Mi lugar, contigo CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Tucker

Salí de Mountain Brooks poco antes de las siete.

El pueblo aún estaba medio dormido. Las luces del Anny’s apagadas. La carretera húmeda después de la tormenta de la noche anterior.

Kingston quedaba a poco menos de una hora si el tráfico no se complicaba.

Conduje en silencio.

La radio apagada.

Demasiado ruido había ya en mi cabeza.

Los campos pasaban a ambos lados del coche como sombras que se estiraban.

Pensé en Lizzy. En la chica que conocía desde que tenía uso de razón.

En esa sonrisa que más de una vez me había dejado embobado.

En lo cercana, amable y cariñosa que era con su gente; que éramos, prácticamente, todos los que vivíamos en el pueblo.

Era una mujer increíble que no se merecía estar pasando por todo aquello.

Por desgracia, también pensé en su voz firme la noche anterior cuando hablaba con ese desgraciado por teléfono; lo que daría por tenerlo delante de las narices y poder dejarme llevar como me gustaría…

«Puede que algún día te caiga esa breva».

Dios lo quisiera.

Miré el reloj del salpicadero; ya estarían reunidos en la granja de los Brooks.

Y yo iba camino de un hospital, intentando convencerme de que lo más urgente era la recuperación de mi padre y que pudiera regresar pronto a casa.

Cuando me quise dar cuenta, cogía la salida correspondiente.

El aparcamiento del Kingston General estaba medio lleno cuando llegué, y eso que solo eran las ocho de la mañana. Apagué el motor y me quedé un segundo sentado, con las manos en el volante.

Respiré hondo.

Lo primero era lo primero.

El aire acondicionado, demasiado frío, me golpeó en la cara en cuanto entré.

Pregunté en el mostrador de información y me indicaron la habitación. Papá ya estaba en planta; suponía que algo sedado todavía, pero estable.

Llamé dos veces con los nudillos antes de entrar.

Papá tenía el color pálido y cara de cansancio, pero cuando me vio entrar levantó un poco una comisura del labio.

—Mira quién ha venido a vigilar que no me escape de este antro.

—No llegarías ni a los ascensores —respondí, acercándome.

Le apreté el hombro con cuidado.

—¿Cómo te encuentras, viejo?

—Como si me hubiera atropellado un tractor —gruñó—. Pero dicen que la pieza nueva es mejor que la vieja.

Eso era buena señal: que tuviera ganas de bromear.

—El médico dijo que vendría en un rato —continuó—. Me han dado un calmante y parezco drogado.

Me reí.

—Pues disfruta del viaje, papá.

Me quedé allí, escuchando el monitor marcar el ritmo constante. Observando la habitación blanca. La normalidad frágil de los hospitales.

El médico llegó diez minutos después.

Joven, gesto profesional, carpeta en la mano.

—Señor Jones, como ya le informamos, la cirugía ha ido según lo previsto. La fractura estaba limpia. Hemos colocado la prótesis sin complicaciones.

—¿Rehabilitación? —pregunté.

—En cuanto esté completamente despierto y estable, empezaremos con movilización suave. Si todo va bien, en unos días podrá volver a casa con apoyo.

—¿Y por lo demás?

—Evolución favorable —repitió el médico—. Lo importante ahora es que no fuerce la recuperación.

Asentí.

—Gracias, doctor.

Su sonrisa fue amable.

—De nada. Que tenga un buen día.

—Igualmente.

Al quedarme solo, me senté en una de las sillas y me dediqué a ver cómo dormía el viejo.

Norma llegó un par de horas después, con el pelo aún húmedo y el gesto serio que siempre se le ponía cuando intentaba no preocuparse demasiado.

—¿Qué tal? —tanteó en voz baja.

—Bien. Le harán rehabilitación cuando se estabilice. Y en unos días podrá volver a casa.

—Qué buena noticia, Tuck —sonrió, aliviada.

Sí que lo era. Papá podría hacer los ejercicios de rehabilitación en el pueblo, supervisado por el doctor Walsh.

—No hace falta que te quedes toda la mañana —me dijo.

—¿Segura?

—Claro. Jason tenía una reunión con los editores de la revista digital y vendrá enseguida.

—Vale. Pues llámame si hay alguna novedad.

