Mi lugar, contigo CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Tucker

Desde la cocina, mientras ponía un cazo con leche a hervir, de tanto en tanto le echaba un ojo.

Parecía más serena; había dejado de llorar y sus suspiros eran más sosegados.

Eso relajó la tensión de mis hombros, pero no la mala hostia que tenía; estaba tan cabreado y me sentía tan impotente que a duras penas fui capaz de controlarme.

Vertí dos cucharadas colmadas de cacao cuando la leche rompió a hervir y removí con brío.

Ese tipo, Nate, nunca me había caído bien. Había algo en él que me rechinaba, pero siempre pensé que eran cosas mías, que exageraba.

Seguí removiendo hasta que el chocolate espesó.

Cogí una taza de la balda, lo eché en ella y lo cubrí de malvaviscos.

Luego volví a la barra y le puse la taza delante.

—Cuidado —murmuré—. Quema.

Alzó la vista.

—Gracias.

Sus dedos rodearon la porcelana como si necesitara sentir que estaba caliente de verdad.

Me apoyé frente a ella, sin invadir su espacio.

Y esperé a que estuviera lista para lo que fuera que viniera ahora.

El bar estaba en silencio. El viento seguía golpeando la persiana metálica.

Cuando volvió a mirarme, quise abrazarla y que se quedara en el hueco que formaban mis brazos para siempre.

—Lo siento, Tuck, no quería… yo…

—Tranquila.

Le acaricié la mano.

—¿Has hablado con tu padre? —pregunté al cabo de unos segundos.

Sus hombros se tensaron apenas un milímetro.

—No.

Asentí.

—¿Piensas hacerlo?

Tardó en responder.

—No sé.

La entendía.

Hablar con su padre, el sheriff de Mountain Brooks, un gran hombre al que todos apreciaban en el pueblo, no era fácil.

Por nada del mundo querría estar en el pellejo de Maverick cuando escuchara lo que ese desgraciado había estado haciendo con su hija.

Ojo, para ella también sería complicado. No era solo hacer público algo que aún dolía pronunciar en voz alta, sino decírselo al hombre al que tanto admirabas.

Me incliné un poco hacia ella.

—Lizzy… Esto no es una discusión de pareja. No es una pelea que podáis arreglar en el salón de casa y ya.

Busqué su mirada.

—Es un delito —afirmé—. Uno muy grave.

Las palabras quedaron flotando entre nosotros.

Me sostuvo la mirada.

—Lo sé.

Bien.

No estaba minimizando el problema.

—Y si tu padre lo sabe, puede protegerte y ayudarte.

—Si voy a la granja… —empezó.

—Iré contigo —la interrumpí—. No dejaré que hagas esto sola.

Sus ojos se humedecieron de nuevo, pero esta vez no para derrumbarse; más bien parecía alivio.

—Quería ir directa a casa, pero… cuando me di cuenta, estaba aparcando el coche ahí enfrente —admitió—. Mi madre…

Arizona Graham no era la madre biológica de Lizzy; eso era de dominio público, pero no significaba que no diera la vida por ella. En cuanto supiera lo que le había pasado a su hija…, que Dios protegiera a ese malnacido; lo iba a necesitar.

—Tu madre, al igual que el sheriff , sabrá lo que hay que hacer, Liz.

Eso le arrancó la sombra de una sonrisa.

Pequeña. Frágil.

—Me da miedo su reacción.

—Una madre siempre protege a sus hijos con uñas y dientes, ¿no? Al menos así debería ser.

—Gracias por escucharme y por…

—Eh, ya te lo dije, estoy aquí para lo que necesites.

Asintió.

—Cuando termines eso, si te parece bien, nos vamos —añadí.

No pregunté si quería esperar, si necesitaba más tiempo.

Porque no era tiempo lo que necesitaba, sino respaldo.

Mientras ella apuraba el chocolate, yo ya estaba organizando mentalmente lo siguiente: hablar con el sheriff , revisar esas pruebas y mantener la cabeza fría.

Y si Nate decidía aparecer en este pueblo creyendo que aún tenía el control…, entonces se iba a encontrar con algo que no contaba.

Pero eso tendría que esperar.

Ahora lo único que importaba era llevarla a casa.

Le puse mi chaqueta sobre los hombros antes de salir y cerrar con llave.

Recogió sus cosas del coche y las metimos en mi camioneta, que arrancó con un ronroneo bajo.

Ella se acomodó en el asiento del copiloto, arrebujándose en la calidez del interior.

La tormenta seguía descargando sobre el pueblo como si no tuviera intención de detenerse pronto; los limpiaparabrisas no daban abasto.

Durante los primeros metros ninguno dijo nada.

Fui yo quien rompió el silencio.

—¿Tienes las pruebas contigo? —quise saber sin apartar la vista de la carretera.

