Mi lugar, contigo CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Lizzy

La casa se fue quedando en silencio poco a poco.

Sahale fue el primero en irse, con un asentimiento firme hacia mi padre. Mi madre recogió las tazas de té de tilo que nos tomamos sin hacer preguntas innecesarias. Mi padre desapareció en su despacho con el portátil y una carpeta bajo el brazo.

Y yo estaba agotada.

Me quedé sentada en el sofá mientras el tic-tac del reloj del pasillo empezaba a hacerse demasiado evidente.

Tucker no se había ido.

Estaba de pie, cerca de la ventana, mirando la lluvia que seguía cayendo sin tregua.

—No tienes que quedarte —murmuré.

No se giró de inmediato.

—Lo sé.

Eso fue todo.

«Lo sé».

No se quedaba por obligación, se quedaba porque quería.

Apoyé la cabeza contra el respaldo del sofá y cerré los ojos un segundo.

—Me siento… —empecé, pero no supe cómo terminar la frase.

Vulnerable. Violada. Expuesta. Furiosa.

Ninguna palabra parecía suficiente.

Él se acercó despacio y se sentó en el sillón frente a mí.

—Te sientes traicionada.

Abrí los ojos y asentí.

—Y estúpida.

—Eso no.

Su tono fue inmediato.

—Confiar en alguien no es estupidez, Lizzy.

Suspiré.

Tenía razón.

—¿Y si todo el mundo se entera? —exclamé en voz baja.

Ahí estaba el miedo real: que, cuando se enteraran en el pueblo de lo sucedido, me juzgaran.

Me sostuvo la mirada.

—Entonces el pueblo se pondrá de tu lado. Lo sabes.

Lo dijo sin dudar.

Y le creí.

Porque en Mountain Brooks la gente podía ser curiosa, por decirlo de una manera suave, pero también leal.

Empezaron a temblarme las manos de nuevo, aunque no de miedo; más bien era agotamiento.

—Estoy cansada.

Tuck se levantó.

—Ven —susurró, extendiendo la mano.

Me ayudó a incorporarme y caminamos hacia las escaleras.

Al llegar a mi antigua habitación, me detuve.

—Gracias por lo que has hecho hoy —murmuré.

—No me las des… Para eso estamos los amigos.

Lo miré a los ojos.

Sí, Tucker era un gran amigo.

Uno que me hacía sentir segura.

«¿Desde cuándo?».

Reprimí un bostezo a duras penas.

—Intenta descansar, ¿vale?

—Gracias —repetí.

Cerré la puerta de mi habitación y me apoyé un segundo contra la madera.

El pasillo quedó en silencio.

Dentro, todo estaba igual.

La colcha azul que mi madre nunca quiso cambiar. La estantería con libros del instituto. El marco torcido con una foto de la graduación.

Nada había cambiado.

Y, sin embargo, en cuestión de un par de días, mi vida sí lo había hecho.

Me quité los zapatos y los dejé junto a la cama. El sonido fue demasiado fuerte para lo que sentía por dentro.

Me senté en el borde del colchón.

Las manos me olían todavía a metal y plástico, por la cámara y el micrófono.

Palabras que nunca deberían haber formado parte de mi vocabulario ni de mi vida.

Me incliné hacia delante y enterré la cara entre las manos.

¿Cómo no me di cuenta de lo que estaba pasando?

¿Tan ciega estaba?

Las lágrimas parecían haberse quedado en algún punto intermedio del día, agotadas también.

Lo que sentía era otra cosa, una especie de vacío.

Pensé en la primera vez que Nate dijo que me quería.

En cómo me abrazaba por la espalda cuando cocinaba.

En las noches en las que me quedaba dormida antes que él.

Y ahora cada recuerdo tenía una sombra oscura y artificial.

¿Cuánto de aquello era real?

¿Cuánto era calculado?

Me tumbé boca arriba y miré el techo.

En algún punto de la casa oí el leve crujido del suelo.

No estaba sola.

Esa certeza me sostuvo lo justo para que el pecho dejara de doler.

Giré sobre el costado y abracé la almohada.

El cansancio empezó a pesar más que la rabia, la vergüenza y el miedo.

Pensé en mi padre, en su mirada firme.

Pensé en mi madre, en sus manos.

