Mi lugar, contigo CAPÍTULO 3
7%

CAPÍTULO 3

Tucker

El regreso al pueblo desde el hospital fue menos caótico y mucho más relajado; al menos ya habíamos confirmado lo que tenía papá y el pobre hombre había quedado en buenas manos. A primera hora de la mañana estaba programada su operación. Todo saldría bien. No tenía ninguna duda de ello.

Miré el reloj del salpicadero: era demasiado tarde.

Mi hermana dormitaba a mi lado, en el asiento del copiloto.

Suspiré cuando dejamos atrás el letrero que daba la bienvenida a Mountain Brooks.

—Eh, Norma, ya estamos llegando. Te llevo a casa, ¿vale?

Mi hermana, divorciada de un desgraciado, había rehecho su vida aquí, en el pueblo, con Jason, el padre de Caroline, una de mis amigas. Vivían juntos desde hacía poco y era feliz.

«Al fin».

Sí. De haber sabido lo desgraciada que fue en su matrimonio…

—Jason me está esperando en la granja con mamá.

—Bien, entonces me paso por casa, cojo cuatro cosas que necesito para mudarme con mamá una temporada y…

—Puedo hacerlo yo, Tuck.

—De eso nada. Tú vives con Jason, y yo estoy solo.

—Pero el bar…

—Nos arreglaremos.

Y lo haríamos, seguro.

Si de algo presumíamos en este pueblo era de ser una familia y estar los unos para los otros cuando se necesitaba.

Así había sido siempre, y así seguiría siendo.

Estacioné el coche frente al Anny’s y, mientras yo subía a casa y metía esas cuatro cosas en una bolsa, mi hermana se aseguró de que dentro del bar todo estuviera en su lugar.

Confiaba en Nial lo suficiente para saber que así sería.

—Había un billete de diez dólares sobre la barra —dijo mi hermana cuando volví a bajar.

Metí la bolsa en el maletero.

—Son de Nial. Estaba desayunando cuando me llamaste. Él se encargó de cerrar. Y le dije que invitaba la casa por el favor.

Doblé el billete y lo guardé en el bolsillo de los tejanos.

—Pues invítalo mañana. O, mejor dicho, yo lo haré.

—¿Te encargas tú de abrir entonces?

Asintió.

—Hay demasiadas cosas que hacer en la granja. Y es tarde.

—Sí. Mañana estableceremos los turnos. ¿Paso a recogerte para ir al hospital?

—No te preocupes, seguro que Jason querrá acompañarme.

No hubo más que decir.

La caída de papá solo era un contratiempo, gracias a Dios. Podría haber sido mucho peor.

Y saldríamos adelante, como siempre habíamos hecho.

O eso quería creer.

Conduje hasta la granja en silencio. Norma bajó cuando llegamos y se despidió con un gesto breve antes de entrar en casa. Jason salió al porche a recibirla y me dedicó un asentimiento tranquilo. No hizo falta decir nada más.

Apagué el motor, pero no bajé del coche de inmediato.

La noche en el pueblo era distinta a la de la ciudad. Más oscura. Aquí no había luces que disfrazaran nada. Solo el sonido lejano de los grillos y el viento moviendo las hojas de los árboles.

Cogí la bolsa del maletero y entré en casa.

El pasillo olía a madera vieja y a detergente. Mamá había dejado la luz del salón encendida. Seguramente estaría ya acostada, agotada por el susto.

Lo comprobé antes de entrar en la habitación que había sido mía desde siempre y, sí, dormía como una bendita.

Cerré la puerta de mi cuarto.

Nada había cambiado demasiado. La misma cómoda, la misma colcha azul, el mismo armario que chirriaba al abrirse.

Dejé la bolsa sobre la silla y me senté en la cama.

El colchón cedió bajo mi peso con ese crujido familiar que me devolvió, durante un segundo, a otra época. A cuando lo único que me preocupaba era quedar con los colegas para fumarnos un canuto el sábado por la noche o si el equipo del instituto ganaría el próximo partido.

Sí, yo había sido de esos adolescentes algo problemáticos: marihuana y pequeños delitos. Por eso papá me inscribió en la marina cuando no había ni cumplido los dieciocho, para reformarme.

Me pasé una mano por la cara.

Siempre había pensado que el tiempo era algo elástico. Que las decisiones importantes podían aplazarse. Que lo esencial estaría ahí cuando decidiera mirarlo de frente.

Pero esta mañana había visto a mi padre en el suelo, sin poder levantarse.

Y eso cambiaba cosas.

