Mi lugar, contigo CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Lizzy

Tras pasar parte del día y de la tarde lidiando con unos sentimientos imposibles de digerir —rabia, decepción y angustia—, nunca me había sentido así en mi vida, hice lo que creí que debía para subsanar el error de enviarle la captura de pantalla.

El móvil vibró sobre la mesa justo cuando estaba guardando las capturas en una carpeta nueva y segura.

Grupo : petardas.

Videollamada entrante.

Eran las chicas; así nos llamábamos desde que teníamos uso de razón.

Fue entonces cuando recordé que había quedado en llamarlas para contarles qué tal me había ido en la fiesta de marras.

El móvil volvió a vibrar.

¿Qué iba a decirles? ¿Que mi vida, de la noche a la mañana, se había convertido en una película de terror? ¿Que había descubierto que mi novio, ese con el que tenía pensado casarme en ocho semanas, grababa nuestros momentos íntimos y los subía a una página de adultos para ganar dinero?

«Lo entenderán…».

Sabía que lo entenderían, pero necesitaba más tiempo y más información para darles. ¿Cómo iba a explicar algo que ni yo misma entendía?

Rechacé la llamada.

Un segundo después llegó el mensaje.

Petarda1 : «¿Todo bien? ? ? ».

Suspiré.

Yo : «Sí. Luego os cuento».

No envié nada más.

Podría contárselo ahora mismo. Podría girar el portátil, mostrar la pantalla, dejar que vieran mi cara y que me dijeran que no estaba loca. Que lo que veía era real y que no me lo estaba inventando.

No lo hice.

No quería decirlo a través de una pantalla.

No quería que me temblara la voz delante de un rectángulo luminoso.

No quería que Ruby me mirara con esa mezcla de pena y rabia que sé que pondría. Y no quería que Caroline empezara a planear una invasión armada a Nashville antes de que yo terminara la frase; bien sabía Dios que era más que capaz.

No; si iba a contarles esto —que lo haría—, lo haría en persona, no por videollamada.

Bloqueé el móvil y lo dejé boca abajo.

Me froté la cara y las sienes; empezaba a dolerme la cabeza.

El salón estaba demasiado silencioso.

Volví al portátil y revisé las capturas una por una. Perfil. Correo. Dominio. Método de pago. Alias.

Luego, la carpeta creada para ellas con un nombre ridículamente neutro: Documentos.

Lo envié todo a mi propio correo. Después, a una cuenta secundaria que apenas usaba.

Y, por último, lo subí a una nube que no compartía con nadie.

«Tu padre estaría muy orgulloso de ti».

Ay, mi padre, cuando se enterara de todo esto… No quería ni pensar en lo que sería capaz de hacer, tanto él como mi madre, vamos; buenos eran ellos…

En fin… Si a Nate le daba por borrar algo, yo seguiría teniendo pruebas.

Si intentaba decir que me lo había imaginado, tendría imágenes.

Si intentaba darle la vuelta a todo, tendría datos.

Respiré hondo.

El móvil volvió a vibrar.

No era el grupo.

Era él.

Tardé varios segundos en abrir el mensaje.

Amor : «Tenemos que hablar. En persona».

Se me escapó una risa seca de la garganta y tecleé:

Yo : «No quiero verte, Nate».

Otra vibración.

Esta vez, de una llamada entrante.

Podría ignorarlo y dejarlo sonar hasta que se cansara.

Pero si algo había aprendido en las últimas veinticuatro horas era que el silencio no siempre te protegía.

A veces solo le daba ventaja al otro.

Acepté la llamada.

—¿Qué estás haciendo, Lizzy? —Su voz sonó calmada. Demasiado para lo que estaba sucediendo.

No contesté de inmediato.

Escuché su respiración al otro lado.

—Respóndeme —insistió—. ¿Qué crees que estás haciendo?

—Buscando respuestas —dije, y me sorprendió lo firme que soné.

Hubo un silencio breve.

Luego, un suspiro.

—Estás mezclando cosas que no entiendes. Esa página no es lo que tú crees.

—Esa habitación es la nuestra, Nate.

Otro silencio.

Más largo.

—Estás sacando conclusiones precipitadas.

—Entonces explícamelo.

—No por teléfono.

Siempre controlando el terreno, marcando las reglas.

—Explícamelo ahora, Nate, o te juro por Dios que la próxima vez que nos veamos será delante de gente que no querrás ver.

Escuché cómo se movía al otro lado. Un ruido de fondo. Una puerta cerrándose.

—Si sigues por ese camino, vas a hacer algo de lo que te vas a arrepentir —advirtió.

Ahí estaba la amenaza velada, no una disculpa.

Sentí cómo algo dentro de mí dejaba de tener miedo.

—No soy yo la que tiene que arrepentirse —respondí.

Y colgué.

