CAPÍTULO 4
Lizzy
Estupefacta, miré aquel perfil, sin poder creer lo que veían mis ojos. Aquello no podía ser cierto, tenía que estar mal. Era imposible que…
Parpadeé, como si con ese gesto pudiera borrar lo que tenía delante de las narices.
El alias seguía ahí. Frío. Impersonal. Ridículamente profesional.
Deslicé el cursor hacia abajo con una calma que no sentía.
Había un apartado nuevo que no había visto antes. O quizá sí lo había visto y mi cerebro lo ignoró por supervivencia.
No era un nombre completo ni datos públicos.
Era un correo de contacto: n***.consulting@…
«Consulting…».
Sentí un pinchazo seco en el estómago.
Por si me quedaba alguna duda, abrí otra pestaña y tecleé el dominio del correo.
La página que apareció, por desgracia, también me era familiar.
La empresa de Nate.
Me quedé mirando la pantalla sin parpadear esta vez.
No era una prueba definitiva. No todavía. Podía ser una coincidencia. Ser solo un socio. Podía ser…
Deslicé más abajo.
Método de pago verificado.
Entidad bancaria.
Las cuatro últimas cifras de la cuenta aparecían parcialmente ocultas.
Pero no lo suficiente.
No cuando habíamos compartido gastos.
No cuando había visto ese extracto cientos de veces.
Y mucho menos cuando había ayudado a configurar pagos automáticos.
Las cifras coincidían.
¿Casualidad? Lo dudaba mucho.
Sentí cómo algo dentro de mí se rompía en mil pedazos.
No había margen para el error ni interpretación alternativa.
Nate.
El hombre que me había pedido matrimonio, que me decía «nena» mientras me abrazaba por la espalda y me besaba en la frente… Él había estado conmigo en esa habitación.
Nuestra habitación.
Nuestra intimidad.
¿En una página para adultos?
¿Por qué? ¿Desde cuándo?
Me llevé la mano a la boca para contener la rabia, la impotencia.
Ya no se trataba de ver algo tan mío, nuestro, ahí, en una puñetera pantalla, expuesto al público.
Se trataba de la traición, la planificación y las transferencias recibidas.
«Del engaño…».
Cierto.
Mi confianza, pisoteada y expuesta, como si no importara una puta mierda.
Me levanté del sofá tan deprisa que la mesa baja se movió unos centímetros.
—Hijo de puta —susurré.
El eco de mi propia voz me devolvió algo nuevo.
Claridad.
No perdí el tiempo y fui directa al dormitorio.
Como la hija de un buen sheriff , debía dejar la conmoción a un lado y hacer algo; lo que fuera, menos quedarme de brazos cruzados.
Ya habría tiempo para lamentaciones, pero no ahora.
Abrí cajones. Moví el cabecero. Revisé la lámpara. Toqué el detector de humo. Saqué el enchufe de la mesilla y lo examiné como si pudiera hablarme.
Cada objeto se convirtió en algo sospechoso.
Cada tornillo, en una amenaza.
Mi respiración se volvió más errática.
¿Desde cuándo había estado haciendo esto?
Me detuve en mitad de la habitación.
¿Desde cuándo había dejado de estar segura en mi propia casa?
Volví al salón.
Todo estaba ahí, señalándome, como si fuera la culpable.
Y lo más devastador de todo no era que él hubiera decidido traicionarme, sino que lo había hecho convencido de que nunca lo descubriría.
Me vibró el teléfono sobre la mesa.
No era él, era una notificación cualquiera.
Aun así, el corazón me dio un vuelco.
Iba a vomitar, pero no ahora.
Sin perder más tiempo, por si las moscas, hice una captura de pantalla del perfil y busqué su nombre en el chat de mensajes.
Adjunté la captura.
El texto tardó en llegar; me temblaban los dedos.
Yo : «¿Qué significa esto, Nate?».
Lo envié.
Respiré.
El mundo no se detuvo.