No sabía cuáles. Pero las cambiaba.

Me levanté y me acerqué a la ventana. Desde allí se veía parte del establo, iluminado por una bombilla solitaria que alguien había dejado encendida.

Apoyé la frente contra el cristal frío.

Todo parecía en su sitio.

Me aparté del cristal y bajé las escaleras sin hacer ruido.

No sabía muy bien por qué, pero mis pasos me llevaron hasta el establo.

Empujé la puerta con cuidado. El olor a heno y a tierra húmeda me envolvió al instante. Todo estaba en calma. Demasiado en calma.

Caminé hasta el lugar exacto donde papá había caído. La paja estaba revuelta. La tierra, marcada por las huellas de las botas y por el peso de la camilla cuando lo levantaron.

Me agaché.

Allí, medio escondida entre el heno, estaba su gorra.

La recogí despacio y la sacudí con la mano.

—Mal paso, ¿eh? —murmuré.

La sostuve unos segundos antes de colgarla en el mismo clavo de siempre, junto a la puerta.

Apagué la luz.

La oscuridad cayó de golpe.

Y, por primera vez en mucho tiempo, entendí que no todo podía arreglarse con voluntad y costumbre.

Algunas cosas cambiaban.

Aunque uno no estuviera preparado para ello.

Lizzy

Tardé más de lo que me habría gustado en volver a abrir el portátil. No porque no quisiera hacerlo. Sino porque sabía que, en el momento en que lo hiciera, dejaría de poder fingir que todo aquello no tenía nada que ver conmigo.

Mis presentimientos no solían fallar.

Y eso me acojonaba.

El reloj de la pared marcaba los segundos con una crueldad absurda. Tic. Tac. Tic. Tac. Como si el tiempo estuviera disfrutando del espectáculo.

Me acerqué al portátil como quien se acerca a una puerta cerrada con una advertencia enorme pintada en rojo.

«No seas paranoica. No te montes una película. Ayer bebiste. Ayer estabas nerviosa. Ayer… ayer…».

Abrí la tapa con dedos temblorosos.

La pantalla tardó un segundo de más en encenderse. O quizá fui yo la que tardó un segundo de más en respirar.

PrivateStream seguía ahí en el historial reciente. Casi me ofendió lo fácil que era volver. Como si la página supiera que regresaría.

Hice clic.

La web cargó con esa estética cuidada, casi elegante.

Tragué saliva.

No sabía qué me daba más asco: la idea de lo que podía haber dentro o lo normalizado que parecía.

Moví el cursor hacia «Creadores verificados». Después hacia «Destacados». Volví hacia «Explorar».

Había filtros. Categorías. Ránquines.

Nashville aparecía en una lista de ciudades como si fuera un sello de prestigio.

Me apoyé en el respaldo del sofá, de pronto incapaz de permanecer sentada. Me puse de pie y di dos pasos, luego otros dos, como un animal encerrado. Volví a sentarme. Volví a levantarme.

—Es una página. Ya está —murmuré—. Una página asquerosa, solo eso. Hazlo de una condenada vez, Liz —me animé.

El eco de mi propia voz me resultó ridículo.

Cambié de pestaña, abrí «Ayuda». Leí condiciones, normas, FAQ…

como si buscar tecnicismos me fuera a proteger.

Encontré una sección de «Reportar contenido» y otra de «Solicitar retirada».

Había un formulario con un tono frío, burocrático, como si pedir que retiraran algo íntimo fuera parecido a reclamar un paquete que ha llegado roto

Adjunta prueba de indentida e indica la URL exacta. Tiempo estimado de revisión: 7-10 días laborables.

«Siete a diez días…».

Sentí una risa breve subirme a la garganta. No era humor. Era incredulidad.

Me quedé mirando esa frase un rato largo hasta que me di cuenta de que estaba apretando el borde del portátil con tanta fuerza que me dolían los dedos.

Volví atrás.

Mi estómago se encogió cuando volví a ver la fotografía del hombre otra vez.

Ayer, en la fiesta, no había sido solo un desconocido mirándome por casualidad, ¿verdad?

«Ojalá te estés equivocando».

Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza.

Cerré esa sección y me obligué a bajar a «Explorar». Si me quedaba mirando esa foto iba a acabar convencida de cosas que no podía demostrar.

Deslicé el cursor hacia una lista de contenidos en «Tendencia». No entré. Solo miré. Miniaturas. Títulos. Alias.

«Alias…».

Ese era el problema, ¿no? Que nadie iba a subir algo con su nombre real.

