CAPÍTULO 6
Lizzy
No dormí.
Ni siquiera lo intenté.
Me quedé sentada en el suelo del dormitorio, apoyada contra la pared, con la cámara del peluche y el micrófono sobre la mesilla como si fueran piezas de un rompecabezas macabro.
Las miré durante horas.
Las giré entre los dedos.
Las fotografié.
Las guardé en una bolsa hermética.
No quería tocarlas más de lo necesario, pero tampoco iba a dejarlas ahí, como si no existieran.
El reloj marcó las tres, las cuatro y las cinco.
Cada minuto que pasaba hacía más evidente lo que ya sabía: no podía quedarme en esa casa.
Mucho menos con él sabiendo que lo sabía.
Nate nunca me había dado miedo. Hasta ahora.
¿Quién sabía de lo que era capaz ahora que había descubierto a lo que se dedicaba en su tiempo libre?
Miedo me daba, no iba a mentir.
Me levanté del suelo cuando el cielo empezó a clarearse.
Abrí el armario y saqué una maleta mediana. No la grande. No quería que aquello pareciera definitivo.
Metí ropa sin pensar demasiado. Vaqueros. Camisetas. Un par de jerséis. Documentación. El portátil. La carpeta con las capturas impresas que había sacado de madrugada.
Cerré la cremallera de la maleta y la dejé junto a la puerta.
Eran las ocho y cinco cuando cogí el móvil.
Respiré hondo y marqué el número de la biblioteca.
—Buenos días —saludó Linda.
La mujer que me había dado la oportunidad de trabajar con lo que más me gustaba: los libros.
—Hola, Linda, soy Lizzy.
Hubo un breve silencio.
—¿Ocurre algo?
—Me temo que sí —carraspeé—. Necesito solicitar una excedencia temporal —solté sin rodeos.
Hubo una pausa.
—¿Excedencia? ¿Por cuánto tiempo, querida?
Miré alrededor del salón. La casa parecía exactamente igual que el día anterior. Que la semana anterior. Que todos los meses que llevábamos allí.
Solo que ya no lo era.
—No lo sé todavía. Un mes. Quizá más.
—¿Está relacionado con la boda? Podemos darte unos días adicionales sin necesidad de…
—No —la corté—. No es por la boda.
Silencio.
—¿Es algo personal?
—Sí. Ojalá pudiera darte más explicaciones, pero créeme, no puedo.
—Entiendo. Necesitaré que envíes la solicitud por escrito. Podemos tramitarla con carácter urgente si hace falta. ¿Te encuentras bien?
Miré la maleta y la bolsa hermética sobre la mesa.
Miré el oso abierto, destripado, tirado en el suelo como una broma cruel.
—Sí —mentí—. Solo necesito tiempo.
—De acuerdo. Envíame el correo y lo gestionamos hoy mismo.
Colgué.
El corazón me latía con una calma extraña.
Un paso cada vez; así debía de ser.
No estaba huyendo, sino eligiendo poner distancia entre nosotros para hacer lo correcto en estas circunstancias.
No podía quedarme allí y que Nate creyera que era capaz de otorgarle el beneficio de la duda.
Nunca haría tal cosa, teniendo las evidencias delante de las narices.
Eché un último vistazo a mi alrededor y cogí la llave del cuenco del aparador.
Mi vida había dado un giro brutal en cuestión de veinticuatro horas.
Y la decisión estaba tomada; no habría marcha atrás, ni siquiera para coger impulso.
Salí de Nashville poco después de las diez. La maleta en el maletero. Las pruebas en el asiento del copiloto, dentro de la bolsa hermética, como si fueran algo frágil y peligroso al mismo tiempo.
Suspiré con un nudo en la garganta y pisé el acelerador.
La autopista se volvió gris antes del mediodía.
Y oscura antes de lo previsto.
Las nubes empezaron a cerrarse cuando crucé parte del estado. La radio perdió señal en varios tramos. La lluvia cayó primero fina, casi tímida.
Luego empezó a golpear con fuerza los cristales, estremeciéndome de pies a cabeza.