Pensé en Tucker, en su casa, despierto.

No sabía qué vendría después.

Órdenes judiciales. Declaraciones. Tal vez un juicio. Tal vez titulares que nunca quise protagonizar.

Pero ya pensaría en esa parte mañana.

Hoy solo necesitaba dormir y dejar de darle vueltas a todo durante unas horas.

Cerré los ojos.

Y, por primera vez en dos días, el sueño me encontró antes de que pudiera seguir atormentándome.

Tucker

La casa crujía como siempre cuando la lluvia apretaba.

Me quedé en la cocina unos minutos más de lo necesario, apoyado en la encimera, escuchando el agua golpear las ventanas.

No pensaba irme hasta haber hablado con Maverick.

Me asomé al pasillo y eché un vistazo.

El despacho del sheriff estaba iluminado al fondo. La puerta entreabierta dejaba escapar una línea de luz cálida.

Caminé hasta allí, decidido, y golpeé dos veces con los nudillos.

—Pasa.

Entré.

Maverick estaba sentado detrás del escritorio, las gafas bajas sobre la nariz, el portátil abierto y una libreta llena de anotaciones frente a él. Sahale ya no estaba; se había marchado hacía rato.

Levantó la vista.

—¿Está dormida? —quiso saber.

—Sí.

Un silencio breve.

—Gracias por traerla.

—Dejarla sola no era una opción. Estaba demasiado hundida y hecha polvo.

—No entiendo por qué no vino directamente a casa.

Yo tampoco lo entendía, pero no iba a negar que no me alegrara que fuera en mi busca, la verdad.

—Supongo que tenía miedo de preocuparos, no lo sé.

—Sí, puede que tengas razón.

Eso arrancó una leve mueca que casi fue una sonrisa.

Cerró el portátil.

—He hablado con Lucien y con Nial.

Conociéndolo, eso no me sorprendió.

Tanto Lucien como Nial eran buenos polis. Habían llegado al pueblo con poco tiempo de diferencia, pero por distintas circunstancias. El amor hizo que se quedaran prendados, no solo de las chicas, Ruby y Caroline, sino también del pueblo.

—¿Y?

—A primera hora vamos a reunirnos los cuatro: Sahale, Lucien, Nial y yo.

Se recostó en la silla.

—Necesito que esto se haga bien. Sin errores. Sin filtraciones.

Asentí.

Mountain Brooks era pequeño y los rumores volaban a la velocidad de la luz. Todo el mundo sabía eso.

—¿Tiene base suficiente para una orden?

—Tenemos indicios sólidos. Dispositivos físicos. Capturas. Una llamada en la que él reconoce implícitamente el control de la situación.

Se quitó las gafas.

—Pero quiero revisar todo con calma antes de mover ficha y hablar con el departamento especializado de Nashville, la antigua unidad de Nial.

Ellos sabrán mejor que yo cómo manejar esto.

Puede que no me dejen llevar directamente la investigación a cabo por el trato de influencias, pero sé con seguridad que no me dejarán al margen. Me lo deben.

Y era cierto, se la debían.

Nuestro sheriff había sido clave en la investigación que trajo a Nial a Mountain Brooks.

Apoyé las manos en el respaldo de la silla frente a su mesa.

—Si intenta borrar la página…

—Ya estamos en ello —me cortó—. Sahale ha empezado a documentar todo lo que está visible ahora mismo.

Bien.

Eso me tranquilizó un poco.

Me observó durante un segundo demasiado largo.

—Tucker.

—Sí, señor.

—Esto puede ponerse feo.

No era una advertencia, era un hecho.

—Lo sé.

—Y no quiero que hagas ninguna estupidez.

Sus palabras me cayeron encima como un jarro de agua fría.

Este hombre me conocía tan bien que sabía de sobra de lo que era capaz.

Si no fuera por él, yo no sería la persona que era.

Le sostuve la mirada.

—No la haré.

Mentí a medias.

Porque la estupidez que tenía en mente no era precipitada, era directa.

Pero no iba a mover un dedo sin que la ley hiciera lo que tenía que hacer antes.

—Ella nos necesita con la cabeza fría, Tuck. No lo olvides.

Me enderecé.

—No lo haré.

Volvió a abrir el portátil.

Una señal tácita para que me fuera.