El silencio que siguió fue distinto al de antes.

No iba a dejar que me arrinconara.

Puede que antes él tuviera el control. Pero ya no.

Volví al dormitorio con la determinación de alguien que ya no esperaba encontrar nada bueno, sino todo lo contrario.

Abrí el armario. Revisé las baldas superiores. Desplacé las cajas de zapatos. Pasé la mano por la parte interior del marco de la puerta, como si fuera a encontrar un interruptor oculto de película barata.

Nada.

Me agaché junto a la mesilla. Desenchufé la lámpara. Revisé el cable con los dedos, centímetro a centímetro. Toqué el detector de humo. Lo desatornillé con una moneda. Lo abrí.

Vacío.

Solté una risa seca.

—Claro. Demasiado evidente.

Me incorporé despacio y giré sobre mí misma, observando la habitación como si nunca la hubiera visto antes.

La cama.

El cabecero.

Las cortinas.

El espejo.

El oso.

Mis ojos retrocedieron al muñeco.

Estaba sentado en la esquina del tocador, con esa sonrisa de tela que siempre me había parecido un poco exagerada.

Nate me lo había regalado el último San Valentín.

«Para que no digas que no soy romántico», dijo.

¡Cabrón embustero!

Me acerqué despacio.

No sabía exactamente qué estaba buscando, pero el estómago empezó a tensarse antes de que mis manos tocaran la tela.

Lo levanté; pesaba más de lo que recordaba.

Lo apreté contra el pecho, obligándome a pensar con claridad.

Lo giré.

La costura de la espalda estaba ligeramente más tensa que el resto. Apenas visible. Un hilo distinto. Un milímetro fuera de lugar.

Me temblaron los dedos al recorrer la línea.

—No… —susurré, aunque ya lo sabía.

Fui al cajón del escritorio y saqué unas tijeras pequeñas.

Ese oso había sido una broma. Una muestra de afecto. Una escena que yo había contado entre risas.

Apoyé la punta de las tijeras sobre la costura.

Y corté.

El sonido del hilo al romperse fue diminuto.

No había ningún relleno esponjoso en su interior, sino una caja negra del tamaño de una nuez.

La saqué con cuidado, sosteniéndola en la palma de la mano.

Una lente minúscula brilló bajo la luz de la habitación.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

Me senté en el borde de la cama con la cámara en la mano.

No lloré.

Ni grité.

Me limité a observar ese objeto pequeño y silencioso que había estado mirándome mientras yo dormía, mientras me cambiaba.

Mientras confiaba en él.

«Pero ese no es el ángulo de las imágenes que viste».

Me levanté de golpe.

No, no lo era.

Y comencé a revisar el cabecero.

Metí la mano entre el colchón y la estructura de la cama. Pasé los dedos por debajo, palpando cada centímetro.

Algo duro rozó mi piel.

Me agaché.

Desplacé el colchón lo justo.

Allí, fijado con cinta negra al armazón de madera, había un pequeño micrófono.

El aire me abandonó los pulmones.

Retrocedí un paso.

La habitación se volvió hostil.

Miré la cámara en una mano y el micrófono en la otra, y murmuré:

—Cueste lo que me cueste, pagarás por esto, Nathan Anderson.

Tucker

El hospital se había quedado atrás, con su luz blanca y su desinfectante. Aquí, en la granja, todo era más real. Más áspero. Más nuestro.

«Papá está bien».

La frase seguía girando en mi cabeza como una rueda que necesitara repetirse para asentarse.

Norma y Jason se fueron directos a la casa. Yo me desvié hacia el establo casi por inercia.

Las puertas chirriaron al abrirlas.

El interior estaba en silencio, salvo por el resoplido tranquilo de los animales. Pasé la mano por el lomo de Daisy, que me miró con esa indiferencia bovina que siempre me hacía gracia.

—Tranquila, vieja —murmuré.

Revisé el bebedero. Cambié el agua. Ajusté una bisagra que llevaba semanas dando guerra. Movimientos automáticos. Conocidos. Necesarios.

La rutina tenía algo terapéutico.

Te obligaba a concentrarte en lo inmediato.

Me apoyé en la puerta del establo y miré hacia la casa.

Mamá apareció en el porche con Annabel detrás, hablando con las manos, como siempre. Anne salió un momento después con una bandeja que, sin duda, contenía comida para alimentar a medio pueblo.

Sonreí.

«Mountain Brooks en estado puro».

Si alguien respiraba hondo en este lugar, aparecían tres personas con sopa caliente.

Fui hacia la casa.

—¿Cómo está? —preguntó mamá antes siquiera de que subiera las escaleras del porche.

—Bien. Quedaba en la sala de reanimación. El médico dijo que todo salió según lo previsto.

Sus hombros bajaron apenas un centímetro.