El limpiaparabrisas trabajaba a máxima velocidad cuando el letrero de Mountain Brooks apareció iluminado por los faros.
El pueblo me recibió con una tormenta de las épicas.
Las luces de las casas brillaban difusas tras el agua que resbalaba por el parabrisas. Las calles estaban casi vacías. Solo algún coche aparcado, alguna persiana a medio bajar.
Podía ir directa a la granja, entrar por la puerta de siempre, dejar la maleta en mi antigua habitación y fingir que había venido de visita.
Podía abrazar a mi madre y esperar a que mi padre me mirara con esa calma suya que lo analizaba todo; sabría que algo pasaba al segundo. Me conocía como a la palma de su mano.
El volante giró solo hacia el lado contrario.
Cuando me di cuenta, ya estaba doblando la esquina que llevaba al Anny’s.
La fachada estaba iluminada. El cartel de neón parpadeaba bajo la lluvia. Dentro, las luces seguían encendidas.
Aparqué frente a la puerta.
El motor siguió en marcha unos segundos.
Miré el edificio a través del agua que caía en diagonal.
No había pensado en venir aquí, no de forma consciente, al menos. Aun así, tampoco me sorprendió estar allí.
Apagué el motor.
La lluvia golpeó el techo con más fuerza.
Bajé del coche y el agua me empapó en segundos. No corrí. Caminé, despacio.
Empujé la puerta y la campanilla sonó.
El olor a café y madera me envolvió como una manta, abrigándome.
Tucker estaba detrás de la barra, de espaldas, recogiendo vasos. Solo.
Se giró al oír el sonido.
Y se quedó quieto, con el ceño fruncido.
—¿Lizzy? —exclamó, sorprendido—. ¿Qué ha pasado?
La tormenta rugía más en mi interior que ahí fuera.
Y la dejé salir.
Tucker
El dominó sonaba como siempre: ficha contra ficha, risas graves, alguna queja exagerada cuando alguien hacía trampa.
Me apoyé en la barra mientras los veía jugar por el rabillo del ojo. Jo y los hermanos Carter llevaban media hora diciendo que era la última partida.
Nunca lo era.
Revisé la lista de proveedores que había empezado a rehacer esa tarde. Con papá en recuperación, todo iba a depender un poco más de cómo organizáramos los pedidos: huevos, harina, cerveza artesanal, café…
Marqué un par de cantidades con el bolígrafo.
Maggie ya se había ido hacía rato. Me insistió en quedarse, pero le dije que no hacía falta. Estar solo en el Anny’s de noche tenía algo que me gustaba. El silencio después del bullicio. El momento en el que el bar volvía a ser solo madera, mesas y recuerdos.
Abrí una de las neveras y recoloqué las botellas. Cerré una caja de refrescos. Conté mentalmente lo que quedaba de whisky .
La rutina y el control me relajaban.
Fuera, el viento empezó a silbar contra las ventanas.
Miré hacia la puerta.
La lluvia golpeaba con fuerza el cristal.
—Venga, señores, a casa, que voy a cerrar —dije en voz alta.
—Eso llevas diciendo diez minutos, muchacho —respondió Jo sin levantar la vista de las fichas.
Sonreí.
Volví a la barra y anoté un par de cosas más en la libreta.
—Esta vez es en serio, Jo.
—Te estás volviendo tan cascarrabias como tu padre, Tuck —murmuró uno de los Carter.
Solté una carcajada; eso había tenido gracia.
Las fichas chocaron una vez más.
—¡Dominó! —gritó el otro de los Carter.
Eran tan iguales que, a veces, me costaba distinguirlos.
Aplaudí con desgana fingida.
—Ya era hora.
Recogí las fichas mientras ellos discutían la jugada como si fuera un asunto de Estado. Los acompañé hasta la puerta.
—Cierra bien, que con esta tormenta no se sabe —dijo Jo antes de salir.
—Descuida, lo haré.
La puerta se cerró tras ellos y el ruido del viento se hizo más evidente.
Giré el cartel a «Cerrado», pero no eché la llave.
Apagué la mitad de las luces, quedando el bar en esa penumbra acogedora que siempre me recordaba a la infancia.
