. Ruby y Caroline hablaban en voz baja. Lucien y Nial se habían marchado y Tucker estaba inclinado sobre la barra, comentando algo con Maggie.
Él levantó la cabeza cuando me vio.
Y no me pasó desapercibida la mirada que intercambiaron mis amigas.
Conociéndolas, seguro que se preguntaban por qué Tuck estaba tan pendiente de mí como yo de él.
Ojalá tuviera una respuesta a eso, pero no la tenía.
—Liz —me llamó este—. Si intenta contactar contigo, no respondas. Si aparece por aquí, avisa. Y si comete otro error digital, lo localizarán.
—No pienso hacer nada impulsivo, Tuck.
—Bien.
Caroline resopló.
—Impulsivo es lo que voy a hacer yo si lo veo.
—Tú no harás nada, ¿me oyes? —advertí.
—Ya veremos.
El bar empezó a recuperar su ritmo. Maggie se despidió de nosotros poco después y Tucker ocupó su lugar.
La vida seguía su curso, pero nosotros ya no éramos los mismos de hacía una hora.
Me apoyé en la barra, mirando la puerta.
El cristal reflejaba la calle principal bañada por el sol que empezaba a descender.
—¿Sabes qué es lo peor? —murmuré.
Tucker me miró.
—¿Qué?
—Que se haya ido me da más rabia que miedo.
Él no dudó.
—Eso significa que estás decidida a ir a por todas.
—Ya lo estaba cuando salí de Nashville.
—Esto no terminará cuando lo encuentren —añadí—. Terminará cuando responda por lo que hizo.
Tucker me sostuvo la mirada.
—Entonces nos aseguraremos de que eso pase lo antes posible.
Ruby se levantó y me abrazó por detrás.
—Pase lo que pase, estamos contigo. Nunca lo dudes.
Caroline asintió con energía.
—Hasta el final.
Miré alrededor.
Mountain Brooks era el pueblo más leal del mundo. Nunca me había fallado y jamás lo haría.
Respiré hondo: todo pasaría, aunque ya nunca volviera mi normalidad.
El ruido del mediodía fue bajando poco a poco. Los clientes habituales pagaron y salieron. Tuck empezó a recoger mesas. Ruby y Caroline se quedaron un rato más, haciéndome compañía.
—Así que… ¿viniste aquí antes que a casa?
Caroline tenía una ceja alzada.
—¿Cómo lo sabes? —exclamé.
—Lucien me lo dijo.
—Y a mí Nial.
Suspiré.
—Ni yo misma entiendo por qué lo hice. Solo sé que mi mente estaba en casa, contándoselo todo a mis padres y, de repente, estaba entrando por esa puerta. El volante giró solo.
—Ya, claro, solo.
—Te lo juro, Carol, no era mi intención.
—Pues parece que tienes un subconsciente sabio, ¿no?
—¿Qué estás insinuando?
—Nada, nada, Dios me libre.
—¿Y qué harás ahora, cielo?
—No lo sé, Ru. Me han concedido una excedencia de seis meses.
—Puedes venir a echarme una mano con Eve y con Travis cuando quieras —ofreció Caroline.
Sonreí.
—¿Los has dejado con los abuelos?
—Sí, por eso tardamos un poco en venir, porque esperamos a que ellos llegaran del hospital.
Fruncí el ceño.
—¿Hospital?
—¿Tucker no te ha contado que su padre se cayó y se rompió la cadera?
—No, no me lo dijo.
—Pues ahora ya lo sabes —zanjó Ruby.
Mierda. Su padre estaba hospitalizado y yo cargándole con mis problemas.
«Joder».
A Caroline le sonó una alarma en el móvil.
—Lo siento, hora de amamantar a la bestia.
—Pero qué mala eres.
—Cuando seas madre, Ruby, me repites eso, ¿vale?
—Vale, vale, lo que tú digas.
—Cualquier cosa, me llamáis, por favor.
—Tranquila, lo haremos —aseguré.
Poco después la siguió Ruby.
Y fue entonces cuando Tucker se acercó con dos tazas en las manos.
—No es chocolate —dijo, dejando una frente a mí.
—Ya lo veo.
Soplé el vapor sin mirarlo.
—¿Por qué no me dijiste que tu padre estaba en el hospital? —reclamé.
Se pasó el pulgar por la frente.
—Porque no me pareció importante.
—Pues sí que lo era, Tuck. Lo es, de hecho.
—Él está bien, recuperándose. Pronto le darán el alta y podrá volver a casa.
—Eso es bueno.
Bebí de la taza.
Tuck carraspeó.
—¿Te arrepientes de haberlo denunciado?
—Me arrepiento de no haberlo visto antes.
—Eso es lo que le va a joder a él, ¿sabes?
Levanté la vista.
—¿El qué?
—Que no te hayas roto ni venido abajo.
—Estuve a punto —confesé.
Y era verdad.
Si no hubiera salido de aquel apartamento, no sé de qué habría sido capaz.
Por eso no pensaba regresar allí, al menos de momento.