Los dos ticks se volvieron azules.
Acababa de leerlo.
Y esperé su respuesta.
Una que tardó más de lo esperado en llegar:
Amor : «¿De qué hablas?».
Parpadeé.
Miré la captura que acababa de enviarle.
¿En serio me venía con esas?
Todo estaba ahí, joder.
Yo : «No juegues conmigo y responde».
Amor : «Lizzy, no sé qué estás insinuando, pero estás sacando conclusiones muy graves por algo que claramente no entiendes».
Obvio que no lo entendía, coño.
Yo : «Pues explícamelo».
Escribiendo…
Se detuvo.
Escribiendo…
Se volvió a detener.
Me latía el pulso en las sienes.
Amor : «Esa página trabaja con muchas consultoras externas. Que aparezca un dominio no significa que sea mío».
Mentira cochina.
No había vacilación. No había sorpresa. No había indignación.
Solo contención.
Yo : «¿Y la cuenta bancaria?».
Amor : «Estás cruzando una línea, Elisabeth».
El nombre completo era su manera de colocarse por encima.
Amor: «Estás entrando en sitios que no entiendes y mezclando cosas que no tienen nada que ver contigo».
¿Que no tenía nada que ver conmigo?
«Cabrón».
Yo : «Esa es nuestra habitación. Maldita sea, Nate, soy yo».
Amor : «¿Estás segura de que quieres seguir por ahí?».
El aire se me quedó atrapado en los pulmones.
Yo : «Respóndeme de una jodida vez, Nate».
No lo hizo.
Fue entonces cuando me di cuenta del grave error que había cometido al enviarle esa captura de pantalla.
Le había avisado de su delito.
Pero no iba a quedarme quieta.
No le daría ni la más mínima oportunidad.
Eso, como que me llamaba Lizzy Jackson.
Tucker
El hospital siempre tenía el mismo sonido cuando alguien a quien querías estaba en un quirófano. No era el pitido de las máquinas ni el murmullo de la gente. Era el silencio entre una respiración y la siguiente.
Papá llevaba veinte minutos dentro cuando dejé de mirar el reloj.
Mi hermana estaba sentada a mi lado, con las manos entrelazadas tan fuerte que los nudillos se le habían puesto blancos.
Jason le acariciaba la espalda con movimientos lentos, constantes.
Ese tipo de gestos que dicen más que cualquier palabra.
—Va a salir bien —murmuró Norma por tercera vez.
—Claro que sí —respondí.
Y lo creía. O quería creerlo.
Mamá se había quedado en la granja. Se empeñó en no venir.
«Alguien tiene que estar en casa», dijo, como si el establo fuera a venirse abajo sin su supervisión.
Pero no estaba sola. Annabel se había presentado con una cazuela y esa determinación suya que no admitía réplica.
Y Anne —que nunca había dejado de sentirse responsable del Anny’s, aunque lo vendiera hace años— las acompañaba.
En Mountain Brooks nadie esperaba a que le pidieran ayuda.
Aparecían.
Eso siempre me había maravillado del pueblo.
Y, sin embargo, hoy esa red de apoyo me hacía sentir algo extraño. Como si todo estuviera demasiado organizado alrededor de una caída que, en el fondo, no era más que eso: una caída.
Me levanté y caminé hasta la máquina de café del pasillo. El líquido que salió sabía a cartón, pero lo bebí igual. Necesitaba hacer algo con las manos.
—¿Has hablado con Maggie? —preguntó Norma desde la silla.
Maggie era nuestra prima. Fue con ella con quien aprendí el negocio de la hostelería. Y me vendió el Anny’s cuando decidió irse con su novia a la ciudad.
—Sí. Abre ella hoy. Yo cerraré por la noche.
Jason levantó la vista.
—No tienes que hacerlo todo tú, Tuck.
Sonreí sin ganas.
—Lo sé.
No añadí que, si no lo hacía yo, me volvería loco esperando noticias.