—Lo haré.

—Volveré por la tarde.

Le di un beso en la mejilla y allí la dejé, pendiente de la respiración relajada de nuestro padre.

Salí del hospital poco después de las diez y media.

El cielo ya estaba despejado del todo y la carretera hacia el pueblo parecía más clara que a primera hora, como si la tormenta hubiese limpiado algo más que el aire.

Conduje de vuelta con la música baja y la cabeza en la reunión en la granja de los Brooks.

No iba a negarlo: me moría por saber qué había pasado en aquel despacho y qué decisiones se habían tomado.

Cuando aparqué en la granja, el sol ya calentaba el tejado del establo. Las vacas levantaron la cabeza al oír el motor de la camioneta.

Necesitaba algo de rutina para no volverme loco.

Revisé los bebederos, rellené el pienso y comprobé que no les faltara nada a los animales. Movimientos aprendidos desde niño. El cuerpo sabía qué hacer aunque la mente estuviera en otro sitio.

Y así me pasé el resto de la mañana, entretenido con lo que no eran pensamientos negativos y agresivos.

Cuando entré en casa para ducharme y cambiarme, mamá cocinaba a fuego lento uno de mis estofados preferidos.

—Huele de maravilla —comenté.

—Tucker Jones, ¿no te da vergüenza que haya tenido que llamar a tu hermana para saber cómo está tu padre y qué ha dicho el médico?

Me rasqué la nuca.

—Lo siento, mamá. Llegué y no me di cuenta de entrar a informarte.

—¿En qué tendrás tú la cabeza…?

«No quieras saberlo».

Suspiré.

—¿Quieres que te lleve a casa de Annabel?

No me gustaba que estuviera sola tanto tiempo.

Levantó la vista.

—Sí. El estofado ya casi está listo. Lo comeremos allí. A Anne la llevará Arizona.

—Perfecto.

El teléfono vibró cuando estaba desnudándome para darme una ducha.

El corazón se me detuvo un par de latidos al ver que era Lizzy:

Liz : «He quedado con las chicas en el Anny’s dentro de un rato…, pero necesito verte antes. ¿Estás ahí?».

Levanté la vista automáticamente, como si esperara verla en el pasillo.

Tecleé una respuesta rápida.

Yo : «Llegaré en media hora».

El siguiente mensaje llegó casi al instante.

Liz : «Voy de camino».

Dejé el teléfono sobre el lavabo.

Y me di la ducha más rápida del mundo.

Lizzy

La granja quedaba a unos tres kilómetros del pueblo y, aunque papá había insistido en acercarme, ya que mi coche había quedado aparcado frente al Anny’s la noche anterior, preferí ir caminando.

Necesitaba despejar la cabeza, dejar de pensar y de darle vueltas a todo el asunto; era imposible, claro.

Tanto mi madre como yo habíamos estado presentes en la reunión que papá organizó en el despacho con los chicos, que se quedaron patidifusos al verme allí y enterarse de lo sucedido.

Nial y Lucien eran las parejas de Ruby y Caroline; ellos también eran mis amigos, me querían y ya estaban deseando darle caza a Nathan.

No recordaba lo que se había hablado allí dentro palabra por palabra, la verdad fuera dicha; solo lo básico, lo importante: el operativo ya estaba en marcha y solo era cuestión de tiempo dar con él y hacerle pagar lo hecho.

Se me encogía el corazón cada vez que pensaba en ello.

Qué estúpida fui por no darme cuenta de nada, Dios mío.

«Confiabas en la persona con la que compartías tu vida, no te fustigues».

Lo sabía, pero de todos modos me reprochaba no haber visto venir algo así.

Cuando se enteraran las chicas, dentro de un rato, montarían en cólera y querrían matarlo; de eso estaba más que segura.

Saludé a un par de personas al entrar en el pueblo.

¿Por qué la madre de Caroline tenía el estudio cerrado?

«Hora de comer, Liz. Aunque tú no tengas hambre».

Cierto, no sabía ni en qué día y hora vivía.

Llegué frente al Anny’s y respiré hondo.

No entendía muy bien por qué sentía la necesidad de ver a Tuck y hablar con él, pero allí estaba.

La campanilla de la puerta sonó cuando entré.