Asintió.

—En el bolso.

«Bien».

Eso me tranquilizó más de lo que debería admitir.

Giré por la carretera secundaria que llevaba a la granja de los Brooks. Los faros iluminaron el camino embarrado. El agua corría por las cunetas como pequeños ríos improvisados.

—¿Te ha llamado otra vez? —pregunté.

—No. —Su respuesta fue firme—. Y no pienso contestar si lo hace.

No discutí esa decisión.

Apreté un poco más el volante.

—Si aparece aquí…

No terminé la frase.

Ella giró la cabeza hacia mí.

—No creo que lo haga, Tuck. Sería demasiado atrevido por su parte. No será capaz.

No le dije que yo sí lo creía capaz, que los hombres que perdían el control solían intentar recuperarlo como fuera posible.

No era el momento de añadir más miedo al que la pobre ya traía encima.

Las luces de la granja aparecieron a lo lejos, difuminadas por la lluvia.

La luz del porche estaba encendida. Siempre lo estaba.

Aparqué frente a la casa y apagué el motor.

El sonido de la lluvia se hizo más evidente sin el ruido del coche.

La miré.

Había algo distinto en su expresión.

«Decisión, ¿tal vez?».

Sí, eso era, sin lugar a dudas.

—¿Lista? —tanteé.

Respiró hondo.

—No. Pero vamos.

Salí primero y rodeé el coche para abrirle la puerta. No porque no pudiera hacerlo sola, sino porque quería que supiera que estaba allí.

La lluvia nos empapó en segundos mientras corríamos hacia el porche.

Antes de que pudiera llamar, la puerta se abrió.

Su madre nos miró a los dos. Luego solo a ella.

Y pareció entenderlo sin que hiciera falta pronunciar palabra.

«Las madres siempre lo hacen».

—Lizzy —susurró.

Ella dio un paso al frente.

Yo me quedé ligeramente atrás, esperando.

Y mientras la veía cruzar el umbral de su casa bajo la tormenta, supe que esto solo acababa de empezar.

Lizzy

Mi madre me envolvió con los brazos y me apretó contra su pecho como cuando era una adolescente.

—Cariño… —murmuró, y su voz tembló lo justo para que yo supiera que sabía que algo no iba bien.

Entré.

El aroma a madera encerada y a algo delicioso horneado por Anne me golpeó con una fuerza inesperada, haciéndome tambalear.

«Estás en casa. Segura».

Sí, lo estaba.

Tucker cerró la puerta tras nosotros, dejando la lluvia del otro lado.

Y entonces lo oí.

Pasos firmes en el pasillo.

Levanté la vista y ahí estaba el hombre de mi vida.

Mi padre apareció desde el fondo, camisa remangada, gesto serio. A su lado caminaba Sahale, su mano derecha desde hacía años, tan callado y observador como siempre.

Papá entrecerró los ojos y nos miró a todos uno por uno.

—¿Qué ocurre? —inquirió, poniéndose tenso.

Una pregunta directa que me obligó a tragar saliva.

Durante un segundo volví a tener ocho años y miedo de confesar que había roto algo sin querer.

Pero no tenía ocho años.

Y no había roto nada.

Me adelanté un paso.

—Tengo que contaros algo.

La voz solo me tembló un poco.

Mi madre se llevó una mano al pecho.

Sahale cruzó los brazos, atento.

Y mi padre no parpadeó.

—Pasemos al salón —ordenó con calma.

Todos obedecimos y lo seguimos por el pasillo.

Me senté en el sofá. Tucker se quedó de pie, ligeramente detrás de mí.

Abrí el bolso con dedos que ya no temblaban tanto y saqué el teléfono y la bolsa hermética; dejé ambas cosas sobre la mesa.

El plástico hizo un sonido seco al tocar la madera.

Mi padre miró primero los objetos.

Luego a mí.

—¿De qué va todo esto, cielo? Estás asustándome —admitió.

Me agarré las manos y las apreté.

—No sé por dónde empezar.

—¿Qué tal si lo haces por el principio? —propuso Sahale.

Respiré hondo y solté de golpe:

—Nate me ha estado grabando sin mi consentimiento.

Mi madre soltó un pequeño gemido ahogado.

Sahale se tensó apenas un milímetro.

Mi padre no cambió de expresión.

—¿Qué ha hecho qué?

—Grabándonos en nuestra habitación, cuando… ya sabes.

Los nudillos de sus puños se volvieron blancos.

—¿Desde cuándo? —preguntó.

—No lo sé exactamente. Pero he encontrado una cámara escondida en mi habitación. Y un micrófono.

Abrí la bolsa, saqué el pequeño dispositivo negro y lo coloqué sobre la mesa.

El silencio se volvió denso.