Caminé detrás de la barra, recogiendo los últimos vasos, pasando un paño por ellos.
Y entonces la campanilla sonó.
Me giré casi por acto reflejo.
La silueta recortada por la lluvia tardó un segundo en enfocarse.
Cuando lo hizo, sentí que algo dentro de mí se encogía.
¿Qué coño…?
¿Lizzy? ¿Aquí?
Empapada.
En mitad de una tormenta…
Fruncí el ceño.
Y supe, antes de que dijera una sola palabra, que algo no iba bien. Hasta un ciego lo vería, para qué engañarnos.
Di un paso hacia ella.
—¿Lizzy? —exclamé entonces—. ¿Qué ha pasado?
Contuve el aliento y, al ver que ni siquiera pestañeaba, caminé hasta la puerta, giré la llave y bajé la persiana metálica con un tirón seco. El ruido del hierro deslizándose cortó el murmullo de la tormenta como un portazo definitivo.
El mundo quedó fuera.
Y me giré hacia ella.
Estaba temblando. No solo por el frío, eso saltaba a la vista. El pelo pegado a las mejillas, la ropa oscurecida por la lluvia, los ojos demasiado abiertos.
No dije nada.
Di otro paso y la abracé.
No fue un gesto impulsivo, sino necesario.
Podía jurar que sentí cómo su cuerpo se tensaba un segundo…
Y entonces se rompió.
Su respiración se volvió irregular. Sus hombros empezaron a sacudirse contra mi pecho. Hundió la cara en mi cuello y soltó un sonido que me atravesó por dentro.
Un llanto silencioso y desgarrador que me dejó helado.
Le pasé una mano por el pelo, despacio.
—Estoy aquí —murmuré.
No dije nada más.
No hacía falta.
Tardó unos minutos en poder hablar.
Cuando lo hizo, su voz era áspera.
—Me ha estado grabando.
El mundo se detuvo en esa frase.
—¿Quién? —inquirí, aunque ya me lo imaginaba.
Se separó lo justo para mirarme a los ojos.
—Nate.
No pude evitar que el nombre me golpeara como una piedra.
La sostuve por los hombros.
—Explícame eso.
Tragó saliva.
Y lo hizo.
Me habló de la página. Del perfil. Del correo. De la cuenta bancaria. De la llamada. Del peluche.
Cuando dijo «peluche», rechiné los dientes.
—Le corté la espalda —explicó, como si estuviera describiendo algo absurdo—. Tenía una cámara dentro.
No la interrumpí; solo apreté los puños a los costados.
Siguió hablando de micrófonos, cámaras, vídeos y dinero.
Cada palabra era una ficha que encajaba en un rompecabezas que no quería armar.
Cuando terminó, el silencio se instaló entre nosotros.
La tormenta seguía golpeando fuera con fuerza. Igual que mi corazón lo hacía contra la caja torácica.
Sin embargo, aquí dentro, el bar parecía más pequeño.
—Tengo pruebas —dijo—. Hice capturas. Lo guardé todo.
Asentí lentamente.
Eso estaba muy bien.
Mi cabeza empezó a moverse en otra dirección.
—¿Lo sabe? —pregunté.
—Sí.
Cerré los ojos un segundo y volví a abrirlos.
—¿Te ha tocado?
La pregunta salió más baja de lo que pretendía.
Negó.
—No. Pero… —vaciló—. Me hizo una advertencia.
Sentí la ira asentarse en mi pecho, pesada y fría.
«Canalla».
Le aparté el pelo de la cara.
—Estás aquí —dije con firmeza—. Eso es lo único que importa ahora.
Sus ojos brillaron.
—No podía quedarme allí.
Asentí.
—Has hecho bien.
La abracé otra vez, más breve, más consciente.
No obstante, una parte de mí ya estaba calculando cómo romperle la cara sin que ella lo viera.
La acompañé a una mesa y la dejé allí, suspirando y sorbiendo por la nariz mientras le preparaba un chocolate caliente.
Aquello no era solo una tormenta.
Era algo mucho más grande.