Él levantó la cabeza al instante.

Siempre lo hacía.

Nuestros ojos se encontraron y supe que ya sabía que no traía buenas noticias.

Maggie estaba detrás de la barra. Me dedicó una sonrisa cálida.

—Hola, Lizzy.

—Hola.

Mi voz salió más firme de lo que me sentía.

Tucker rodeó la barra y se acercó sin tocarme.

—¿Vamos atrás? —preguntó.

Asentí.

Cruzamos la puerta que daba al pequeño almacén y la cerró tras nosotros. El ruido del bar quedó amortiguado a nuestras espaldas.

Me retorcí los dedos de las manos, sin saber por dónde empezar.

Al fin, solté:

—Han intentado localizarlo esta mañana.

Él no parpadeó.

—¿Y?

—No se presentó al trabajo.

Se le tensó la mandíbula.

—El apartamento estaba vacío —continué—. El coche no estaba en el garaje. Y retiró una cantidad grande de dinero en efectivo anoche.

Silencio.

—¿La página? —inquirió.

—Intentó borrar contenido, pero Sahale ya había empezado a documentarlo todo.

Sus hombros bajaron un milímetro.

—Bien.

Negué con la cabeza.

—No está, Tuck.

Lo dije sin dramatismo, sin elevar la voz.

Solo como un hecho.

—Se ha esfumado.

Ahí fue cuando vi su rabia reflejada en los ojos.

—¿Desde cuándo no lo localizan?

—Al parecer, desde la madrugada. Poco después de la llamada.

El aire en el almacén parecía irrespirable.

—Tu padre…

—Va a emitir la orden de búsqueda en cuanto tengan todo formalizado. Pero oficialmente aún es pronto para declarar una huida. También ha hablado con la antigua unidad de Nial y colaborarán en la investigación.

—Sí, algo de eso me dijo tu padre ayer.

—¿Hablaste con él antes de marcharte?

Encogió los hombros.

—Estaba preocupado, Liz. Lo que ha pasado…

—Sí —interrumpí—, lo sé. Es muy grave.

Tucker apoyó las manos en una estantería, inclinándose hacia delante.

—No se ha podido ir muy lejos —murmuró.

No sonó a esperanza, sino a cálculo.

Lo observé un momento.

—No tengo miedo —dije.

Y no mentía.

Exhalé con fuerza.

—Tengo la sensación de que esto solo acaba de empezar, Tuck.

Levantó la mirada y la clavó en la mía.

—Tu padre hará hasta lo imposible para cogerlo cuanto antes.

Claro que lo haría. Era Maverick Jackson, y yo, su hija. Nathan no saldría impune de esto.

La puerta del almacén se abrió levemente.

—Las chicas están llegando —anunció Maggie con suavidad.

El momento de contarles lo que estaba sucediendo llegó demasiado pronto.

Antes de salir, Tucker dio un paso, acercándose un poco.

Contuve la respiración, esperando.

—Donde quiera que esté, así sea en lo más recóndito del planeta, lo atraparán, Liz.

A duras penas reprimí el impulso de abrazarlo.

La puerta del almacén volvió a cerrarse y regresamos al bar.

El tintineo de la campanilla anunció la llegada de Ruby primero y, detrás, Caroline, con paso rápido y el ceño ligeramente fruncido. Nial y Lucien se quedaron un segundo más en la puerta antes de pasar.

Ruby fue la primera en acercarse.

—Lizzy… ¿qué está pasando?

Maggie, al fondo, fingía ordenar vasos, pero no apartaba del todo la atención de nuestro grupo.

Tucker se colocó a mi lado, no delante.

A mi lado.

Apoyé las manos en la barra; ellas merecían la verdad.

Mi gente.

Mi red.

Mi todo.

No sabía cómo iba a cambiar aquello nuestra normalidad, pero sabía que no iba a enfrentarla sola.

—Sentaos —pronuncié al fin.

Las sillas chirriaron levemente sobre el suelo de madera.

Ruby intercambió una mirada con Caroline.

Lucien y Nial permanecieron de pie, tensos.

El murmullo del bar siguió su curso al otro lado, ajeno a lo que estaba a punto de decir.

Levanté la vista hacia ellas.

Y lo solté todo.