Mi padre se inclinó hacia delante, aunque no lo tocó; solo lo observó.

—¿Has manipulado esto? —inquirió.

—Solo para sacarlo del peluche donde estaba escondido.

Un músculo se marcó en su mandíbula.

—¿Había más dispositivos?

—He encontrado dos, pero seguro que hay más. Los ángulos de las imágenes…

—¿Cómo te has enterado, cielo?

Miré a mamá, que se mantenía firme y serena, aunque, conociéndola, por dentro debía de estar hirviendo de rabia.

—Fue en el evento que la empresa de Nate organizó el sábado.

Y entonces les conté cómo habían sido las cosas: las miradas, los cuchicheos, aquel hombre…

—¿Y dices que viste las imágenes en esa página para adultos?

—Sí, mamá, las vi y quise morirme de la vergüenza y de la impotencia.

—¿Has hecho capturas de la página? —exclamó mi padre, ya en modo sheriff .

Asentí, mostrándole el teléfono y pasando las imágenes una a una: el perfil, el correo, el alias y las fechas.

—También hice una copia de seguridad, por si acaso.

Sahale se acercó un paso más.

Mi padre cogió el teléfono con cuidado, revisando cada detalle.

—¿Lo sabe él? —preguntó sin apartar la vista de la pantalla.

—Sí. Cometí el error de enviarle una de las capturas y pedirle explicaciones.

—¿Te ha amenazado?

Dudé un segundo.

—No directamente.

Mi padre levantó la mirada.

—Lizzy.

—Me dijo que, si seguía por ese camino, iba a arrepentirme.

El silencio fue absoluto.

Sentí la presencia de Tucker detrás de mí como una pared sólida y me relajé un poco.

Mi padre dejó el móvil sobre la mesa, incorporándose despacio.

Cuando habló, su voz ya no era solo la de mi padre.

—A partir de este momento, no volverás a estar sola.

Miró a Sahale.

—Quiero una orden de registro en cuanto tengamos base suficiente. Y que alguien revise esa página antes de que la borren.

Sahale asintió.

—Me encargo.

Mi madre se sentó a mi lado y me cogió la mano.

Yo miré a mi padre.

—No quiero que esto se convierta en un circo mediático, por favor —murmuré.

Su expresión se suavizó apenas un instante.

—No lo será, tesoro. Yo me ocuparé de todo y se lo haré pagar a ese hijo de…

—Maverick —zanjó mi madre.

Papá cogió aire y no terminó la frase, aunque tampoco hacía falta. Todos sabíamos lo que iba a decir.

De pronto, el móvil vibró sobre la mesa.

El sonido fue tan inesperado que mi madre dio un pequeño respingo.

Miré la pantalla.

—Es… Nate —tartamudeé.

Por un segundo nadie dijo nada.

Mi padre me sostuvo la mirada e hizo un gesto con la cabeza.

Tragué saliva.

Y acepté la llamada, no sin antes poner el manos libres para que todos pudieran escucharlo.

—Lizzy —su voz sonó baja, controlada—. ¿Dónde estás?

No respondí de inmediato.

Mi padre cruzó los brazos. Sahale se quedó inmóvil junto a la butaca.

—En casa —dije.

—¿En Nashville?

—No.

Pequeño silencio al otro lado.

—¿Dónde, entonces?

Respiré hondo.

—En Mountain Brooks.

La pausa fue más larga esta vez.

—¿Qué haces ahí?

No era preocupación, precisamente.

Miré a mi padre.

Su expresión no cambió.

—Estoy con mi padre.

El aire se volvió denso de repente.

Durante un segundo solo escuché su respiración.

—Lizzy… —su tono cambió apenas un matiz—. No tienes que hacer esto. Podemos hablarlo. No necesitas involucrar a nadie más.

Mi padre alzó una ceja.

Yo sentí algo muy distinto al miedo.

—Ya está hecho, Nathan —respondí.

Silencio.

—Estás exagerando. No sabes cómo funcionan esas plataformas. Hay contratos. Hay acuerdos implícitos.

Casi me reí.

—Yo no firmé nada. Ni siquiera un consentimiento.

Su respiración se volvió más audible.

—No quiero que cometas un error por orgullo.

Miré a mi padre.

Él negó apenas con la cabeza y me hizo un gesto con la mano.

—No es orgullo —dije—. Lo que has hecho es un delito, Nathan.

Esa palabra fue un disparo a bocajarro.

—Lizzy…

Ya no sonaba tan seguro.

—A partir de ahora —continué, con una calma que no sabía que tenía— cualquier conversación será a través de mi padre y mis abogados.

El silencio fue absoluto.

Hasta que masculló:

—No sabes lo que estás haciendo.

—Sí —respondí—. Sí que lo sé.

Y colgué.