Y entonces, sin saber muy bien por qué, me descubrí pensando en Nate.

En su despacho. En su trabajo. En su manera de hablar de imagen. De reputación. De contactos. De no dar de qué hablar.

Tragué saliva.

¿Qué pasaría cuando se enterara de esto?

«Relájate, igual no hay nada de lo que enterarse».

También era verdad.

La cabeza me iba a mil por hora y ya no sabía ni qué pensaba.

Era todo tan surrealista…

Respiré hondo y volví a abrir el chat con las chicas. Miré la caja de texto y escribí:

Yo : «Chicas, necesito preguntaros algo».

Me quedé quieta.

Borré.

Escribí otra vez:

Yo: «Ayer en el baño del evento…».

Volví a borrar.

¿Qué leches me pasaba?

Me dolió el pecho de puro nervio. ¿Cómo se contaba algo así? ¿Cómo se decía «creo que alguien me ha relacionado con una web para adultos» sin sentir que te estás manchando la lengua?

Bloqueé el móvil y lo dejé lejos, como si pudiera morderme o algo así.

Me obligué a volver a la pantalla.

El cursor parpadeaba en el buscador.

Sentía las manos heladas, entumecidas.

Escribí una palabra al azar. Una ciudad. Un nombre común. Cualquier cosa que no fuera yo. Aparecieron resultados. Perfiles. Listas. Miniaturas.

Era demasiado fácil.

Me quedé mirando esa facilidad con una rabia que empezó a formarse despacio, como una tormenta lejana.

No sabía qué estaba buscando exactamente. O sí lo sabía, pero no quería admitirlo. Quería encontrar algo que demostrara que aquello no tenía nada que ver conmigo. Que el tal «Bill» había hablado por hablar. Que las mujeres del baño se confundían. Que yo había unido puntos inexistentes.

Quería una excusa.

No la encontré, de momento.

Seguí bajando. Una miniatura me llamó la atención por una razón absurda: no era la persona, era el fondo. Una lámpara. El cabecero. Un cuadro.

Mi cerebro tardó un segundo en conectar.

Y, cuando lo hizo, sentí que me faltaba el aire.

No.

Eso no podía ser.

Me acerqué más a la pantalla, como si acercarme pudiera cambiar lo que veía. La miniatura era pequeña, pero el fondo… era demasiado familiar.

Se me retorció el estómago.

No quería clicar.

No quería.

Pero mi dedo ya estaba sobre el ratón.

—No seas idiota —me dije—. No lo abras.

Lo hice.

La página del contenido se cargó.

No era mi nombre. Era un alias cualquiera. Un título genérico, frío, hecho para atraer.

Un vídeo.

Mi casa.

Mi dormitorio.

Sentí náuseas.

No le di al play.

Solo reconocí lo que veía.

Me quedé quieta, respirando a trompicones, como si mi cuerpo estuviera negociando conmigo la posibilidad de sobrevivir a lo que venía.

Mi reflejo se devolvía en el negro brillante de la pantalla, pálida, con los ojos abiertos de par en par.

Tragué saliva.

Y entonces, con la misma lentitud con la que se abre una herida, moví el cursor hasta el botón.

Play.

El vídeo empezó sin sonido.

O quizá fui yo la que no quiso escucharlo.

La imagen tardó un segundo en enfocar. Un segundo en el que todavía podía convencerme de que aquello era una coincidencia. De que la lámpara era parecida. De que el cabecero era común. De que estaba sugestionándome.

Entonces me vi.

Aquella era mi espalda, mi piel; el lunar junto al hombro izquierdo que siempre me había parecido sexi.

Se me atascó el aire en la garganta.

No grité.

No lloré.

Me quedé mirando, paralizada, mientras una versión de mí que no recordaba haber autorizado se movía en la pantalla.

Era un ángulo íntimo. Cercano. Demasiado cercano.

Las reproducciones y los comentarios me perforaron la piel como cuchillos afilados.

Me tapé los oídos al escuchar mi risa.

Fue entonces cuando me fijé en el pequeño icono que indicaba la transferencia de ingresos activa.

«Dinero».

Alguien estaba ganando dinero con eso.

Conmigo.

La náusea volvió, más fuerte.

¿Había un creador verificado?

¿Cuándo me habían grabado?

¿Quién, por el amor de Dios?

Cerré los ojos, rezando porque todo aquello solo fuera una puta pesadilla.

No lo era.

El cursor parpadeaba sobre el nombre del creador.

No estaba preparada para lo que iba a encontrar.

Hice clic.