Annabel le dio un golpe cariñoso en el brazo.

—Te lo dije. Ese hombre es más duro que la piedra.

—Más terco que una mula, diría yo —añadió Anne desde la entrada.

Les agradecí que estuvieran allí con ella, ayudándola con su presencia a pasar el mal rato y la angustia de la espera.

Las tres me sonrieron antes de dejarla a su aire y despedirse.

Subí a mi antigua habitación para cambiarme antes de pasar por el Anny’s. Me quité la camisa y me puse una limpia.

No tardé en bajar las escaleras de nuevo.

Norma, Jason y mamá hablaban en el pasillo; ellos también se marchaban ya.

—Voy al bar para el cierre —anuncié—. Luego vuelvo.

—No te mates a trabajar —dijo mamá.

—No lo haré.

Una mentira pequeña. Inofensiva.

Salí de casa y caminé hasta el coche.

Antes de arrancar, miré el móvil.

Nada nuevo.

El grupo del pueblo seguía comentando trivialidades. Fotos del día. Un chiste de Nial. Alguien preguntando por la boda de Lizzy.

Un par de segundos conteniendo el aliento bastaron para disipar el pequeño retortijón de tripas.

«Todo está bien».

Y lo estaba, sí.

Conduje hacia el pueblo, con el sol a mis espaldas poniéndose sobre él.

Una estampa preciosa que no podía contemplar todo lo que me gustaría.

Cinco minutos después, ya estaba en mi destino.

El Anny’s olía a café recién hecho y a fritura ligera cuando empujé la puerta.

El murmullo habitual me golpeó como una ola tranquila. Conversaciones cruzadas, el tintinear de las tazas, la máquina de café trabajando sin descanso.

Normalidad.

Maggie estaba detrás de la barra, limpiando vasos con una parsimonia sospechosa.

—Mira quién aparece —soltó al verme—. ¿Qué tal el guerrero?

—En recuperación. Todo bien.

Varias cabezas se giraron. Un par de clientes levantaron la mano a modo de saludo. Asentí.

Mountain Brooks no necesitaba más detalles.

Me quité la chaqueta y la colgué detrás de la barra.

Y entonces los vi.

En la mesa grande junto a la ventana estaban Caroline, Ruby, Lucien y Nial —que, al parecer, había dejado la barra cinco minutos antes—, inclinados unos hacia otros con esa postura que solo adoptaba la gente cuando hablaba de algo que le preocupaba.

Caroline tenía el móvil en la mano.

Ruby fruncía el ceño.

Lucien escuchaba con la mandíbula tensa.

Me acerqué.

—¿Todo bien?

Las cuatro cabezas se giraron hacia mí casi al mismo tiempo.

Caroline fue la primera en abrir la boca:

—¿Has hablado con Lizzy hoy?

La pregunta me pilló desprevenido.

—No. ¿Por qué iba a hacerlo?

Ruby se inclinó hacia delante.

—Habíamos quedado en hacer videollamada esta tarde. No ha contestado. Y no es propio de ella.

—Nos ha escrito que luego llamaba —añadió Caroline—, pero no ha vuelto a dar señales de vida.

Nial apoyó los codos en la mesa.

—Está en Nashville, ¿no?

Asintieron.

—Sí. Con Nate —murmuró Caroline.

—Igual está liada con el rollo de la boda —intervino Lucien.

Las dos chicas se miraron.

—Puede ser. Pero suele avisar. Aunque sea con un audio de veinte segundos dando una explicación.

Ruby estuvo de acuerdo:

—No le gusta dejar a la gente colgada, ya la conocéis.

El murmullo del bar siguió su curso, ajeno a la pequeña burbuja que se había formado alrededor de nuestra mesa.

Me apoyé en el respaldo de una silla vacía.

—¿Le habéis escrito más?

—Sí —respondió Caroline—. Le he puesto que si todo estaba bien. Me ha dejado en leído hace un rato.

«En leído…».

—¿Y Nate? —tanteé antes de poder pensarlo demasiado.

Se miraron otra vez.

—No hemos hablado con él —dijo Ruby—. Tampoco es que tengamos su número.

Me pasé una mano por la nuca.

No había nada concreto. Ningún dato alarmante. Solo una llamada rechazada y un par de mensajes sin responder.

Podía ser cualquier cosa.

Y, de todos modos…

«Joder».

—Igual está simplemente ocupada —dije.

Sonó menos convincente de lo que pretendía.

Caroline suspiró.

—Sí. Supongo.

Pero no lo parecía.

Me levanté.

—Si os escribe, me decís, ¿vale?

—Claro —respondió Ruby.

Volví detrás de la barra.

Serví un café y cobré una cuenta.

Todo muy normal.

Y, sin embargo, ahí estaba ese «algo» de nuevo retorciéndome un poco las tripas.

Pero ¿por qué?