Volví a sentarme. Apoyé los codos en las rodillas y entrelacé los dedos.
Miré el móvil por pura costumbre.
Nada relevante.
Mensajes del grupo del pueblo. Una foto del Anny’s ya abierto. Un comentario sobre la boda que se acercaba. Un gran acontecimiento para todos… o casi todos, más bien. «Quedan pocas semanas», decía alguien.
Tragué saliva.
Me imaginé a Lizzy caminando hacia el altar. A Nate sonriendo con esa seguridad suya que siempre me había puesto los dientes largos. Me imaginé aplaudiendo. Sonriendo. Brindando.
Siempre había sabido que ese momento llegaría.
Lo que no sabía era por qué, de pronto, esa idea me resultaba más incómoda que triste.
—¿Estás bien? —me preguntó Norma en voz baja.
Asentí.
—Sí.
Mentira pequeña. Inofensiva.
Pero mentira, al fin y al cabo.
El reloj avanzaba. Jason y Norma hablaban en voz baja de turnos, de rehabilitación, de cómo reorganizar la granja mientras papá se recuperaba.
Yo los escuchaba sin escuchar.
No sabía si era el cansancio o el susto, pero desde la noche anterior tenía la sensación de que algo más se estaba cociendo, lejos de esta sala blanca y fría.
Una inquietud rara, sin forma.
La puerta del quirófano se abrió sin previo aviso.
El sonido fue casi imperceptible, pero a mí me recorrió la espalda como una descarga.
Un médico salió ajustándose la mascarilla. Buscó con la mirada hasta que encontró a Norma.
—¿Familia de Jeremiah Jones?
Nos pusimos de pie al mismo tiempo.
—Aquí —respondió mi hermana, adelantándose un paso.
El médico asintió.
—La intervención ha ido bien. La fractura era limpia y hemos podido fijarla sin complicaciones. Ahora está en recuperación. Estará algo desorientado cuando despierte, pero todo ha salido según lo previsto.
El aire que llevaba reteniendo desde que lo había visto atravesar esa puerta salió de golpe.
No me había dado cuenta de cuánto pesaba hasta que dejó de hacerlo.
—¿Cuándo podremos verlo? —tanteé.
—En cuanto lo suban a planta. Una hora aproximadamente.
Norma dejó caer la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos un segundo. Jason la abrazó por los hombros y ella soltó una risa breve, nerviosa.
Yo asentí.
—Gracias, doctor.
El hombre sonrió con profesionalidad y se alejó por el pasillo.
Nos quedamos allí unos segundos más, como si el suelo necesitara convencernos de que podíamos volver a respirar con normalidad.
—Te lo dije —murmuró Norma—, que saldría bien.
—Sí —respondí.
Y esta vez lo creí de verdad.
Me dejé caer otra vez en la silla. El hospital seguía oliendo a desinfectante y café recalentado, pero ya no parecía tan hostil.
Escribí un mensaje en el grupo del pueblo, dándoles la noticia de que la operación de papá había salido bien y de que ya podían estar tranquilos. Les daría más información cuando lo viera, una hora más tarde.
—Mamá se va a tranquilizar cuando se lo digamos —comentó Norma, limpiándose las manos en el pantalón como hacía siempre cuando estaba nerviosa.
—Sí. Annabel y Anne no la dejarán sola ni un minuto.
Eso me hizo sonreír. Annabel tenía esa forma suya de ocupar espacio sin pedir permiso. Y Anne… Anne lo llevaba en la sangre; cuidar de la gente era casi una religión para ella.
El Anny’s siempre la echaría de menos.
Mountain Brooks era así.
Y su gente no iba a cambiar nunca.
Te sostenía, incluso cuando no lo pedías.
Me apoyé en el respaldo y miré el techo blanco.
Papá se recuperaría.
La granja seguiría en pie.
El bar abriría mañana.
Todo seguiría su curso.
La vida continuaba, quisiéramos o no.
Entonces, ¿por qué me sentía así?