Antes de salir por la puerta, me detuve.

—No va a volver a acercarse a ella —solté.

Levantó la mirada un par de segundos.

—No mientras yo siga vivo.

Eso bastó.

Salí del despacho y apagué la luz del pasillo.

La casa volvió al silencio.

Arriba, en la habitación del fondo, Lizzy dormía.

Y yo debía volver a casa, por mucho que me pesara.

Conduje hasta la granja de mis padres con las manos demasiado tensas en el volante.

El camino estaba embarrado. Las luces del coche recortaban los árboles como sombras largas y torcidas.

No tenía sueño, tenía algo peor: imágenes que no eran mías.

Una cámara escondida en un peluche.

Un micrófono bajo una cama.

Resoplé.

¿Qué más encontrarían en esa casa cuando la registraran?

¿Qué más se descubriría de ese tipo sin escrúpulos?

Aparqué junto al establo en lugar de frente a la casa.

El porche estaba oscuro. Mi madre debía de estar dormida desde hacía rato.

Me bajé del coche sin hacer ruido y caminé hasta las puertas de madera.

El interior olía a heno y a estiércol.

Normalidad. Eso necesitaba.

Encendí la luz tenue del pasillo central.

Y las vacas levantaron la cabeza al oírme entrar.

—Tranquilas —murmuré.

Cogí la pala y empecé a limpiar uno de los compartimentos, aunque no hacía falta hasta la mañana siguiente.

Movimientos repetitivos: arrastrar, volcar y volver a empezar.

La mente funcionaba mejor cuando las manos trabajaban.

Pero la mía no dejaba de regresar a la misma pregunta una y otra vez:

¿Cómo no lo vi? Con lo observador que yo era, joder.

No el delito, eso era imposible, sino el hombre.

Los silencios raros, las miradas demasiado calculadas.

Los pequeños gestos que, ahora, en retrospectiva, parecían encajar.

Clavé la pala con más fuerza de la necesaria en el estiércol.

El metal golpeó el suelo con un sonido seco.

Respiré hondo.

No era momento de rabia.

Maverick tenía razón.

Cabeza fría.

Eso era lo que ella necesitaba.

Terminé de ordenar el establo y revisé los bebederos. Ajusté una cerradura floja. Revisé el sistema eléctrico del cobertizo como si pudiera encontrar en un cable suelto la solución a lo que estaba pasando en otra parte del estado.

No había solución fácil.

Salí al exterior.

La lluvia había disminuido hasta convertirse en una llovizna fina.

El cielo empezaba a clarearse en el horizonte.

Me apoyé en la valla y miré el terreno oscuro.

Ojalá pudiera estar presente en esa reunión, pero yo no era un agente de la ley, maldita fuera.

Entré en la casa sin hacer ruido. Mi madre aún dormía en el sofá del salón; desde que papá estaba en el hospital, se negaba a subir a la habitación. Me detuve un segundo para cubrirla mejor con la manta y luego subí a darme una ducha.

El agua caliente me devolvió algo de claridad.

El vapor llenó el cuarto de baño mientras intentaba ordenar mentalmente lo que vendría después: reunión, pruebas, procedimiento. Cero impulsos.

Cabeza fría.

Salí, me vestí con ropa limpia y bajé a la cocina.

El café empezó a burbujear en la cafetera vieja, llenando la estancia con ese olor que siempre significa un nuevo día, un nuevo comienzo.

Serví la primera taza y salí al porche.

El aire era fresco, todavía húmedo por la lluvia de la noche. El campo se extendía delante de mí, tranquilo, como si nada hubiera ocurrido en ningún lugar del mundo.

Me senté en el escalón de madera y apoyé los codos en las rodillas.

El primer sorbo fue amargo y necesario.

El segundo, reconfortante.

El sol terminó de asomar en el horizonte, pintando de naranja el perfil de los establos.

Un nuevo día que, para la granja, sería rutina.

Para el pueblo, todavía normalidad.

Para Lizzy… nada de eso.

Abracé la taza con las manos.

No sabía cuánto tardaría en resolverse aquello. No tenía ni idea de qué intentaría Nate cuando comprendiera que ya no tenía margen de maniobra.

Pero sí estaba seguro de algo.

Ella ya no estaba sola.